En poco tiempo se cumplirán diez años de la visita de Juan Pablo II a Cuba. Muchos recuerdos y experiencias quedan de aquellos días, de hecho él mismo esperó que quedaran en nuestra memoria. Su discurso de despedida, en el aeropuerto José Martí, sintetiza tanto su buena voluntad para con los cubanos como su análisis de lo que llamó la angustia de Cuba. No creo que el Papa pronunciara la palabra angustia, ni hablara de nuestras dificultades, con lástima. Todo lo contrario, con gran respeto, porque el respeto y el cariño se manifiestan con naturalidad y sin afeites si son verdaderos, y en la cercanía, como él lo hizo.
En la húmeda pista del aeropuerto habanero, ante representantes del gobierno, la Iglesia, y para todos los cubanos, Juan Pablo II repitió su invitación a la apertura mutua de Cuba y el mundo. “De este modo –dijo– se contribuirá a superar la angustia causada por la pobreza, material y moral, cuyas causas pueden ser, entre otras, las desigualdades injustas, las limitaciones a las libertades fundamentales, la despersonalización y el desaliento de los individuos, y las medidas económicas restrictivas impuestas desde fuera del país, injustas y éticamente inaceptables”.
El Papa coincidía con muchos otros que, en diferentes foros y espacios, y desde tribunas políticas o religiosas también distintas, han proclamado que el conflicto que vivimos los cubanos tiene su origen tanto en males internos como en males externos. Se puede no estar de acuerdo con la afirmación, pero el desacuerdo no niega la veracidad de tales palabras.
Las “medidas económicas restrictivas impuestas desde fuera del país, injustas y éticamente inaceptables”, son las que se articulan mediante el embargo o bloqueo impuesto por Estados Unidos. Aunque su eficacia ha sido muy cuestionada, y aun desmentida en parte por los hechos –más ahora que nuestro país adquiere varios cientos de millones de dólares en alimentos cada año en aquel país–, es poco probable su desaparición total a corto plazo. El académico Jorge I. Domínguez, en un trabajo publicado aquí hace cinco años (Palabra Nueva, Nº 111, septiembre 2002), vaticinaba que si bien durante la administración Clinton, y a pesar de las leyes Torricelli y Helms-Burton, se vieron nacer raíces de entendimiento y respeto entre los dos gobiernos, en los primeros años del presente siglo –con el gobierno de George W. Bush– probablemente sólo veríamos surgir de esas raíces “un matorral de arbustos y no un bosque de frondosos árboles”.
¿Están todas las cartas sobre la mesa? En los discursos que pronunciaran el vicepresidente cubano Raúl Castro (26 de julio) y el presidente George W. Bush (24 de octubre), quedó expresada la política bilateral actual: el “ramo de olivo” es rechazado por el “matorral de arbustos”. Quizás no todas las cartas estén sobre la mesa, pero esto es lo que vemos. Y hay mucho más realismo en el gobierno cubano cuando dice esperar por una nueva administración norteamericana para comenzar a dialogar –aunque no se logre el éxito– que en el discurso del presidente George Bush, donde declara que la intención de su gobierno es “romper el control absoluto que mantiene el régimen (cubano)” y, para lograrlo, propone un grupo de medidas que dependen del mismo gobierno cubano para su implementación.
Cualquier intento de resolver un conflicto, también el cubano, pasa por reconocer lo que los especialistas en la materia denominan sus causas objetivas y sus causas subjetivas. Las primeras se refieren a realidades que están más allá de nuestra capacidad o posibilidades de solucionar, como lo es, en nuestro caso, la supresión del embargo o bloqueo, o impedir que el ejecutivo estadounidense refuerce las restricciones al comercio o a los viajes familiares.
En cambio, las causas subjetivas del conflicto sí pueden ser modificadas, pues esto depende de la voluntad de quienes pueden cambiar las actitudes en las relaciones con los otros implicados directamente en el conflicto. Es decir, es algo que está en nuestras manos solucionar, modificar o enmendar.
En nuestro caso, las causas subjetivas son sobre todo internas, es posible identificarlas y actuar en consecuencia, porque dependen exclusivamente de nosotros. Este tipo de cambio es difícil y demanda un gran coraje. Por determinados prejuicios que hemos desarrollado, suposiciones, distorsiones religiosas, ataduras ideológicas, por los temores a perder ciertas posiciones o por la inseguridad ante las consecuencias de un cambio de actitud, nos paralizamos, aunque sepamos que el cambio de actitud es necesario para superar el conflicto. Modificar esas causas subjetivas implica, en ocasiones, dar un giro de 180 grados en los actos, y en el discurso, para lograr un bien común superior. Hacer la paz con el enemigo es más difícil que combatirlo, pero es posible y más gratificante. Quienes se declaran luchadores por la paz deben saber que la paz no es necesario buscarla con los amigos, sino con los enemigos. Ese es el verdadero mérito de trabajar por la paz y la concordia.
