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INTERNACIONAL

 
GOLPE A LA ESPERANZA
por Lázaro J. ÁLVAREZ

 

La tregua decretada por ETA en marzo de 2006 quedó hecha sal y agua cuando se vino abajo una instalación del aeropuerto de Barajas, en diciembre pasado. De entonces acá, la posibilidad de paz, que tan cerca se creía, se ha ido alejando lastimosamente.

Que los adversarios se crucen de brazos y se den la espalda, sin dejar ventanas abiertas para un posible intercambio de criterios, no deja muchas esperanzas a la solución de un conflicto.

Algo así está ocurriendo en España en estos mismos instantes: desde que el 30 de diciembre de 2006, la organización separatista armada vasca Euskadi ta Askatasuna (ETA) cometiera un atentado terrorista contra la terminal 4 del aeropuerto madrileño de Barajas –un incidente en el que murieron dos inocentes civiles ecuatorianos–, se han roto los canales de diálogo.

En aquel momento, a pesar del ataque, la banda anunció que la tregua, proclamada unilateralmente el 22 de marzo de 2006 y aplicada desde el 24 de marzo, seguía como si nada hubiera ocurrido. Como si no hubiera corrido la sangre.

Pero al presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, le pareció –como a cualquiera le parecería– que la potente bomba de Barajas hablaba por sí sola, por lo que declaró el fin de la pausa de paz y decidió proseguir con la política de enfrentamiento a ETA.

Solo que intentar dar caza a un puñado de individuos armados es ardua tarea. No es un ejército contra otro ejército, fuerzas visibles contra fuerzas visibles. El Estado no gana, pero ETA tampoco.

Por ello, para el grupo separatista, haber desaprovechado la oportunidad de conversar sobre su desarme y dejar el diálogo político en manos de los actores políticos, le ha valido el descrédito de que posiblemente en muy largo tiempo ningún gobierno español se atreverá ni accederá a prestar atención a treguas ni cosas por el estilo.
Ni que decir tiene que Batasuna, el partido de la izquierda independentista vasca que persigue por medios pacíficos el mismo objetivo de ETA –separar al País Vasco y a Navarra de España–, vio cercenada la posibilidad de sentarse con el resto de los partidos políticos vascos a la mesa de negociaciones, donde la alternativa de efectuar una consulta en las urnas para que los vascos decidieran su destino podía haber sido un punto de interés. El contraproducente atentado del 30 de diciembre arrancó de cuajo también esa aspiración.

Entretanto, para el gobierno de Zapatero, la ausencia de resultados en sus contactos con miembros de ETA tiene una repercusión negativa: la recriminación, por parte de sus adversarios políticos –principalmente el Partido Popular– de que “con terroristas no se negocia, pues nada se obtiene”. Aunque tampoco estos han dado la fórmula mágica para detener en seco una espiral de violencia que ya ha causado más de 800 muertes. Sencillamente porque no existe..

SALVAR VIDAS VALE LA PENA
ETA NO...

Si fuera del todo imposible negociar con quienes portan armas ilegales en medio de una sociedad democrática, sería pura ficción lo que está ocurriendo en Irlanda del Norte, donde –como explicaba en otra edición– hoy se sientan en torno a una misma mesa de gobierno quienes ayer fueron rivales irreconciliables: protestantes favorables a mantener la unión con Gran Bretaña y católicos deseosos de que el territorio adquiera la independencia y se unifique con la República de Irlanda.

¿Con quiénes se sentó a dialogar el gobierno británico para alcanzar un acuerdo de paz en 1998? Pues nada menos que con el partido independentista Sinn Fein, muchos de cuyos miembros habían militado en el Ejército Republicano Irlandés (IRA), sindicado como terrorista por Londres.

Salvadas las distancias, no es justo acusar a priori al gobierno español por haber intentado hacer lo mismo. Por desgracia, esa fue la táctica del PP, que votó en contra cuando Zapatero, el 17 de mayo de 2005, acudió al Congreso de los Diputados a pedir el respaldo parlamentario a las negociaciones que habría de iniciar. Si el gobierno de José María Aznar, en ocho años al mando, aceptó un período de tregua de ETA (1998), así como también persiguió a la organización por medios policiales, y de todos modos no logró erradicarla, ¿por qué no habría de tener su sucesor una oportunidad similar?

Un ejemplo de intransigencia para con los esfuerzos del gabinete socialista se pudo palpar el 18 de agosto de 2006, luego de que ETA publicara un comunicado para advertir que, si las fuerzas policiales continuaban acechando a los separatistas, la banda respondería.

