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por Monseñor Carlos M. de Céspedes GARCÍA-MENOCAL
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| Cuba... ¿La comprensión de su
identidad en el potro? |
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Tantas veces me mataron,
tantas veces me morí,
sin embargo, estoy aquí
resucitando. |
Gracias doy a la desgracia
y a la mano con puñal,
porque me mató tan mal,
y seguí cantando. (...) |
Hice un nudo en el pañuelo,
pero me olvidé después
que no era la única vez,
y volví cantando. (...) |
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Como la cigarra, María Elena Walsh, Buenos Aires, 1972. |
Cuando escribo “Cuba”, ya se sabe a qué me refiero; cuando escribo “comprensión”, creo que también se sabe, al menos aproximadamente, pero por si acaso copio del diccionario a mano: “facultad para comprender una persona, una realidad de cualquier tipo o una cosa” ; y con lo de “potro” no estoy pensando, por el momento, en “el caballo desde que nace hasta que muda los dientes de leche, que es a los cuatro años y medio”, sino en “el aparato en el que sentaban a los procesados para obligarlos a declarar por medio del tormento”, y en “lo que molesta y desazona mucho”. Para calzar mi reflexión, le tomo en préstamo los versos a María Elena Walsh que, aunque la suelen identificar como autora de versos y de canciones infantiles, a veces nos regala algunos versos y canciones que no son tan infantiles. No por casualidad los militares de su País, después del golpe militar, los prohibieron todos. Pero ahora se cantan de nuevo. Hago memoria de las cigarras y, como ellas, sigo adelante.
Desde que existe como entidad autónoma, los pensadores que reflexionan acerca de Cuba, han estado un tanto divididos en la comprensión de la misma. Ya todos sabemos que Cuba es una isla, de tamaño respetable, que fue descubierta por Cristóbal Colón en su primer viaje a América en 1492, y pasó enseguida a formar parte del entonces joven Imperio Español; que, por azares de la historia (azares e historia no se contraponen, se complementan), conservó su nombre original, aborigen; no se enyugó ni con el de “Juana”, ni con ninguno de los otros nombres posibles. Como las demás regiones de este Continente, llegado su momento, después que el de las otras regiones, se independizó políticamente, aunque no culturalmente, de España, a precio de dos guerras, una guerrita y muchas dificultades. En este caso, “después” no equivale a afirmar que la independencia fue “tardía”. Puede interpretarse que lo fue, pero puede también interpretarse que su momento de independencia fue el oportuno, y hasta que, quizás, habría convenido retrasarlo un poco, para evitar o minimizar otros inconvenientes. Sabemos también los cubanos que, después de la separación política de España hubo una intervención norteamericana de consecuencias ambiguas y que, aunque duró oficialmente cuatro años, el gobierno norteamericano del momento creó las condiciones legales, económicas y políticas que le permitirían seguir interviniendo, a veces de manera muy abierta, a veces entre bastidores. Sabemos que la mayoría de los cubanos –antes, entonces y después– nos hemos sentido sumamente incómodos con esta subordinación impuesta, pero sabemos también que nunca han faltado cubanos –ni antes, ni entonces, ni después– que aprueban tal subordinación y la estiman una realidad conveniente para el País. Todo eso lo sabemos, creo, todos los cubanos.
