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por Monseñor Carlos M. de Céspedes GARCÍA-MENOCAL
El escudo de Benedicto XVI, Heinrich Heine,
y de paso, Ferdinand Freiligrath
Sutiles convergencias germanas
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| Que el rey negro del Señor Freiligrath
en su ira melancólica,
se ponga a hacer sonar el pellejo del enorme tambor (...).
Pero figuraos que un oso acaba de romper su cadena (...)
Sí, Atta Troll acaba de romper,
de pronto,
Su cadena de esclavo (...) |
Heinrich Heine, De “Atta Troll, Sueño de una noche de verano”.
He escrito y dicho, en más de una ocasión, que la elección del Cardenal Ratzinger –ahora Benedicto XVI– como Sumo Pontífice, no me resultó inesperada. Todo lo contrario. No era prevista con el mismo grado de certeza que tuvo la elección del Cardenal Montini –Pablo VI–, en junio de 1963, a quien todos considerábamos “futuro Papa”, desde que la muerte de su predecesor, el Beato Juan XXIII, ya nos parecía una dolorosa realidad inminente. En el caso del cardenal Ratzinger su edad un tanto avanzada podría haber sido un obstáculo para los cardenales electores que, después de los últimos años de Juan Pablo II, tan limitado por los años y los males físicos, pudieren haber deseado dotar a la Iglesia de una cabeza visible más juvenil y ágil. Sin embargo, las cualidades evidentes del Cardenal Ratzinger cancelaron las dudas cardenalicias, si es que las hubo, y su elección fue sumamente rápida. El nombre de Pontífice elegido por él fue una sorpresa agradable. No me lo esperaba, pero me alegró sobremanera que evocara a San Benito –semilla de la familia benedictina y “creador” de la Europa unida en el orto de la Edad Media– y al Papa Benedicto XV, uno de los Pontífices grandes del siglo xx que, inopinadamente, hemos relegado a un plano secundario. Y digo “grande” no teniendo en cuenta fanfarrias, que ni buscó, ni tuvo, sino la sustancia de su ser y de su quehacer que, sin duda, fueron humildemente grandes en el complejo marco de la Primera Guerra Mundial, de la superación de la oscuridad creada por los conflictos entre los eclesiásticos calificados como “modernistas” y el Papa San Pío X, su predecesor, y de la búsqueda de una solución definitiva de la “cuestión romana”, proceso que enrumbó él, de la mano del cardenal Gasparri, y que llevó a feliz término Pío XI, también de la mano de Gasparri, en 1929. ¡Ya sabemos de sobra, a estas alturas de la vida que sin humildad genuina, no hay grandeza válida!
Lo que me desconcertó fue el escudo que Benedicto XVI eligió para identificar su Pontificado y que le diseñó su amigo, y especialista en heráldica, el ahora cardenal Andrea Cordero Lanza di Montezemolo, de cuyas explicaciones sobre el simbolismo del escudo dependen fundamentalmente los comentarios que expondré inmediatamente. Otra fuente es la explicación que nos brindara el propio Papa, cuando no lo era todavía, de la simbología de su escudo arzobispal, que contiene las mismas imágenes, aunque distribuidas de manera diversa (cf. Joseph Cardinal Ratzinger, Aus meinem Leben, pág. 111, Wilhelm Heyne Verlag, München, 2000). No soy especialista en cuestiones relacionadas con la heráldica, pero me resultan familiares algunos símbolos de la heráldica española y de la eclesiástica. Del escudo de S.S. Benedicto XVI no me resultaron extraños ni el palio arzobispal, ni la mitra, ni las llaves, ni –ya dentro del diseño “tipo cáliz” del escudo– la concha del peregrino, íntimamente relacionada con el Camino de Santiago y, en términos generales, con la existencia terrenal, considerada como una peregrinación hacia la trascendencia y el infinito, definitorios de la condición humana. Lo sorprendente para mí fueron la cabeza del rey moro y el oso. No en sí, pues no me resultaban imágenes desconocidas, sino por lo que me evocaron, que poco tenía que ver con la simbología eclesiástica, sino con la poesía romántica alemana, de tono social y revolucionario. Tono de poesía que no habría relacionado ni con Benedicto XVI, ni con la simbología eclesiástica. Pero siempre tenemos algo que aprender... Desde hace años, desde que conozco un poco la literatura alemana, relaciono esos dos símbolos con Heinrich Heine (el oso) y con Ferdinand Freiligrath (la cabeza del rey moro).