En aquel momento, el secretario de Comunicación del PP, Gabriel Elorriaga, señaló que la única vía para derrotar a ETA era la firmeza, y que el gobierno debía abandonar el diálogo y el proceso de paz establecido tras el alto al fuego, porque “sabemos por experiencia que la estrategia de diálogo y negociación siempre ha fracasado y termina con la vuelta de ETA a la actividad”. Era un punto de vista. Uno solo. Mientras el resto de los partidos del espectro político español avalaba la necesidad de mantener la vía al intercambio.

El mismo Zapatero fue preguntado sobre el tema a principios de septiembre de 2007 por el periódico El País: “¿Sigue pensando entonces que, pese a los costes que ha tenido, valió la pena todo ese gigantesco esfuerzo?”, inquiere el reportero en alusión a su gestión de la tregua. “Intentar salvar vidas vale la pena, aunque uno se deje jirones –respondió–. No es que solo valga la pena; es que no me lo perdonaría a mí mismo. (…) Sería un presidente sin alma, sin entrañas”.

Porque abandonar un camino –aunque sea incierto–, para no tomar ningún otro, no es decididamente lo más sabio. Ahora mismo, no hay trillos entre la hierba, que crece más y más alto…

DEBILITADA, PERO…

Como lo anunció, ETA ha cumplido su promesa, esbozada en un comunicado el 5 de junio pasado, de mantenerse activa “en todos los frentes”. Y ha realizado otros ataques: el pasado 24 de agosto, en Durango, Viscaya, la explosión de un vehículo junto a una comisaría policial dejó dos agentes heridos y algunos daños. Apenas 48 horas después, en Les Coves de Vinromá, Valencia, unos hombres encapuchados secuestraron a una pareja y a su hijo (a los que más tarde liberaron), les quitaron la camioneta y la dispusieron para hacer estallar en ella 80 kilogramos de explosivos. Ante la cercanía de la Guardia Civil, la detonaron en un lugar apartado. El cráter de diez metros a la redonda y los olivos achicharrados dieron testimonio de lo que podía haber ocasionado en un sitio urbano.
El gobierno español, inmedia-tamente después del suceso en Durango, exigió a Batasuna una condena del hecho. Pero esa formación no dijo palabra, lo que alimenta una de las tesis por las que precisamente se dictó su ilegalización en 2003: “Si Batasuna no se pronuncia contra un atentado de ETA, pues ¡Batasuna es ETA!”.

El silencio, evidentemente, le hace más mal que bien. Si el declarado deseo de esa organización es obtener en algún momento la independencia de Euskal Herria (País Vasco, Navarra y País Vasco francés), y hacerlo por vías políticas, es de suponer que descalifique las acciones armadas de ETA, que difícilmente lograrán alcanzar igual meta en sus intentos de obligar al Estado español a aceptar sus reclamos.

De otra parte estuvieron las declaraciones del ministro de Interior español, Alfredo Pérez Rubalcaba. Poco después de la explosión en Les Coves de Vinromá, y de celebrar que ETA se encuentra “más debilitada que antes de la tregua”, apuntó que el grupo armado no obtendrá sus fines políticos si recurre a las armas, pero “tampoco si las deja”.
Es quizás aquí donde el paraguas se traba un tanto. ¿No exigió el gobierno español que, como condición indispensable para hablar sobre el futuro del País Vasco, ETA debería dejar a un lado las armas?

Bien, si en efecto las abandonara, ¿se le cerrarían automáticamente las puertas? Tal declaración podría hacer ver que, aun si ETA aceptara desarmarse, cualquier demanda indepen-dentista, de cualquiera de las fuerzas políticas vascas, sería desestimada sin muchas contem-placiones. Y eso no daría mucha tranquilidad a los sectores que, minoritarios o no, se sienten más vascos que españoles.

De momento, no obstante, los despachos refieren que gracias a la operación conjunta de fuerzas francesas y españolas, un equipo de cuatro miembros de ETA fue detenido el 1º de septiembre en la localidad gala de Cahors. Dicho grupo solía sustraer armas, explosivos y vehículos para montar coches bomba, y estaba a cargo de la preparación de otros individuos para ejecutar este tipo de acciones. Con su captura, aseguraron fuentes de seguridad españolas, quedó fuera de juego lo que se consideró el núcleo central de la banda para perpetrar ataques.
Sin embargo, el 25 de septiembre, un artefacto explosivo estalló en las cercanías de una comisaría policial en Zarautz, Guipúzcoa, sin causar daños personales. El director general de la Policía y la Guardia Civil, Joan Mesquida, señaló a ETA como la autora del incidente, y describió la bomba como una olla con cinco kilogramos de explosivos.

Sucede que, sean tres toneladas o solo cinco kilogramos, lo que hay que erradicar es el deseo de cometer el atentado. Y eso no lo puede lograr un exitoso operativo policial, por lo que en algún momento –bien bajo el actual gobierno, bien bajo su sucesor– habrá que regresar a la mesa. Hasta que arribe ese día, toda España, no solo los vascos, estará suspirando por la paz.

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