“Hacemos y habitamos ciudades simbólicas, procuramos el modo de leerlas a la manera en que se leen los libros. Ojeamos calles como lo haría un lector. Y hallándolas en libros el lector quisiera recorrerlas, convirtiéndose así en peatón de Utopía.”1
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por David Carrillo Prieto
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madre que me engendra para el mundo. |
Muchos han intentado, a lo largo del tiempo, sondear el alma de la ciudad, expresar en palabras, versos o canciones sus colores singulares, su inconfundible olor a mar, sus típicos contrastes arquitectónicos o la gloria de sus mejores hijos. Una ciudad no es sólo un conglomerado humano, o un conjunto, arbitrario y casual, de edificios, calles y comercios. Más que eso: es la cuna primera, el hogar grande, el cobijo de los sueños infantiles y del primer amor de adolescente, el escenario donde se forja, crece el hombre, y vive en comunión con los demás. Una ciudad nace, se construye y ensancha, muere y resucita de la mano de quienes la habitan. En ella se descubren los esfuerzos de quienes han entregado lo mejor de sí, y también las heridas que le infligen la insensibilidad, el atropello y el desamor de otros. |

Fuente de la India. |
Hablar de La Habana es evocar el hogar que me acogió desde el principio, es desplegar el vuelo de la imaginación ante un viejo armario de periódicos, postales, fotografías y recuerdos, hasta llegar a los orígenes; es recorrer, con pausa y sosiego, sus calles antiguas y recientes, auscultar sus latidos y seguir la estela de luz que ha sido trazada por los siglos: la huella de quienes la fundaron bajo la ceiba centenaria, ante el altar, y la concibieron como puerta abierta y llave del golfo, de los que han renovado y embellecido su rostro, regalándole torres y campanas, iglesias y vitrales, balcones y plazas, columnas, cariátides, arcos y ángeles, musas y forzudos hombres de piedra que sostienen, cual Apolos, la masa arquitectónica, la de quienes, sintiendo en sus entrañas el horror de la injusticia, del garrote y del cepo, y el dolor de vivir sojuzgados a cualquier poder esclavizante, han sabido y saben entregarse, sin reservas, por la causa de la libertad, el derecho y la paz. Ellos van conformando los rasgos de la identidad nacional, que no es algo acabado, sino el gran proyecto que hoy heredamos, que nos compromete y nos abre hacia el futuro.
Para tomar conciencia de nuestra identidad es preciso hurgar, con realismo, discernimiento y sabiduría, en la historia vivida y en la herencia cultural que nos conforma, moldea y enriquece. Somos hijos de la cultura española. Su rica y variopinta realidad: el cristianismo y la mística, el barroco cargado de contrastes, inquietudes y búsquedas, los aires del Renacimiento, el Iluminismo |
que exaltó la razón, despertó la confianza en nosotros mismos e impulsó el desarrollo y el progreso, el espíritu aventurero, soñador y profundamente humano del Caballero de la triste figura y la racionalidad de su escudero e inseparable compañero; mucho de trigo bueno, mezclado con la cizaña de la podredumbre y la ambición que propició la conquista y la esclavitud, constituye la raíz y el tronco fundacional del ser cubano.
Con la matriz española se unieron admirablemente los componentes culturales africanos, en el inmenso y variado ajiaco que nos define: “ese caldo multiforme en perenne ebullición, cocedura abierta, nunca totalmente hecha” 2. África y sus tambores de sonido hueco y misterioso, el negro, su dolor y nostalgia, el remedio y la curandería, el baile y el folklore, el collar multicolor, el ropaje blanco y el baile de Reyes. Esta simbiosis ha dado lugar a lo que somos: mestizos de raza y pensamiento, científicos y a la vez poetas, alegres y melancólicos, seguros de nosotros mismos y a la vez “nostálgicos de futuridad”.3
La forma peculiar de concebir y asumir la existencia, y de relacionarnos con la Trascendencia, con los demás y con la creación, es lo que nombramos cultura. Los hijos de esta tierra y, por ende, de esta ciudad capital compartimos un patrimonio común: un conjunto de valores que nacen del humanismo cristiano y nos impulsan a ser hospitalarios, acogedores, caritativos, familiares, alegres y joviales, a vincularnos, de una forma u otra, a la expresión religiosa, porque sentimos profundamente la necesidad de Dios. La tierra, que nos nutre y nos da el ser, está abonada por la obra de quien nos enseñó a pensar y cimentó los pilares de la patria en la práctica de la virtud y la piedad, de quien ofreció su rosa blanca a amigos y enemigos y trabajó por hacer realidad un proyecto nacional en el que todos tuvieran lugar, de quien, desde su jardín: refugio y oasis, concibió con su vida y con su pluma un poema de amor y de resurrección, de tantos que, a lo largo del tiempo, han trabajado por desarrollar la Nación en todas sus facetas: las ciencias, las artes, la literatura, entre otras. Gracias a ellos se afianzaron estas virtudes que nos caracterizan como individuos y como pueblo.