Es posible cambiar las actitudes y hacer el giro de 180 grados, o de 120 grados. En los últimos meses se ha desatado un proceso de debate público –aunque no publicado– sobre los males que nos aquejan. ¿Cuál es el objetivo de invitar a decir, sin miedo, la verdad? Es reconocer la existencia del miedo en nuestra sociedad, así como la existencia de un conflicto subyacente, y eso es importante, mucho. Como importante es la oportunidad que tengan los ciudadanos para narrar su versión de la realidad a partir de la propia experiencia. Cuando en tales debates la gente habla de la incomprensible escasez de artículos básicos –no de lujo–, de vandalismo, de corrupción, de crisis educacional, de discriminación interna, de restricciones a las libertades y falta de oportunidades, al tiempo que reclaman a la autoridad por nuevas oportunidades, están avanzando en la solución de las causas subjetivas del conflicto cubano, confiando en que la otra parte –la autoridad que quiso escuchar– responda del modo apropiado a las demandas. Si esto ocurre, todos estaremos ayudando a remover esta especie de “marabú social” que nos angustia.
No hay que esperar soluciones inmediatas y repentinas, es cierto. La gradualidad es más conveniente que el radicalismo impetuoso y veloz. Pero la gradualidad debe ser vista pronto, porque la idea de “posponer una vez más” las soluciones no sólo espanta, ahora sería tomadura de pelo y desaliento total. Comenzar a responder coherentemente a las expectativas surgidas sería la prueba de que las quejas encauzadas no son un momento para la catarsis colectiva, y que el gobierno está dispuesto a escuchar y a satisfacer las necesidades de los ciudadanos, lo cual es su razón de ser.
Al comenzar a dar soluciones y resolver poco a poco una parte del conflicto, pueden surgir otras dificultades; la primera de ellas, y tal vez la más importante, sea de tipo político. Porque en una sociedad como la nuestra tanto la economía como la cultura, la educación o la salud, el deporte y hasta el enfrentamiento a un ciclón, se revisten con excesivos ropajes políticos –lo excesivo resulta lastrante–, y porque al asumir cierto mesianismo universal, innecesario al auténtico ideal de independencia, forzamos a muchos a tener un enfoque estrictamente político de cada acontecimiento nacional. Una respuesta puramente ideológica a este dilema dilataría el conflicto interno, y la angustia. Una respuesta coherente, actualizada y no dogmática, además de ser más realista, necesaria y productiva, ayudaría a humanizar la política y a ajustar el foco de atención.
También otras dudas se pueden levantar, dentro y fuera, ante ciertas transformaciones que necesitamos y esperamos ver: ¿desaparece la revolución cubana?, ¿se está debilitando el gobierno cubano?, ¿tiene sentido mantener en prisión a personas sancionadas por decir, o escribir, muchas de las cosas que se expresan en el actual debate-público-no-publicado? Claro que es bueno considerar las respuestas apropiadas, pero en política, como en casi todo, importan más los actos nobles que las palabras.
No desaparece lo que es historia. Creer que la revolución “desaparece” es darle al hecho, épico y trascendente sin dudas, una carga que lo distorsiona, porque no se debe asumir como fin lo que es, por esencia, un medio. De manera que el hecho social que conocemos como “revolución cubana” no está condenado a la desaparición, sino a asentarse en la historia nacional con toda su larga estela de luces y sombras, de dolor y satisfacciones, pesadillas y sueños. ¿Alguien se atrevería a declarar la desaparición de las revoluciones francesa, norteamericana o rusa?
Lo que sí está en nuestras manos hoy, es la oportunidad de dar una muestra al mundo de madurez y responsabilidad social, de respeto y aceptación de los criterios divergentes, de inclusión y no discriminación por ningún motivo, es decir, reproducir entre nosotros el mismo trato que exigimos de otras naciones. También está en nuestras manos la capacidad de adaptación a la nueva realidad mundial, de salvaguardar todo beneficio social logrado sin negar el crecimiento individual y sus derechos. Superar la angustia cubana no es algo que debamos a Juan Pablo II, es más bien una urgencia, deber y necesidad nuestra.
Un día llegará en que las relaciones entre Cuba y Estados Unidos queden libres de arbustos y otros obstáculos. Pero a la espera de ese día, remover cuanto marabú social nos separa y angustia aquí dentro, sustituyéndolo por la rama de olivo que nos une, será de gran beneficio para todos.
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