(Nota interruptora. Aclaro desde el principio de estas reflexiones que yo no me cuento entre ellos, los que postularon o postulan alguna forma de anexionismo; que yo me siento a gusto entre los que primero pensaron en la identidad de Cuba y después conspiraron y combatieron por su independencia; entre los que no levantaban la vista frente a los edificios públicos, entre 1898 y 1902, para no ver izada la bandera de los Estados Unidos, y entre los que al mediodía del 20 de Mayo de 1902 sí la levantaron, para ver cómo descendían de nuestras astas las banderas de muchas barras y estrellas y se alzaba la de las cinco barras, un triángulo y una estrella. Pero también aclaro que, no sólo respeto a los Estados Unidos de Norteamérica, sino que es País al que estimo sobremanera, en el que no me siento mal cuando lo visito o me encuentro entre sus gentes, entre los que cuento a familiares y a muchos amigos leales. A su independencia del Reino Unido, en el lejano siglo xviii, colaboraron muchos cubanos dignos, entre los que se encontraban más de uno de mis antepasados habaneros y matanceros; algunos trabajaron en la construcción de los monumentos más bellos de la nueva capital, la ciudad de Washington, y, debido a esa razón, en el cementerio de Arlington reposan los restos de uno de ellos. En él hallaron abrigo, en su momento, en los siglos xix y xx, muchos cubanos nobles, como el padre Varela y José Martí, sin excluir a muchos de mis familiares y antepasados de muchos lectores de este texto. En ese País se conocieron, casi mágicamente, mis padres... ¡Y tantas otras razones que entran no en el “debe”, sino en el “haber” de mi contabilidad personal en relación con los Estados Unidos, aunque ese País y ese pueblo tengan sus “pinticas”! Todos los pueblos y países las tienen. Algunos tienen más que otros, y en ocasiones las pueden tener tan grandes, que dejan de ser “pinticas” para convertirse en “manchas”.
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| Vuelvo al hilo interrumpido. Todos los cubanos sabemos que después de la intervención norteamericana, Cuba ha estado gobernada por gobiernos cubanos de diverso color, orientación política, grado de honestidad, sensibilidad social, cultura, simpatía, etcétera, y que sobre esos gobiernos y sus dirigentes no han dejado de pesar influencias de mayor o menor ponderosidad y de diverso estilo, como suele suceder a los gobiernos de países que no son áuticos: ni política, ni económicamente. ¿Algún país lo ha sido o lo es, de manera total y siempre? A mí me parece que no. Nuestro mundo es un concierto de interdependencias, y me resulta claro que mientras mayores son las fragilidades y carencias de un País y de sus gentes, más expuestos se encuentran a las presiones más limitantes. En todo caso, tengo la impresión de que los cubanos sabemos que ninguno de nuestros gobiernos ha sido tan positivo e impecable, que se haya ganado la aprobación de todos y que sean absurdas las censuras de muchos o de pocos. Y también que ninguno de los gobiernos ha sido tan malvado e incapaz, que se haya ganado la censura de todos y la aprobación de ninguno o de muy pocos. Entre los hombres que han asumido responsabilidades de gobierno en sus diversos niveles, los ha habido aceptables y los ha habido impresentables. ¡De todo ha habido! También, como en todas partes. |
Jorge Mañach.
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No podría precisar en qué momento de nuestra historia se nos coló en la identidad un cierto dejo de tristeza y pesimismo, probablemente espontáneos, no muy reflexivos. ¡La “cosa” es antigua! Algunos de nuestros cubanos fundadores más lúcidos ya escribieron acerca de eso –Varela, Saco y hasta Martí–, por no mencionar que, más acá en el tiempo, en los años republicanos, los pensadores del siglo xx, también lo hicieron y con más dramatismo. ¿No hemos escuchado y leído a Jorge Mañach y a Don Fernando Ortiz? Yo, que he tenido el privilegio de haberlos oído en vivo, no sólo de leer sus escritos, no los he olvidado. También, no estoy tan seguro de que “espontáneamente”, se nos coló una alegría ruidosa y superficial, de bongó y maracas, que trata de disimular la tristeza y el pesimismo. La supuesta alegría de bongó y maracas es pariente del choteo criollo. No sé cuándo ni cómo se nos pegó todo eso en la identidad, pero tengo mis sospechas que, siendo sólo sospechas, por el momento, callo. Al Papa Juan Pablo II le llamó la atención el tono “triste y melancólico” –así decía él– que tenían casi todos los cantos populares religiosos que escuchó durante su visita a Cuba; le resultaban contrastantes con el ambiente alegre que creía percibir en todas las celebraciones y con lo que le habían dicho con anterioridad acerca de la alegría del pueblo cubano...