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Junto al trigo que brota de la tierra buena, creció también la cizaña: el choteo que, como sutil y extraño mecanismo de defensa, nos hace evadir responsabilidades de la existencia; la doble moral, asumida para “quedar bien con Dios y con el diablo” o “evitarnos problemas”; la falta de un criterio ético sólido y estable, que lleva a utilizar cualquier vía –aún a costa de graves daños antropológicos– con el fin de obtener un beneficio o una mejor posición; la pretensión de poseer la verdad absoluta, que conduce a la intolerancia y a la manipulación de los demás. Las consecuencias de estos errores e irresponsabilidades colectivas se reflejan en etapas tristes y sombrías de la historia nacional.
La arquitectura habanera constituye expresión tangible, plástica, de nuestra historia y cultura. La antigua villa intramuros –cuyo esplendor inicial va siendo, felizmente rescatado–, con sus casas de piedra, techos de tejas sostenidos por alfarjes de madera y su patio central,
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Vista actual del malecón habanero. |
con las calles, irregulares y empedradas, las plazas, las antiguas iglesias de sobrios campanarios, los castillos y fortalezas que, junto a la muralla, constituían el arsenal de defensa, posee un acento típicamente medieval y morisco. Localizada en los comienzos junto al canal de entrada del puerto. La Habana llevaba, inscrito en su esencia, el ímpetu de crecer, de modernizarse, de extenderse más allá de sus fronteras. Los estilos impuestos por los nuevos tiempos fueron rápidamente asumidos, añadidos, a su imagen primera. Así, el barroco enriqueció la recia imagen inicial con columnas ornamentadas, líneas ondulatorias, fachadas a modo de retablos y efectos de claroscuro. Posteriormente el neoclásico se hizo presente con las esculturas de mármol, artísticas y precisas en sus proporciones y su expresión, que se entrelazaron con paseos, fuentes, vitrales de variados colores, mamparas y enrejados, y embellecieron el rostro de una ciudad que ya comenzaba a transgredir los límites amurallados.
Durante el siglo xx La Habana fue adquiriendo los rasgos de capital moderna y cosmopolita. Nuevos estilos, desde el eclecticismo presente en los grandes edificios de la vida pública, hasta el estilo contemporáneo sobrio, funcional y a la vez elegante, se integraron en el panorama de la ciudad. Instituciones asistenciales y educativas, modernas avenidas, barrios residenciales, comercios, hoteles, teatros, cines, parques e iglesias han sido erigidos con el fin de facilitar la dinámica de la vida moderna y responder a las necesidades de una población creciente. Hoy sigue en pie –como horizonte posible y esperanzador, como luz que guía en el camino– el proyecto de una Habana abierta, acogedora, sin fronteras hacia adentro ni hacia fuera, símbolo de la Nación y casa común de todos los cubanos.
