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Un patriota italiano
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por Rafael Jesús de la Morena
La historiografía de ciertas ideologías del siglo xx criticó duramente a personajes célebres, sin tener en cuenta que en sus propios países han sido considerados figuras valiosas en el devenir nacional. Difamar de un enemigo ha sido una forma de destruir su influencia y así imponer las teorías propias, pero si el atacado es un creyente y colaborador estrecho de la Iglesia, entonces los adversarios se vuelven implacables.
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Este es el caso de una de las personalidades más polémicas de todos los tiempos, el italiano Nicolás Maquiavelo, que no fue un dictador militar ni participó en masacres. Sin embargo, el término maquiavélico se utiliza como sinónimo de lo peor en los manejos políticos, en los negocios y en la vida diaria.
¿Quién fue en realidad este hombre?
Nicolás Bernardo de Maquiavelo nació en Florencia el 3 de mayo de 1469, en una época pródiga en genios (finales del siglo xv y principios del xvi). Era hijo de una familia noble que poseía la antigua hacienda de San Casiano, a diez millas de la capital ducal. Allí pasó muchos días de la niñez en contacto con la naturaleza. El bello paisaje de Toscana le enseñó a amar a Italia.
En la escuela fue un alumno precoz. Se convirtió en un apasionado de la Historia en general y de la de Roma en particular. Se hizo experto en la obra de Tito Livio y comenzó a estudiar los sistemas políticos de cada Estado desde la Antigüedad. Su filosofía le llevó a expresar la necesidad de la creación en Europa de poderes centralizados, comenzando por su patria, por ese entonces dividida en una serie de principados en constantes conflictos, y ocupada, en parte, por potencias extranjeras.
Por sus estudios de Derecho y capacidad de trabajo, el gobierno local lo empleó como funcionario. La Señoría1 de la República de Florencia le nombró secretario de la cancillería de Asuntos Exteriores y miembro de los Dieci Della Guerra de la ciudad. Para el espíritu ávido del joven político era un puesto de observación de las relaciones europeas. Desde allí intentó prever los acontecimientos, aplicando para ello los antecedentes históricos. En 1498 alcanzó fama de intrépido y audaz, apresó al condotiero Paolo Vitelli en Pisa, lo juzgó y ajustició por sus desmanes con los civiles.
Maquiavelo realizó importantes y difíciles misiones diplomáticas: en 1498 ante Caterina Sforza, condesa de Imola y Forli, luego en 1500 pasó a la Corte del rey francés Luis XII, y los informes enviados a la Señoría le valieron ser considerado un hábil diplomático. En 1502 llegó de embajador a la ciudad de Urbino, base del caudillo eclesiástico y militar César Borgia, allí durante un año, estudió al hombre de acción y enriqueció experiencias de cómo se crea el poder y se gobiernan los estados.
Él planteaba: “no se puede confiar la defensa a tropas mercenarias… ellos o los jefes pueden ser comprados”. Tenía a los condotieri2 como ineficientes. Por eso entre 1503 y 1506, cuando reorganizó las defensas de Florencia, prefirió reclutar una milicia nacional de ciudadanos con vigorosos campesinos avezados a penalidades al aire libre, bien equipados y adiestrados. Quería asegurar así una guarnición patriótica. Por tal motivo se le considera el inspirador de los ejércitos profesionales y permanentes. |
En 1506, siendo embajador ante la Santa Sede, pensó que Julio II podría ser el unificador de Italia, pero mientras hacía amistad con el Papa, se enteró de los preparativos bélicos del emperador alemán Maximiliano I contra Italia, por lo que acudió a Viena en 1507 y previno el golpe.
La oportunidad de aplicar sus ideas militares se le presentó en 1508. Por esa fecha condujo a los reclutas toscanos al asedio y toma de Pisa. Maquiavelo había llegado a la cima, pero aquella fue una lucha entre hermanos, un conflicto de intereses comerciales que debilitaba a Italia. No era una cruzada libertadora.
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Nicolás Maquiavelo, diplomático,
historiador, filósofo, y relevante
pensador político del Renacimiento,
fue un patriota inflamado
por un noble ideal:
la unificación y redención de Italia. |
De vuelta a Francia en 1510, atravesó Suiza, se entusiasmó con la independencia de la Confederación Helvética y sus instituciones democráticas, vio en ella el ideal para Italia. Al regresar a la patria, a pesar de lograr la alianza entre los florentinos y Luis XII, estaba preocupado con la forma de proteger a los escindidos italianos del ataque francés.
