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  Santa Teresa del Niño Jesús. Santa Teresa del Niño Jesús
por fray Frank Dumois, o.f.m.
  Carmelita descalza, Virgen y doctora de la Iglesia.
  “La personalidad de santa Teresa del Niño Jesús (santa Teresita) irradia tanta fortaleza y grandeza de espíritu, como humildad y dulzura. En su acto de ofrenda al amor misericordioso, en su fidelidad en medio de las tinieblas que la envolvieron en determinados momentos y en su espíritu de obediencia, así como en la exultación con la que, con ocasión de su primera hemoptisis acogió el aviso de su próximo encuentro con el Señor, Teresa alcanza las cimas más altas de la fe y la esperanza” (Misal del Vaticano, tomo II, 1973, p.1607).

Nacida en Alencon, Normandía, en el norte de Francia, en 1873, fue nuestra santa la última de una familia de nueve hijos, de los que sólo cuatro, todas mujeres, sobrevivieron. Eran los hijos fruto del amor de dos padres muy piadosos: Luis Martín y Celia María Guérin, quienes a cambio de una vocación religiosa no realizada pidieron a Dios mucha descendencia.
 
Teresita era una niña de cuatro años y ya se adivinaba en ella una de esas almas que no saben mirar atrás. Su madre habla en una carta de su obstinación casi invencible: “Cuando ella dice no, nada puede hacerle ceder. Se la encerraría un día entero en el sótano, sin conseguir un sí, y allí pasaría la noche”. Ella misma nos dice que tenía muy desarrollado el amor propio. Era caprichosa e imperiosa, pero desde la más tierna edad, empezó a conocerse y dominarse.

“Con una naturaleza como la mía –escribía más tarde– si no hubiese sido educada por padres virtuosos, habría llegado a ser muy mala, y tal vez a perderme.”

Sus primeros años fueron apacibles. Disfrutaba de la naturaleza, los campos de trigo con amapolas y margaritas, los grandes árboles, el murmullo del viento…

Antes de los cinco años pierde a su madre. Su carácter cambia por completo. De expansiva y vivaracha, se hizo tímida y sensible hasta el exceso. Una mirada bastaba para hacerla llorar y sólo se sentía bien en la intimidad familiar.

En 1881 la llevaron a las benedictinas de Lisieux para ser educada. Un día visita junto a su padre la Capilla del Carmen.

— Mira, dulce reinecita –dijo el anciano–, detrás de esas rejas las santas religiosas rezan sin cesar al buen Dios.
Esta frase le caló tan hondo que hizo nacer en ella el ideal de una vida consagrada enteramente a Dios. Algo más tarde, tres de sus hermanas entraban como Carmelitas Descalzas detrás de aquellas rejas. Ella no quiso ser menos.
La idea de entrar en el Carmen de Lisieux se tornó en ella una obsesión. Entonces una grave enfermedad puso en peligro su vida. Con la intercesión de la Virgen pudo superarla y de nuevo comenzó a pensar su entrada en el Carmelo. Pero todos le decían que era demasiado joven.

En 1887 va a Roma en una caravana de peregrinos. Cuando llegó el momento de besar la mano del papa León XIII, rompiendo el protocolo y llorando le pidió entrar en el Carmelo. El Romano Pontífice le contestó:

— Vamos, vamos... Entrarás si lo quiere el buen Dios.

Teresa quiso insistir pero dos guardias nobles la cogieron por los brazos y tuvo que continuar las solicitudes en Francia.

Al fin vio cumplidos sus deseos. El 9 de abril de 1888 entraba en el Carmelo de Lisieux; allí viviría hasta su muerte el 30 de septiembre de 1897.

“Ahora –escribía– no tengo más que un deseo; amar a Jesús hasta la locura”. Este amor iba profundamente unido a un gran amor al prójimo, siempre dispuesta a un sacrificio continuo por la salvación de las almas.

Fue nombrada maestra de novicias en 1893, un año más tarde compuso un drama sobre Juana de Arco. Pero en 1896 sufría el primer ataque de tisis, la enfermedad que acabaría con ella al año siguiente. La madre Inés de Jesús (su hermana Paulina, que era priora) le ordenaba por ese entonces escribir sus recuerdos de infancia en los 10 capítulos que hoy configuran la Historia de un alma, escrita entre 1896 y 1897. En ella percibimos la profundidad de su holocausto. En efecto ya se había ofrecido para ser consumida enteramente en el amor misericordioso de Dios en la fiesta de la Santísima Trinidad (9 de junio de 1895). Si bien la enfermedad la minaba y atormentaba, seguía amando la alegría y continuaba derramándola en torno suyo.

