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Contemplativas
en medio del mundo
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por Yarelis Rico Hernández.
Fotos: Cortesía de las Hermanitas de Jesús |
Vivir como contemplativa significa simplemente
dirigir la mirada a Jesús
en todo momento,
en el trabajo, en el camino (…); hablar con él como
con el ser amado del mundo.”
Hermanita Magdalena |
En la barriada de Coco Solo, Marianao, tienen una pequeña y humilde casa las Hermanitas de Jesús. También poseen otro hogar en la Habana Vieja , mientras en el poblado pinareño de Puerta de Golpe se inserta su tercer domicilio.
Entre la gente del pueblo viven su fe. Pasan unas veces como trabajadoras de hospitales u obreras en fábricas; algunas de ellas aprenden los secretos del tabaco, irrumpiendo en todos los procesos manuales de la hoja, hasta convertirse en auténticas campesinas. La cotidianidad las envuelve en la misma dinámica que impulsa y obliga al cubano a buscar alternativas para la subsistencia diaria: son creativas, osadas, arriesgadas, humanas en la carne y en el hueso, divinas desde la expresión más exacta de la pobreza.
Un lunes de septiembre me recibieron en su hogar de Coco Solo (bendito Dios que me acompañó hasta lo más intrincado de Marianao). El mismo día nos trajo la placidez de dos encuentros: uno en la mañana que aprobó la conversación reposada tras un viaje en automóvil (un tanto complicado por las malas condiciones |
de las calles), y una segunda visita en la tarde (caminando con mi hija de diez años, valiéndonos de unas fotos que mostrábamos a los vecinos para guiarnos hasta la casa de las hermanas), que si bien no aportó palabras al reportaje ni suscitó anécdotas, sí desnudó secretos.
El ajiaco cultural que es Cuba (con permiso de don Fernando Ortiz) pareciera estar cuajándose en Coco Solo. Emergen, brotan, nacen de cualquier esquina construcciones y gentes disímiles de las que escapan costumbres, jergas y hábitos también diferentes. De una calle a otra, el paisaje sorprende por los cambios “anatómicos” y “fisiológicos”. Una ventana semiabierta descubre por una rendija un cuadro del Sagrado Corazón como único adorno de una desvencijada pared. Acto seguido, la música de tambores penetra el oído y roba con su sonoridad la atención de nuestros ojos, que terminan por fijarse en un solar donde varios hombres bailan al ritmo del guaguancó. Frente a la Virgen María , en su advocación de Las Mercedes, yace arrodillada una gruesa mujer.
Habiendo caminado unos pasos, cansadas de buscar una enorme cruz, como la auténtica representación de los cristianos, nos tropezamos de narices con la casa. La misma que había visitado en la mañana. Las hermanas compartían la mesa. Era ya la hora de la comida. En la puerta… ¿estaba la cruz?
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“Tú has mirado con más detenimiento la cruz…
Has mirado el taller del carpintero…
Has mirado a Jesús en los caminos…”
La pequeña sala y también comedor de la casa la habitan sólo los muebles necesarios. A unos pocos metros de la entrada es fácil atrapar el patio con la vista. De una misma puerta sale, a ratos, un nuevo rostro: una hermana que aún no ha sido presentada. El hogar es como una colonia de hormigas laboriosas, pero amenizado esta vez por el ajetreo de pasos que se interrumpe en ocasiones por el estruendo de algún cacharro en la cocina…
La hermana Mayte es la única cubana dentro de la Fraternidad. Fácil al diálogo, reveló desde el saludo de bienvenida sus dotes de anfitriona. Arrastró hacia ella un sillón, mientras,a mi izquierda, la hermana Costanza
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Dos de las hermanas en su casa de Coco Solo. |
Hermanita Magdalena. |
buscaba un sitio para acomodarse. La hermana Lidia permaneció de pie, sus años en Cuba (pasan de 30) le dan cierta ventaja para contar la historia de una congregación de mujeres que nació del pensamiento y de la vida del hermano Carlos de Jesús, y que fuera fundada por la hermanita Magdalena el 8 de septiembre de 1939, días después del estallido de la Segunda Guerra Mundial.
