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Julia Calzadilla
por Anette Jiménez Marata
fotos Kaloian
En familia con
Julia Calzadilla
y sus Chichiricú
 
Mi primer contacto con la obra de Julia Calzadilla ocurrió mientras cursaba los estudios primarios pues parte de de sus textos integraban los libros de lectura del programa académico escolar. Tiempo después mi atracción por la literatura me condujo hasta la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, donde, una vez más, me encontré con ella: ahora su visión de la familia en la Literatura para niños era uno de los elementos que motivaba mi tesis de diploma.

Julia Calzadilla Núñez (La Habana, 1943) es narradora pero además poeta. Es egiptóloga pero además fundadora de los Servicios de Traducción e Interpretación en Cuba. Es ganadora de dos premios Casa de Las Américas (Cantares de la América Latina y el Caribe, 1976 y Los Chichiricú del charco de la Jícara, 1985) pero además, y por encima de todo, es un gran ser humano.

De su texto Los Chichiricú del Charco de la Jícara y del binomio familia-cultura en la Literatura Infantil nos comenta esta insigne figura de las letras cubanas.

Anette Jiménez: ¿Constituyen los Chichiricú, como personajes, una familia? ¿Qué la motivó a enfatizar tanto en su unidad?

Julia Calzadilla: Ellos son una unidad, es una familia que puede tener descendencia, pero constituyen un núcleo unido, van juntos como una imagen el uno del otro. Ahí hay una identidad familiar absoluta, incluso cuando tienen una discusión (que eso ocurre en todo tipo de relaciones: laborales, familiares, de pareja, de amistad, vecinos) acaba todo muy armónicamente, con un soplo en la nariz. Todo funciona de una manera que no es antagónica pues es una familia bien llevada, con una relación muy tierna.

Te voy a decir quién me motivó a escribir los Chichiricú porque me parece que es fundamental: fue Samuel Feijóo. Es importante que las generaciones jóvenes conozcan quién fue Samuel Feijóo: un erudito, muy campechano, muy guajiro que rescató todo el saber del campesinado cubano, especialmente de la zona central (Cienfuegos, Santa Clara, etcétera) y que dirigió la revista Signos. En un viaje que hizo aquí a La Habana, nos fuimos hasta Cienfuegos, hasta Villa Clara, donde me regaló una colección de la revista Signos. Y me dijo: “Julia, escribe sobre los Chichiricú para los niños porque es el tema central de la mitología cubana: la leyenda de los güijes o de los jigües” (Fernando Ortiz también lo toca. Yo me refiero a esto al inicio de la obra). Ellos son nuestras raíces africanas, pero yo lo veo como un núcleo. Son dos duendecitos –él y ella–, son los dos principios que rigen todo el universo. Es la polaridad que se complementa. Yin-yang, opuestos no antagónicos, no excluyentes.
Yo los quise rescatar y llevarlos al campo, de donde son oriundos, a las lagunas, a los lugares de agua y que los niños supieran que esos dos güijes o jigües (sabes que en dependencia de la región se les llama de un modo u otro) forman parte de nuestra cultura. Les quité, por supuesto, toda la parte lasciva que tienen los Chichiricú, que son un tipo particular de güijes que nos llegan de la costa de Guinea, o sea, de la zona yoruba. En el texto tuve en cuenta la dimensión lúdica de estos seres.

A.J: Atendiendo al lector al que va dirigida la obra, ¿qué importancia le concede a la imagen familiar que ofrecen los Chichiricú?

J.C: Precisamente ahí es donde se basa lo de la polaridad, los dos principios femenino y masculino, entre los que no hay jerarquías. Son iguales: entre ellos hay una horizontalidad jerárquica. Ahí ni él sobresale y la apabulla ni ella sobresale y lo apabulla. Hay respeto. Yo creo que cualquier relación tiene que basarse en el respeto, a la vez que el respeto se pierde, se pierde todo. Esto no lo digo explícitamente porque no acostumbro a hacer moralejas (uno tiende a hacerlas cuando empieza a escribir y después les huye).

Es como decía Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz”. Para tener paz, tiene que haber respeto. En este sentido los Chichiricú disfrutan su relación, no la padecen. No hay estrés ni tensión entre ellos sino armonía. Se cumple ese axioma de equidad que dice: “Si tú ganas, yo no pierdo”.

Los Chichiricú del Charco de la Jícara.
"Para tener paz, tiene que haber respeto. En este sentido los Chichiricú disfrutan su relación, no la padecen.... " A.J: En gran parte de su obra dirigida a los niños se observa un interés por ahondar en la identidad cultural cubana. ¿A qué se debe esta motivación?

