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INTERNACIONAL

 
La larga espera
por Lázaro J. ÁLVAREZ

El pueblo kurdo, cuya presencia se extiende por territorios de varios países en el Medio Oriente, tiene una meta ancestral: la creación de un Estado independiente, el Kurdistán. Aunque cualquier paso en esa dirección es observado con recelo por Turquía y otros actores en la región.

La larga espera
de los nietos de Saladino


La presencia de 150 mil soldados turcos en la frontera con Iraq, desde junio pasado, ha encendido las alarmas de quienes saben que, si de algo está hasta la nariz el Medio Oriente, es de conflictos. Y no le hace falta uno más.
Pero Turquía no sólo ha enviado a sus efectivos allí, sino que incluso ha bombardeado algunos poblados en el lado iraquí y ha adentrado a algunas de sus tropas en el país vecino.

La causa tiene un nombre, o más exactamente un gentilicio: kurdos. En este caso, se trata de acciones de Ankara para golpear a un grupo que realiza incursiones armadas en el sur de Turquía: el denominado Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), cuya meta está bien clara: la proclamación de un Estado kurdo independiente en esa región.

Para el gobierno turco, una de las soluciones es emprenderla contra el norte de Iraq, donde también viven kurdos que estarían prestando asistencia y escondite a quienes combaten con objetivos idénticos a los suyos más allá de la frontera.

Para mayor preocupación de Ankara, recientes informaciones han sacado a la luz algo que ya sospechaba: Estados Unidos está proveyendo al PKK de armas y municiones.

“Descubriremos si EE.UU. está suministrando armamento al PKK. Si fuera probado, toda la relación con EE.UU. se vería seriamente dañada”, dijo el 17 de julio el ministro de Asuntos Exteriores de Turquía, Abdulá Gül.

Parte de la evidencia descansa en que dos ex militantes del PKK afirmaron recientemente que agentes norteamericanos llevaron armas a sus campamentos en el norte de Iraq, donde está el centro de operaciones del grupo. De hecho, el primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan afirmó que los desmentidos estadounidenses sobre la presunta entrega de armas al PKK –considerado terrorista por Washington y la Unión Europea– “no son convincentes”.

Un juego de intereses, en fin, en el que a veces los aliados divergen, mientras el problema, fuertemente enraizado por el paso de los siglos, sigue sin solución. La cuestión kurda no acaba en Turquía, sino que es una preocupación menor o mayor en las agendas de los países del área. Hablamos de un pueblo sin Estado, esparcido entre Iraq, Irán, Siria y el país antes mencionado. Y por supuesto, con aspiraciones a formar un país independiente, donde su actual carácter de minoría no esté sujeto a los vaivenes políticos de las naciones en que hoy residen.

LA PROMESA INCUMPLIDA

A quien lanza una rápida mirada al Medio Oriente, una noción de homogeneidad le dicta: “árabes”. Sin embargo, los kurdos no lo son. A pesar de ser musulmanes sunnitas, como las grandes mayorías de su entorno, conforman una identidad cultural y étnica totalmente diferente.

Una pincelada curiosa: la que es, quizás, la más renombrada figura de este origen, es un personaje central en los textos sobre historia de la Edad Media y las Cruzadas. Se trata de Saladino (1138-1193), sultán de Egipto y Siria, y líder militar que expulsó a los cristianos de Tierra Santa, lo que provocó la tercera cruzada.

Guerras y jerarcas aparte, el Kurdistán, la zona del suroeste de Asia en que han habitado los kurdos desde hace 700 años, se extiende por 550 mil kilómetros cuadrados, y está repartida entre varios países. Los millones de individuos que conforman este pueblo se distribuyen de la siguiente manera: en Turquía, 20 millones; siete millones en Irán; en Iraq, cuatro millones, y en Siria, un millón y medio.

Al finalizar la Primera Guerra Mundial, en la que los kurdos se habían aliado a las potencias occidentales contra el Imperio Otomano –como hicieron también los árabes, a quienes se les prometió la emancipación de sus naciones, que no obtuvieron– el Tratado de Sevres, de 1920, determinó otorgarle la independencia al Kurdistán.

