Memorias de una meseta
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por Perla Cartaya COTTA |
Todas las ciudades tienen sus memorias: las de sus calles, paseos, hechos y cosas integran las mismas. Y llegan a quienes las buscan a través de la tradición histórica oral y escrita.
Hace varias semanas, una espléndida tarde de domingo, fui con mi familia de paseo por el Vedado, y recreándome en todo lo que ya conocía –les aseguro que sin pretenderlo–, creo que conducida por el amor a mi ciudad, me encontré ante un fragmento singular de sus memorias. Ante mi sorpresa, porque es uno de los lugares que me gusta frecuentar, por voluntad de mis hijos, detuvimos nuestros pasos en el Hotel Nacional y fuimos a carenar en el restaurante Comedor de Aguiar, espacio elegante, cordial y de bien servida mesa; cuyo nombre se debe a que “en ese mismo lugar” aconteció un hecho histórico que, al menos yo, desconocía…
Ocurrió en 1762: Don Luis José de Aguiar, y los hombres que se debían a su mando, estaban situados, al parecer, en una alta meseta. Desde allí, y por la audacia de don Luis, lograron desplazar a los ingleses de sus fortificaciones durante el asedio de La Habana por los mismos.
Aquella histórica meseta sufrió, como suele ocurrir, la agresión del tiempo y de los hombres. Se afirma que la misma –en cuya parte más alta fue conformándose el Vedado– se extendía hasta cerca de la Caleta de San Lázaro, lugar de pescadores, situada entre el Torreón y lo que es hoy el parque dedicado al General Antonio. Pero como el necesario progreso demandó mucha piedra para la construcción de calles y casas, y como el lugar más adecuado para adquirirla era la Loma de Medina (que fue durante tres siglos la proveedora principal), poco a poco la rocosa altura fue desapareciendo, subrogada por profundas y grandes furnias que, en la actualidad, todavía son observables en distintos lugares del Vedado.
La persistente extracción de materiales de construcción, y la ulterior necesidad de abrir un camino que, siguiendo la costa, comunicara a la urbe en desarrollo con La Chorrera, dejó tallada cerca del mar una meseta de varios metros de altura, en forma de lengua, con la punta hacia la costa, cortada a pico como los bordes, y cuya base se extendía sin accidente formando un todo con la Loma de Medina. Es presumible que el propósito de honrar el hecho acaecido en 1762 determinara que, en esta zona, se instalara una guarnición, conocida como la batería de Santa Clara, heredada por la República.1
La batería de Santa Clara fue siempre apreciada en su justo valor; sólo necesitaba remozarse con artillería más moderna para reafirmar su eficacia, criterio que siempre fue defendido por el Estado Mayor del Ejército. Pese a ello, hombres de negocios pusieron sus ojos en el pintoresco lugar; ya durante el gobierno de Gerardo Machado ese terreno fue adquirido por la firma norteamericana Manhattan Plaza Hotel Co. para construir una instalación de carácter más bien turístico.
Así las cosas, en 1930 fue inaugurado con bombos y platillos, según el decir popular, un hotel de innegable belleza y elegancia –se llegó a decir que se hallaba entre los más cómodos del mundo–, al que llamaron Hotel Nacional y que, remozado, aún se valora como uno de los sitios más pintorescos de la capital de todos los cubanos. Creo que nadie hubiera podido pensar que, más adelante, sería escenario de hechos que podían haberse evitado y que, a mi juicio, lastimaron innecesariamente el alma cristiana de nuestra Nación.
