Desde hace años el día 20 de octubre se dedica a celebrar –y no sólo en Cuba, también en algunos países donde trabajan ocasionalmente hombres y mujeres nacidos en esta tierra– el Día de la Cultura Cubana. Parece que no todos los integrantes de nuestras generaciones más jóvenes saben –a pesar de que ha sido muy divulgado por la radio y la televisión– las raíces históricas de este homenaje; aunque también es posible que las mismas hayan quedado rezagadas en las memorias de quienes ya dejaron atrás la primavera de la vida.
Mientras transcurría en Cuba la primera mitad del siglo xix –el siglo de la Ilustración y la formación de la conciencia nacional–, los sueños de los Padres Fundadores parecían frustrados ante la mirada de los más escépticos cubanos cuando, en realidad, sólo estaban aplazados. Tiempo convulso de destierros y conspiraciones fracasadas, algunas de ellas con ciertos matices anexionistas, como paso previo al logro de la independencia, y otras abiertamente anexionistas. Pero también de siembra ética y patriótica… Evoca mi memoria agradecida la obra trascendente, según el decir del padre Antonio Rodríguez Díaz, de los hombres de San Carlos; la divulgación clandestina de El Habanero, presencia desde la distancia del Siervo de Dios padre Félix Varela; la lucha desplegada por José Antonio Saco y sus amigos (Luz, Del Monte...) por la Revista Bimestre Cubana y la Academia Cubana de Literatura; el proyecto de José de la Luz para crear el Instituto Cubano, que fue aprobado pero no se realizó; la enseñanza cívica y patriótica de don José de la Luz y Caballero desde el seno de la Sociedad Económica de Amigos del País, en el Colegio de San Cristóbal (más conocido por Colegio de Carraguao), y en el Colegio del Salvador, que fundara en 1848; sin olvidar a otros maestros que siguieron sus pasos, entre ellos Rafael María de Mendive, inolvidable para nuestro pensador mayor: José Martí.
La imprescindible crítica de las ideas
cedería el paso
a la necesaria crítica de las armas
Por razones económicas, políticas, patrióticas y sociales, la insurrección en Cuba era inminente desde 1867. Y aunque la sostenida conspiración halló su espacio vital en la región del centro-oriente de la Isla, su mayor fuerza radicaba en las jurisdicciones de Bayamo, Manzanillo y Camagüey. Del grupo de terratenientes revolucionarios empeñados en obtener la independencia de Cuba, destaco en esta ocasión a Carlos Manuel de Céspedes y Castillo y a Pedro (Perucho) Figueredo –ambos naturales de Bayamo y abogados de profesión– por razones obvias. En el caso de Céspedes, después de haber sufrido dos destierros en su propio país (el primero en el caserío de Palma Soriano y el segundo, en 1852, en Baracoa) por tener fama de separatista, establece su domicilio en Manzanillo, donde ejerce la abogacía y fomenta una finca azucarera, “La Demajagua”. |
La radicalidad de Céspedes y de sus seguidores, entre ellos Bartolomé Masó, los indujo a adelantar la fecha del alzamiento. No todos los hombres de la zona coincidían con ese planteamiento y hasta se asegura que hubo un fuerte intercambio de palabras. Pero pensando que no era conveniente dilatar el esperado momento, los manzanilleros se reúnen el 6 de octubre en la finca El Rosario y llegan a un acuerdo: levantarse en armas el 14 de octubre. Al tanto de esa decisión, Aguilera decide adherirse a ella, y envía a un mensajero de su confianza a Bayamo para informarles sobre la situación.
Las circunstancias obligan a los manzanilleros a precipitar los acontecimientos. El día 8 reciben un aviso: a Bayamo había llegado un telegrama del Capitán General ordenando la prisión de Céspedes y la de otros evidentes conspiradores. Pero esa misma noche Céspedes recibe una esquela del mayordomo y hombre de confianza de Aguilera: le había llegado la confidencia de que el día siguiente sería detenido en La Demajagua, información que, en realidad, no tenía un fundamento válido. De inmediato, Céspedes circuló la orden de alzamiento y de concentrarse en su hacienda.