En el texto posterior señalaré cuándo y cómo Heine presentó la imagen de su oso (Atta Troll) en relación con la del Rey Etíope de Freiligrath, pero no puedo apostar sobre el tipo de relación que estos poetas mantuvieron. De acuerdo con algunos textos consultados, la relación no fue mala, sino amistosa y recíprocamente admirativa; de acuerdo con otros, varios vituperios de Heine apuntan a Freiligrath sin mencionarlo. El mundo afectivo interior de los poetas y de los artistas en general, su dinamismo psíquico, no suele ser fácil. Al menos, me parece que no deberían ser juzgados con los mismos patrones con los que nos juzgamos los que no lo somos, los que pertenecemos al común de los mortales. Ambos fueron alemanes del siglo xix y poetas románticos, ambos cultivaron la poesía social de corte revolucionario, además de cultivar diversos tipos de intimismo poético. Ambos fueron socialistas, al menos utópicos. Tampoco podemos definir claramente su situación religiosa. ¿Ateos o agnósticos? ¿Mantuvieron una cierta fe personal, sin vinculaciones institucionales? ¿Hasta dónde pesó la condición étnica judía de Heine, en las relaciones con Freiligrath y con todo el mundo poético y social alemán del siglo xix? Veamos primero el escudo de nuestro Pontífice actual, S.S. Benedicto XVI, y luego veremos algunos elementos que, espero, contribuyan a un mejor conocimiento de estos poetas; sobre todo de Heinrich Heine, y por qué incluyo, en el título de este texto, la expresión “sutiles convergencias”.
Los escudos personales papales
Desde la Edad Media los “escudos” llegaron a ser de uso común para las personas y familias distinguidas por títulos de “nobleza”, dependientes de la antigüedad local, de victorias militares o de otras formas de prestigio social. Poco a poco se fue desarrollando un lenguaje articulado que rige y describe la heráldica civil. Paralelamente, en el contexto religioso, cultural y político de la Edad Media y de las etapas posteriores de la Historia, al menos en Occidente, tuvo lugar el origen y los desarrollos de la heráldica eclesiástica, no del todo desligada de la civil, cuyas reglas fundamentales de ese lenguaje ha ido adoptando, pero añadiendo la simbología religiosa adecuada a la dignidad de la institución o de la persona portadora de tal escudo. Hasta donde tengo informaciones, al menos desde fines del siglo xii, los Papas también adoptaron ese lenguaje. Quizás con anterioridad hubo Papas que tuvieron un escudo personal, pero es a partir de Inocencio III (Lotario, de la familia de los Condes de Segni, 1198 a 1216), que conocemos los escudos personales de todos los Papas que le han sucedido en el ministerio petrino. La adopción de un escudo “personal” ha querido significar desde entonces, de algún modo, la identidad personal del Papa, que no se homologa totalmente ni con la de su familia, ni con su orden religiosa de procedencia, o ni con su nacionalidad, aunque en el mismo escudo existan referencias a estas realidades, de las que todo Papa, en principio, se independiza en función de su ministerio único, pero sin dejar de tenerlas en cuenta. El escudo de cada Papa aparece en sus documentos oficiales, en edificios construidos o reparados por él y, frecuentemente, bordado sobre ornamentos pontificios.
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Hasta Inocencio III, al parecer, los Sumos Pontífices cuyas familias ya tenían escudo, continuaban usándolo. Algunos Papas utilizaron solamente la inicial de su nombre, muy elaborada en sus trazos y ornamentada, al plasmar su nombre en cartas y documentos oficiales. Los que provenían de órdenes religiosas, emplearon con frecuencia la simbología propia de la orden de origen. En los escudos, tanto en los civiles como en los eclesiásticos, encontramos figuras antropomorfas, zoomorfas y vegetales, así como alusiones paisajísticas y estilizaciones o abstracciones geométricas. Los colores utilizados tampoco son casuales o simplemente ornamentales; en el lenguaje de la heráldica casi siempre están cargados de alguna significación.
