| |
El regreso de Mercedes por Miguel Sabater
|
|
Mercedes llegó de Miami. En casa de su hija Dorita entra y sale la gente.
Se viene de cualquier parte del mundo y a pocas personas le importa. Pero venir de Miami… Eso altera la cuadra.
Todo el mundo recibe y pasa la noticia. El nombre de Mercedes de portal a portal o de balcón a balcón como una pelota. Mercedes sonando en la esquina o la bodega: “Oye, llegó Mercedes”.
Los vecinos le caen a preguntas. ¿Qué hace allá? Vende dulces en un complejo de tiendas. ¿Cuánto gana, qué hace para conservarse tan bien?, y todo ese tipo de cosas…
Dorita, un poco atormentada mientras hace los tamales, llama a su madre desde la cocina para que vaya a probarlos. Pero Mercedes sigue a merced de los curiosos en la sala. Quieren saber cómo vive. Ella describe la casa, lo lindo que tiene el jardín con adelfas, orquídeas y mariposas. Cuenta los trabajos que pasa con el carro porque aprendió a manejar pero es torpe. Habla de las tiendas, cómo funcionan. Cuenta que hizo un viaje en un crucero.
La gente la oye encantada, como aquel rey con los cuentos que le hacía Sheherezada. Cuesta creer que Mercedes sea vendedora de dulces. Parece que fuera cosmonauta y estuviera hablando de insólitas experiencias interplanetarias.
Luego despliega una serie de fotos que son como un rompecabezas de su casa por piezas: el portal, el jardín, el garaje, la sala, cuatro habitaciones, los closets, la cocina, el baño, el patio… Las fotos de la familia que estaba antes de ella llegar. La que llegó después. El resto está aquí: su hija Dorita y sus dos nietos. Ah, y una hermana que no le escribía porque no simpatizaba con sus ideales, pero acaban de abrazarse y llorar en el aeropuerto. La sangre cuenta, y también que los que vienen ya no son lo mismo que cuando se fueron.
“Menos mal que esos conceptos han cambiado”, comenta Mercedes recordando que cuando ella se marchó de esta casa, fue blanco de una lluvia de insultos y huevos, parte de cuyos lanzadores, después, también se fueron.
Durante los dos primeros días se limita a respirar su casa desde todos los poros hasta lo más recóndito de su alma. Tenía tanta sed de estar con Dorita y sus nietos, a los que sólo conocía por fotos.
Después fue a casa de Ortelia, quien lo sabía casi todo por obra y gracia de una ventana cerrada a medias, aparentemente discreta. Con ella Mercedes se actualizó de lo más importante ocurrido en el barrio desde aquella remota mañana en que salió de la comarca hacia el puerto de Mariel con la pesadumbre de haber dejado a Dorita recientemente enamorada.
Se asombra de cómo ha cambiado el vecino Jesusito:
— ¡Dios, pero si ya eres un hombre! ¡Hasta yo misma te fajo!
Se impresiona al ver a Amalia, antes activa y diligente, postrada en un sillón de ruedas. Y el barrio que nadie sabe por qué le llamaron El Modelo, deteriorado, con esa tenería destruida, comparable, en su desolación, con el matadero de la Virgen del Camino…
En su largo paseo por el barrio pregunta por Clara, Amparo, Adolfina… Murieron. Otros se fueron del país o se mudaron.
— ¿Y Fefita? –se interesa Mercedes.
— Se divorció de Paco.
— ¿Tan bien que se llevaban?
— Ay, Mercedes, nadie sabe lo que pasa detrás de las puertas.
El cuarto día lo dedica a sus muertos. Se va con Dorita al cementerio. Después se llega al Santuario de Regla, al que iba todos los días 8 del año, ponía una vela y se sentaba a contemplar a la Virgen morena para pedirle: “Te suplico, virgencita del mar y las azarosas travesías, que me abras los caminos para irme”. Ahora, arrodillada ante el presbiterio donde reluce Nuestra Señora de Regla en el retablo dorado, le da gracias por estar de nuevo en Cuba entre los suyos.
— La procesión ya no se limita al templo –le informa un empleado de la parroquia que está cuidando el pebetero–, ahora la sacan a la calle. Le dan una vuelta por el parque del emboque y la detienen de frente a la bahía.
— Como en los viejos tiempos –exclama Mercedes.
— Todo eso está volviendo –le informa Dorita–, poco a poco se rescatan las raíces culturales.
— Menos mal que quedaron las raíces –dice Mercedes–, pero no ha vuelto lo de las estrellitas del carnaval.
— Quién sabe si algún día –responde Dorita, siempre con la guardia en alto.
— Ay, hija, creo que me equivoqué en ponerte Dora. Tenía que haberte llamado Esperanza, Fe o algo así.
— Tal vez –conviene Dorita de buen humor.
¡Cómo pasa el tiempo!, suspira Mercedes, ahora empeñada en andar con su amiga Isora por la calle Martí, la aorta de Regla.
— ¿Te acuerdas, Iso, de aquellas congas con Los guaracheros? Éramos unas pepillas. Nada más que pensábamos en fiestas.
— Y en novios –agrega Isora, maliciosa.
— Ah, sí. Pero era diferente. Antes los novios se escribían cartas y se hacían poemas. Iban a la casa a pedirte la mano, y una se ponía nerviosa… ¿Te acuerdas? –recuerda Mercedes mientras caminan por el tramo de Martí que abarca desde Alburquerque hasta Aranguren, donde, en otros tiempos, estuvieron la cafetería El Yayo (cuando El Yayo era El Yayo, y no éste de ahora) y La Mariposa, El Gremio, la pizzería, las mejores tiendas, el parque aquel con sus bancos de piedra y sus laureles, la cremería y sus dos cines… De todo lo cual sólo quedan brasas en la memoria.
A pesar de que Mercedes sospechaba que vería tantas cosas cambiadas o que ya no estaban, quería volver a estos sitios. Miami, con sus múltiples centros comerciales y recreativos ofrece más; pero no tiene una esquina, un parque o una calle que dialogue sentimentalmente con ella.
|
|
Lo admirable de Mercedes –dice la gente al pasar los días– es que llevando tantos años allá siga siendo la misma. No se parece a Caridad, que cuando viene se las da de señorona. No se acuerda que desayunó mucho milordo, que en lo más duro del “período especial” llegó a comer bistec de toronja y fue a pasear con ropa prestada…
Mercedes no. Da la impresión de que en Miami, Londres o Madrid ella sea la misma.
Durante los días que permaneció en Cuba se sintió como pez en el agua. Su única aflicción, el buche amargo, consistió en no ponerse de acuerdo con Dorita.
— Yo me fui con la idea de que algún día nos reuniéramos todos –le dijo Mercedes en una de aquellas conversaciones privadas. Y por más que trató de convencerla, fue inútil.
A pesar de sus diferencias, entre ellas no hay conflictos. Mercedes les dice a todos que se va con una sensación muy rara: se siente llena y al mismo tiempo vacía.
— Así es –dice Dorita.
— ¿Es qué? –no entiende Mercedes.
— La vida. Un juego muy tramposo. Nunca deja que nadie lo tenga todo. |
|