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por David Carrillo PRIETO
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El nuevo vástago de un viejo tronco
“Brotará un renuevo del tronco de Jesé…” (Is11, 1) |
Cuando el año toca a su fin, un verde color de esperanza asoma en nuestros hogares, en la ciudad, en el mundo en general. Una tregua de paz se impone ante conflictos que parecen interminables; muchos que estaban distanciados se reencuentran y se abrazan; el hombre vuelve a descubrir y valorar un tesoro, un milagro que late en la sonrisa de los niños, en el calor del hogar, en la amistad que se cultiva, en el pequeño detalle que embellece la existencia. Durante unos pocos días el mundo parece acortar sus distancias, vibrar al unísono, colmarse de ternura y de candor. Y este espíritu nos contagia y empapa, de una u otra manera, a todos.
Las celebraciones, tan entrañables, de navidad y año nuevo, junto con sus elementos folclóricos y tradicionales: el árbol, las luces, los regalos, la mesa abundante, el nacimiento y los reyes magos, envuelven este tiempo en un clima de alegría, de encuentros y felicitaciones, han arraigado profundamente en el alma de nuestra cultura y constituyen una genuina expresión de nuestra identidad. Pero también nos invitan a la meditación serena; su mensaje llama a las puertas de nuestra sensibilidad y, sin embargo, los seres humanos no acabamos de comprenderlo y llevarlo a la práctica. Disfrutamos por unos días el calor de la fiesta, como para dar un respiro a nuestra cotidiana ansiedad, pero dejamos escapar su contenido con el paso fugaz de las nuevas jornadas. |
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La fiesta es algo connatural al hombre, parte intrínseca y fundamental de la vida. Si existe una motivación que confiere contenido y sentido al hecho de celebrar: la unión matrimonial, la graduación profesional, la reconciliación familiar, la visita de un familiar que se encontraba lejos, la prosperidad…, se hace un alto en la vida cotidiana y se congrega el grupo o la comunidad en torno a la alegría. La fiesta es un período intensivo que se sitúa como más allá del diario acontecer, que trasciende, por así decirlo, la historia, y nos coloca en aquella situación que se quisiera fuese definitiva. Celebrar expresa, de alguna manera, las profundas aspiraciones de felicidad, bienestar y comunión que existen en el ser humano, a la vez que le proporciona un descanso, capaz de reparar sus energías, y reincorporarle a la vida en la perspectiva de una relación más constructiva y fraterna con las cosas, con los hombres y con Dios.
La motivación para celebrar es lo que imprime a la fiesta un carácter profundamente humano, amistoso y edificante, o por el contrario, un acento evasivo, esnobista e impersonal. Las fiestas de fin de año no escapan a estas diferenciaciones. En un principio se celebraron en la Roma imperial, con grandes excesos. Al arribar el solsticio del invierno en el hemisferio norte, la irradiación solar es mínima, llegando a alcanzar su punto más bajo; a partir de entonces los días ya no menguan, sino que comienzan a crecer, de forma gradual. En aquellos tiempos del paganismo romano, en que
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estaba muy en boga el culto al sol, era la fecha del Natalis Solis Invicti, el natalicio del Sol Invencible; que suponía, además de las ceremonias idolátricas, dar rienda suelta a los más primitivos instintos humanos, junto a todas las fantasías que pudiera proponer el imaginario colectivo.
No es difícil suponer que, detrás de todo esto, y en momentos de evidente decadencia, se trataba de llevar a la práctica la conocida máxima de “al pueblo pan y circo”. Si el ser humano experimentaba una profunda frustración, si el funcionamiento de las instituciones estaba carcomido por la corrupción, si la presión social podía resultar amenazante para las estructuras del poder; nada mejor que abrir la válvula para suavizar las tensiones y evitar, de esta forma, que el hombre se hiciera preguntas o encontrara respuestas. Una fiesta realizada con el fin de escapar de la realidad o negar los problemas que puedan existir, en nada difiere de un estado de ebriedad. El efecto sólo dura unos instantes y produce, finalmente, el resultado contrario: la resaca, la vaciedad, la autodestrucción.