Seis hermanas más completan la Fraternidad en Cuba: Luisa, Juanita, Francisca, Emanuela (actualmente en Canadá por un curso), Roselène y Norma, que está con su familia en este momento); nueve en total, aunque un día después del encuentro el número se reduciría a seis, pues la hermana Mayte partiría hacia la casa madre en Francia para participar de un tiempo de preparación con todos las hermanas del mundo que se disponen a realizar sus votos perpetuos.
Muy temprano escapó del diálogo –como para imponerse–, la anécdota de la primera experiencia de la hermana Magdalena, de origen francés, quien coexistió contemplativamente en medio del mundo musulmán, inspirada por la práctica y la |
vocación de Carlos de Foucauld. Ni las diferencias en religión y costumbres, ni la agresividad del clima desértico pudieron contra la osada resolución de aquella enfermiza mujer. Ella logró asentarse entre los nómadas, ganar su amistad y el respeto mutuo; sin embargo, las difíciles pruebas de los inicios muy pronto la dejarían sola.
Así describe el lugar de esta primera fraternidad:
“En Touggourt, al lado de Sid Boujnan, un pueblo en medio del desierto, entre tiendas y zribas , cerca de un pozo artesano, un punto de encuentro de los nómadas de toda la región, el Señor nos asignó un sitio… Nadie puede intuir lo que significan estas palabras para mí: partir hacia el Sahara… no ya en sueños, sino realmente. He esperado durante veinte años, y tengo el corazón y el alma tendidos hacia esta meta de mi vida.”
En mezclarse como religiosa entre los hombres, tal como lo hizo Jesús en las calles de Galilea, encuentra hermanita Magdalena el sentido de su existencia. Su amor pertenece a los pequeños. Angelica Daiker, en su estudio sobre la vida y espiritualidad de la fundadora de la Fraternidad , le describe como una mujer con un “excepcional sentido del olfato, lo que le conduciría a encontrar y valorar determinados lugares, al punto de rastrear regiones ocultas y despreciadas, peligrosas y prohibidas, convencida de que Dios tiene un amor de predilección hacia las personas que viven en tales sitios (…) Para el programa espiritual que marca el inicio de su vida como hermana, escoge cinco lugares bíblicos: Belén, Nazaret, Betania, Galilea y Jerusalén. No es su misión presentarse como una ayuda para los pobres, por el contrario, intenta, quiere, se esfuerza por ser una más entre ellos”. Ser “humano”, para ella, significa ser exteriormente accesible y abierto, dejar de lado un exterior duro, distanciado.
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Hermanita Victoria
(izquierda) junto
a la hermana Lidia. |
Por esos años, era una verdadera utopía unirse a una congregación dispuesta a vivir en condiciones tan duras. Algo de asombro suscitaba en el pensamiento de muchas religiosas de la época aquel modo de vivir entre los hombres, sentarse a la mesa con personas excluidas de la sociedad, tratar con mujeres de dudosa reputación, asumir, incluso, trabajos duros sin condiciones preferenciales. No obstante, los comentarios más alentadores aseguraban que si la fundación venía de Dios, continuaría. Y así fue. Para 1946 la Fraternidad comienza a hacerse universal y la idea de la entrega exclusiva a los pueblos del Islam se abre a todo el mundo. Surgen entonces las primeras fraternidades en sitios tan disímiles como el asentamiento gitano de Saintes-Maries-de-la-Mer, barrios árabes y judíos de Jerusalén, el pueblo cristiano de Ras-Baalbeck y el musulmán de Hermel, ambos en el Líbano.
Entre 1952 y 1954, sin fuerzas y sin dinero, la hermana Magdalena de Jesús viaja alrededor del mundo para buscar en los cinco continentes lugares donde fundar nuevas fraternidades. Sus visitas incluyen regiones de Latinoamérica, Norteamérica, India, Vietnam, Europa, Egipto y la India. Poco antes de morir, en 1989, en el aniversario cincuenta de la congregación, la Fraternidad contaba con 1350 hermanitas en 65 países. Se cerraba el primer gran capítulo de una historia que aún hoy continúa escribiéndose…
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| “…un niño pequeño que lloraba de frío (…)
y que por amor se había puesto
en este estado de total impotencia.”