Ahora bien, la cosa pública, en términos generales, debe haber tenido un aspecto muy pero que muy malo en los años cincuenta, si los cubanos sabemos –y los de mi generación, no sólo sabemos, sino que vivimos– que el Primero de Enero de 1959 fue saludado por una mayoría tan cercana a la unanimidad y tan desbordante de entusiasmo y de esperanza que, a juzgar por los ancianos de entonces, sólo podría ser comparable con la atmósfera que ellos habían vivido también el 20 de Mayo de 1902. Los cubanos sabemos que, pocos años después del 59, el rango de concertación y de esperanzas seguía siendo alto, pero que ya no tocaba los topes de la unanimidad y que, otra vez en nuestra historia, por razones múltiples, muchos cubanos abandonaron nuestro País en busca, a su entender, de mejores realizaciones existenciales. Y entre los que no abandonamos, sino que permanecimos enraizados, sin intermediarios, en esta tierra, el grado de adhesión al proyecto y a las personas que lo dirigen no es el mismo. Sabemos que el abanico de posiciones, dentro y fuera, es bastante amplio. Y que, hasta donde se pueden saber estas cosas (el mundo interior ajeno es tan difícil de escrutar y cometemos tantos errores, que el tiempo nos devela), las “razones” para una u otra opción –“dentro o fuera”, “así o asao”, “hasta aquí o hasta allá”– no siempre son confesables, porque no siempre han primado razones éticamente válidas, sino sinrazones vergonzantes. |

José A. Saco. |
Estos son hechos y situaciones que, me parece, sabemos todos, y en cuya enumeración desnuda, me parece, estamos casi totalmente de acuerdo. Ir más allá en los análisis de los años de la colonización, de las luchas por la independencia política de España, de la y las intervenciones norteamericanas y de las diversas situaciones en las variopintas etapas republicanas, es harina de otro costal. O como solía decir un campesino amigo: “chiva de otro pelaje”. Muchos historiadores de diversas escuelas, analistas sociales, conocedores especialistas de las cosas cubanas, que ahora se identifican como “cubanólogos”, se han referido a todo ello y han aventurado juicios de valor e interpretaciones, sobre el pasado, el presente y hasta sobre el futuro. Juicios e interpretaciones que –como es natural–, no todos compartimos. Natural es que en estas cuestiones, en relación con nuestro País o con cualquier otro, los juicios casi nunca puedan alcanzar el grado de “certeza inobjetable”, sino que deban conformarse, en el mejor de los casos, con el grado de “opinión aceptable” y, por ser opinión y no certeza, es además “opinión discutible”. Ya es gran cosa que, debido a superficialidad, falta de información, prejuicios, etcétera, no se trate de errores burdos. |
Una advertencia siempre hago y me hago, y remito su autoridad a mis viejos profesores de Historia de la Iglesia, en Roma, en la Pontificia Universidad Gregoriana, en los inicios de la década de los sesenta. Con mucha frecuencia nos exhortaban a la buena investigación, a la reflexión y a la prudencia en los juicios históricos, aún en los referidos a situaciones lejanas que no nos comprometen existencialmente, pero elevaban esta exhortación hasta las cotas máximas cuando se referían a la “historia” de la contemporaneidad. “Paradójicamente – recuerdo al Padre Giovanni Papa S.J.– esas situaciones que nos parece conocemos mejor porque las hemos vivido, porque estamos o en ellas o muy cerca de ellas, pueden resultarnos las más engañadoras para con nosotros mismos, porque carecemos del distanciamiento que la ciencia histórica requiere”. El mismo nos daba ejemplo de ello: nunca quiso hacernos “historia” de la Iglesia en Italia después de 1929, o sea, después de los Pactos de Letrán, que pusieron fin, en principio, a la “Cuestión Romana”, tema que nos interesaba sobremanera y me interesa aún hoy y en mayor grado. “Sobre todo este período –que entonces era de 30 años–, yo puedo hacer crónica, no historia. Escribo fichas con datos y las guardo en mis archivos, para que, los que vengan después, los utilicen con la sabiduría que yo no podría tener en relación con lo que he vivido con mucha intensidad”.