La solución la dio el Papa Julio II con una alianza peninsular que derrotó la invasión de Luis XII, pero la Señoría florentina mantuvo el vínculo con los francos, y las tropas del Pontífice la atacaron en 1512. Maquiavelo se había alegrado del éxito italiano, sin embargo, tuvo que combatir a los aliados y dirigió las milicias que fueron batidas por tropas españolas en el combate de Prato. La República cayó, los Médicis tomaron las riendas del ducado; el secretario de los Dieci Della Guerra fue hecho prisionero y torturado, pero se determinó que sólo había cumplido órdenes y lo liberaron.
Entonces se retiró a la vieja casa de San Casiano con su fiel esposa María Corsino y sus cuatro hijos. Aunque le gustaba la vida del campo, extrañaba la política. Se levantaba con el Sol, salía a recorrer los bosques, conversaba con los leñadores. Bajo los árboles leía a los clásicos, luego visitaba la posada del camino para saber las noticias. De regreso a su propiedad, por las noches, inmerso en las brumas históricas, escribía libros que más tarde conmoverían al mundo. |
La literatura de Maquiavelo es un orgullo de Italia. Él leía sus obras en la Academia de los Jardines Buccelai. Entre sus libros destacan: Discurso sobre los libros de Tito Livio, el notable tratado militar El Arte de la Guerra, los textos La Historia de Florencia, Descripción de Alemania, Retrato de Francia, Ordenanzas de Caballería, Legaciones y Comisiones, este último sobre su vida diplomática, y la obra que lo inmortalizó: El Príncipe.
Este tratado político, fruto de la experiencia diplomática al servicio de Florencia, las relaciones con las principales figuras del Occidente cristiano y los profundos conocimientos históricos del autor, tiene esta idea básica: “los sabios dicen, que quien desee prever el futuro, debe consultar el pasado, pues los acontecimientos humanos se parecen siempre a los de tiempos precedentes”.
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César Borgia |
Centrado en el mecanismo de los gobiernos y en la psicología de los mandatarios, inspirado en César Borgia y Fernando el Católico de Aragón, El Príncipe describe modelos de Estado según su origen (la fuerza, el derecho, la perversión, el azar), deduce las tácticas políticas más adecuadas para preservarlos y fortalecerlos en medio del ajedrez del poder, y reseña además, las condiciones que debían caracterizar al estadista.
Plantea que el gobernante debe distinguir entre conciencia privada y bien público, entrenarse para combatir al frente de un Ejército poderoso: “un hombre de estado no puede hablar con voz más fuerte que sus cañones”, y aprender diplomacia, “porque la astucia consigue más que la fuerza y con menos gastos”. Para asegurar el apoyo popular, debe patrocinar las artes, el saber, los espectáculos, los juegos, y honrar a los gremios.
Explica el influjo de dirigentes, cuya ambición impide que vean lo inadecuado que resultan sus recursos. Una avaricia que hasta puede arruinar a su estado al punto de conducirlo a una guerra contra una potencia más fuerte o a una competencia sin posibilidad de vencer.
En este clásico de la literatura mundial se expresa que la suerte entra en la ascensión y caída de los estados, pero no es decisiva: “La fortuna es el árbitro de la mitad de nuestros actos, pero todavía nos deja la otra mitad”.
El Príncipe reveló a los pueblos los secretos de los gobernantes, muchos de los cuales utilizan métodos violentos e injustos, con los que estaba de acuerdo el político florentino, educado en la escuela del poder de los Borgia. Él, sin duda, fue un hombre de su tiempo, por eso Francis Bacon expresó: “Debemos dar las gracias a Maquiavelo que ha demostrado francamente lo que los hombres suelen hacer”.
Un filósofo sagaz como Hegel concluyó: “Fue el elevado sentimiento de Maquiavelo sobre la necesidad de constituir un Estado italiano, lo que le hizo sentar los únicos principios según los cuales podía formarse un Estado en aquellas circunstancias… los déspotas que había que someter no podían atacarse de ningún otro modo”.
Los preceptos de El Príncipe son de obligada consulta para los profesionales de Historia y Derecho y los dominan la mayoría de los estadistas. Enrique IV de Francia lo llevaba siempre consigo, el cardenal Richelieu lo conocía al detalle, Guillermo de Orange lo guardaba bajo la almohada, Federico el Grande de Prusia lo analizó. Napoleón Bonaparte lo sabía de memoria y las frecuentes ediciones contemporáneas llevan las notas del genial corso3 en los capítulos del libro, traducido a gran número de lenguas.
Las opiniones de Maquiavelo respecto a las relaciones política-religión son claras: “La observancia de las instituciones religiosas es la causa de la grandeza de las Repúblicas”. “Los príncipes y repúblicas que quieran subsistir… deben ante todo preservar la pureza de las observancias religiosas y tratarlas con la debida reverencia… de todos los hombres que han sido elogiados, los que lo merecen más son los fundadores de religiones”.