Ya en el ámbito de los escudos papales personales, podemos encontrar, junto a símbolos comunes a todos los Pontífices (antes, la corona o la triple tiara, la mitra ahora; las llaves, etc), algunos símbolos provenientes de la simbología familiar o nacional, pero siempre está presente el toque personal que lo identifica históricamente. En algunos casos se trata de símbolos provenientes de su anterior escudo episcopal; en otros, hay elementos que recuerdan las gestas pasadas de la persona o alusiones a su programa como Pontífice. El escudo, pues, ha pasado a ser uno de los signos físicos de la presencia en la Historia del Papa que lo lleva. |
Escudo Episcopal de
Su Santidad Benedicto XVI. |
El escudo de S.S. Benedicto XVI
El actual Pontífice no es una excepción y tiene también su escudo personal. En la parte exterior del escudo propiamente dicho, encontramos los símbolos actualmente comunes en los escudos pontificios. En la parte superior, han sido sustituidos los símbolos anteriores: primero la corona y luego la triple tiara, por la mitra, que simboliza el ministerio episcopal del Santo Padre. No olvidemos que el Papa es, ante todo, Obispo de Roma y, por serlo, es Papa, o sea, Pastor de la Iglesia Universal, en función de la comunión que debe caracterizar la unidad de la misma. La mitra en el escudo de Benedicto XVI es color de plata y las tres bandas que aparecen en el frente de la misma, de color de oro, significan los llamados “tres poderes”. Antes se simbolizaban con las tres coronas de la tiara: el poder de Orden, el de Jurisdicción y el Magisterial. Las tres bandas están unidas en el centro para expresar que tales poderes están asumidos por la misma persona. Los une un dibujo geométrico que evoca la cruz: el ejercicio de los servicios propios del Pontífice constituyen uno de los elementos primordiales de su cruz cotidiana y son, simultáneamente, su corona. Bajo la mitra y cruzadas por detrás del escudo, las llaves, alusión al texto del evangelio según san Mateo en el que Jesús le dice a Pedro que le dará “las llaves del reino de los cielos y todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. (16,19). |
| Benedicto XVI ha querido añadir a su escudo personal la presencia del palio arzobispal, también por fuera del escudo propiamente dicho, pero en la parte inferior. He revisado 97 escudos papales y solamente en el del actual Pontífice aparece el palio que, sin embargo, es una de las más antiguas insignias pontificias. Dada la historia y el significado de este signo, me ha gustado mucho esta añadidura por parte de Su Santidad. En las más antiguas representaciones de Papas, desde antes de la Edad Media –al menos desde el siglo iv–, aparece el palio arzobispal como la más típica insignia litúrgica de los Obispos de Roma. En la serie iconográfica de los Papas que aparece en el friso de la nave principal de la Basílica de san Pablo Extramuros, en Roma, muchos aparecen con el palio, particularmente notable es que lo llevan todos los Papas comprendidos entre el siglo v y el siglo xiv. Con posterioridad, pero también desde siglos remotos –al parecer desde el mismo siglo iv y ciertamente desde el siglo vi–, el uso del palio ha sido concedido por los Papas a los Arzobispos, como signo de comunión con ellos y, por medio de ellos, con los obispos sufragáneos, en el pastoreo universal que, es en sí, lo que significa el palio, fabricado con lana de ovejas. Algunos Patriarcas orientales utilizan un signo antiquísimo, con el mismo significado y apariencia parecida al palio arzobispal, que se llama omoforion. Se trata de una hermosa y sonora palabra griega (sustantivo neutro o adjetivo sustantivado) de |
Escudo Papal
de Su Santidad
Benedicto XVI. |
etimología un tanto ambigua pero que, en cualquier hipótesis, evoca la idea de comunión. La primera parte de la palabra, omo- se deriva del adjetivo omoios, y no presenta dudas: quiere decir “igual”; añadida la segunda parte, - forion, según la raíz verbal de la que ésta se haga derivar, la palabra entera podría significar: “tener la misma opinión”, “caminar juntos el mismo camino” o “vivir bajo el mismo techo”.
El escudo en sí mismo adopta la forma llamada escudo de cáliz, o sea, con forma de cáliz. Es la forma más frecuente en la heráldica eclesiástica. Pero no la única. Pablo VI, por ejemplo, tuvo su escudo con la forma llamada “cabeza de caballo”. Todo el escudo actual está bordeado por una línea o franja estrecha de oro. La parte central, la más noble e importante, es de color rojo. En el centro aparece una concha de oro, que encierra una triple simbología en el caso de su empleo por parte de Benedicto XVI. En primer lugar su simbología es teológica; quiere recordar una “leyenda” atribuida a San Agustín, que podría ser eco de un hecho real en la vida del Santo. Estando un día en la costa, mientras pensaba en el misterio de la Santísima Trinidad, del que nos dejó uno de los tratados fundamentales para la teología cristiana, vio un niño que –según le habría dicho el mismo niño–, con una concha marina, trataba de meter toda el agua del mar en el hueco que había hecho en la arena. San Agustín habría comprendido este hecho como una referencia a su esfuerzo por hacer entrar la intimidad de Dios –la Santísima Trinidad– en el entendimiento humano. Mensaje, pues, de carácter teológico, pero también de carácter espiritual: la reflexión teológica debería estar siempre acompañada de la humildad en la aceptación de la imposibilidad de conocer racionalmente la totalidad de la riqueza inacabable de la naturaleza divina, por parte de la limitada persona humana. Dada mi devota admiración por San Agustín –uno de los más eximios fundamentadores de la teología cristiana y, simultáneamente, de la dimensión cristiana de la cultura occidental–, no puedo menos que alegrarme también de esta referencia por parte de Benedicto XVI, considerado desde sus tiempos de joven profesor de teología, como uno de los mejores conocedores y divulgadores contemporáneos del pensamiento agustiniano.