¿Qué tiene que ver todo esto con la comprensión de la identidad de Cuba y el potro del tormento para arrancar confesiones? ¡Voy a eso! Desde hace varios años se ha vuelto frecuente algo que ya existía, pero me parece que no era tan frecuente, ni apelaba a tantos géneros de comunicación para lograr que el tema fuese socialmente significativo y llegara a un número alto de cubanos. Me refiero a los ensayos, estudios, coloquios nacionales e internacionales, poemas y poemarios, novelas, cuentos, pinturas, esculturas, programas de televisión y, menos explícitamente debido a las sutilezas del género, películas, etcétera, acerca del nacimiento, el desarrollo, la formación y la adultez (no siempre afirmada) de Cuba, de la naturaleza de la cubanía, de su verdad ontológica como nación: ¿Es o no es una “nación” o se trata más bien de un pueblo amorfo, con estado y sin nación? ¿Hasta dónde llega el pueblo cubano, la nacionalidad cubana, y hasta qué generación, cuando de cubanos exilados se trata? ¿En qué consiste “la cubanía”, si es que se concede su existencia real y no se reduce a una utopía sin futuro? Las posiciones de los que se han ocupado del tema a veces se diferencian por matices que no mudan la sustancia del criterio, pero a veces varían en la sustancia. Cuba y la cubanía son el objeto del debate, pero la respuesta sólo puede darla Cuba misma, la diversidad de sus gentes y de los hechos bien conocidos e inteligentemente analizados. Siempre dependerá del conocimiento y de la justa valoración de los hechos y personas que la han constituido históricamente y la constituyen hoy y le alimentan la esperanza. La plancha se calienta y el látigo se agita, no tanto por el elenco de personas y de coyunturas, sino por la interpretación que se deriva de los distintos abordajes, y por el peso que se les conceda dentro del todo verificable, a sus componentes, el pasado y el presente, sin descuidar la nostalgia de futuridad irrenunciable, pero no verificable, que es también parte del todo.
Presento un ejemplo descriptivo que, espero, contribuya a ilustrar la reflexión, aunque es simplificador y no agota las posibilidades del tema. También por razones de “simplificación”, agrupo bajo el título de “cubanólogos”, aunque no me gusta este neologismo, a todos los que se ocupan de estas cuestiones relacionadas con la identidad cubana, sea cual fuere el género literario, plástico o propio de cualquiera de las vías por la que el cubanólogo en cuestión exprese su pensamiento. Para la mayor parte o, mejor, la casi totalidad de los cubanólogos, hasta hace algunos decenios, el punto de origen de la identidad cubana había que buscarlo hacia fines del siglo xviii y principios del siglo xix, fundamentalmente en La Habana y en el entorno del Seminario “San Carlos y San Ambrosio” (sobre todo, del padre Félix Varela, pero también del padre José Agustín Caballero, del padre Ruiz, de José Antonio Saco, de Don José de la Luz y Caballero “el fundador silencioso” lo llamaba Martí, etcétera.), de la Sociedad Económica de Amigos del País, “hija predilecta de la Ilustración”, la llamaba Don Fernando; de las tertulias de Domingo del Monte y a la sombra protectora del obispo Espada. A este grupo se habría debido, según opinión de un grupo significativo de cubanólogos, la “invención” o “creación” de Cuba como nación, destinada a separarse políticamente de la Madre Patria, España. No debido a una suerte de fatalismo histórico, sino a la libre y responsable decisión de la mayoría de los cubanos. Hasta entonces, para todos, Cuba no era sino una colonia de ultramar, sin entidad propia, sino como una derivación, en todos los órdenes, de España. Después de ese grupo mencionado, y por diversos caminos, se empezó a pensar en las posibilidades de Cuba como una nación, como una entidad separada de la autoridad política de España, pero siempre, aún en esa hipótesis, el tejido cultural y económico que nos ligaba a España continuaría vigente. Y las relaciones políticas, de otro orden, también.
