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soñaba con Liverpool.
por Miguel Sabater Reyes
Internet es un nuevo género de varita mágica. Entre la infinitud de gente que invocan a esta moderna Hada madrina están los “cazacorazones”. Provistos de una reseña autobiográfica y una foto, echan a navegar sus almas hacia donde mejor pudieran llevarlas sus comerciales románticos por el ciberespacio.

En esta bolsa internacional del amor no falta la flota de navegantes cubanos. Mirando sus fotos advertimos varones y hembras cuyas edades oscilan entre 18 y 40 años. Se presentan en poses premeditadamente sensuales con que pretenden cautivar almas hambrientas de pasión y ternura.

En sus menú autobiográficos todos refieren ser románticos empedernidos, les gusta el cine y la literatura, bailar y pasear en sus ratos libres. Como plato fuerte se autoproclaman amantes ardientes. Algunos no ocultan poseer la propiedad de ciertos perfumes que se avienen a los dos géneros.

Algunas víctimas empiezan a morder la carnada y finalmente la dejan. Pero otras se tragan el anzuelo de tal modo que en poco tiempo ya están aterrizando en Rancho Boyeros, donde su media naranja espera con un ramo de flores.
Así le sucedió a mi amigo J.B., profesor de Inglés, un tipo de inteligencia feraz y profesionalismo competente. Se la pasaba soñando proyectos para su vida, y cuando más contento estaba, plaff, los cañonazos de la realidad se los pulverizaban.
Internet es un nuevo género de varita mágica. Un día, mientras comíamos en el Ranchón de Brisas del mar, me dijo:

— Estoy cansado de fracasar y no merecerlo. No tengo familiar que me saque del país. Tampoco valor para irme en una lancha.

J.B. no era pesimista. Por lo contrario se empeñaba con afán en cualquier empresa. A su clase de Inglés le ponía toda el alma. Metabolizaba la vida con buen humor y optimismo. Pero ese día en el Ranchón habían quitado aquel y puesto a otro.

No entendí el súbito punto de giro de J.B. Me desayuné con aquella nueva idea suya de emigrar. Nunca se me había ocurrido que él pudiera llegar a ese extremo y mucho menos que intentara resolver sus dificultades de ese modo.

Después que me revelara su abrumadora decisión quedó mirando al mar que teníamos enfrente cuyas olas boxeaban contra las rocas.

— ¿Entonces? –le dije, sin tomarlo muy en serio–. ¿Qué vas a hacer?
— Irme.
— ¿Irte? ¿A dónde?
— ¿Cómo a dónde? A Europa.
Era un ardiente admirador del viejo mundo y fan de Los Beatles. Tenía todos sus discos y dos álbumes con sus fotos. Buena parte de las paredes de su cuarto las había cubierto con afiches del grupo. Uno de sus anhelos más altos era visitar Liverpool.
— ¿A Europa? –le dije–. ¿Y cómo?
— ¿Cómo? ¡Internet!

A mí todo esto me pareció un buen cuento improvisado. Lo que yo no sabía era que J.B. ya andaba alternando la docencia con la pesquería digital. Por el día daba clases de Inglés a estudiantes de Hotelería y Turismo. Durante las noches navegaba en Internet cazando corazones. Se había registrado en una base de datos mediante la cual intercambiaba criterios, impresiones y sentimientos con diversas mujeres.

Increíblemente, como de la noche a la mañana, J.B. se había convertido en una especie de ave rapaz negociando su alma con otras que tal vez necesitaban amor o simplemente una
amistad sincera.

Su primera pesca fue una canadiense. Me enseñó su foto con entusiasmo.

— Dentro de poco viene a conocerme –me confesó con una contentura de muchacho–. Tengo que empezar a comer mucho huevo de carey y ostiones.

J.B. le envió un video donde él caminaba por la orilla de Santa María del Mar en short y sin camisa hablándole con tono de locutor, mientras andaba con una prestancia que parecía estarse creyendo Marlon Brando a los 25 años. Pero cuando ella vio el video le echó guindas al pavo. Él insistió escribiéndole, pero la canadiense no le respondió jamás.
...algunos meses después mi amigo J.B. ya estaba viviendo en Francfort

Su segunda pesca fue una española de Galicia de oficio peluquera, a quien la mentalidad maquiavélica de J.B. manipuló con otro procedimiento. Le hizo llegar una ráfaga de poemas románticos que conmovieron a la gallega, que se tomó vacaciones y vino a Cuba para conocerlo.

Del aeropuerto se fueron directo a Varadero, donde los dos primeros días él la pasó divino. Al tercero fue la vencida. Ella aceptó una invitación para comer que le hizo el salvavidas del lugar donde J.B. y ella solían bañarse y tomar sol.
J.B. le explicó que en Cuba eso de estar con un hombre y aceptarle a otro una cena no era un hecho normal. Pero ella le aclaró que en su opinión las cosas eran muy diferentes. Le puso cien dólares en la palma de la mano y le dio las gracias por haberlo conocido.

Salió del hotel más muerto que vivo, desconcertado por la rapidez con que aquel otro buitre le había levantando la presa.

Pero no se dio por vencido. Su carrera de comerciante de su propia alma había adquirido proporciones monstruosas. Yo lo oía hablar y no lo creía. Ya no era J.B. Era un vampiro de almas femeninas empecinado en cautivarlas para lograr sus bajos propósitos.

Pocos días después de haber perdido la presa en Varadero, volvió a sus andanzas de pescador de Internet. Revisando su correo electrónico advirtió que había engrampado a una alemana de Francfort, anestesista de un hospital. Le llevaba a J.B. 14 años, y en el e-mail le decía que se había conmovido escuchando el poema que él le recitaba en Inglés con fondo de un nocturno de Chopin.

Cuatro meses después, en diciembre de 2003, ella vino a Cuba por 15 días, durante los cuales él no le perdió pies ni pisada para evitar que le sucediera lo mismo que en Varadero. El encuentro, feliz, creó todas las condiciones para que en la próxima visita se casaran.

La primera vez que J.B. se comunicó conmigo, algunos meses después de estar viviendo en Francfort, fue a través de una foto donde él está sentado en un parque. En el reverso me dice:

“Estimado Miguel:

Aquí me ves, realizando este viejo sueño de estar en Liverpool, la cuna de mis Beatles.”

Pero ahora su situación es diferente. Se divorció de la alemana y se fue a Valencia. No ha podido emplearse como profesor de Inglés. Trabaja como velador en una galería de arte. Está soltero. Vive en una pensión de latinos, donde comparte su habitación con un chileno. “Es lo más conveniente –me dice en una carta–. Así pagamos la renta entre los dos, pero no me va mal”.

No sé hasta qué punto J.B. me esté diciendo verdad. Es capaz de reírse a carcajadas llevando un calvario por dentro.

Lo único cierto y seguro es que seguimos siendo amigos. Lamento mucho, sin embargo, que él tuviera que intentar su dicha del modo en que lo hizo. Con intenciones torcidas nadie logra un destino recto.

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