La comunidad cristiana que vivía en Roma hizo un llamamiento, con el fin de apartar a los fieles de estas fiestas nocivas, para conmemorar, paralelamente a ellas, el nacimiento de Cristo, verdadero sol de justicia y luz que ilumina a todo hombre. Así surgió la fiesta de Navidad, que más tarde se extendió a toda la Iglesia. Con esto no se pretende afirmar que el 25 de diciembre sea la fecha histórica del nacimiento de Jesús de Nazaret; es un día, escogido de manera convencional, con el propósito inicial de inculturizar la fe en los ambientes romanos y cuestionar, desde el evangelio, los contravalores existentes.
La novedad proclamada por el cristianismo imprime un cambio radical al hecho mismo de celebrar. Ya no se trata de realizar unos ritos, detrás de los cuales late un trasfondo mítico o irreal, con el fin de atraer los favores de la divinidad; o conmemorar el aniversario de un hecho del pasado. La fiesta cristiana renueva y actualiza el acontecimiento que elevó la historia humana a la categoría de Historia de Salvación: Dios que se hace hombre, que opta por estar, irrevocablemente, a nuestro lado, y de esta forma eleva la dignidad del hombre, haciéndolo hijo de Dios. En navidad “no sólo recordamos el nacimiento del Señor, por el cual ‘el Verbo se hizo carne’, sino que podría decirse que lo contemplamos presente”.(1)
Como ejercicio preparatorio para la celebración de esta fiesta de la luz, la Iglesia ha instituido el Tiempo del Adviento, que recuerda la esperanza que animó el caminar histórico del pueblo de la primera alianza hacia la plenitud de la redención, la creciente expectativa mesiánica que se manifestaba, palpitante, en su vida cotidiana y en sus expresiones de fe. El objetivo fundamental de este tiempo litúrgico es despertar esa esperanza, que no defrauda y es motor de la existencia, en el corazón del creyente y en el seno de la comunidad cristiana. Adviento es una invitación a mirar hacia dentro, escuchar el clamor de nuestro interior, reconocer cuáles son nuestras verdaderas aspiraciones y prepararse así para acoger, con el asombro de la primera vez, la buena noticia que se hace realidad en el signo de un niño en un pesebre.
El ser humano es “espíritu-en el-mundo, es decir, vive su vida en un continuo tender hacia el Absoluto, en apertura a Dios. Y esta apertura (…) no es una coincidencia que pueda o no darse, sino que es la condición de posibilidad de ser en el hombre. Y lo es efectivamente, siempre, hasta en la vida más oscura de cada día (…); el hombre es un ser que con un libre amor se encuentra frente a Dios”.(2) Si el hombre es, radicalmente, capaz de trascendencia y anhelo de felicidad plena, y es sujeto, protagonista de la historia; esta última se puede definir como una constante búsqueda de nuevos caminos, como una ruta que se abre hacia el infinito, como una nostalgia radical de Dios, que se manifiesta detrás de toda aspiración de justicia, libertad y armonía entre los hombres. Negar esta dimensión fundamental es rebajar al ser humano a la categoría de simple maquinaria productiva, u objeto de la propaganda consumista o del poder.
La historia de Israel resulta un paradigma de aquella que vive todo hombre y todo pueblo: un itinerario de luz y de sombras, de gracia y de pecado, de ilusión y frustración. Sólo la fe puede iluminar todos sus laberintos e incertidumbres, porque “suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor. De este modo transforma nuestra impaciencia y nuestras dudas en la esperanza segura de que el mundo está en las manos de Dios y que, no obstante las oscuridades, al final vencerá Él”.(3) Esta convicción da contenido a la esperanza cristiana, y le hace superar y trascender los ciclos ordinarios de espera-cumplimiento, porque orienta directamente al hombre hacia aquella realidad que constituye su plenitud y el sentido de su vida. Sin esperanza, la existencia humana quedaría reducida a la mera “melancolía de los cumplimientos”.(4) Por el contrario, ella es capaz de mantenernos de pie, impulsarnos hacia adelante, porque Dios es más fuerte que el mal y es siempre fiel a su alianza; aunque en el ámbito de lo inmediato muchas esperas se frustren o se prolonguen indefinidamente a través del tiempo, sin poder vislumbrar su cumplimiento.