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| De esa estirpe de “inventores” o “creadores” de Cuba, hombres de pensamiento y de letra, que sembró la idea de la independencia política de España como meta a realizar en el tiempo oportuno, partían dos corrientes de opinión. Una proponía como ideal la independencia de España, pero por las vías de la anexión a otro estado, fuese los Estados Unidos de Norteamérica, fuese México o Colombia. La otra, aspiraba a la independencia total de cualquier otro país y consideraban que Cuba tenía esas posibilidades y el nuevo estado debería ser un república democrática, de corte parlamentario, “tan isla en lo político como lo es en lo geográfico”, diría el padre Varela. Se requería preparación ética y política y la difusión y la aprobación de este proyecto que, en la primera mitad del siglo xix era todavía patrimonio de muy pocos. Pasaron decenios hasta que lograra ampliarse y fuese aceptado por una parte significativa del pueblo cubano. |
La Demajagua. |
Esa mayor parte, aludida ya, de cubanólogos, podrían describirse como partidarios de una interpretación teleológica de la historia de Cuba. Teleología es el pensamiento que se refiere a las causas finales, a las metas. Según estos autores, los cubanos independentistas, fuesen partidarios de la anexión o de la independencia total, procedieron desde los inicios teleológicamente, o sea, con una estrategia en función de una causa final, la independencia política de España. Escrutando en los hechos de la historia, llegan a esa conclusión. A su sombra interpretan los movimientos independentistas anteriores a 1868, la Guerra de los Diez Años, la Guerra Chiquita y, por supuesto, la Guerra de Independencia y las gestiones eficaces de José Martí en orden a esa última guerra. Las intervenciones norteamericanas fueron bien acogidas por los que se fueron sumando al proyecto de anexión con los Estados Unidos de Norteamérica. Creo saber que de otras anexiones, o sea, de anexiones a otros países, no se habló más después de la segunda mitad del siglo xix. Los proyectos, propios del siglo xx y xxi, de un cierto panamericanismo, que incluiría o no a la América del Norte, son otra cosa. Los empeñados en la independencia total, sin negar las interdependencias propias de todos los estados y naciones en el mundo contemporáneo, se han esforzado siempre, en los siglos xix, xx y en lo que ha transcurrido ya del xxi, por negar validez a todo proyecto anexionista, convencidos no sólo de que Cuba tiene entidad y recursos propios para ser un estado independiente, sino también de que aunque la anexión podría proporcionar algunas ventajas económicas en la inmediatez, a mediano y largo plazo, sería dañina, como contradictoria y diluyente de la identidad nacional, o sea, de la “cubanía” y sus valores propios.
Otros cubanólogos, probablemente en número menor (¡no he hecho encuesta!), pero creciente en los últimos decenios, descartan la interpretación teleológica, calificándola como una elucubración tardía de cubanólogos y políticos de los siglos xx y xxi, y atribuyen la existencia de Cuba como nación independiente y la evolución de la cubanía como realidad cultural, no tanto a estrategias y a planificación, sino que privilegian el azar, la confluencia de factores independientes de cualquier estrategia o planificación consciente. El azar habría organizado todos los factores, internos y extranjeros, en orden a lograr tales metas. Entre los partidarios de esta exégesis del “azar histórico” abundan más los literatos que los historiadores, pero no faltan los analistas integrales. A uno de los escritores paradigmáticos de este grupo, Guillermo Cabrera Infante, debemos la afirmación: “La historia pasa, la geografía permanece para siempre”, considerando en ella la historia como el fruto de las decisiones y de los actos humanos programados, estratégicos, y la geografía como el conjunto de realidades que se van imponiendo por la fuerza de los hechos mismos. Son decisiones humanas, pero se realizan al margen de programaciones o estrategias conscientes. No debemos confundir la interpretación no teleológica de la nacionalidad cubana con el “azar concurrente” de Lezama Lima, que es otra cosa. No es éste el lugar propio para abundar en esa no fácil noción. Básteme decir aquí que Lezama y, en términos generales, los más fieles constituyentes del llamado “grupo de Orígenes”, suelen ser incluidos precisamente en la lista de los intelectuales cubanos que se explican y explican Cuba como una realización teleológica. No olvidemos que la expresión “teleología insular”, que resume esa exégesis teleológica, es también de Lezama.
