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No hay peor ciego...
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por Orlando Freire Santana
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Los domingos 9 y 16 del pasado mes de septiembre, el periódico Juventud Rebelde publicó sendos trabajos acerca de la inconstancia o poca durabilidad de ciertos proyectos y servicios que se ofertan en el país, y que según el criterio de los redactores “empañan la Cuba que soñamos”. El primero de ellos se tituló “Se busca un fijador” y en él, además de mencionarse específicamente algunos de esos diseños que empiezan bien y al poco tiempo ya andan mal, se recogen los criterios de varios ciudadanos de a pie sobre tan sensible asunto.
Lo primero que salta a la palestra es la alarmante consideración de que de 200 personas encuestadas, 150 de ellas (el 75 por ciento) estiman que los cubanos somos inconstantes por naturaleza. O sea, que independientemente del sesgo objetivo derivado de nuestro pobre desempeño económico –en primer lugar debido a causas internas, aunque agravadas por ciertas disposiciones del gobierno norteamericano que afectan también el intercambio comercial de Cuba con terceros países–, y malas actitudes como la incorrecta planificación, la deficiente organización y hasta la falta de supervisión hacia los empeños que se acometen, existiría un elemento en la idiosincrasia insular que nos tornaría proclives a la levedad. Es como si el pesimismo “mañachiano” motivado por la frustración republicana aún nos embargara, no obstante la propia aseveración del autor de Indagación al choteo en el sentido de que ese relajo colectivo estaba atenuándose hacia mediados de los años 50.
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Entre los propósitos que degeneran, el primero que se mencionó fue el Tren Francés que cubre la ruta entre las ciudades de La Habana y Santiago de Cuba. Ya no ofrece confort a los viajeros, ni sale puntualmente, y mucho menos indemniza a los usuarios cuando la travesía consume más tiempo que el planificado. Resaltan las reparaciones de edificios, los cuales “se ven muy lindos por fuera, con pintura vistosa, pero cuando te fijas en detalles constructivos te das cuenta de los malos trabajos, de las incontables chapucerías”. De igual manera esas casas especializadas que un día surgieron para la venta de productos como té, queso, miel; o las famosas hamburguesas a $1,20 MN –con un pan especial y refresco a granel incluidos– que trataron de contrarrestar la hambruna del período especial y no han vuelto a verse jamás; y qué decir de los FrutiCubas que pudieran constituir un sitio permanente para el expendio de cócteles y refrescos a partir |
de una materia prima que no viene de otro país, pero que con frecuencia se pierde en nuestros campos debido a la desidia o trabas burocráticas.
Mención aparte para los agromercados o placitas estatales de precios topados, que masivamente aparecieron por toda la ciudad hace algunos años con el objetivo de enfrentar a los elevados precios de los establecimientos de oferta-demanda, y que hoy exhiben casi todos unos pobres surtidos que no satisface a los consumidores. Se aduce falta de transporte para buscar la mercancía, o la carencia de equipos de congelación que permitan conservar algunos renglones. Mas la enjundia de la trama parece ser la no adecuada vinculación entre el productor y el vendedor. No es posible para estos últimos comprar productos caros y después tener que ofertarlos más baratos a la población.
Ya en el segundo de los reportajes de Juventud Rebelde, “Tenderle un cerco a la inconstancia”, se les dio la palabra a un grupo de profesores e investigadores de las ciencias sociales, los cuales aseguran, en primer término, que la inconstancia no constituye un problema cultural cubano –opinión a la que me sumo–, sino “uno de los tantos problemas propios de una sociedad que está construyendo el socialismo”. Según esos especialistas existen en nuestra historia incontables hechos que atestiguan la perseverancia de los cubanos. A eso añadiríamos que la vida diaria, dentro y fuera de nuestras fronteras, también nos ofrece muestras de lo anterior.