En segundo lugar, la concha nos reporta al “Camino de Santiago”, o sea, al sendero que desde todos los rincones de Europa conducía a los peregrinos al Santuario de Santiago de Compostela, sendero que incluye todavía hoy la concha como señalamiento rutero. De ahí que haya pasado a simbolizar la peregrinación en sí; es la “concha del peregrino”. Históricamente, han sido tres los centros definidores de peregrinación cristiana desde los inicios de la Edad Media, peregrinaciones que tanto contribuyeron a la creación de la nueva Europa después del desplome del Imperio Romano de Occidente: Jerusalén (muerte y resurrección de Jesús), Roma (martirio de los Apóstoles Pedro y Pablo y ciudad del Papa, sucesor de Pedro y cabeza visible de la Iglesia), y Santiago de Compostela (ciudad situada cerca del Cabo de Finisterre –Finis terrae– que guarda los restos del Apóstol Santiago y señala los inicios del Cristianismo en los extremos de la Tierra, de la que les era conocida entonces). ¿Qué es nuestra vida sino un constante peregrinar, tras Jesús, por los caminos del mundo, hasta el encuentro definitivo con Dios? ¿Qué debe ser la existencia cristiana sino un constante peregrinar, como los Apóstoles, para llevar, hasta dónde podamos, el testimonio de nuestra Fe en el Dios Uno y Trino, vivo y verdadero, el Dios de Jesucristo el Señor? Benedicto XVI, en la solemne liturgia con la que inició su Pontificado, llevaba, bordada con hilo de oro sobre la casulla blanca, una gran concha similar a la de su escudo. En tercer lugar, la concha nos reporta también al Monasterio de Schotten, cercano a Regensburg (Ratisbona), en Baviera (sur de Alemania). En el escudo del monasterio encontramos también el símbolo de la “concha del peregrino”. El lugar de nacimiento del Papa, Marktl am Inn, pertenece a la jurisdicción eclesiástica de Regensburg y él ha estado muy relacionado, desde joven, con ese monasterio. En el escudo arzobispal, la concha aparecía en la parte inferior, en el tercer “campo”.
La parte superior del escudo, llamada “capa”, es de fondo color oro y está dividida en dos partes. Los símbolos que aparecen en ellas ya habían sido introducidos por el Papa Ratzinger en 1977, en su escudo arzobispal de München (Munich, ciudad capital de Baviera) y Freising, ciudades unidas en una misma Arquidiócesis desde 1818 (Concordato entre Pío VII y el Rey Maximiliano José de Baviera, del 5 de junio de 1817). En la parte superior derecha aparece la cabeza del Rey Moro, de perfil, con rasgos y color natural moreno, labios y corona rojos. La cabeza de moro no es ajena a la heráldica civil europea y aún hoy aparece en el escudo de numerosas familias de Córcega y de Cerdeña. En la heráldica bávara también aparece con frecuencia la cabeza de moro y se le identifica como caput ethiopicum (cabeza etiópica) o, simplemente, como “el moro de Freising”. Sin embargo, en la heráldica europea, casi siempre la cabeza de moro aparece con una banda blanca, que indica que se trata de un liberto –esclavo liberado–, y no aparece coronada. Curiosamente, en el escudo de Pío VII (Cardenal Bernabé Gregorio Chiaromonti), el Papa que, en 1818, unió München y Freising en una sola Arquidiócesis, aparecen tres cabezas de moro en la parte inferior izquierda, más pequeñas que la del escudo de Benedicto XVI. En el escudo arzobispal del Papa Ratzinger, la imagen de la cabeza del Rey Moro, se repetía; en la parte superior en el primer “campo”; en la inferior, en el segundo.
En la parte superior izquierda, también sobre fondo de oro, aparece un oso, con trazos naturales, de color pardo oscuro, de perfil, caminando, cargado con un fardo rojo atado con cintas negras sobre el dorso (o lomo). Una antigua leyenda bávara narra que el primer obispo de Freising, San Corbiniano (nacido hacia el año 680, en Chartres, Francia, fallecido el 8 de septiembre del 730), yendo de viaje a Roma, fue atacado por un oso en medio de un bosque. El oso destripó al caballo pero el obispo logró, no sólo amansar al oso, sino que también lo obligó a cargar con el equipaje y a acompañarlo hasta Roma. Una interpretación, un poco facilona, afirma que el oso domesticado simboliza al propio obispo, “domesticado” y “amansado” por la gracia de Dios; el fardo simbolizaría la carga del ministerio episcopal. En el escudo arzobispal, aparecía en la parte superior, en el segundo “campo”.
En la heráldica en general, sea civil, sea eclesiástica, suele aparecer, bajo el escudo, una cinta sobre la que aparece escrito, con muy pocas palabras, a veces con una sola, el lema de la persona, la familia o la institución. Dicho lema expresa habitualmente un ideal o un programa de vida. En los escudos papales personales de los últimos siglos aparece siempre el lema. Recordemos que el de Su Santidad Juan Pablo II era “Totus tuus” (Todo tuyo). El del inolvidable Pío XII había sido “Opus iustitiae pax” (La paz es obra de la justicia). El del Beato Juan XXIII “Oboedientia et pax” (Obediencia y paz), el de Juan Pablo I fue “Humilitas” (Humildad). El lema arzobispal y cardenalicio del actual Pontífice era “Cooperatores Veritatis” (Cooperadores de la Verdad), o sea, cooperadores de Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, o cooperadores en la difusión de la verdad ( cf. III Juan, v. 8; sunergoì yinómeza tê alézeia; el texto se presta a diversas, aunque no contradictorias, traducciones e interpretaciones). Cuando fue elegido Papa, no quiso añadir ningún lema a su escudo. No porque carezca de programa o de ideal para Su vida como Papa, sino porque desea aparecer como abierto a todos los ideales y programas que se derivan de la Fe, la Esperanza y la Caridad, sin exclusiones.