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Insisto en que este ejemplo descriptivo es una simplificación exegética. En la sucesión histórica de los hechos y de las manifestaciones de los mejores cubanólogos, la frontera entre unos y otros no está constituída por una línea delimitadora y excluyente, sino más bien por una franja común en la que pueden abundar las coincidencias y las analogías interpretativas. En casi todas las realidades de la vida, incluyendo el mundo intelectual y artístico, las cosas no son o negras o blancas. Abundan los tonos grises y pasteles.
Otro ejemplo que de algún modo está relacionado con el anterior, tiene algo que ver con “el monoteísmo y el politeísmo secularizados”. Según algunos cubanólogos, después de los años veinte, se desarrolló una corriente de interpretación histórica |
tendiente a explicar los distintos jalones de la historia cubana como fruto casi exclusivo de un solo protagonista, de un leader, que llega a ser mitificado con rasgos sobrehumanos. Más que de un problema intelectual, se trataría de una pseudoexplicación de la historia, manipulada con fines políticos. Ese leader histórico ya desaparecido, “resucita” en un personaje contemporáneo en la época en que la “interpretación” se presenta, al que los cubanos, fieles al proceso de su nacionalidad, deben seguir ya que él es quien encarna y realiza el proyecto nacional cubano en ese momento. El caso típico sería José Martí. Según los expositores de este “monoteísmo secularizado”, en los años contemporáneos e inmediatamente posteriores a José Martí, su figura era ya respetada, pero los honores eran compartidos con otros protagonistas de nuestras gestas de independencia: Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte, Antonio Maceo, Máximo Gómez, Calixto García, etcétera. Una de las pruebas que aducen es la historia de la decisión de levantar un monumento, en el Parque Central, centro urbanístico de La Habana en el momento, a principios de la República, a “alguien” que lo mereciera en primer lugar. Se realizó un referéndum y Martí tuvo la mayoría de los votos, pero otros “héroes”, como los que acabo de mencionar, estuvieron muy cerca de él en la votación. En la población, según esta interpretación, primaban criterios más “politeístas”, secularmente hablando. El monumento a José Martí, sin dudas, es noble y hermoso, pero los que se levantaron muy pronto a Antonio Maceo y a Máximo Gómez en el republicano Paseo del Malecón, son mayores que el de José Martí. Calixto García no quedó fuera: se le alzó un monumento cuando se prolongó el Malecón, aunque no de la calidad de los anteriores. Casi contem-poráneamente, el monumento a Fernando VII, en la Plaza de Armas, fue sustituido por un monumento digno a Carlos Manuel de Céspedes, aunque no tiene la calidad de los mencionados en primer lugar y se dijo, en el momento de su erección, que la estatua, aunque hermosa, desentona en el conjunto de la Plaza de Armas. Del de Ignacio Agramonte se ocuparon los camagüeyanos que le alzaron uno, realmente muy hermoso y adecuado al entorno del parque o plaza.que se extiende junto a la Catedral.
Ahora bien, como ya el Parque Central no era el centro urbanístico de La Habana y existía el proyecto de trasladar nuevas instalaciones oficiales hacia la zona de la antigua Ermita de Nuestra Señora de Monserrate, la Ermita fue derruida, se construyó la entonces llamada Plaza Cívica –hoy Plaza de la Revolución– y, dominándola, se levantó el obelisco que hoy conocemos y el monumento a José Martí que preside todo el conjunto. El proyecto original de esa plaza monumental se elaboró en los años del gobierno de Gerardo Machado y se empezó a llevar a cabo, si mal no recuerdo, en el gobierno “constitucional” de Fulgencio Batista (1940-44) y se terminó después del golpe de estado del 10 de marzo de 1952.