Padecía arideces continuas y sus hermanas de hábito con sus incomprensiones eran como alfilerazos para un alma exquisita como la suya. “Ah –exclamaba– nadie piensa en las almas sino para herirlas. Muchas son enfermas, otras débiles, todas pacientes”. Su priora la trataba con particular dureza.

“No podía encontrarla –dice Teresa– sin ser objeto de algún reproche”. Así, un día en que Teresa iba, por orden de su maestra a arrancar la hierba del jardín, le dijo en tono desabrido: “Esta niña no hace absolutamente nada. Todos los días hay que mandarla de paseo”. Poco antes de morir, Teresa le diría: “Madre mía, mucho le agradezco el no haberme guardado jamás ningún miramiento”.

Su vida, hecha de aceptación de las pequeñas cosas y de animoso espíritu de sacrificio, supo transformar el dolor en alegría, cambiando de signo la experiencia de la propia debilidad (el caminito), viviendo así la bienaventuranza de los pobres de espíritu. Ella nos ha revelado que su vocación consistía en identificarse con todas las vocaciones de los santos (de luchador, sacerdote, apóstol, doctor, mártir...). Estas aspiraciones se convirtieron en un martirio hasta que en septiembre de 1896 descubrió en San Pablo (1 Cor 12-13) que los dones más perfectos no sirven de nada sin amor: “Mi vocación es el amor”.

La frase final de la carta dirigida a sor María del Sagrado Corazón (septiembre 1896) termina: “En el corazón de la Iglesia, madre mía, será el amor, así lo será todo y mi sueño se realizará”. En 1897 escribió: “Haré descender (del cielo) una lluvia de rosas”, porque quería hacer méritos por las almas, por las necesidades de la Iglesia y por fin para lanzar rosas a todos, justos y pecadores.

El día de su profesión (8 de septiembre de 1890) había declarado que había ido al Carmelo “para salvar a las almas” y sobre todo para rezar por los sacerdotes. Y en las cartas (1896-1897) con dos jóvenes misioneras, enviadas al Carmelo de Hanoi, Vietnam (donde ella había deseado también que la enviaran), se revela su sueño de “un exilio más alejado”. Su dolor, sufrido en la vida común de la paciencia monástica y en su enfermedad, se convirtió en algo apostólico y redentor.

El mensaje de Santa Teresita es actual. Aunque expresado en el lenguaje burgués de provincias de finales del siglo xix (es hija de su tiempo) es un camino abierto a todos. Es la humildad radical que sabe entregar su propia nada en la luz oscura de la fe y de la totalidad con el acto de amor perfecto por el camino de la confianza en la infinita misericordia de Jesús.

Pío XI la llamó “la santa más grande de los tiempos modernos”. La canonizó en 1925 y la proclamó patrona de las misiones entre infieles (junto con San Francisco Javier), en 1926. En 1944 Pío XII la proclamó patrona secundaria de Francia con santa Juana de Arco. En 1997, Juan Pablo II la proclamó doctora de la Iglesia, título que comparte con su fundadora santa Teresa de Jesús y con santa Catalina de Siena. Aunque murió el 30 de septiembre, por ser ese día san Jerónimo, su fiesta es el primero de octubre.

Leamos ahora en la Historia de un alma, cómo la santa describía su hallazgo del camino del amor:

“Teniendo un deseo inmenso del martirio, acudí a las cartas de san Pablo, para tratar de hallar una respuesta. Mis ojos dieron casualmente con los capítulos doce y trece de la primera carta a los Corintios, y en el primero de ellos leí que no todos pueden ser al mismo tiempo apóstoles, profetas y doctores, que la Iglesia consta de diversos miembros y que el ojo no puede ser al mismo tiempo mano. Una respuesta bien clara, ciertamente, pero no suficiente para satisfacer mis deseos y darme la paz.

”Continué leyendo sin desanimarme, y encontré esta consoladora exhortación: ‘Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino excepcional’.

”El Apóstol, en efecto, hace notar cómo los mayores dones sin la caridad no son nada y cómo esta misma caridad es el mejor camino para llegar a Dios de un modo seguro. Por fin había hallado la tranquilidad.

”Al contemplar el cuerpo místico de la Iglesia, no me había reconocido a mí misma en ninguno de los miembros que san Pablo enumera, sino que lo que yo deseaba era más bien verme en todos ellos. En la Caridad descubrí el quicio de mi vocación. Entendí que la Iglesia tiene un cuerpo resultante de la unión de varios miembros, pero que en este cuerpo no falta el más necesario y noble de ellos; entendí que la Iglesia tiene un corazón y que este corazón está ardiendo en amor. Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia y que, si faltase este amor, ni los apóstoles anunciarían ya el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre.

”Reconocí claramente y me convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es eterno.

”Entonces, con alegría desbordante, exclamé: ‘Oh, Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación; mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo, y mi deseo se verá colmado’.”

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