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| Los hechos ocurrieron días después del golpe del 4 de septiembre de 1933 que, como usted recordará, tuvo lugar tras los acontecimientos que sucedieron con motivo del derrocamiento del segundo período presidencial del Presidente Machado, de carácter dictatorial –gracias a la acción de las fuerzas revolucionarias; favorecida si se quiere por la enemistad entre el depuesto mandatario y el embajador norteamericano S. Welles–, y los efímeros gobiernos de Carlos M. de Céspedes y la Pentarquía. Al respecto, el periodista Mario Kuchilán en Fabulario. Retrato de una época, diría que “el 4 de septiembre fue un aborto y no un parto de la historia” (p.116), y pienso que tuvo razón al afirmar que no era la suya una mera frase, era la verdad. Al día siguiente apareció en la prensa una Proclama al Pueblo de Cuba, de la Agrupación Revolucionaria de Cuba, integrada, según declaraba el documento, por alistados del Ejército y la Marina y por civiles pertenecientes a distintos sectores, encabezados por el Directorio Estudiantil Revolucionario; en el punto 6 el documento aseveraba tomar el camino para la creación de una nueva Cuba asentada en el derecho y la moderna democracia. Lo firmaban 19 cubanos –entre ellos, Carlos Prío Socarrás, Rafael García Bárcenas, Carlos Hevia, Gustavo Cuervo Rubio, Sergio Carbó…–, cerrando la relación Fulgencio Batista, sargento jefe de todas las Fuerzas Armadas. |
Fulgencio Batista.
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Es decir que, a partir de ese momento, por la decisión de ellos, quedaban sin efecto las responsabilidades de Julio Sanguily y Horacio Ferrer, cuyos grados habían logrado luchando por la independencia de Cuba, y que habían sido nombrados por el depuesto presidente, doctor Carlos Manuel de Céspedes, como Jefe del Estado Mayor del Ejército y Secretario de la Guerra y Marina, respectivamente. Ambos habían conspirado en el seno del Ejército para deponer a Machado. En el caso del coronel Sanguily (ascendido a General con el nombramiento), a los dos días de trabajo como tal fue intervenido quirúrgicamente de urgencia por el doctor Núñez Portuondo; con respecto a Ferrer, que juró su responsabilidad el 29 de agosto, la cual había aceptado por la situación de su compañero de armas, sólo estuvo en ese desempeño cinco días: hechos inesperados dieron al traste con sus proyectos de depurar y reorganizar el Ejército.
La entrega del mando a los sargentos en todos los destacamentos de la República sin que se hubiera escuchado un tiro no tuvo precedentes; y su origen estuvo, según la opinión de Ferrer, principalmente, en la descomposición de las fuerzas armadas por la lucha violenta –durante varios años– de la oposición contra el gobierno. No hay organización que no se quebrante con el veneno de la inacción y eso le ocurrió, diría más adelante, a aquellas tropas. Pero como bien dicen que todo es según el cristal con que se mira, el teniente Silva al confesar la conspiración contra los superiores se esfuerza por defenderse: el error de que la depuración no hubiera sido inmediata a la caída de Machado era la causa de lo que él llamó “ineficaz iniciativa”. Pudiera tener razón. Pero ya el síndrome del ascenso y del poder, de acuerdo con Ferrer, había penetrado en no pocos de los jóvenes militares de Academia. Por otra parte, de acuerdo con el juicio del capitán Carlos Montero, que actuó como ayudante del jefe del Estado Mayor en aquellos días aciagos –Sanguily se incorporó sin haber concluido su recuperación–, lo inexplicable de la actuación de los oficiales el 4 de septiembre fue la pasividad expectante con que lo aceptaron los que tenían mando de tropas y en general todos los que pertenecían al Ejército.
A la violencia que se había adueñado de la ciudad desde la caída de Machado, se unió la anarquía que había provocado en toda la Isla la sedición de los soldados. El día 7 por la noche los oficiales fueron llamados a Palacio por los hombres que tenían el poder: temían que de un momento a otro, por el caos reinante, desembarcaran las tropas norteamericanas, les pidieron que volvieran a sus puestos pero en condiciones tan humillantes que eran inaceptables: cada oficial, a cargo de una unidad, tendría a su lado dos sargentos, uno para cuestiones administrativas y otro para asuntos de mando; el oficial firmaría lo que decidieran los sargentos.
Como era de esperar, no demoraría el hostigamiento contra quienes no aceptaban el hecho consumado. Muchos llegaron a temer por las familias y por sus propias vidas. Volvieron entonces sus ojos hacia el Nacional; tal vez porque Welles vivía allí. Por esa u otras razones, lo cierto es que aquel lugar llegó a ser más frecuentado que la esquina de Galiano y San Rafael (llamada durante mucho tiempo “la esquina del pecado”), que era mucho decir. Sin embargo, ante esas circunstancias –¿discreción o estrategia?– el embajador se trasladó para el hotel Presidente.