Estos son los simbolismos que aprendí cuando conocí la explicación oficial del escudo de Su Santidad Benedicto XVI. Nada debería sorprendernos en el escudo, como no sean la riqueza y la ajustada articulación de los simbolismos, así como su coherencia con el talante del Papa Ratzinger. Pero con anterioridad, cuando vi el escudo por vez primera, conociendo la identidad nacional del Papa, la poesía de Heine y de Freiligrath, y desconociendo la presencia del oso y de la cabeza del Rey Moro en tradiciones eclesiásticas bávaras y en el propio escudo arzobispal del Papa Ratzinger, relacioné –como recordé al principio– el oso con Heinrich Heine y la cabeza del Rey Moro con Ferdinand Freiligrath. Y me sorprendió ver sus figuras en el escudo pontificio. Explico inmediatamente el por qué. Y para hacerlo me referiré con una cierta amplitud a Heinrich Heine, que conozco y disfruto, y de soslayo, a Ferdinand Freiligrath, que conozco menos, aunque los pocos poemas de él que he leído no me disgustan del todo. Veremos en ellos, también el oso y la cabeza del Rey Moro. En un ensayo anterior, sin tener todavía una información exhaustiva de la simbología heráldica eclesiástica presente en el escudo de Benedicto XVI, relacioné estos símbolos poéticos con los heráldicos de Benedicto XVI. En todo caso, esta identificación de la imaginación poética de Heine y de Freiligrath con la simbología heráldica del Santo Padre no deja de constituir un caso interesante de contacto cultural, sutil convergencia. Pienso que al Papa Ratzinger, buen conocedor de la cultura literaria de su pueblo, no ha pasado inadvertido. Es más, estimo que cuando eligió tal simbología para sus escudos, el episcopal y el papal, debió tener conciencia de esta identidad o analogía.
EL OSO Y LA CABEZA DEL REY MORO
Heinrich Heine nació en Düsseldorf el 13 de diciembre de 1797, en el seno de una familia de judíos librepensadores que podríamos calificar como de clase media. Entonces, los muros del ghetto continuaban estando en pie. Un niño judío nacido y criado en un ghetto, significativamente separado del resto del mundo, casi nunca se podía librar del todo de la susceptibilidad y el orgullo, respuestas defensivas, a menudo inconscientes, a la humillación engendrada por las leyes injustificables de la segregación. Nuestro escritor no fue una excepción a la regla. Toda su existencia posterior estuvo marcada por tal infancia, por una especie de sello interior que le potenció las rabias y las roñas con relación al mundo en que vivió. En un momento de su juventud renegó de su judaísmo y se “convirtió” al luteranismo pero estimo que, en el fondo, nunca dejó de saberse judío y nunca llegó a ser totalmente cristiano.
De esa etapa de infancia y adolescencia sabemos de sus juegos en el granero de su tío Simon Van Geiden en el que encontraba disfraces, adornos ceremoniales, decoraciones apropiadas para ambientes exóticos y, sobre todo, los manuscritos de otro pariente, conocido como “el Oriental” y “el Caballero”, que llegó a publicar en Londres un tomo de versos franceses. Este personaje un tanto pintoresco, habría partido a Israel –entonces parte del Imperio Otomano– y allí habría llegado a ser jefe de una tribu nómada. Todavía en esa etapa, Heinrich Heine leyó El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Cervantes, obra que admiró hasta el final de sus días. Ya adulto, él mismo afirmó que había sido el primer libro que había leído cuando aprendió realmente a leer. En más de una ocasión expresó su identificación con el personaje central en cuanto a lo de ser hostilizado por ser incomprendido, pero sobre todo por su sensibilidad, su actitud ética, su pasión por la justicia, su capacidad de amar y de reaccionar contra todas las formas de la falsedad. |
Como la mayor parte de los judíos, sintió una profunda admiración por Napoleón Bonaparte, considerado por aquellos como un liberador. La legislación napoleónica que, en principio, destruyó los ghettos y las leyes discriminatorias de los judíos, colocaba al Emperador, a los ojos de una buena parte de los judíos de la época, como un genuino liberador, al estilo de los antiguos liberadores de Israel. Hasta tal punto llegó este fervor por el Emperador de los Franceses que su nombre fue grabado en piedra en casi todas las sinagogas incluidas en el ámbito de su Imperio.
