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Lluvia
por Jorge Félix Valdés

Una ráfaga de viento despeinó a Mercedes. Se alisó el cabello con un rápido movimiento de la mano. El frescor de la tarde presagiaba un brusco cambio de tiempo. Respiró profundo y… olor a tierra mojada. La antesala de un aguacero. Se movió incómoda en el butacón.

Paseó la mirada por la sala antes de cruzarse con los ojos de su padre. Se mantenían fijos en ella, expectantes. Unos ojos, que fueron de un azul inmenso cuando su pelo era oscuro y abundante. Ahora de un azul empequeñecido por el blanco de las canas que se extendía también a sus cejas.
Recordó cuánto lamentaba de niña no haber heredado ese color; y las palabras de consuelo de él cuando le explicaba que los ojos sólo son hermosos cuando reflejaban un alma buena, y que por lo tanto los de ella eran los más hermosos del mundo. El recuerdo la puso aún más nostálgica.

El viejo esperó un tiempo prudencial antes de hablar. La observó. Todavía era una mujer hermosa, ya bien pasados los treinta, con un rostro más afable que bonito. Ahora ese rostro denotaba preocupación y tristeza.
— Llevamos más de una hora conversando, y apenas has dicho dos palabras –se aventuró por fin el hombre–. No te encierres en ti misma, habla, dime qué te pasa –el tono fue imperativo y quizás algo autoritario.

— No lo sé papá, quizás estoy cansada… y es verdad, un poco triste, o muy triste. Siempre he creído que hay fechas en la vida, momentos determinados, qué sé yo, en que el cariño y la atención deben ser muy precisos y calculados; y no ha sido así… al menos hoy. Solo tú pareces acordarte de que yo existo –una pausa–, además, he tenido un día de mucho ajetreo. No he parado. El niño está muy inquieto y se muestra poco cooperativo. Me está haciendo perder la paciencia con mucha facilidad y eso nunca me había pasado –su rostro se ensombreció–, para colmo, después de haber lavado el bulto de ropa que tenía acumulado, tuve que tenderla dentro de la
casa por culpa de la maldita lluvia que parece estar vigilándome para…–se interrumpió al ver el gesto reprobatorio del viejo, que movía la cabeza, con una extraña expresión facial.

— Bendita lluvia –la corrigió–. ¿Por qué maldita? Entre maldecir y bendecir, escoge siempre lo segundo. Recuerda que por ti, que te lamentas de esa lluvia que está por caer, hay miles de personas jubilosas por la misma causa y por motivos mucho más poderosos que los tuyos. Puedes estar segura –le dio tiempo a su hija para digerir su argumento. Mercedes no replicó. Su padre, sabía ella, aunque sin una inteligencia excesivamente cultivada, era dueño de un extraordinario poder de persuasión que se apoyaba tal vez, en un uso muy adecuado de la voz y la entonación–. En cuanto a Manolito –prosiguió el viejo–, dale tiempo. Sólo tiene siete años y no ha asimilado aún la separación de su padre. No por eso te quiere menos o algo parecido. Lo que necesita es adaptación. Adaptación y tiempo. Ahora bien, ¡tú! no te quejes demasiado. Rumiar dolores termina dañándonos. Todo no es perfecto, yo lo sé, pero la esperanza debe alimentarse, y si no lo hacemos, estamos irremediablemente perdidos. Por regla general, tras la tribulación, nos llega la retribución. Sólo precisamos de un poco de paciencia y algo más…

— No sé de qué retribución puedes estar hablando papá. ¿Más dinero? ¿Menos trabajo? ¿Un poco de lujo tal vez? No te entiendo, de verdad que no. Explícate mejor para poder entenderte.

— No me refiero a esas cosas, y tú lo sabes. Estoy hablando de cosas más simples, cotidianas, sencillas; y no por eso menos importantes. Pedacitos de felicidad que se nos pueden mostrar a diario y que dejamos escapar neciamente. El por qué, no lo sé. De lo único que estoy seguro, es que tenemos que vivir la vida con más cuidado. Para sentirnos retribuidos, tenemos que aprender a vivir, y tener fe… mucha fe.

— ¿Fe dijiste? ¿Te escuché bien? No menciones esa palabra papá, te lo pido de favor, no tiene sentido ¿y sabes por qué? Porque mi fe está perdida. Hace ya bastante tiempo, y no creo que la recupere. No… ya no.

