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Se ha dicho que la Iglesia tiene dos ojos: con uno se mantiene fiel a la tradición y con el otro a la nueva realidad histórica que va emergiendo; esa tradición viva tiene su origen y mantiene su verdad en la figura de Jesucristo; y la realidad histórica, también animada por el Espíritu, permite ir calando más a fondo la riqueza de la tradición. Hablando en general, el Episcopado Latinoamericano, a partir de Medellín, si bien tuvo siempre como referencia ineludible a la tradición viva sobre Jesucristo, puso gran énfasis en la denuncia sobre la escandalosa e injusta realidad sociopolítica en que las mayorías empobrecidas no pueden vivir y los pueblos no pueden ser ellos mismos. La V Conferencia, lamentando esa situación injusta y asumiendo la denuncia profética de las Conferencias anteriores, vuelve la mirada, con especial relieve, hacia la figura de Jesucristo como criterio para recuperar la identidad de la Iglesia.
El Documento asume las apuestas de Medellín, Puebla y Santo Domingo tanto en la opción preferencial por los pobres, como en la búsqueda de un nuevo modelo eclesial que van apuntando las comunidades eclesiales. Pero en el fondo está la preocupación de que la misión de la Iglesia sea religiosa, no directamente política o social: “se han ido superando los riesgos de reducción de la Iglesia a sujeto político con un mejor discernimiento de los impactos seductores de las ideologías”.1 El objetivo prioritario de esta Conferencia queda claro: “impulsar la acción evangelizadora de la Iglesia, llamada a hacer de todos sus miembros discípulos y misioneros de Cristo”. Como invitación a leer y meditar el contenido de este Documento desde ese objetivo, sugiero algunas coordenadas.
1. “Somos conscientes de que muchas cosas han cambiado en la sociedad”. Los obispos se dan cuenta que estamos viviendo un cambio “cuyo nivel más profundo es el cultural; se desvanece la concepción integral del ser humano, su relación con el mundo y con Dios”. Ha cambiado la situación social en que se celebraron las Conferencias anteriores. Hablando en general, este momento se caracteriza “por el desconcierto generalizado que se propaga por nuevas turbulencias sociales y políticas, por la difusión de una cultura lejana y hostil a la tradición cristiana, por la emergencia variada de ofertas religiosas que tratan de responder, a su manera, a la sed de Dios que manifiestan nuestros pueblos”.
Y concretando un poco más hay algunos fenómenos nuevos:
El cambio “tiene un alcance global que, con diferencias y matices, afecta al mundo entero”. Así “la realidad para el ser humano se ha vuelto más opaca y compleja” y muchos estudiosos sostienen que la nueva realidad “ha traído aparejada una crisis de sentido de unidad de todo lo que existe que los creyentes llamamos el sentido religioso”.
Irrupción del neoliberalismo económico inspirado en una ideología nefasta: “la ciencia y la técnica, cuando son puestas exclusivamente al servicio del mercado, con los únicos criterios de la eficacia, la rentabilidad y lo funcional, crean una nueva visión de la realidad”. Así en los pueblos latinoamericanos se da “nueva colonización cultural por la imposición de culturas artificiales, despreciando las culturas locales y tendiendo a imponer una cultura homogenizada en todos los sectores”; y en ese clima, “las nuevas generaciones crecen en la lógica del individualismo pragmático y narcisista”.
Otro fenómeno es la migración: “proceso de movilización humana en su doble expresión de migración e itinerancia, en que millones de personas emigran y se ven forzadas a migrar dentro y fuera de sus respectivos países”.
Finalmente, ya en el ámbito religioso, la secularización: “en las últimas décadas vemos con preocupación que numerosas personas pierden el sentido trascendente de sus vidas y abandonan las prácticas religiosas”; y los jóvenes “crecen en una gran mayoría sin referencia a los valores e instancias religiosas”.
A poco que nos fijemos, estos fenómenos se dan en todos los pueblos del mundo. Pero los obispos se ciñen a su continente: “la Iglesia está llamada a repensar profundamente y relanzar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas circunstancias latinoamericanas y mundiales”.
2. “La Iglesia asume la causa de los pobres”. La opción referencial por los pobres pertenece a la fe o experiencia cristiana; no es artículo negociable. Saliendo al paso de posibles tergiversaciones, el Documento aquilata bien: No es una opción meramente política; su inspiración es teologal, pues “Dios es amor que nos ha sido revelado en Cristo”. El cristiano se ha encontrado con este Dios y por tanto nunca respira ni procede con sentimientos de odio ni de revancha. Se comprende que la opción preferencial por los pobres no es excluyente, pues Jesucristo revela “el amor misericordioso del Padre”, y por tanto “la Iglesia está al servicio de todos los seres humanos, hijos e hijas de Dios”.
Una nueva pobreza que se detecta en dos fenómenos. La globalización tal como funciona –“riesgo de los grandes monopolios y el lucro como valor supremo”– es “un proceso promotor de iniquidades y de injusticias múltiples”. En este dinamismo perverso los obispos denuncian “las instituciones financieras y las empresas transnacionales”, “el alarmante nivel de corrupción”, la violencia, la deuda interna y externa, el libre comercio “entre países con economías asimétricas, democracias formales”, la ideología del género, “la creciente agresión del medio ambiente…”.