Kuchilán afirma, en ob.cit., que el señor Robert P. Taylor, administrador del Hotel Nacional, tuvo un papel singular en los hechos que habrían de suceder: al iniciarse la afluencia de oficiales les negaba habitaciones alegando que no había disponibles; pero cuando los pocos turistas extranjeros empezaron a mudarse accedió a sus peticiones. Con rapidez se organizó el puesto militar del hotel y hasta crearon una oficina de información a cargo de dos tenientes, uno del ejército y otro de la Marina. Taylor, preocupado por el sesgo que iban tomando las cosas, pidió instrucciones al presidente de la corporación (Nueva York) y le respondieron que no se preocupara. Y créalo o no lo crea, los empleados cubanos y los gastronómicos del hotel rehusaron servir y atender a los nuevos huéspedes, abandonando sus puestos de trabajo. Los oficiales que se fueron concentrando en el lugar –despojados de mando pero no depuestos de sus grados– tuvieron que resolver por sí mismos las necesidades perentorias de la vida: pelar viandas, cocinar, fregar, lavar y, además, manejar el ascensor. No había comunicación telefónica, pero sí electricidad y agua.
Algo mayor tendrían que afrontar: la división entre coroneles y comandantes de un lado y los capitanes y tenientes de otro. Se trataba, según Ferrer, en síntesis, de un conflicto generacional. Allí se encontraban, por supuesto, Sanguily y Ferrer, cuyas familias habían sido acogidas en hogares de amigos, tratando de mantener el barco a flote, esforzándose para que el optimismo no se fuera a bolina.
Afuera, tropas del ejército de Pro Ley y Justicia y del “Ejército Caribe” con base en la universidad, rodeaban el hotel. El día 15 la prensa destacaba que se habían emplazado ametralladoras en los alrededores. Se afirma que el gobierno de Grau, en su parte civil, no cesaba de gestionar un acuerdo con ellos; pero en vano intervinieron en ese sentido Eduardo Chibás y otros. Mientras tanto, frente a las cercanas costas –y también en las de Santiago–, la presencia de buques de guerra norteamericanos apuntaban al corazón de nuestra soberanía. Kuchilán asevera que los oficiales fueron los intransigentes (ob.cit.p. 156); pero tanto Sanguily como Ferrer pensaban que no podían hacer otra cosa.
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El presidente Ramón
Grau San Martín. |
En carta fechada el 13 de septiembre de 1933, Ferrer le dirige al presidente Grau una extensa carta, de la cual son estos fragmentos: “¿Solución? Yo no veo más que una, y a Ud. la declaro con entereza. (…) Han puesto en sus manos un clavo ardiente y su fuego no lo podrá Ud. apagar. Antes de que el día se le deshaga entre las manos, actúe como un buen patriota; cite a junta a todos los llamados sectores de oposición contra Machado y consúlteles. Mucho me equivoco o le aconsejarán formar un gobierno constituido con un Presidente rodeado de Secretarios que sean los mismos jefes de los sectores oposicionistas o representantes de ellos…”2 De acuerdo con su consideración personal, el doctor Céspedes podría ser el Presidente, por el valor moral del retorno a la legalidad. La contestación de Grau no se hizo esperar, según Ferrer: poner sitio al hotel y ordenar su detención, según le dijo uno de los miembros de la guardia.
Dentro del Nacional había disciplina pero no solidaridad. La inmensa mayoría deseaban irse: no lo hacían porque estaban conscientes de que se jugaban la vida. Sabían que el Gobierno no gobernaba, y Batista, de la noche a la mañana, era el hombre fuerte de Cuba. Así llegó la madrugada del lunes 2 de octubre: oyeron el primer tiro, seguido de ráfagas de ametralladoras. Algo después, la población habanera escucharía con asombro el rugir de los cañones en sus calles durante diez horas. Los oficiales |
enfrentaron batalla con audacia y pericia. Mientras que en el garage de Calzada y M, fuera del campo de visión del Nacional,
se hallaba Fulgencio Batista –a quien Kuchilán jocosamente llamara el tipo de los garages, porque en 1952 cuando conspiraba para derrocar a Prío, también escogió un garaje de dos salidas en la calzada de Buenos Aires y Alejandro Ramírez–, dentro del carro blindado, dicen que indeciso y acobardado, comunicándose telefónicamente con Grau.