Cuenta la hermana Lidia que en julio de 1956 llegaron a Santiago de Cuba las Hermanitas de Jesús con el deseo de crear una fundación en el barrio de Veguita de Galo, en las afueras de la ciudad. “Con la ayuda del arzobispo Pérez Serantes, la Fraternidad quedó constituida por dos hermanitas francesas, a las que más tarde se le sumaría una cubana como postulante: la hermana Victoria”.
¿Quién era esta mujer que su nombre viene aparejado a la historia de la Fraternidad en Cuba?
Hay descripciones sobre hechos o personas que resultan tan ilustrativas que pudieran compararse con la obra de un avezado pintor. Por uno de esos cuadros hablados conocí a la hermanita Victoria, gracias a la elocuencia de su buen amigo, monseñor Carlos Manuel de Céspedes.
Desde temprana juventud, Victoria era admirada por su talento, belleza y buen juicio. Nació en Santiago de Cuba el 30 de julio de 1925, pero aún niña acompañó a su familia hasta La Habana donde se instalaron definitivamente. Concluyó la primaria en una escuela pública, después matricula inglés y concluye, años más tarde, el bachillerato. En la Universidad de La Habana inicia la carrera de Filosofía y Letras; durante esta etapa integra de manera activa la Juventud del Partido Socialista Popular.
Al terminar la licenciatura obtuvo una beca para continuar estudios en Francia y en 1954, luego de concluir dos importantes investigaciones, una sobre la filosofía de Maurice Blondel y la otra, acerca de la mística de San Juan de la Cruz , alcanza el título de Doctorado en la Universidad de París.
Por esa fecha contacta con la Iglesia católica, a través de los padres dominicos, quienes le facilitaron los libros necesarios para concluir sus estudios. Fue el inicio de su conversión. Su deseo por adentrarse en la religión cristiana la conduce hasta el sur de Francia donde comparte con la Fraternidad de las Hermanitas de Jesús. Junto a ellas participa de una sesión en el desierto de Sahara, en Argelia, y allí conoce al fundador de los Hermanitos de Jesús, padre René Voillaume.
A mediados de la década del cincuenta, regresa a La Habana. Tiempo después comienza a trabajar en la Universidad de Oriente. En la Escuela de Letras comparte actividades entre los cursos de Psicología, Historia de la Filosofía y los de Lengua y Literatura Francesa.
A la llegada de las Hermanitas de Jesús a Santiago de Cuba, Victoria se les une, y renuncia a su plaza de profesora en la escuela de Filosofía. Junto a las hermanas francesas se ve precisada a salir de Cuba en 1960. De nuevo en Francia estudia Teología. En 1963 hace sus votos perpetuos. Trabaja en diferentes fraternidades entre Francia y España, hasta trasladarse a Roma para residir en la Fraternidad General de Tre Fontane.
Sobre esta etapa de su vida escribiría la hermana Victoria:
“Mis ocupaciones habituales dentro de la Fraternidad han sido de preferencia relacionadas con la formación doctrinal… No obstante, nuestra vocación religiosa incluye como aspecto importante la participación de todos los miembros de la Fraternidad en el trabajo manual, como son las labores de campo, construcción, artesanía o limpieza. Dichas labores se alternan siempre con el ritmo de la oración propia de una vida contemplativa en medio de condiciones comunes de la vida de los pobres: trabajadores, campesinos, obreros o pastores entre los pueblos nómadas. |
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”Nuestro ideal evangélico parte de la imitación de Jesús, que nació pobre como un desalojado en Belén y vivió como un obrero en Nazareth durante la mayor parte de su vida. Sin olvidar que para los de su pueblo, era un simple hijo de carpintero. Los Hermanitos y las Hermanitas de Jesús creemos que, siendo Dios y hombre a la vez, todos sus actos son salvadores y contienen además un valor ejemplar.”
De regreso a Cuba, el 13 de mayo de 1974, cuida de su madre enferma. Una vez que su salud mejoró, la hermana Victoria comenzó a trabajar como auxiliar general de asistencia en el Instituto Oncológico, al servicio de los enfermos. Durante largo tiempo fue la responsable de una Fraternidad que enfrentó con sólo dos hermanas las incomprensiones y rechazos de la época. |
Las hermanas en la casa de
Puerta de Golpe, Pinar del Río. |
Tan humilde como su vida fue su muerte. Regresaba en tren de un viaje a Camagüey cuando sufre un derrame cerebral y fallece el primero de noviembre 1989. Hasta el momento de su encuentro con el Señor, la hermana Victoria –aún bella, talentosa y juiciosa– abogó por una colaboración cada vez más estrecha entre cristianos y comunistas, quienes a su juicio debían conjugar esfuerzos en un afán común por mejorar las condiciones del enfermo o de cualquier necesitado, una colaboración leal y profunda, que reclamase firmeza en la identidad y el respeto mutuo.