Amanecía el 10 de octubre de 1868. Céspedes reúne en el batey de La Demajagua a los hombres que habían acudido a su llamado y pronuncia encendida arenga: aquel era “el primer día de la libertad e independencia de Cuba”... Consecuente con sus ideales, seguro de su deber, hace tocar por última vez la campana del ingenio llamando a sus esclavos y les anuncia que desde ese momento son hombres libres. Ejemplo que siguieron sus compañeros, testigos y partícipes de aquel instante único. Después, Céspedes presenta la bandera que había escogido y todos la saludan emocionados. Da a conocer el Manifiesto del 10 de octubre, en el cual expresa los postulados esenciales de la revolución que se iniciaba, y se afirma : “… nosotros creemos que todos los hombres somos iguales; amamos la tolerancia, el orden y la justicia en todas las materias; respetamos las vidas y propiedades de todos los ciudadanos pacíficos aunque sean los mismos españoles, residentes en este territorio…”.
Días de gloria, de exaltación patriótica, matizados con momentos de profundo regocijo espiritual pero sin la ausencia de reveses previsibles o no, vivirían las fuerzas en armas, enriquecidas numéricamente con el decurso del tiempo.
En la madrugada del domingo, 11 de octubre, sale Céspedes con unos 200 hombres (muy pocos portaban armas de fuego) hacia el pueblo de Yara, que no era una plaza militar, confiando en ocuparlo sin resistencia. Pero los sorprende una pequeña columna enemiga, procedente de Bayamo, al tanto de lo acaecido el día anterior, obligando a los cubanos –que gritaban ¡viva Cuba Libre!– a retroceder ante un enfrentamiento desigual: tal fue el primer hecho de armas de la guerra que duraría diez años, en el que cayeron el primer soldado cubano y el primer soldado español.
De acuerdo con Fernando Portuondo, Yara se convirtió en el símbolo de la rebeldía cubana. Se afirma que el propio Céspedes preferiría más de una vez aludir a ese pueblecito de su primer infortunio guerrero, antes que a La Demajagua, al hablar del comienzo de su lucha. No es de extrañar que, andando el tiempo, algunos mambises llegaran a confundir en un mismo recuerdo esos dos hechos, desarrollados en fechas diferentes; originando la tradición de festejar “El Grito de Yara” el 10 de octubre.
Días de gloria y de exaltación patriótica, matizados por reveses y por momentos de profundo gozo espiritual, vivirían Céspedes y las fuerzas revolucionarias que le seguían, enriquecidas en número por los hombres que se fueron incorporando –campesinos, mulatos, negros ya libres…–, unidos por el bien común y el respeto a los líderes de la insurrección:
Céspedes es reconocido como general en jefe –tras la toma del pueblo de Barrancas– por los líderes revolucionarios de Bayamo.
El 18 de octubre, Céspedes, al frente de las tropas insurrectas, inicia el asalto de Bayamo, cuya toma se consuma al capitular poco tiempo después el gobernador de la plaza. Así, el 20 de octubre, en medio de las campanas al vuelo, la alegría y el bullicio con que entran los hombres en victoria, mezclándose con la muchedumbre jubilosa, al lado del Padre de la Patria y otros próceres, Perucho Figueredo saca lápiz y papel de su bolsillo, y cruzando una pierna sobre la montura de su caballo escribe la letra que, copiada de mano en mano, a coro con la música que ya conocía el pueblo, hace posible que todos entonen por primera vez un himno de guerra y de victoria: La Bayamesa, llamado así por el lugar donde nacía la rebeldía nacional; precioso canto épico que llegaría a ser nuestro Himno Nacional.
Y como sé que el lector querrá saber más al respecto trataré de satisfacer su interés: Perucho Figueredo había recibido del Comité Revolucionario de Bayamo la solicitud de que compusiese “la Marsellesa cubana”; y así lo hace en la madrugada del 14 de agosto de 1867. De acuerdo con Oscar Loyola Vega, el 8 de mayo de 1868 le pide al músico Manuel Muñoz Cedeño que orquestase aquella marcha épica, distante de los himnos con perfiles sacros. El 11 de junio de 1868 logra Figueredo que se tocase en la Iglesia Mayor de Bayamo: la escucha el pueblo, que por entender su mensaje la tararea a partir de ese momento, y se sorprende el jefe de la plaza porque no le parecía música religiosa. A partir del 20 de octubre de 1868 sus notas presidieron todos los actos de carácter independentista, y ha llegado hasta hoy “como la expresión del carácter patriótico de nuestro pueblo”.