Sostienen los elaboradores de esta “doctrina”, presente más entre los cubanólogos que no viven en Cuba, que no hay signos de la mitificación “monoteísta” de José Martí en los primeros veinte años de la República. Habría comenzado durante la presidencia de Gerardo Machado, continuado durante los varios períodos y formas de gobierno de Fulgencio Batista y se habría prolongado durante los gobiernos intermedios de Ramón Grau y de Carlos Prío y, hoy, renovada, continuaría estando presente durante el gobierno revolucionario y socialista encabezado por Fidel Castro. Siempre según estos cubanólogos, este último habría añadido un nuevo matiz al identificar el proyecto revolucionario actual no sólo con el proyecto martiano, sino que, a partir del discurso en La Demajagua, 10 de Octubre de 1968, en el acto por el centenario del inicio de la Guerra de los Diez Años, había unificado la comprensión de la Revolución actual con toda la historia revolucionaria cubana, desde Carlos Manuel de Céspedes hasta nuestros días.
Me resulta “estimulante”, en orden a su análisis, la coincidencia entre algunos de los que sostienen esa apreciación mítica y un tanto simplista de la persona de José Martí, con algunos de los sostenedores más radicales de la exégesis que niega una “teleología insular” y prefieren apelar al peso específico del “azar histórico” y a la “geografía”.
Las interpretaciones expresadas en estos tres últimos párrafos no son fruto de mi fantasía (¡no la tengo muy desarrollada!). Se me ha dicho que sobrevolaron explícita y abundantemente en un reciente encuentro, en una capital europea, de cubanólogos no residentes en Cuba. |
Se me incrementa una cierta curiosidad cuando me parece percibir que estos más radicales negadores de la teleología en la historia de Cuba y su cultura, afirman que los intelectuales católicos se inclinan más por la interpretación “teleológica” que por la otra. Citan, para ilustrar su juicio, a Lezama y a la mayoría de los componentes del grupo de Orígenes, de manera muy rotunda a Cintio Vitier. En realidad, la visión teleológica no es ajena a la visión católica de la Historia, desde los tiempos originales del Cristianismo. Proviene del judaísmo precristiano (Antiguo Testamento y escritores judíos extra-bíblicos), es desarrollada y matizada por el hecho de Jesucristo y de la Iglesia (Nuevo Testamento) y enriquecida por los Padres de la Iglesia (v.g. San Agustín) y los pensadores cristianos posteriores –medievales, renacentistas y barrocos–, hasta llegar a los autores contemporáneos. Ahora bien, la visión teleológica, en estos casos, se presenta ab initio como dependiente de los contenidos de la Fe acerca de los “tiempos últimos” y articulada con ellos. Tiene carácter teológico y no suele identificarse con realizaciones políticas concretas, aunque en la historia del pensamiento cristiano tampoco faltan estas identificaciones un tanto “facilonas”.
Y mientras los intelectuales de veras, cubanólogos o no específicamente, disputan acerca de estos temas relacionados con la historia y la cultura en nuestro País, no escasean quienes utilizan todo esto con fines disociadores y hasta tiran a choteo semejante cuestión tan seria. Lo cual –el choteo criollo– no deja de ser también un fenómeno disociador nada reciente. ¡Preguntémosle, de nuevo, a Jorge Mañach!
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Monumento a José Martí
en el Parque Central.
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Me siento mas cercano a la interpretación teleológica de nuestra historia y del desarrollo de nuestra identidad y de nuestra cultura. Esa clave me parece más fiel a la realidad, hasta donde yo la conozco, que la otra clave que nos proponen. Ahora bien, me parece que la clave teleológica es válida siempre que no se exagere tanto que llegue a ser una especie de corsé o de coraza, a la que se tengan que ajustar los hechos, aún a costa de deformaciones, silencios, medias verdades o falacias.
