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SOCIEDAD

  - Que el vaso no sea más que la flor.
por Anette Jiménez.

- El regreso de Mercedes.
por Miguel Sabater.

- Un patriota italiano.
por Rafael Jesús de la Morena.

-¿Ser un poco cínicos...? ¡No estaría mal!
por Narciso de la Iglesia s.d.b.
"Postales de Navidad".Próximamente a la venta en el Arzobispado de La Habana.

Que el vaso no sea más que la flor.
por Anette Jiménez Marata
Que el vaso no sea más que la flor
Según el Pequeño Larousse la estética es, en su primera acepción, la teoría de la belleza en general y del sentimiento que despierta en el hombre. El término se emplea también para referir los rasgos tipológicos precisos que definen y caracterizan una tendencia artística (como el Romanticismo o el Modernismo), un movimiento intelectual o un autor en específico (por ejemplo: la estética peculiar de la obra de Ernest Hemingway o Virgilio Piñera).

Es el gusto estético el que marca nuestras preferencias y predilecciones a la hora de elegir un vestuario, un filme o un objeto ornamental para la vivienda. Unos prefieren las películas del sábado mientras otros esperan saciar su sed cinematográfica con el espacio televisivo Espectador crítico; unos eligen los tejidos suntuosos para un encuentro especial durante la noche, en cambio otros se afanan en recibir el sol de la mañana con ajustados trajes negros y botas hasta las rodillas; unos valoran la obra pictórica de Pablo Picasso o Tomás Sánchez, mientras otros se placen con observar, desde el sofá de su casa, la figura plasticada de una mujer sonriente y semidesnuda.

Pero, ¿el gusto estético se educa o constituye una condición innata que, una vez formado, no puede transformarse? ¿Qué factores inciden en que elijamos un ballet o determinado género musical para distraernos? ¿Por qué motivos, a veces, nos parece anticuada y fuera de moda una sinfonía clásica mientras que la música estruendosa es la que más nos satisface?

Evidentemente porque, desde niños, hemos recibido determinados patrones culturales que han signado aquello que preferimos o rechazamos. La familia, la escuela, los medios de comunicación masiva han hecho de nosotros fuertes consumidores de algunos géneros, estilos, artículos y acérrimos detractores de otros. No obstante, en la continua interacción del hombre con la realidad que construye, el gusto estético puede ser moldeado, modificado, subvertido. Y es aquí, precisamente, donde debemos tener bien reconocidos nuestros valores personales, familiares, sociales y culturales para recibir las influencias externas (que pueden enriquecernos) sin traicionar la esencia que nos define como lo que somos.

Si nunca hemos asistido a una obra teatral podemos decidir por esta opción cultural para comprobar qué experimentamos al ver una representación que, quizás, esté más cerca de la realidad que de la ficción. Si desconocemos qué son las bellas artes podemos llegarnos un día a los museos especializados en el tema, donde encontraremos la historia de la humanidad relatada por sus propios protagonistas.

Si nunca nos hemos puesto un piercing ni hemos tatuado nuestra piel con invasoras figuras de colores, entonces no lo hagamos sólo porque nuestros amigos ya lo decidieron o nuestro ídolo musical ya lo mostró en su más reciente video clip.

El gusto estético no está en las marcas de ropa o zapatos con que el mercado intenta (y muchas veces logra) seducirnos, ni tampoco se encuentra en el exceso ilimitado de cadenas, sortijas, relojes, aretes, maquillaje, piezas de oro y carteras.

El gusto estético se construye a lo largo de la vida y queda definido no sólo por el juicio personal sino también por las múltiples y cambiantes influencias externas que recibe el ser humano a diario.

Quien conoce la belleza, como bien le dijera José Martí a María Mantilla, “no pondrá en un jarrón de China un jazmín: pondrá el jazmín, solo y ligero, en un cristal de agua clara. Esa es la elegancia verdadera: que el vaso no sea más que la flor”.

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