“…Y te habías olvidado de mirar
con mucho amor toda la vida de Cristo,
desde su comienzo en un pesebre…”
En Cuba las hermanitas no tuvieron la peligrosa experiencia de crear fraternidades en secreto como lo hiciera en su momento la hermana Magdalena en los países del bloque del Este, pero a su llegada sí aprenderían a convivir con la actitud de reserva y resistencia pasiva que existía hacia los cristianos, especialmente entre los jóvenes.
La hermana Lidia recuerda aquella etapa:
“En mayo de 1974 vino la hermana Victoria con un permiso de regreso para cuidar a su madre. En octubre llegué para acompañarla. Empezamos a estudiar la posibilidad de quedarme, pero con visa de turista no fue posible. Partí hacia Perú (año y medio) y pude regresar con visa definitiva en junio de 1976. Aquí, en La Habana , no teníamos casa. La hermana Victoria vivía con su madre y sus hermanos, yo compartía espacio con las Oblatas (Instituto Secular), que entonces vivían en calle Chacón, y posteriormente con las Hermanas del Servicio Social y de María Inmaculada. Fuimos después de unos meses a vivir en un pequeño apartamento de propiedad de las Hermanas de Santovenia, donde había vivido un sacerdote. Cuando él murió nos presentamos en el CDR para que no interviniera la vivienda. El responsable del comité fue muy cortés y acogió nuestro pedido. Comenzamos los trámites y la casa fue reconocida como propiedad de la Iglesia. Justo en la calle 114 vivimos durante algunos años hasta la muerte de la hermana Victoria. Pero como era un apartamento en altos no se nos facilitaba el intercambio con la gente. Decidimos entonces permutarla por una casa u otro apartamento en bajos y que estuviese en una zona marginal, y apareció esta casita en Coco Solo, donde realmente nos sentimos a gusto.”
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La vida religiosa afronta para ellas las mismas exigencias que toda vida cristiana, e incluso humana. |
“Gritar el evangelio con la vida, de eso se trata –interrumpe la hermanita Mayte–, es ser pobre entre los pobres. Como fraternidad internacional, los gastos de viajes al exterior y los estudios para la formación responden a un fondo común, ya en Cuba o en el país donde nos asentemos, vivimos de nuestros salarios como obreras o en algunos casos, como el de la hermana Lidia, de la pensión como jubilada. No importa la profesión que tengamos, las hay abogadas, otras doctoras, pero por nuestra vocación elegimos desempeñar trabajos humildes, no aceptamos cargos de responsabilidad y vivimos por lo general en zonas pobres, marginales, alejadas de las iglesias… No vamos a la gente para conducirla o enseñarla, sino para amarla como se amaría y se ayudaría a un amigo. No damos catequesis; con nuestra vida llevamos la luz que hemos recibido de Jesús, el amor de Dios…”
Justo en la gente sencilla se halla la sabiduría más grande y para las Hermanitas de Jesús lo más importante es la persona en sí misma. “Eso –asegura Costanza–, es sagrado. Si se nos acercan porque quieren conocer la Palabra , claro que con gusto y placer compartimos lo que constituye el tesoro de nuestra vida: Jesús y la Palabra de Dios.” |
La vida religiosa afronta para ellas las mismas exigencias que toda vida cristiana, e incluso humana. En sus tres casas tienen su pequeña capilla: oran, meditan, estudian la Palabra. Y así como es sagrado el tiempo para cumplir con sus obligaciones cristianas, lo es también su jornada laboral. Ellas participan además en las actividades que programan los vecinos y como cualquier gente de pueblo viven pendientes de si llega algo a la bodega, la carnicería o al puesto.
“Trabajamos en lo que aparezca –asegura la hermana Costanza–, no reclamamos privilegios ni como religiosas y mucho menos como obreras. De acuerdo a la función que desempeñemos, percibimos el mismo salario que el resto de los trabajadores. Especialmente en Cuba, observamos cierto asombro en las personas cuando descubren que somos monjas, pues esperan de nosotras un determinado comportamiento.”