Naturalmente, de la primera juventud de Heine datan sus primeros amoríos conocidos: Josepha, hija ya huérfana de quien había sido el verdugo oficial de Düsseldorf , y su prima Amalie, hija de su tío Salomón Heine, banquero en Hamburgo; amor este último más profundo que no fue correspondido y provocó largos períodos de melancolía en el joven Heinrich.
Aunque su padre deseaba que se dedicase al comercio, Heine empezó estudios de Derecho en Bonn en 1819; casi enseguida se traslada a Göttingen e ingresa en la Facultad de Letras, pero ya en 1821 se instala en Berlín, en donde fue discípulo de Hegel (1770-1831), que influyó en el pensamiento |
Heinrich Heine. Autorretrato. |
filosófico de Heine. Se dedica más a la literatura que al Derecho y establece contactos con algunos eminentes escritores románticos alemanes de los círculos berlineses. Permanece en Berlín sólo hasta 1823. De entonces son sus primeros poemas conocidos, editados bajo el simple título de Gedichte (Poemas). Tuvo éxito. Gustaron por su delicadeza, su lirismo y por el buen empleo de la lengua alemana. “Corría en ellos el airecillo mañanero de su genio”, dice de ellos Max Aub en un conocido ensayo sobre nuestro escritor. Se reúne con su familia en Lüneburg, pero en 1824 lo encontramos de nuevo en Göttingen, en cuya Universidad obtiene el título de Derecho en 1825. En ese mismo año renuncia al judaísmo, al que sólo se sentía unido por vínculos étnicos, y se hace bautizar como luterano. Todo parece indicar que no tenía motivaciones religiosas genuinas sino que, como en Alemania entonces estaba vedado el ejercicio de la abogacía a los judíos, quería explicitar su desentendimiento de ellos. En realidad, Heine, ni de joven, si de adulto, dio signos de una religiosidad coherente, ni con relación a la fe judía, ni con relación al cristianismo. Hasta el fin de su vida, él mismo se presentaría como agnóstico o ateo o, a lo sumo, con una fe en la trascendencia sin vínculo eclesial alguno.
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Ya convertido oficialmente en luterano,vuelve a Berlín y en esta ciudad permanecería hasta 1827. Al parecer, nunca ejerció la abogacía y en otros menesteres profesionales –profesor y empleado bancario– no tuvo éxito, pero no dejaba de cultivar la poesía y la prosa poética. En 1826 publicó Viaje por el Harz, relación en prosa de una excursión por las montañas del Harz; páginas llenas de poesía y de gracia estilística que revelan una cierta fortaleza espiritual. Tuvo un éxito enorme y, probablemente, fue esta obra la que fundamentó su fama literaria ulterior. A lo largo de su vida, publicaría, con muy buena acogida, libros de viaje (Reisebilder), constituyéndose con ellos en uno de los creadores románticos de ese género literario, del que tan buenos ejemplos nos legara el siglo xix, prácticamente en todas las lenguas europeas. Sin excluir a Cuba de muchas de estas relaciones de viajeros, más o menos famosos y más o menos buenos escritores, que hoy nos permiten hurgar con mejor tino en la vida de nuestro país en esa época. En 1827 vio la luz su Buch der Lieder (Libro de Canciones), recopilación de algunas canciones anteriores. Se trata de textos, casi todos, poéticamente exquisitos. Franz Schubert y otros compositores románticos pusieron música a algunas de estas canciones y a otras posteriores, fusión que dio cuerpo a uno de los géneros mayores de la música romántica alemana, el Lied o canción de concierto, imbricación sublime de música y poesía que, en la voz |
y el piano de algunos “elegidos”, me han acompañado luminosamente una buena parte de mi vida. Pienso, p.e. en las voces de Elizabeth Schwarzkopf, Dietrich Fischer-Dieskau... y en las manos de Gerald Moore.
De 1827 a 1831, viaja Heine por Inglaterra, Italia y diversas regiones de Alemania, viajes reflejados en artículos periodísticos para el periódico Morgenblatt, de München y en sucesivas ediciones de sus Reisebilder. A partir de 1831, también publica para el Allgemeine Zeitung, de Berlín, del que ya era corresponsal en París. El 3 de mayo de ese año, Heine se instaló en la capital de Francia y en ella permaneció hasta su muerte, ocurrida en 1856. Durante esos 25 años viajó a Alemania sólo en dos ocasiones y para breves estancias. En una ocasión le preguntaron cómo se sentía en París. Heine respondió: “Como un pez en el agua, o mejor, como Heine en París”. En esa ciudad, que era por entonces una de las verdaderas capitales del mundo de las ideas y de las artes, frecuentó el “salón” de la Princesa Belgioso, conoció a los músicos Rossini, Beriloz, Liszt y Chopin, a los escritores y poetas Alfred de Musset, Théophile Gautier, George Sand, Alexandre Dumas y Honoré de Balzac; rozó la periferia de Karl Marx, y fue partidario de Saint-Simon, lo que no le impidió cultivar la amistad de Thiers y de Guizot. En 1834 contrajo matrimonio con Eugenia Mirat, con la que había sostenido una relación afectiva anteriormente. Desde 1835 comenzó a sentir los primeros síntomas de una enfermedad medular que llegó a postrarlo en 1848. Le producía dolores muy fuertes pero casi hasta el final se mantuvo escribiendo y “burlándose” de la muerte prevista con ese tono tan de él, en el que se alterna una muy ácida ironía, con las más líricas delicadezas. Al final, no sólo estaba paralítico, sino también casi totalmente ciego.