— Es curioso ¿sabes? Cuando más necesitamos de Dios es justamente cuando la fe tiende a fallarnos. Parece ser una compulsión humana. Anteponer una absurda lógica a nuestros más profundos sentimientos. No tiene sentido. Si la fe te falla, es simplemente que le diste rienda suelta a toda la flaqueza de tu voluntad –suspiró, sopesando sus propias palabras–. No seas cobarde –prosiguió–. Robustécete, crece. Al fin y al cabo no es tan difícil como parece, y lo más importante es que todo se traduce en bien –se levantó y con un gesto de la mano dio a entender que la conversación había terminado. Era mejor pararla ahí. La besó en la frente–. No te levantes tú –agregó– me sé el camino y quiero apurarlo un poco para que la “bendita lluvia” –enfatizó bien esas dos palabras– no me alcance por el camino.

Con trabajosos pasos de unas piernas artríticas y cansadas se encaminó a la puerta y la cerró tras de sí. El portazo tuvo para Mercedes el sonido de la nostalgia.

Quedó inmóvil unos segundos hasta reparar en el sospechoso silencio de su hijo. “Nada bueno debe estar haciendo”, pensó, y fue a cerciorarse. No necesitó de una búsqueda intensa, desde donde estaba pudo ver al muchacho parado frente a la mesa del comedor, tratando desesperadamente de acotejar el reguero que había armado. Apuró sus pasos para ver de qué se trataba. “Por eso estaba tan calladito”, pensó. El muchacho al ver que se acercaba su madre se apuró aún más sin mucho éxito. Sólo consiguió acrecentar el desorden. Disimuló fingiendo una actitud tranquila.

Mercedes se acercó despacio sin decir palabra alguna, con la mirada bien enfocada. ¡Un desorden de leyenda! La revolución francesa no pudo ser más caótica. Sobre la mesa había innumerables pedazos de cartulina, un par de tijeras, papeles rasgados, un pote de goma de pegar derramado, el mantel en el suelo, y… se puso las manos en la cabeza, una revista de modas a la que ella le tenía un especial cuidado, terriblemente mutilada, con varias hojas arrancadas y picadas en pedazos. La sangre se le subió a la cabeza ofuscando su razón. Primera reacción: una sonora nalgada, dada sin aviso y sin mediar palabras o preguntas. El niño apretó los dientes. Otra nalgada, más fuerte y rabiosa que la anterior. El muchacho no cedió. No iba a llorar. Se llora cuando se siente vergüenza y él no se avergonzaba de lo que había hecho. Además qué tanta importancia podía tener una revista llena de mujeres flacas vestidas con ropas extrañas que su mamá nunca se iba a poner. No lo entendía. Mercedes se le quedó mirando impotente antes de decir en el tono más calmo y enfático del que pudo hacer gala:

— Ve para la cama y acuéstate sin chistar. Estás castigado. Ni de ver televisión me hables, ¿está bien? –concluyó.
Manolito asintió y se marchó todo él, dignidad. Nada podía hacer. Cero defensa.

Ella terminó de ordenar aquel caos y luego se metió en la cocina para terminar la comida. Comenzó a llover. Sintió el ruido y olfateó el aire. ¡El típico aroma de la lluvia! Su mal humor se acrecentó.

El niño, por su parte, acomodó sus flacas piernas en la cabecera y la rubia cabeza, pelada al cepillo, en sentido inverso para poder contemplar con sus inquietos ojos azules (los mismos de su abuelo) las gotas de lluvia golpeando en el cristal de la ventana. Era un espectáculo que siempre le había fascinado y aunque escuchó con cierta tristeza el comienzo de la programación infantil en las televisoras vecinas, no se amilanó. La lluvia era más interesante y menos frecuente. Cuando le trajeron la comida, la tragó, casi sin masticar con apetito voraz, para después seguir con su función particular, ensimismado en sus ensoñaciones.

Mercedes, melancólica y muy inquieta, estuvo durante bastante tiempo caminando por la casa sin encontrar nada útil que hacer para combatir la ansiedad que la embargaba. Se sentó a descansar un poco y quedó sumida en un incómodo letargo de extraños pensamientos.

Sobre las ocho sonó el teléfono. Se sobresaltó. No esperó al segundo timbrazo y descolgó enseguida el auricular.