El fragor del combate no cedía con el paso de las horas. Alrededor de las doce y medía del día, el señor Víctor G. Mendoza, tesorero de la Cruz Roja, llegó al Nacional acompañado de hombres que portaban la bandera de esa institución: traían una nota de Batista, con una tregua de una hora, proponiéndoles las siguientes bases con el fin de terminar con “la guerra declarada por los habitantes del Hotel Nacional”. Debían salir de 5 en 5, con intervalos de diez minutos, completamente desarmados; se respetarían sus vidas y se les daría toda clase de garantías. El señor Mendoza le refirió la consternación de la ciudad por el combate; y que cuando llegó al garage en busca de Batista, lo encontró en compañía de Antonio Guiteras, Secretario de Gobernación. Hasta las cinco y media de la tarde estuvo el hotel bajo un fuego muy intenso. Un grupo de oficiales instaban a Sanguily para que pusiera bandera blanca, ya que se había acordado la rendición; pero él se mostraba renuente a hacerlo, hasta que uno de sus ayudantes, el capitán Miguel Cutilla lo ordenó; y los tenientes Virgilio Beltrán y Ubeda fueron los ejecutores de la orden. Una avalancha de soldados en desorden y fuerzas irregulares, irrumpieron amenazadoramente en el lugar. La serenidad de Sanguily, de pie en el lobby junto con Ferrer, parece que los impactó… El teniente Belisario Hernández, antiguo subalterno del primero, los sacó del lugar –imponiéndose a quienes, en la calle, pedían sus cabezas–, junto con los dos hijos del coronel Julio Sanguily. Conducidos por el sargento Díaz Castañeda y custodiados por los soldados que el teniente Hernández indicó, fueron conducidos a La Cabaña, en calidad de detenidos, por haber sido los líderes del frustrado levantamiento.
Un reportaje de Time sobre los últimos momentos de ese lamentable hecho (recogida por Kuchilán en ob.cit. p. 171) dice: “…según salían con sus brazos bajos y listos para rendirse, los soldados abrieron repentinamente fuego, dejando diez indefensos oficiales muertos en el sitio”. Doy crédito a esa información porque en mis años de bachillerato la escuché en labios de un profesor, testigo presencial del terrible espectáculo. Epílogo
Les cuento que mi tarde de domingo terminó en el Salón de la Fama o de la Historia, agradable lugar, en cuyas paredes se evoca –no lo ocurrido en 1933, ni tampoco las antiaéreas y otras armas ubicadas allí durante la Crisis de Octubre, en 1962–, sino a personalidades relevantes de la cultura y de la política que allí se hospedaron, entre las cuales selecciono algunos nombres porque pienso que pueden ser de su agrado: Tito Guizar, Gary Cooper, Errol Flynn, los duques de Windsor, Jack Dempsey (boxeador), Johnny Weismuller (¿se acuerda de Tarzán?), don Juan de Borbón, conde de Barcelona, padre de Juan Carlos I, actual rey de España, Tyrone Power, Aga Khan, Betty Grable, Los Panchos, Winston Churchill, Fred Astaire, Rita Hayworth, Jorge Negrete, Stan Musial (pelotero), Frank Sinatra, Nat King Kole, Ava Gardner, Walt Disney, Porfirio Ruborosa, Spencer Tracy, Ferruccio Burco, Agustín Lara, Marlon Brando, Sarita Montiel, Alexander Flemming (descubridor de la penicilina), Mario Benedetti, Jean Paul Sartre, Gabriel García Márquez, Josephine Baker, Yuri Gagarin, Peter Frampton (músico inglés, actuó en Cuba en 1998 como parte del proyecto cultural Puente Musical Cuba-Estados Unidos; donó instrumentos musicales), Danielle Mitterrand, Geraldine Chaplin, Francis Ford Coppola, Imanol Arias y Steven Spielberg.
Creo que usted, amigo lector, coincidirá conmigo, en que si a las piedras de ese lugar les fuera posible hablar, tendrían muchas cosas que decirnos, tal vez más de las hoy evocadas. Referencias:
1- Horacio Ferrer: Con el rifle al hombro, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, pp. 370 y 371.
2- Ibídem, pp. 380 y 381. |
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