Sin embargo, por presiones turcas y rivalidades internas entre clanes kurdos, dicho documento jamás se ratificó y fue sustituido por el Tratado de Lausana (1923), que estableció las fronteras de la Turquía actual y omitió la promesa de un Estado kurdo autónomo, cuyo territorio se lo compartieron el resto de sus vecinos.

Guerrilleros del PKK
Guerrilleros del PKK
en el sudoeste de Turquía.

Ahora bien, el Kurdistán es una región rica en recursos naturales: robledos extensos, inmensas zonas de pastoreo y otras aptas para el cultivo de cereales. Agua, en una zona sedienta; petróleo, en un mundo que ve desaparecer esa fuente energética. Baste decir que del subsuelo kurdo extrae Turquía buena parte del combustible necesario para el consumo nacional, mientras que en el Kurdistán iraquí se concentra el 40 por ciento de la riqueza petrolera de ese país.

Basta todo ello para entender cómo, de acceder a cualquier demanda independentista, los gobiernos regionales estarían botando de casa a la gallina de los huevos de oro.
Por retenerla en el corral, las armas han tronado ya unas cuantas veces.

LA CIUDAD ASFIXIADA

Durante el siglo xx, varias fuerzas políticas kurdas, con sus derivaciones militares, pugnaron por no permitir que la cuestión de la independencia se archivara. Así, en 1973 surgió el ya mencionado Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), que 11 años más tarde comenzó sus acciones armadas contra el Estado turco.

Hasta la fecha, se calculan en 35 mil las víctimas de esos enfrentamientos, cuyo escenario inicial fue el sur del país. Según un reportaje del periodista español Manuel Martorell, el ejército turco ofrece la cifra de 20 mil guerrilleros del PKK eliminados, mientras que organizaciones de derechos humanos hablan de un millar de desaparecidos, más de 3 mil pueblos destruidos, millones de desplazados y regiones enteras devastadas. El líder del PKK, Abdullah Öcalan, actualmente preso en Turquía, fue condenado a cadena perpetua por delitos de “terrorismo” y “separatismo”.
Otras formaciones kurdas de corte independentista se pueden encontrar en Iraq. Incluso el presidente de ese país, Yalal Talabani, pertenece a una de ellas: la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK)
.
Este partido, creado por Talabani en 1975, fue inicialmente de extrema izquierda, aunque transitó hacia la socialdemocracia posteriormente. En la actualidad, forma una alianza de gobierno con el Partido Democrático del Kurdistán, instituido en 1946, y fuerte oponente al gobierno de Saddam Hussein desde el final de la primera Guerra del Golfo (1991).

Un dato de interés es que ambos grupos sostuvieron choques sangrientos en décadas pasadas, con la pretensión de obtener la primacía en la zona. Un mal al que se le sumó la represión por parte del gobierno central.
Una aldea del Kurdistán iraquí, Halabja, acopió la atención de la prensa mundial cuando entre el 16 y el 19 de marzo de 1988, aviones enviados por Bagdad lanzaron su carga de armas químicas (gas mostaza, sarín y VX) contra la indefensa población, en represalia por las tentativas independentistas de grupos gue-rrilleros kurdos, que contaban con el respaldo de Irán, en guerra con Iraq desde 1980.

Quizás porque Saddam era entonces un excelente aliado de EE.UU. en la región –había desatado la invasión contra Irán precisamente impulsado por la administración de Ronald Reagan–, el asunto no se investigó en profundidad en aquella época. Según se conoció después, las sustancias arrojadas contra los civiles tenían la factura de EE.UU., Alemania y otros países occidentales. Más de 5 mil vidas fue el precio que pagaron los kurdos por desear la independencia y atreverse a una alianza con Teherán.