La toma de Bayamo, capital de la joven revolución, dio a los insurrectos crédito exterior, le proporcionó numerosas armas con su parque, y permitió a Céspedes, entre otras cosas, reorganizar el ayuntamiento, en el cual dio cabida, según Fernando Portuondo, a dos peninsulares y a dos hombres de color, demostrando la índole conciliadora y justiciera de su política. El movimiento independentista pudo contar con un órgano de prensa, El Cubano Libre, vital para la divulgación del quehacer revolucionario.
Respetando Céspedes la presencia de la religión católica en el pueblo, pide que se bendiga solemnemente en la iglesia de Bayamo la bandera que había escogido, acude al templo como jefe del nuevo gobierno para ser honrado como procedía, gesto que –junto a los ya señalados– gana para su autoridad la simpatía y el respaldo de la institución eclesiástica. El eco del Grito de Yara pronto llegó a Camagüey (Las Clavellinas, 4 de noviembre) y a Las Villas (Cafetal San Gil, Manicaragua, 6 de febrero de 1869)… Sólo faltaba occidente por incorporarse a la lucha; pero esto sólo llegaría a ocurrir –por disímiles razones– al cabo de 28 años aproximadamente.
El hecho de que la revolución que iniciara el Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes, primer Presidente de la República de Cuba en Armas, no se extendiera al occidente de la Isla, no significa en modo alguno que aquel octubre no repicara en el corazón de aquellos cubanos.
En la capital de la Isla, un adolescente habanero de apenas 16 años, hijo de españoles, da a conocer sus primeros escritos políticos en la única edición de El Diablo Cojuelo (enero 19, 1869), periódico que dirige su amigo Fermín Valdés Domínguez. Unos días después, el teatro Villanueva, donde se han dado vivas a la independencia, es atacado por un numeroso grupo de los tristemente célebres Voluntarios: dan muerte a varios cubanos, hieren a otros, capturan y vejan a mujeres y hombres. Las crónicas de la época expresan que La Habana vivió entonces tres días de terror.
Esos y otros hechos herirían la sensibilidad del adolescente habanero a quien en la casa, y también los que lo querían, llamaban Pepe. Pero su coraje ya se empina y será para siempre. El día 23 del mismo año edita La Patria Libre, periódico del que sólo aparece un número, en cuyas páginas se halla su poema dramático Abdala. Al día siguiente los Voluntarios cometen actos vandálicos: atacan el café El Louvre, que estaba donde hoy se encuentra el hotel Inglaterra; asaltan y saquean una parte del palacio de Aldama; disparan contra ciudadanos indefensos. La represión se incrementa por doquier. El maestro y poeta Rafael María de Mendive, será encarcelado injustamente el 28 de enero, cumpleaños de su querido discípulo Pepe Martí y Pérez, acusado de estar vinculado a la insurrección…Y él también será detenido: el 21 de octubre de 1869 ingresa en la cárcel acusado de infidencia.
José Martí, ya hombre, siempre recordaría con vibrantes discursos aquel octubre trascendente, piezas de la oratoria que, según he leído, pudieran entenderse como la madura continuidad patriótica revolucionaria del soneto “¡Diez de Octubre!”, que publica –antes de ser detenido, todavía adolescente– en el periódico manuscrito El Siboney. El soneto comienza y culmina con las siguientes estrofas:
“No es un sueño, es verdad: grito de guerra
Lanza el cubano pueblo enfurecido;
El pueblo que tres siglos ha sufrido
Cuanto de negro la opresión encierra.”
…
“Gracias a Dios que ¡al fin con entereza
Rompe Cuba el dogal que la oprimía
Y altiva y digna yergue la cabeza!” |