Además, no constituye un secreto que aprecio sobremanera a José Martí y agradezco a Dios y a Su Providencia sobre Cuba que el articulador de ese jalón tan fundamental de nuestra historia, que le tocó vivir, haya sido él y que lo haya asumido responsablemente, a costa de tanto sacrificio. Poeta, humanista iluminado por una antropología de inspiración cristiana, éticamente íntegro, discípulo cronológicamente lejano del padre Félix Varela, pero cercano a él por medio del puente tendido por José de la Luz y Caballero y Rafael María Mendive, patriota y cosmopolita simultáneamente, congregante como pocos en los círculos cubanos de su tiempo...Y tantas otras cosas más. Pero no lo endioso. Solo Dios es Dios. Nosotros todos somos criaturas humanas; más o menos simpáticos, inteligentes o buenos, pero criaturas humanas. José Martí, como toda criatura humana, no deja de tener lagunas, errores y, probablemente, pecados. Pecado no es lo mismo que error; el pecado es una trasgresión ética consciente y voluntaria. El error es eso... un error, una equivocación... que no es lo mismo que un pecado. Todas las criaturas humanas contamos en el “debe” con las dos realidades, pecados y errores. También todos, en el “haber” contamos con talentos y virtudes. Totalmente santo, solo Dios. Totalmente malo, solo el Diablo. Si somos cristianos, sabemos, desde la Fe, que debemos dejar el juicio último de las personas a Dios. Sabemos también que deberíamos ser siempre capaces de perdonar, tanto los errores, como los pecados, y capaces de reconocer y valorar los talentos y las virtudes. Cuando no hay comprensión, tolerancia y perdón, entonces sí se convierte el hombre en un lobo para con los demás hombres, y nuestro mundo en un infierno. José Martí sabía de estas cosas y trataba de vivir y de difundir tal ética personalista. |
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Por otra parte, no convierto mi admiración a Martí en un ghetto de incienso que excluya a los otros, a quienes no son él. Estimo que él fue el más completo de nuestros antecesores en ese ámbito en que cultura y política se imbrican y, para mi gusto –de consumidor informado, no de especialista o crítico–, como poeta, es el mejor entre los nuestros. Pero estimo que José Martí no fue un Prometeo solitario, único portador del fuego a los hombres de nuestra Isla. Afortunadamente ha habido y hay unos cuantos más. Quizás algunos autores han exagerado las manifestaciones acerca de su admiración martiana y estas exageraciones estén en la raíz de un cierto rechazo, porque se interpretan como endiosamiento, dando origen a la teoría del “monoteísmo secularizado”. El daño está en que el rechazo a las manifestaciones de “adoración”, o sea, al monoteísmo secularizado, se puede deslizar fácilmente hacia un rechazo o menosprecio a José Martí como tal, actitud que nos empobrecería.
Ardua, pues, parece ser la tarea de la comprensión de nuestra identidad, de la “cubanía”. Nos tiene trajinados desde hace casi dos siglos. Las controversias para forzar “confesiones”, a veces académicas y a veces no tan académicas, |
pueden arrastrar tales consecuencias que ponen a la propia Cuba,
o sea, a su pueblo, a nosotros los cubanos, en el potro del tormento. Afortunadamente, esta Isla ha merecido el título de “isla de corcho” pues siempre sale a flote y, como la cigarra de María Elena Walsh, resucitamos; como nos mataron mal, seguimos cantando y, con un nudo en el pañuelo, como no ha sido la primera vez, volvemos cantando.
¿Llegará el día en que sepamos escuchar, en que renunciemos a las broncas y al choteo fuera de lugar, en que dejemos de pontificar en las relativas cuestiones temporales y empleemos nuestras mejores energías en crecer? ¡Intercambiemos, discutamos, polemicemos sabiamente, no convirtamos nuestras diferencias culturales y políticas en distanciamientos personales! ¡Sepamos mantener serenamente divergencias en el amplio terreno de lo opinable, pero, por favor, no peleemos demasiado bravamente entre nosotros! ¡Que nada apague el gozo hondo, ni la esperanza ni el amor a esta tierra, ni el cariño fraterno a sus gentes, a todas sus gentes! Una cosa es la opinión y el hecho, y otra es la persona como tal. Podrá ser preferencial una u otra comprensión de nuestra propia identidad y una u otra forma de orientarla, pero sin confianza en nuestras gentes, no se levanta la esperanza; sin amor a Cuba misma, sin amor por ella –mejor o no tan bien comprendida y enrumbada– entonces sí estaríamos perdidos. El potro del tormento se podría convertir en el patíbulo por responsabilidad o, mejor, por irresponsabilidad de nosotros mismos.
Ahora, a conciencia y de acuerdo con él, como punto final por hoy, cito el apunte conocido de José Martí “Por el amor se ve, con el amor se ve, solo el amor ve”. |
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