Así es La Habana que descubren mis ojos: una india que juega con las olas del mar mientras contempla el horizonte, un esplendor que hiberna, entre puntales, esperando mejores tiempos, un conjunto singular, aparentemente inverosímil, en que “de lo abigarrado, de lo entremezclado, de lo encajado entre realidades distintas, han ido surgiendo los contrastes de un empaque general que distingue a La Habana de otras ciudades del continente”,4 un contraste-fusión de lo culto y lo popular, de lo cristiano y lo sincrético, de vía-crucis y de tambor que nos hermana más allá de nuestras diferencias. Esa Habana que amo, en la que intento ser feliz, siento que me interpela a dar lo mejor de mí, a buscar el lugar que espera por los talentos que el Creador me ha confiado. Es una deuda impostergable por tanta savia que me nutre y enriquece en la medida que penetro en sus misterios. |
Su Malecón le confiere dimensiones abiertas, vocación de universalidad, y expresa nuestra condición de insularidad. ¿Quién no acude allí a contemplar la infinitud, compartir la amistad, o caminar sin rumbo y sin prisa, mientras se reflexiona o se medita? La tierra que culmina en el mar abierto, el horizonte que se abre hacia lo desconocido nos hace ignorar, desafiar y trascender, aún sin estar consciente de ello, cualquier frontera que no haya sido impuesta por la razón y la cordura. La Habana fue, desde el principio, lugar de tránsito, puerto de entrada y de salida, albergue de navegantes, ciudad de intercambio comercial y cultural, y esto ha moldeado, históricamente, la personalidad de los habaneros: somos viajeros por vocación, abiertos a todos, aventureros y amantes de la libertad. |
La fortaleza del Morro, a la entrada de la
Bahía de La Habana. |
La sed de conocimiento y de comunión con el mundo nos hace anhelar contemplar nuevos paisajes, recorrer ciudades desconocidas, admirar tantas y variadas maravillas. Resulta una experiencia enriquecedora el sentirse ciudadanos de la tierra, miembros de la gran humanidad; pero sólo si previamente se ha asumido la propia identidad, con sus luces y sombras, su cultura, historia e idioscincracia características. La planta necesita enraizarse en determinado suelo, absorber el abono que le es propio, respirar el oxígeno que le confiere su natural verdor. De esta manera se hace reconocible y amable en medio de la gran diversidad y es capaz de integrarse dentro del bosque, que es el mundo.
Por otra parte, el cristianismo hispánico nos ha legado la práctica de las peregrinaciones. Si la existencia humana constituye un camino hacia el Reino de Dios, hacia la plenitud y realización total de nuestro ser, peregrinar a un lugar sagrado o a un santuario recuerda la condición del hombre en el mundo, la transitoriedad de toda situación y la búsqueda del horizonte trascendente. Llegar hasta El Rincón o hasta el Santuario del Cobre, donde la Virgen Morena, cimiento de la cubanía, nos espera, acoge y congrega, exige el sacudir la comodidad y la pereza, abandonar la seguridad del hábitat cotidiano y lanzarnos al camino, que nos hermana y solidariza en una fe común. Al llegar a la meta y derramar el corazón ante la Presencia Sagrada, el creyente experimenta algo de la alegría “que nadie podrá quitar”: la de llegar, por fin, a La Habana del cielo, plena de luz y de belleza, engalanada de fiesta, y junto a todos los que –en un papel más o menos protagónico, más o menos valorado–, contribuyeron con su obra –pequeña o grande, no importa– a hacer más humana, familiar, cercana y hermosa, La Habana de este mundo, recibir el abrazo, inmenso y eterno, del Padre.
“Si desde el punto de vista físico el hombre se desplaza por la superficie de la tierra, a través de los continentes, los mares, las islas y los aires, desde el punto de vista moral el hombre se desplaza siempre, en un ansia de perfección, hacia una meta ideal y sublime. Así nos lo dice Martí en estas profundas palabras: ‘el viaje humano consiste en llegar al país que llevamos descrito en nuestro interior, y que una voz constante nos promete’.”5
NOTAS:
1. Ponte, Antonio. J.: “Una ciudad para Lezama Lima”. El libro perdido de los origenistas. Mondadori, Barcelona 2002, p.55.
2. Almagro Domínguez, Francisco: “Indagación del límite”. Palabra Nueva No. 115, p.34.
3. De Céspedes, Monseñor Carlos Manuel: “Cuba, la que llevo dentro”. Palabra Nueva No.137, p.34.
4. Carpentier, Alejo: “La ciudad de las columnas”. Citado por Palabra Nueva. Noviembre, 1996. Contraportada.
5. Massip, Salvador: “Martí viajero”. En Vida y Pensamiento de Martí. Colección Histórica Cubana y Americana. Dirigida por Emilio Roig de Leuchsenrig, Historiador de la Ciudad de La Habana, 1942. Vol. I, p.231. |
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