Y los efectos negativos de la globalización se concretan en la migración: para los países pobres conlleva “pérdida de capital humano para millones de personas, explotación laboral que llega, en algunos casos, a la condición de esclavitud”. Esos nuevos fenómenos tal como están procediendo, generan una nueva pobreza; no se trata sólo de la explotación y opresión, sino de algo nuevo: “la exclusión social”, pues ya no se está abajo, “en la periferia y sin poder”, sino que se está afuera; los excluidos no son solamente explotados sino “sobrantes y desechables”.
La V Conferencia sigue “denunciando las situaciones de pecado, las estructuras de muerte y las injusticias internas y externas”. Pero da un paso más en dos aspectos.
En primer lugar, no es suficiente seguir hablando de la opción preferencial por los pobres sin contar con las mediaciones y políticas económicas para construir una sociedad más en justicia; de lo contrario esa opción se queda en pronunciamientos etéreos y en buenos deseos. Pero la tarea de crear y articular mediaciones no es tarea ni misión directa de la Iglesia. Por eso la Conferencia sugiere, por ejemplo, que “los empresarios asuman su responsabilidad de crear más fuentes de trabajo, y de invertir en la superación de esta nueva pobreza”, “formar pequeñas y medianas empresas”, “una política de protección de los Estados…”.
En segundo lugar, la misión que Cristo encomendó a su Iglesia es religiosa. El mayor tesoro que puede ofrecer es que los seres humanos “lleguen al encuentro con Jesucristo resucitado, nuestro Salvador”. Así se conecta con la enseñanza del Vaticano II sobre la presencia de la Iglesia en el mundo moderno: la Iglesia no da soluciones que deben dar políticos y economistas, aunque la fe sí aporta luz en la búsqueda de soluciones más humanas (GS, 11 y 42).
Y esta perspectiva exige que la Iglesia deje a un lado la lógica de poder para presentarse como signo creíble por su conducta: “debe cumplir su misión siguiendo los pasos de Jesús y adoptando sus actitudes; Él, siendo el Señor, se hizo servidor; siendo rico, eligió ser pobre por nosotros”. Los obispos reconocen la incoherencia evangélica de los mismos cristianos: “débiles vivencias de opción por los pobres”, “nuestra mayor amenaza, el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia”. Y confiesan: “nos reconocemos como comunidad de pobres pecadores, mendicantes de la misericordia de Dios, congregada, reconciliada, unida y enviada por la fuerza de la resurrección de su Hijo y la gracia de conversión del Espíritu Santo”.
3. “El don del encuentro con Jesucristo”. Aquí está la clave para entender el avance de la V Conferencia. Deja bien claro que la misión que Cristo encomendó a su Iglesia es religiosa, y que la religión cristiana tiene como artículo central la encarnación: Jesucristo revela quién es Dios y quién es el ser humano. El amor de Dios en Cristo nos envuelve: “el Dios de rostro humano es nuestro verdadero y único salvador”; “su existencia no es una amenaza para el hombre”; “sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano” ; “la historia de la humanidad, a la que Dios nunca abandona, transcurre bajo la mirada compasiva”. Y Jesucristo es también revelador del hombre: “tan sólo en el misterio del Verbo encarnado se aclara el misterio del hombre”; es “el Señor de la vida en quien se realiza la más alta dignidad de nuestra vocación humana”.
Por tanto la fe cristiana no se reduce a programas o estrategias para liberar a los pobres; ante todo y finalmente es un encuentro personal con el Padre revelado en Jesucristo. Se comienza a ser cristiano “no por una decisión ética o por una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una persona que da nuevo horizonte a la vida, y con ello una orientación decisiva”. Por eso urge “confirmar, renovar y vitalizar la novedad del Evangelio, arraigada en nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo que no depende tanto de grandes programas y estructuras sino de hombres y mujeres nuevos que encarnan dicha tradición y novedad”. Nos encontramos con el desafío de “revitalizar nuestro modo de ser católico y nuestras opciones personales por el Señor”. Se trata de que “la fe cristiana arraigue más profundamente en el corazón de las personas y de los pueblos latinoamericanos como acontecimiento fundante y encuentro vivificante con Cristo”.
En ese encuentro personal nacen los “discípulos y misioneros del Reino”. Encontrarse con Dios revelado en Jesucristo implica también el compromiso por construir la fraternidad. Por eso el auténtico misionero es el discípulo: “hombre o mujer que hace visible el amor misericordioso del Padre, especialmente a los pobres y pecadores”. Y así la perfección o santidad “no es una fuga hacia el individualismo religioso, tampoco un abandono de la realidad urgente de los problemas sociales y políticos de América Latina y del mundo y, mucho menos, una fuga de la realidad hacia un mundo exclusivamente espiritual”. El misionero es el discípulo que hace propia la pasión por el Dios del reino, que es también apasionamiento para que todos los seres humanos tengan vida en plenitud: “anunciar la buena noticia a los pobres, curar a los enfermos, consolar a los tristes, liberar a los cautivos y anunciar a todos el año de gracia del Señor”. *Profesor en el ITEPAL (CELAM). Bogotá.
Notas
1. Discípulos y misioneros de Cristo para que América Latina en Él tenga vida. Documento Conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, n. 99, b. Todas los textos entre comillas son de ese Documento.
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