Esto no significa que el fundamento último de la esperanza esté desligado de la realidad histórica del hombre. No. Yahvé ha plantado su tienda junto al pueblo, transita junto a ellos como un peregrino más, comparte todas las vicisitudes de su vida, y así, el pastor de Israel, va abriendo para el hombre los umbrales de la eternidad, de los cielos nuevos y la tierra nueva. La historia es, para Israel, el lugar de la experiencia de Dios, principalmente en sus momentos más oscuros y definitorios. Durante la esclavitud en Egipto, Dios escuchó el clamor de las víctimas oprimidas y obró, en su favor, el prodigio del Éxodo; llegado el tiempo del esplendor monárquico no dejó de recordar, por medio de sus enviados, la necesidad de obrar con justicia y respetar el derecho, de defender, sobre todo, a aquellos más desprotegidos: los huérfanos, las viudas, las minorías… En los años del destierro, cuando Israel era saqueado, sojuzgado y derrotado, Dios reafirmó sus promesas, ratificó su Alianza, avivó en los deportados la esperanza del regreso y la restauración. Y finalmente, cuando llegó el tiempo señalado en sus designios eternos, la Encarnación testimonió su amor hasta el extremo, al hacerse plenamente presente, en medio de los hombres.
Durante el largo adviento que antecede la llegada del Mesías, la voz de los profetas comunica la palabra, viva y actual, de Dios para un pueblo que, en ocasiones, parece caminar hacia la deriva. En formas y matices diversos, muchas religiones dicen poseer hombres inspirados, iluminados, que comunican los ocultos designios de la divinidad. Por medio de la música, la danza y las ceremonias rituales, entran en estados de arrobamiento, que son considerados manifestaciones sensibles de lo Sagrado. El profeta bíblico, en cambio, es un hombre común y corriente, que procede del pueblo y comparte con sus coterráneos una historia común. En un momento dado percibe en su interior una luz clara, experimenta una fuerza que le estremece, le inquieta, le seduce y a la cual es imposible resistir. Es Dios, quien le había elegido “desde el vientre de su madre” (cf. Is 49,1), y ahora le confía la misión, hermosa y terrible, de ser su embajador, su vocero, su precursor ante el mundo. Desde entonces, la vida y la palabra del profeta serán una señal, una luz en medio de la noche, pero a su persona le acompañará la cruz del sufrimiento, el rechazo y la persecución.
En un pueblo donde también existen tantos visionarios y falsos profetas, el hombre de Dios se distingue de ellos por poseer “una identidad fundamental (…) una viva conciencia de no ser más que un instrumento, de que las palabras que profiere son y no son suyas a la vez. Tiene la convicción inquebrantable de haber recibido una palabra de Yahvé y que debe comunicarla. Esta convicción se funda en la experiencia (…) de un contacto inmediato con Yahvé”.(5) La intimidad con Dios, por medio de la oración y la meditación asidua en su Palabra, constituye su alimento y le confiere el carácter realmente inspirado a sus oráculos. Con la mirada puesta en Dios, el profeta se sumerge en la historia cotidiana para escudriñar los signos de su presencia, interpelar al pueblo sobre todo aquello que obstaculiza la realización de sus proyectos y otear los horizontes del futuro para contemplar, desde lo lejos, la salvación prometida. Su mensaje se diferencia radicalmente del de un poeta, un historiador, un sociólogo, un político o un analista, porque no juzga los acontecimientos desde criterios meramente humanos, sino con la perspectiva de Dios. Su palabra es un canto de esperanza, una invitación a acoger el consuelo que viene de Aquel para quien “nada es imposible” (cf. Lc1,37), una firme y clara denuncia a las injusticias de los hombres, a la tiranía de los poderosos, y a la hipocresía que se esconde tras la práctica de una religión ritualista, y separada de la vivencia del amor, el servicio y la misericordia, un anuncio gozoso de la visita del “sol que nace de lo alto” (cf. Lc1,78), y una llamada a dejarse iluminar por su resplandor que renueva la faz de la tierra.