El tratadista, admirador de san Francisco de Asís y santo Domingo de Guzmán, exigió a la Iglesia apoyo a caudillos y repúblicas, que tomara partido por los príncipes contra los perversos que se aprovechan de la mansedumbre cristiana. Le dedicó palabras de alerta: “De haberse conservado el cristianismo de acuerdo con lo ordenado por su Fundador, los Estados y Repúblicas de la Cristiandad estarían mucho más unidos y felices”.
Criticó a la Iglesia por no haber empleado sus recursos para someter a los diferentes gobiernos de Italia a su dominación política y establecer la unidad nacional (aspiración de Maquiavelo). En este aspecto el tratadista se equivocaba, la doctrina cristiana debía mantener su misión pastoral: abogar por la fe, la paz y la hermandad entre los fieles. No debía inmiscuirse en aventuras militares pues ya tenía demasiadas dificultades en estos años.
En el Vaticano, Maquiavelo recomendó al Papa León X4 la forma republicana de gobierno para los florentinos. Este Pontífice lo apreció, elogió sus obras teatrales y le recomendó a Giuliano de Médicis para que le diera trabajo en Florencia. El escritor le correspondió con la propuesta de utilizar los fondos, la diplomacia y el poder de la Iglesia, los recursos del líder toscano, la temeridad y bravura de Lorenzo de Médicis, mandatario de Urbino, y sus propios consejos para llevar adelante la unidad italiana.
Este llamado lo confirmó en El Príncipe: “Italia… espera a aquel que cure sus heridas… suplica a Dios que mande a alguien que la libre de extrañas insolencias. Está preparada a seguir a una bandera con solo que haya quien la levante”. La idea era lógica, pero Maquiavelo pretendía lograr la unidad con la fuerza de unos tiranos, y ese no podía ser el futuro. De momento, la prematura desaparición física de estos adalides lo impidió.
El clamor de Maquiavelo sirvió a la posteridad: “¿Quién podría expresar el amor con que Italia aclamaría a su libertador, con qué sed de venganza, qué fe tenaz, qué devoción, qué lágrimas? Tome vuestra ilustre casa esta empresa a su cargo, con el valor y la esperanza con que se acometen las empresas justas, de modo que bajo su estandarte se ennoblezca nuestro país natal y bajo sus auspicios puedan verificarse estas palabras de Petrarca: ‘Álcese la hombría en armas contra el furor, y sea breve la lucha, que el antiguo valor no ha muerto todavía en los corazones italianos’…”.
Maquiavelo también cumplió misiones del cardenal Julio de Médicis, quien al convertirse en Papa Clemente VII en 1523 despachó con él asuntos de alta política. En 1525 realizó otra tarea diplomática en Venecia, pero en 1526 se produce la invasión alemana, los Médicis de Florencia le dan al político el cargo de superintendente de fortificaciones y le eligen Jefe de la Junta de defensa de la ciudad, que puso en plena disposición combativa.
En 1527, las tropas protestantes germanas del Condestable de Borbón saquearon Roma, el Pontífice quedó sitiado en el castillo de Sant’Angelo y Maquiavelo fue encargado de negociar su liberación. Mientras tanto, en Florencia se había restablecido la República. El nuevo gobierno fue injusto con el diplomático a pesar de sus servicios, y por los vínculos con los Médicis le marginó de sus cargos. El golpe era severo; el genial político murió poco después, el 22 de junio.
Nicolás Maquiavelo, diplomático, historiador, filósofo, y relevante pensador político del Renacimiento, fue un patriota inflamado por un noble ideal: la unificación y redención de Italia. Trató con los métodos de su época de crear un Estado capaz de rechazar ataques extranjeros y afianzar su soberanía. Su sueño se realizó 343 años después, cuando Camilo Benso, Conde de Cavour, Ministro del Reino del Piamonte, y el heroico José Garibaldi, basados en un estadismo maquiavélico, reunificaron la nación.
Hoy, cerca del río Arno, se ubica la bella iglesia franciscana de la Santa Croce. Construida entre los siglos xiii y xiv, y decorada con frescos de Giotto y otros maestros, se le denomina Panteón de Florencia, pues contiene las tumbas de Miguel Ángel, del poeta Vittorio Alfieri, del músico Antonio Rossini y de Nicolás Maquiavelo. Sobre el monumento dedicado al político, testimonio del respeto de la patria unida, se lee la inscripción: Tanto nomini nullun par elogium: “No hay elogio adecuado para tan grande hombre”.
Notas:
1. Gobierno de la ciudad de Florencia.
2. Soldados mercenarios cuyo interés era enriquecerse.
3. Bonaparte era de Córcega, se consideraba de origen tan italiano como Maquiavelo.
4. Juan de Médicis, era miembro de la famosa familia toscana. |
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