“Yo trabajaba hasta hace poco tiempo en la Imprenta de la CTC nacional –irrumpe con gracia la hermanita Mayte–, en el departamento de encuadernación. Era un mundo desconocido para mí, pero me permitió saber cómo se arma un libro. El proceso era totalmente manual. Por el movimiento constante de los brazos hacia arriba y hacia abajo, llega el momento que en las axilas te da un dolor fuerte, entonces parábamos y por lo general al más inmaduro en el oficio le enseñaban unos ejercicios para prevenir la bursitis.
“Llegué buscando trabajo, con mi expediente laboral debajo del brazo, y enseguida me aceptaron. No me hicieron muchas preguntas. Cuando pasaron unos días, empezaron los interrogatorios (cubanos al fin): ‘¿tienes hijos, estás casada, tienes novio?' A todo, por supuesto, respondía que no. Una compañera me dice: ‘ven acá chica, si tú no tienes hijos, ni novio, ni estás casada, ¿que tú haces en la vida?' Soy monja, le respondí. ¡Tremendo asombro! Ahí empezó el interrogatorio de verdad. Me decían: ‘pero si no te vistes como monja, si eres alegre, conversadora…' Fue bonito, muy bonito. Al punto que todos los días se generaba una nueva conversación sobre mis cualidades como monja. Hubo quien llegó a preguntarme qué haría en el día de mañana cuando me viera sola y sin hijos…
“El trabajo nos unía más. Compartíamos muchos temas de conversación y pienso que ahí estuvo la clave para que me vieran como una persona igual a ellos, con mis gustos y preferencias. Aquella imagen que tenían de que una monja es un ser que no siente ni padece se desmoronó completamente cuando me vieron refutar una de las tantas y absurdas orientaciones que a menudo se dan en las empresas cubanas. Discutí, me molesté, dije lo que sentía, y me dijeron con admiración y asombro: ‘Mayte nunca pensamos que te pondrías tan brava'.
“Pero eso es poco para lo que le ocurre a la hermana Luisa. La asaltan todos los días en la calle, pero no para robarle –aclara ante mi extrañeza–, sino para agradecerle.”
Y es que la hermana Luisa lleva 15 años en Maternidad Obrera bañando a los niños recién nacidos. “Es un trabajo hermoso y agradecido”, precisa la hermanita Luisa:
“Las madres van con sus hijos (muchos ya son mayorcitos), y les dicen: ‘mira, ella te bañaba cuando estabas chiquitico', entonces ellos me miran como a alguien que ven por primera vez en sus vidas.”
Otras historias igual de admirables se suceden. La hermana Lidia, por ejemplo, trabajó durante más de 20 años en el Asilo Carvajal que acogía también impedidos físicos y mentales, primero como auxiliar general y después como responsable de ropería y lavandería. El asilo fue trasladado a Arroyo Arena y allí se jubiló.
La hermana Costanza, actual responsable de la Fraternidad en Cuba, llegó al país en 1991:
“Y desde la apertura de la casa de Puerta de Golpe me fui para Pinar del Río. Esa es una zona rural, y donde único encuentras trabajo es en la agricultura, así que con Emanuela y las otras hermanas sucesivamente nos enrolamos en la zafra del tabaco, un cultivo del que no sabíamos nada, pero aprendimos a trabajarlo, desde la siembra, escogida, ensarte, despalillo…”
Felices por pertenecer a una congregación internacional que agrupa a religiosas de todos los continentes, las Hermanitas de Jesús asumen el gozo infinito de una existencia contemplativa en medio de la gente pobre y marginada. Atrás quedan los rezagos del modelo francés-occidental que acompañó a la Fraternidad en una primera etapa de su historia. Ahora se impone una universalidad que busca a través de los procesos de inculturación tomar en cada país una forma propia.
Vivir en Cuba es una “bendición de Dios” para muchas de las que hoy nos acompañan. Ellas llegaron a esta tierra para quedarse. No hay por qué pensar en el adiós para quienes hacen del presente el más “importante ahora”, “el sí determinante”, “la decisiva experiencia”. Tienen tanto de cubanas, como de grandes... |
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