— ¿Oigo? –respondió frotándose los ojos.

— Merci, es tu hermana. No pudimos pasar por tu casa porque a Rodolfo se le presentó una salida. Fuimos con los niños y decidimos pasar por allá un poquito más tarde, pero figúrate con el agua que está cayendo y como se pone… Tono de ocupado, ruido en la línea y la comunicación interrumpida–. ¡La dichosa lluvia! siempre pasa lo mismo –dijo en voz alta Mercedes. Colgó y esperó. Fue inútil. El teléfono no volvió a sonar en toda la noche. La decepción fue grande.

Trató en vano de concentrarse en algún programa televisivo, pero no pudo. ¡Se sentía tan deprimida! Hasta donde recordaba, era uno de los peores días de su vida. Se levantó, apagó el televisor y fue a preparar la leche de su hijo. Cuando se la llevó a la cama el niño estaba como hipnotizado mirando por el cristal de la ventana. Y en efecto, Manolito casi se había sumido en un trance. Estaba lleno de lluvia, sueños y fantasía. Apenas miró el vaso de leche hizo un ligero mohín de desagrado. La madre no tardó en reaccionar.

— ¿No la quieres? Como tú decidas. Te la pongo en la mesa de noche y cuando quieras te la tomas. Luego no me llames para que la caliente. Quedó claro ¿verdad? –concluyó.
— No te voy a llamar mamá –respondió él con propiedad. Ella se sorprendió un poco por un tono tan inusual, mas prefirió ignorarlo. Dio media vuelta y apagó la luz.

Cuando estuvo en su cuarto, se cambió de ropa y comenzó a desvestir la cama. Al llegar a la almohada, sintió algo duro debajo de ella. Metió la mano y sacó un pedazo de cartulina. La miró extrañada y el bloqueo de sus sentidos la dejó paralizada, hasta que el entendimiento, insólitamente torpe, se fue abriendo paso en su mente con lentitud. Los restos de la revista estaban allí, pero no desparramados. No, por el contrario; con un orden muy medido, pegados en el cartón, alineados cuidadosamente y formando una sencilla frase: “FELICIDADES MAMITA”. Sus piernas flaquearon, las sienes devolvieron el eco de cada latido del corazón, y las lágrimas al salir le quemaron los ojos. Él, se había acordado de su
cumpleaños. Él, su niño, entre tantas personas, a pesar de sus escasos siete años, se había esforzado en prepararle una sorpresa, y vaya si lo logró. Ella en cambio le pagó con un castigo. ¡Retribución! Recordó. Sintió en esa palabra el efecto de un latigazo. Apretó el pliego contra su pecho y salió atropelladamente al encuentro de su hijo. Le abrazó sin dejar de llorar.

— Perdóname mi hijito, por favor, perdóname –fue lo único sabio que atinó a decir. El muchacho no entendió, luego la miró comprensivo al ver su humilde presente entre sus manos.

— No importa mami, yo rompí tu revista. Por eso me castigaste –dijo en tono conciliador y humilde. Haciendo gala, de esa facilidad de perdonar un agravio que sólo los niños poseen.

— No cachorrito mío, ahora es cuando esa revista tiene valor. Es cuando único lo ha tenido ¿no te das cuenta? –respondió aturdida. El muchacho no asimiló del todo la extraña respuesta, pero algo dedujo a través de la primitiva lógica infantil. Se sintió vencedor y sonrió.

— ¿Puedo acostarme contigo a mirar la lluvia? –preguntó ella titubeante.

El chiquillo la observó mudo de asombro. ¡Su mamá compartiría con él ese momento! No lo podía creer. Su corazón galopó desenfrenado. No respondió, sólo le hizo espacio corriéndose al lado opuesto de la cama, y la esperó todavía incrédulo. Mercedes se acostó con suma delicadeza, reproduciendo con exactitud la posición que él adoptaba. Ambos se estrecharon las manos, mirando al unísono al cristal de la ventana, cual muñecos de cuerda programados para actuar en pareja. Las palabras sobraban. Ambos lo sentían. Sin que lo notaran, fueron los dos uno solo. Y en ese momento, en ese breve espacio, simple mediador entre dos eternidades, ellos fueron sin duda los seres más dichosos de la tierra.

Afuera… la lluvia arreció.

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