Algunos autores hablan de un signo de conversión de Heine en la hora de la muerte, a partir de una de las cartas de esa etapa final: “A trueque de que me acuse de necio no le ocultaré tampoco el gran acontecimiento de mi alma: soy desertor del ateísmo alemán y me hallo en vísperas de volver al seno de las creencias más insignificantes. Empiezo a darme cuenta de que una briznita de Dios en nada perjudicaría a un infeliz, sobre todo cuando está tendido y atenazado por los tormentos más atroces. No creo aún del todo en el cielo, pero ya percibo por adelantado el sabor del infierno, gracias a las quemaduras que viene a darme en la columna vertebral, y esto es progreso. Porque así puedo entregarme al diablo.”
Conociendo el estilo del autor, no me resulta fácil inscribir este párrafo en el género tradicional de las “confesiones de fe”... pero ¡quién sabe! Cierto es que fue un hombre de gran sensibilidad, con muy serias preocupaciones éticas, capaz de generosidad, de amistades y admiraciones, aunque también de odios y de menosprecios crueles. Literariamente, manejaba con frecuencia la ironía, a veces mordaz, a veces enmascaradora. Sólo Dios puede juzgar a fondo el mundo interior de cualquier persona. A fortiori, el de un escritor que arrastró tantas humillaciones, fracasos y éxitos contradictorios en un mundo como aquél , que pasó por la Ilustración, la Revolución Francesa, el cenit y el ocaso de Napoleón Bonaparte, la Restauración, las revoluciones sociales de 1848, el orto del marxismo, la revolución industrial y el desarrollo del proletariado, la independencia política de la mayoría de los países americanos, los salones y tertulias parisinos, el nacimiento y el ocaso del romanticismo como movimiento literario y como visión de la realidad, etcétera. |
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Fustigó inmisericordemente, con su “poesía”, a todos los que, según él, se acomodaban demasiado fácilmente en las realidades sociales injustas, que percibía, con dolor, en su Alemania natal, cuya economía crecía a la par que las diferencias sociales internas. Como “seres híbridos”, que no son ni carne ni pescado, calificaba a todos los que consideraba ambiguos y acomodaticios en relación con el poder o la riqueza. Al final de su vida, revisaba una y otra vez las que habrían podido ser sus propias ambigüedades y contradicciones, esclareciéndolas y esclareciéndose.
Me parece que puedo afirmar que Heine ha sido el poeta alemán que más influencia ha tenido fuera de Alemania y, muy particularmente, en los poetas de lengua castellana. Por ejemplo, ya resulta casi un lugar común afirmar su influencia en Gustavo Adolfo Bécquer; yo añadiría que, aunque no en el mismo grado, la podemos señalar en Campoamor, Antonio Machado y Luis Cernuda; de entre los latinoamericanos, en Darío, Cardenal y en algunos espacios poéticos de Neruda; entre los cubanos no resulta difícil rastrearlo en Martí, Casal, Agustín Acosta, Eliseo Diego, Fina García Marruz, Cintio Vitier, Roberto Fernández Retamar, en un cierto Marinello, en algunos espacios de Guillén y hasta en algunos tonos de las más |
intimistas Dulce María Loynaz y Serafina Núñez. Los franceses Rimbaud, Baudelaire y Gautier le deben más de los que se suele afirmar. En Cuba, en donde impera, entre otras, la pasión por el ballet romántico, el nombre de Heine está asociado a la wilis, esas criaturas fantasmagóricas de las tradiciones populares germanas y eslavas, recogidas literariamente por Heine, tomadas, posteriormente, de él por Gautier e incorporadas a la danza por Coralli, Perrot y Adam en Giselle, el paradigma del ballet romántico, emblemático de la compañía cubana de ballet, cuya directora actual, Alicia Alonso, ha sido considerada una de sus principales intérpretes del siglo xx.
Imposible recorrer la poesía inmensa de nuestro Heine en este espacio. Confieso, simplemente, que sus textos me imantan. Uno de ellos, Atta Troll, dedicado a un oso con ese nombre, es el que recordé cuando vi por vez primera el escudo papal de Benedicto XVI, máxime sabiendo que, en su primera edición (1847; había sido escrito en 1841), Heine lo había hecho preceder por algunas estrofas de “El Príncipe Moro”, de Ferdinand Freiligrath. Asociados, pues, oso y príncipe etíope en la simbología poética alemana.
