Primer Congreso del Programa de la Tercera Edad
Rostro del Tiempo |
por Yarelis Rico HERNÁNDEZ
foto: Manuel Rodríguez
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La historia merece repasarse. Fue ese, precisamente, uno de los propósitos del Primer Congreso del Programa de la Tercera Edad que entre el 9 y el 11 de noviembre de 2007 reunió en la Casa San Juan María Vianney a representantes de todas las cáritas diocesanas del país, invitados extranjeros y en especial, asesores, voluntarios y beneficiarios del programa.
El evento, en opinión de Migdalia del C. Dopico Paz, coordinadora nacional, “significó la oportunidad para juntarnos todos y ver los frutos del trabajo en conjunto, mostrar qué ha representado esta experiencia principalmente para el anciano como miembro, beneficiario y protagonista. Constituyó también el momento de mostrar el quehacer de todo ese voluntariado que día a día se entrega de corazón, que anima al grupo, que asume desde una actividad recreativa hasta la prestación de servicios en comedores y lavatines. Fue también ocasión propicia para intercambiar experiencias con otras instituciones cristianas (no católicas), de la Oficina del Historiador y centros de Salud Pública que atienden al adulto mayor”.
A través de conferencias, posters, videos y debates, este primer congreso reveló distintas estrategias de intervención, insertas en contextos geográficos y socioculturales específicos, a las que une un denominador común: la promoción del anciano. A partir de la detección de las problemáticas que más afectan a los adultos mayores de comunidades disímiles de Cuba y América Latina, fundamentalmente, los participantes compartieron y conocieron acerca de las acciones e iniciativas
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que enriquecen el programa y ayudan a prevenir cuestiones como el maltrato familiar hacia el anciano y contribuyen a elevar su calidad de vida.
El Programa de la Tercera Edad dio sus primeros pasos a inicios de los 90. Por esa fecha, quiso Cáritas Cubana, ante la crisis general que afectaba al país, intervenir en el campo de la ancianidad. Estructuró para ello un proyecto que en su versión inicial buscaba asistir a los ancianos identificados por algunas diócesis a fin de paliar sus necesidades más apremiantes. En 1996, dada la necesidad de cambios que permitieran ampliar el enfoque sólo asistencial del programa, se decide reorientar los objetivos de trabajo hacia la promoción del anciano.
“Ante esta demanda –precisa Maritza Sánchez, actual directora de Cáritas Cubana y primera coordinadora del programa– nació el Equipo Nacional de Formación y Asesoría que tendría entre sus retos fundamentales, formar un voluntariado capaz de diagnosticar la realidad del anciano en su entorno familiar y social y dotarlo de métodos de trabajo. Un voluntariado, preparado además, para desarrollar en el adulto mayor actitudes que le permitieran preservar su autonomía y rol social, y brindar a la familia los conocimientos y habilidades necesarios para el manejo domiciliario de problemas específicos derivados del envejecimiento.”
Un alto en el camino, justo en el año 2003, convidó a seguir trabajando para lograr una mayor participación de los ancianos dentro del programa. Se precisaba, igualmente, sensibilizar a la comunidad cristiana y civil con la problemática de este grupo poblacional. Una vez más, con la asesoría de Christel Wasiek por Cáritas Alemana y la existencia de un sólido equipo cubano de formación se emprendían nuevos retos.
Luego de 10 años, muchos de aquellos retos se transforman en logros. Por ejemplo, la metodología cubana para la capacitación del voluntariado se inserta hoy, adecuándose a cada contexto, en el Programa Regional Cáritas a favor de los Adultos Mayores (PRAM), del cual nuestro país forma parte. Así, gran número de ancianos que ayer se sentían olvidados y tristes en la soledad del hogar se han convertido en animadores socioculturales, voluntarios, prolíferos artesanos, mejores y más saludables seres humanos... No sólo han aprendido a envejecer, se sienten útiles, queridos, valorados. |
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