La Iglesia propone, durante el Adviento, escuchar el clamor de los profetas, de ayer y de hoy, que van delante del Señor allanando sus caminos; que nos invitan, una vez más, a examinar a fondo el tronco esencial de nuestra vida y de nuestro pueblo, para descubrir, más allá de toda apariencia, retoños siempre nuevos de vida y de esperanza que señalan un camino hacia el futuro. Cuántas veces, cuando el amor parece haberse agotado, un matrimonio anciano testimonia que es posible y hermosa una vida de fidelidad, de unión indisoluble y de entrega mutua; o cuando el egoísmo parece imponerse en nuestros ambientes, percibimos gestos de verdadera solidaridad que resultan proféticos. Cada día podemos encontrar personas que aprecian, defienden y promueven la cultura de la vida; muchos también los que descubren habilidades, iniciativas y capacidades increíbles, gracias a las cuales logran “salir adelante” de una forma digna, a la vez que crean bienestar para la comunidad. Existen, asimismo, familias que optan por permanecer unidas, a pesar de las dificultades, sin fragmentarse por separaciones siempre dolorosas, y esperar juntos tiempos mejores. Muchas personas, a nuestro alrededor, toman conciencia del deber de respetar al otro en su integridad: la diversidad de sus puntos de vista, opiniones y convicciones, la sacralidad de su conciencia. De esta forma, aún sin saberlo, están trabajando por la paz y la reconciliación.
Podemos, debemos celebrar la Navidad, porque significa encontrarnos con la novedad, siempre actual, del Dios-con-nosotros, que se hace presente en acontecimientos cotidianos que nunca son noticia en los primeros planos de un diario. Desde aquella primera Noche buena, en que Dios decidió entrar al mundo por la puerta de la pobreza y la soledad, como una minúscula semilla de mostaza que fecunda la tierra, o una porción de levadura que se introduce en la masa y la fermenta; el camino para llegar a Él sólo lo encuentran los pequeños, los pobres en el espíritu, que más allá de los altibajos de la historia confían solamente en Dios, los pacíficos, los de corazón limpio, aquellos que Jesús proclama bienaventurados, aunque para el mundo sean los últimos. El mensaje de la Navidad se dirige a ellos, porque son los primeros en la lógica de Dios, pero también a aquellos que experimentan una sed esencial, y quieren beber de esta agua viva que se regala a los hombres y les comunica la verdadera alegría. El profeta hace a todos una invitación: “Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, porque el Señor ha consolado a su pueblo, ha desnudado su brazo a la vista de las naciones; y éstas han visto la salvación de nuestro Dios” (Is 52, 9-10). Cuando se acoge realmente a Dios, el sentarse a la mesa familiar, el brindar con la copa de la amistad, el compartir la fiesta, adquiere un sentido más profundo, marca el comienzo de un nuevo camino, nos acerca más a aquello que todo hombre anhela, desde el fondo de su ser.
NOTAS:
(1). San León Magno. Homilías sobre el año litúrgico. Citado por Nuevo Diccionario de Liturgia. Dirigido por D. Sartore y Achille M. Triacca. Ediciones Paulinas. Madrid, 1987, p.1406.
(2). Pie I Ninot. Tratado de Teología Fundamental. Ed. “Secretariado Trinitario”. Salamanca, 1989, p.55.
(3). SS. Benedicto XVI. Carta Encíclica Deus cáritas est. No 39.
(4). Moltmann. J. Citado por Ruiz de la Peña. J.L. La otra dimensión. Escatología cristiana. Ed. “Sal Terrae”. Santander, 1986, p.27.
(5). Cf. Introducción a los profetas. En Nueva Biblia de Jerusalén. Desclée de Brouwer. Bilbao, p.1585. |
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