J.C: A la intención de rescatar… Yo me siento muy ligada, no te voy a decir que a un pedazo de tierra porque yo en ese sentido soy discípula de Sócrates (cuando dijo: “Yo no soy un ciudadano de Atenas, soy un ciudadano del mundo”). Me siento parte del planeta, del universo. Hay que ir de lo particular a lo general para poder abarcar la enorme riqueza de Cuba y América Latina. Yo tengo un libro publicado por la Editorial Gente Nueva cuyo título es Casuarino y el libro encantado de los Chacaneques y trata de cómo la invasión, la colonización de Europa (portugueses en Brasil, ingleses en Estados Unidos, españoles en toda América Latina y el Caribe) acabaron con nuestras culturas indígenas autóctonas que son tan sabias. Es un libro muy latinoamericano.
Esto mismo lo hice en Por si las moscas que está basado en el Popol- Vuh, el libro sagrado de los mayas quiché. Es un texto para explicarle a los niños cuáles son verdaderamente los libros de sabiduría. Ya terminé otro sobre los incas (inédito todavía) y me falta escribir sobre los aztecas pues para niños yo quiero hacer esa trilogía como homenaje a esas culturas tan sabias que fueron exterminadas.

El niño tiene que conocer no sólo lo nuestro sino también lo latinoamericano, y por eso escribí Cantares de América Latina y el Caribe, Casuarin. Por si las moscas, el libro sobre los
incas y el de los Chichiricú porque estoy tratando de rescatar mitos y leyendas que son nuestra historia, nuestras raíces, que son también universales.
A.J: En su opinión, ¿qué papel desempeña la Literatura Infantil en la formación cultural de los niños?

J.C: Desempeña un papel fundamental, porque las nuevas generaciones tienen que ir conociendo todo el legado cultural que tenemos, de un pasado más antiguo, de un pasado mediato, y de un pasado más reciente que se va acumulando de generación en generación y se va transmitiendo de unos a otros, no sólo a través del libro sino por la vía oral. La tradición oral es importantísima y los niños viven del relato, viven del cuento en las casas. Por ello es importante no sólo la cultura del país sino la universal. Yo creo que hay que hablarle a un niño tanto de Mirta Aguirre, de Dora Alonso, de Onelio Jorge, de Nicolás Guillén, como de Hans Christian Andersen, de los hermanos Grimm, de los mismos autores brasileños que son tan buenos, o sea, hay mucha riqueza planetaria, y leyendas o libros anónimos, en los cuales yo creo se debe hacer hincapié.
Es muy importante sembrar buenas semillas y tratar que la tierra sea fértil.

Me siento muy contenta porque la sección de Literatura Infantil de la UNEAC, a la cual pertenezco hace muchísimos años (soy miembro de ella desde 1979), ha estado batallando para que a la Literatura Infantil y Juvenil se le de el valor que tiene, y hemos visto, de una manera progresiva, cómo ha ido ganando en importancia en las Ferias del Libro. En eso tiene que ver mucho lo que han hecho la sección de Literatura Infantil de la UNEAC, el Instituto Cubano del Libro, el Comité Cubano de la IBBY (International Board of Books for Young People) y, en especial, la Editorial Gente Nueva y todas las editoriales que en el país difunden la literatura para niños. Me parece que el niño va teniendo un espacio que cada vez se palpa más, y está encontrando el respeto que de verdad se merece. Hay, asimismo, otras instituciones culturales promoviendo concursos de este género.

A.J: ¿Tiene la familia responsabilidad en la formación de patrones culturales en los más pequeños?

La familia tiene una gran responsabilidad en ello porque es donde mayor tiempo está el niño: en la escuela y en la casa, que constituyen los dos lugares centrales. Es muy importante sembrar buenas semillas y tratar que la tierra sea fértil. Yo creo que hay algo con lo que se debe tener mucho cuidado, y es la televisión o los video-juegos. Son muchas las horas que el niño puede pasar viendo películas de terror o delante de un play-station. Hay que dedicarle más horas a conversar con los niños, ellos necesitan tiempo, atención.

No porque a nosotros nos llamen “personas mayores” quiere decir que los niños sean “personas menores”. Para llegar al niño no se baja, no se desciende, todo lo contrario, con el niño hay que crecerse. Mucha gente los subestima. Sin embargo, el niño tiene derecho a hablar en su momento igual que el adulto. Debe haber un respeto a los niños como individualidades: constituyen las semillas en plena capacidad de germinar.

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