Muchos de los planteamientos de los expertos se aproximan a la identificación de las causas de la inconstancia, no obstante a veces da la impresión de que permanecen en las ramas y no mencionan las cosas por su nombre. Por ejemplo, uno de ellos afirma que “no hay fijador porque nos falta crear cabalmente un escenario económico”. Más adelante aclara que su escenario está compuesto por un conjunto de factores, entre los que sobresalen los económicos, individuales y familiares. Otro de los encuestados supone –supone él, pero nosotros estamos firmemente convencidos de que es así– “que el débil y a veces ausente sentido de pertenencia es otra de las posibles causas que propicien esta fluctuación”. Y al final admite que es una asignatura pendiente que el trabajador sienta como suyos la producción o el servicio que oferta. Ni más ni menos que el acceso a la categoría de dueño colectivo que pidiera el General de Ejército Raúl Castro en el discurso de clausura del XIX Congreso de la CTC.
Casi en el epílogo de este trabajo final de la serie se vierte el siguiente criterio: “En muchos casos la falta de constancia, más que un factor independiente, es reflejo de la baja productividad del trabajo, las disciplinas laborales y sociales, las ilegalidades, la insuficiente estimulación salarial, la apatía de algunas administraciones, la falta de creatividad, el burocratismo, etcétera.” Nos parece que lo anterior es una prueba de que los referidos especialistas llegaron también a confundir o mezclar las causas y los efectos. Resulta inaceptable pretender que no existe sentido de pertenencia entre los trabajadores debido a la ocurrencia de indisciplinas, la baja productividad del trabajo, la falta de creatividad o la presencia de ilegalidades. Sucede estrictamente lo contrario: si ellos fueran dueños colectivos –o reales–, las mencionadas insuficiencias desaparecerían o se verían disminuidas al mínimo. Ahora bien, la débil estimulación salarial, la apatía de algunas administraciones, y el burocratismo sí son elementos que merman el interés del obrero hacia la labor que realiza. |
De ninguna manera parece aleatorio el momento en que se escriben estos reportajes. En todos los centros laborales, estudiantiles, y las organizaciones de masas del país se analizan los planteamientos de Raúl Castro el pasado 26 de julio, y el propio Vicepresidente ha solicitado la mayor amplitud de miras en las intervenciones de los ciudadanos.
Creemos que es imprescindible un proceso de descentralización económica –que podría extenderse a la propiedad– como paso inicial para alcanzar la eficiencia y calidad duraderas en los bienes y servicios que ofertan nuestras entidades. Solo si el nivel de vida de una persona depende directamente de la buena marcha de su negocio o empresa, ella adquirirá un pleno sentido de pertenencia.
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Basta con voltear nuestras cabezas y contemplar las decenas de cafeterías operadas por los trabajadores por cuenta propia, los cuales, sorteando todo tipo de presiones legales e impositivas, mantienen la estabilidad en el servicio (cerca de mi casas hay una que comenzó en 1994 y conserva el ímpetu del primer día). O el caso de los mercados agropecuarios de oferta-demanda, donde los intermediarios venden caro, pero durante todo el año exhiben un buen surtido. Y qué decir de nuestros compatriotas emigrados que en otras latitudes han conocido de un ostensible progreso económico al no toparse con trabas que obstaculicen su iniciativa
creadora.
A propósito, sería conveniente estudiar la posibilidad de establecer un subsidio estatal a los vendedores de los agromercados de precios topados con vistas a protegerlos de la diferencia entre los precios mayoristas y minoristas. De esa manera podrían comprarles a los productores a los precios que estos últimos fijen, y después ofertar más barato a los consumidores. Es menester tener presente que la situación derivada de los elevados precios en los mercados agropecuarios de oferta-demanda (precios de oligopolio) no se va a resolver definitivamente con prohibiciones, restricciones u otras coacciones administrativas, sino cuando el Estado sea capaz de competir en buena lid con los intermediarios.
Si miramos más allá de nuestras fronteras, los ejemplos de China y Vietnam resultan harto elocuentes. Naciones con un sistema político similar al nuestro, han logrado, mediante políticas de liberalización económica, un despegue que a todos asombra. Se dice que las generaciones más jóvenes de chinos y vietnamitas apenas creen cuando les cuentan del bajísimo nivel de vida de sus antecesores. Ojalá nosotros podamos legarles a nuestros hijos y nietos un futuro mejor. |
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