Ferdinand Freiligrath había nacido en Detmold, Alemania, en 1810. Era, pues, 13 años más joven que Heine; murió en 1876, o sea, 20 años después que él. Era hijo de un maestro de escuela y él mismo fue comerciante. Como Heine, adhirió de algún modo al socialismo utópico y, quizás, en alguna medida, al no tan utópico. Las hostilidades que sufrió en Alemania, debido a sus ideas sociopolíticas, lo llevaron a buscar refugio en Londres, desde 1851 hasta 1867. Como Heine, influyó notablemente en la lírica alemana de su tiempo, sobre todo en la “poesía revolucionaria”. Hizo también importantes traducciones al alemán de Víctor Hugo y de Longfellow. Entre las que él mismo calificó como “baladas exóticas” podría situarse “El Príncipe Moro”, el poema del cual Heine escogió algunas estrofas para situarlas antes de la edición príncipe de Atta Troll. La cabeza del príncipe etíope, incluida en el escudo de Su Santidad Benedicto XVI, me llevó inevitablemente a pensar en esa extraña confluencia entre el escudo papal personal y estos dos poetas, Heine –el poema del oso Atta Troll– y Freiligrath –el poema “El Príncipe Etíope”–, alemanes como el Santo Padre, más que probablemente conocidos por él, no católicos y poetas paradigmáticos de la izquierda romántica alemana del siglo xix. Conocida después la explicación oficial del escudo papal por parte de Andrea Cordero Lanza di Montezemolo, me entero de las raíces heráldicas de esa simbología, pero la interesante y cuestionadora confluencia con los dos poetas alemanes continúa estando presente.
¿Qué simbología encierran estos poemas? ¿Se refiere el oso Atta Troll al propio Heine y a la zona del romanticismo alemán que él aprobaba? ¿Y Lascaro, el cazador, no sería acaso, también, símbolo de Heine, cazador cazado de los románticos que Heine despreciaba? ¿Y el Príncipe etíope, ensalzado por Freiligrath en su poema, del que Heine coloca algunas estrofas en relación con Atta Troll? ¿Qué significado y valor les otorga Su Santidad Benedicto XVI cuando las incluye en su escudo, conociendo sin dudas sus antecedentes heráldicos, pero conociendo, también sin dudas, su presencia en la poesía de Heine y de Freiligrath? No tengo respuestas contundentes. Dejo las preguntas abiertas.
Sírvame de epitafio a esta evocación el verso que inspiró a Heine la muerte de su oso Atta Troll, víctima de Lascaro, el cazador, tras una cacería fantástica, enriquecida por un desfile fantasmagórico de reinas rubias, ondinas, elfos, y héroes.
Así cayó mi noble héroe.
Así pereció, pero después de morir
Ha de resucitar en los cantos del poeta (...)
Y su gloria recorrerá la Tierra
en patéticos troqueos1 de cuatro pies.
Un día, el Rey de Baviera levantará una estatua
en el panteón del Walhalla2
con una inscripción en el estilo lapidario
de su manera Wittelsbachiana3:
“Atta Troll, oso descamisado, igualitario feroz,
esposo estimable, espíritu serio, alma religiosa
odiadora de la frivolidad. Pero mal bailarín.
Con la virtud en su velludo pecho.
A veces necio. No fue un talento.
Pero fue un carácter.
Ya no hay reyes en Baviera. Lo que no podía imaginar el visionario poeta, ni su colega Freiligrath cuando leyó Atta Troll, que 165 años después de la publicación del poema, un Papa bávaro, aunque quizás llegara a ellas por otros caminos, incluiría las imágenes de Atta Troll y de la cabeza del Príncipe Etíope en la parte superior de su escudo pontificio, articuladas las dos por la parte baja del escudo, ornada por la Concha del Peregrino.
Notas:
1.- Del griego troxâios y del latín trochaeus, pie de la poesía griega y latina, compuesto de dos sílabas, una larga y otra breve. Por extensión y por imitación del latín, en español se identifica así al pie de poesía, también bisilábico, con una sílaba fonéticamente acentuada y la otra átona. P.e. prado..
2.- En la mitología nordeuropea, el Monte en el que residen los dioses. Análogo al Olimpo de la mitología griega.
3.- Adjetivo creado a partir del apellido alemán Wittelsbach. Arnoul de Wittelsbach obtuvo el Condado de Baviera, erigido entonces en Ducado (911-937). El Ducado pasó luego por diversas “Casas”. Regresó, en 1180, a Otón, Conde Palatino de Baviera, descendiente de Arnoul. El soberano pasó a ser Elector en 1623 y Rey en 1806. La Casa de Wittelsbach perdió el trono en 1918, como consecuencia de la Primera Guerra Mundial. Además de Baviera, poseían el Palatinado. Cuando Heine escribió y publicó su poema Atta Troll, los Wittelsbach ocupaban el trono bávaro, de ahí la referencia poética. |
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