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  Bodas de Oro del Padre Pepe. 50 años pidiendo por el otro.
por Hilario Rosette Silva
foto: Orlando Márquez

50 años pidiendo por el otro

 

 

“Pienso en el gozo que produce el hecho de ser sacerdote y poder servir al pueblo, y en lo agradecida que es la gente, en el sentimiento de recuerdo de la persona de uno que pervive en tantísimas almas y que experimento con frecuencia” –nos dijo con sonora voz el sacerdote dominico José Manuel Fernández González del Valle (La Habana, 1925), más conocido como el padre Pepe, a poco de que celebrara sus bodas de oro sacerdotales.

Cubano cien por cien, graduado de Derecho en la Colina habanera antes de ingresar a la Orden de Predicadores, fue el último sacerdote ordenado por el primer Cardenal de Cuba, Manuel Arteaga y Betancourt, Arzobispo de La Habana: “Recibí las órdenes sagradas en esta capital el 11 de agosto de 1957”, precisó, “pero justo en el cincuentenario iban a viajar a España varios de mis hermanos sacerdotes, con los que estudié, y decidimos posponer la celebración para cuando todos estuviésemos aquí”.

Devotos, él y sus hermanos, del rezo conmemorativo de los misterios de la vida de Jesús y María, fijaron la ceremonia para una fecha grande entre los dominicos, el 7 de octubre, día de Nuestra Señora del Rosario. La data coincidió con el vigésimo séptimo domingo del tiempo ordinario, sin embargo, en correspondencia con la fiesta, y según la tradición de la iglesia de san Juan Bautista y santo Domingo de Guzmán, anexa al Convento de san Juan de Letrán, la misa parroquial, presidida por el propio padre Pepe y concelebrada por varios otros sacerdotes, fue “del Rosario”, centrada en la Virgen: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo (Lc 1, 28).” “Grita de gozo y regocíjate, hija de Sión, pues he aquí que yo vengo a morar dentro de ti (Za 2, 14).” “Dichosa tú, Virgen María, que llevaste al hijo del eterno Padre (Salmo responsorial).”

El Eminentísimo señor cardenal Jaime Ortega, arzobispo de La Habana, en compañía de uno de sus obispos auxiliares, monseñor Alfredo Petit, participaron del culto sentados arriba, en sitiales especiales, vestidos de gala, sin ornamentos. Horas antes el Cardenal había asistido al almuerzo junto a monseñor Juan de Dios Hernández, su otro obispo auxiliar.

— Caminando hacia sus 82 años de vida y rebasando el cincuentenario de sacerdocio, ¿qué le falta por vivir?
–pinchamos al clérigo provecto.

— Nada –se echó a reír con su enfática risa de niño–, he de seguir sirviendo al pueblo el resto de mis días; le pido a Dios que me dé la salud suficiente para soportar las molestias, y la satisfacción por convivir entre la gente. Ayer mismo fui a celebrar la misa a la Iglesia del Rosario, donde estuve trabajando hace años; ha cambiado la asamblea, pero quedan algunos de aquellos fieles, y hay otros que me conocen por referencias; fue enorme el cariño, la alegría con la que me recibieron; sentirse querido, comprendido, le llena a uno el corazón.

— ¿Sigue usted repitiendo aquel versículo, “cuando soy débil, soy fuerte” (2 Cor 12,10)?

— Esas palabras me dieron fuerza en el pasado para trabajar en circunstancias muy difíciles y continúan dándomela en el presente, aunque ahora mi vida es más llevadera, acompañado por numerosos hermanos de Orden y de Iglesia. El cura requiere fortaleza de espíritu para desplegar su ministerio; vienen, es normal, muchos atribulados, y otros tantos permanecen en sus lechos de enfermos esperando que se les visite. En las oraciones comunitarias no me canso de pedir: “Por los enfermos y atribulados que se encomiendan a nuestras oraciones, ¡roguemos al Señor!”, y me emociono cuando oigo la respuesta: “Te lo pedimos, Señor”.

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