El genocidio de Halabja se inscribió dentro de la denominada Ofensiva Anfal (1987-1988), que bajo pretexto de frenar la influencia iraní en el norte de Iraq y aplastar la rebeldía kurda, dejó más de 180 mil asesinados, cientos de miles de kurdos desplazados hacia el sur del país y 4 mil ciudades y pueblos arrasados.
A principios de julio pasado, uno de los principales arquitectos de aquella masacre, el ex general Alí Hassan al Majid (Alí el Químico) fue sentenciado a muerte por un tribunal iraquí.

UN PAÍS, TRES PAÍSES


Tras la primera Guerra del Golfo, EE.UU. y Gran Bretaña establecieron zonas de exclusión aérea al norte y al sur de Iraq, con la justificación de proteger a kurdos y chiitas, aunque el entonces presidente George Bush arengó a estos últimos a un levantamiento contra Saddam, y después no intervino para frenar las represalias de Bagdad.
La decisión de declarar aquellas zonas de exclusión dejó al Kurdistán fuera del control real del gobierno iraquí. Incluso, en los meses previos a la invasión protagonizada por EE.UU. en 2003 sin el apoyo de la ONU, oficiales de la CIA inspeccionaron en las ciudades de Arbil, Dohuk y Suleimaniya tres pistas de aterrizaje que se podían emplear en la recepción de tropas y material bélico. Como en realidad ocurrió el 27 de marzo, siete días después de iniciada la intervención militar.

500 kurdos murieron en la masacre de Halabja.
500 kurdos murieron en la masacre de Halabja.
La guerra, y sus consecuencias al día de hoy, son bastante conocidas, por lo que valdría detenerse en el aspecto constitucional. En 2005, una asamblea constituyente, creada bajo el régimen de ocupación militar extranjera que aún impera en ese país, redactó una Carta Magna que, entre sus disposiciones, declara a Iraq como un Estado federal.

Ello permite a las provincias erigirse en regiones autónomas, con buen número de competencias respecto al poder central. Era ese el deseo de los kurdos en el norte y los chiitas en la zona meridional. Según la ley, las regiones se pueden quedar con una gran parte de los ingresos obtenidos de los yacimientos petroleros existentes en sus respectivos territorios.

Como tales recursos abundan en las áreas de influencia kurda y chiíta, pero escasea en la de los sunnitas (el centro del país), evidentemente estos últimos han boicoteado la referida Constitución, por entender que no sirve a los intereses nacionales de Iraq como un todo.

Asimismo, el federalismo que propugna el documento puede ser apenas el inicio de la separación completa del sur, el centro y el norte, o sea, la fragmentación de Iraq en tres Estados. Tres más, en un océano de países petroleros segmentados a capricho por las antiguas metrópolis. Más divididos, más manejables.

Cabe decir, de paso, que de concretarse esta atomización, EE.UU. no le haría ascos, pues es precisamente en el centro de Iraq donde se concentra el grueso de las acciones de la insurgencia iraquí, que es mayormente árabe sunnita, y que de seguir con una intensidad como la hasta ahora demostrada, puede continuar agrie-tando el apoyo de la opinión pública norteamericana a las acciones del Pentágono, y no solo en sectores demócratas, sino en el propio seno del gobernante partido republicano.

Al otro lado de la cerca está el Estado turco. Un Kurdistán libre sobre el territorio de un Iraq eventualmente desmem-brado, sería una inspiración para los 20 millones de kurdos que viven en Turquía. Y más que inspiración, una fuente de recursos para los inde-pendentistas, un refugio para estos y una semilla de inestabilidad a la que mirarían, temerosos, también Irán y Siria.

Sin muchos rodeos: si llegara a declararse la independencia del territorio kurdo en Iraq, ello sería considerado causa de guerra por Ankara, que no toleraría un terremoto sobre sus líneas fronterizas. Cualquier movimiento en este sentido, deberá ser sopesado muy cuidadosamente por los propios dirigentes kurdos y por los actores externos que aportan las armas y las influencias, que no bastan para hacer la paz.

De manera que, al parecer, no habrá un Estado kurdo en lo inmediato, por la violencia que ello podría generar. Más adelantarían, pues, los países del área en preservar los derechos que como minoría le corresponden a este pueblo de pastores y guerreros.

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