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SEGMENTO

Jesucristo.

JESUCRISTO

Conferencia impartida por
monseñor Juan de Dios Hernández, SJ
Obispo Auxiliar de La Habana y
Secretario General de la COCC

Aula “Fray Bartolomé de las Casas”
25 de octubre de 2007

“Jesucristo es el único suficiente”
Cardenal Joseph Ratzinger

“El pan es importante,
más importante es la libertad; pero lo más importante es la adoración”
Alfred Deipo sj


“Es más, pienso incluso que nada vale la pena si se compara con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él he sacrificado todas las cosas y todo lo tengo por estiércol con tal de ganar a Cristo y vivir unido a él con una salvación que no procede de la Ley, sino de la fe en Cristo, una salvación que viene de Dios a través de la fe. De esta manera conoceré a Cristo y experimentaré el poder de su resurrección y compartiré sus padecimientos y moriré su muerte, a ver si alcanzo así la resurrección de entre los muertos.

”No pretendo decir que haya alcanzado la meta o conseguido la perfección, pero me esfuerzo a ver si la conquisto, por cuanto yo mismo he sido conquistado por Cristo Jesús. Yo hermanos no me hago ilusiones de haber alcanzado la meta, pero, eso sí, olvidando lo que he dejado atrás, me lanzo de lleno a la consecución de lo que está delante y corro hacia la meta, hacia el premio al que Dios me llama desde lo alto por medio de Cristo Jesús” (Fil. 3, 8-14).

Doy las gracias a los P.P. Dominicos y en concreto al padre Manuel Uña, por permitirme en esta noche compartir esta reflexión. Precisamente aquí, en esta obra de la Iglesia y de la Patria, que es el Aula Fray Bartolomé de las Casas; en este espacio, en el que fe y cultura se entrelazan y donde el Dios encarnado, Jesucristo, y el camino del pueblo cristiano, se van tejiendo en una única realidad, el Amor.

Jesucristo, ese nombre, esa vida, en torno al cual la historia lleva más de dos milenios girando.

Al comienzo del tercer milenio, se sigue escribiendo volúmenes sobre su persona y su vida. El arte se ha inspirado en Él, la historia, y toda una cultura está bañada por su presencia.

Miles de millones de hombres y mujeres han dejado familia, cultura, patria para seguirle con toda su vida y existencia, todo, hasta entregar la vida en el martirio si la situación límite lo reclamara.

Su vida sigue siendo hoy paradigma para muchos y confrontación para otros.

Gandhi escribió una vez: “yo digo a los hindúes que sus vidas serán imperfectas si no lo estudian respetuosamente”.
Pero... Nosotros los cristianos, ¿cuántos. Dios mío?, lo desconocen totalmente, ¡cuántos! no lo siguen, ni lo aman, cuántos, no lo han conocido desde sus vidas... Esto es lo que urge contestar.

Esta es la razón principal para comenzar el presente ciclo de conferencias del Aula Fray Bartolomé de las Casas con la conferencia: JESUCRISTO.

Conocerle pone en juego nuestra existencia. He aquí nuestro problema “La existencia”.

Ningún personaje histórico ha tocado, ni toca la existencia del hombre como lo hace Jesús.

Jesús exige respuestas absolutas. Asegura que creyendo y siguiéndole el hombre salva su vida, e ignorándole la pierde. Jesús se presenta como el Camino, la Verdad y la Vida (Jn. l, 4-6). Si esto es así, nuestro Camino, nuestra Vida, nuestra Verdad cambian según sea nuestra respuesta existencial sobre su persona.

Responderle significa seguirle. “Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: sígueme. El se levantó y le siguió” (Mc. 2,14).

En este encuentro se produce la llamada y, sin que medie otra realidad, se produce el acto de obediencia por parte del que ha sido llamado, de este modo, una respuesta del discípulo no sólo consiste en una confesión de fe en Jesús, sino en un acto de obediencia. ¿Cómo es posible esta sucesión inmediata de llamada y obediencia? La razón natural encuentra esto demasiado chocante, tiene que esforzarse en admitir esta sucesión tan rápida; parece necesario que algo se haya desarrollado en medio, falta explicar algo. Falta encontrar un elemento de conexión, psicológico o histórico.

Surge la pregunta: ¿El publicano no conocía ya a Jesús? El texto se obstina en no responder a este punto; lo único que importa es, precisamente esta sucesión inmediata de llamada y respuesta. No le interesan las motivaciones psicológicas de las decisiones piadosas de un hombre. ¿Por qué? Porque sólo hay una motivación que explique suficientemente esta sucesión de llamada y respuesta: Jesucristo mismo. Él es quien llama. Por eso obedece el publicano. En este encuentro queda atestiguada la autoridad incondicional de Jesús.

Nada precede aquí y nada sigue más que la obediencia del que ha sido llamado. Jesús, por ser el Cristo, tiene poder pleno para llamar y exigir que se obedezca a su palabra. Jesús llama al seguimiento, no como un profesor o como un modelo, sino en cuanto Cristo, Hijo de Dios. Así en este breve pasaje, lo único que se anuncia es a Jesucristo. Ninguna alabanza recae sobre el discípulo o sobre su cristianismo lleno de decisión. La mirada no debe dirigirse hacia él, sino únicamente hacia el que llama y hacia su pleno poder. No hay otra indicación de un camino que conduzca a la fe, al seguimiento; el único camino hacia la fe es el de la obediencia a la llamada de Jesús. La libertad se rinde frente a la obediencia. La obediencia a Jesús, el Cristo.

¿Qué se nos dice sobre el contenido del seguimiento? Sígueme, ven detrás de mí. Esto es todo. Ir detrás de Él es en sí mismo suficiente.

¿Y qué pasa? El que ha sido llamado abandona todo lo que tiene, simplemente a causa de la llamada porque, de lo contrario, no puede marchar detrás de Jesús. A este acto de renuncia no se le atribuye el menor valor. En sí mismo sigue siendo algo completamente carente de importancia, indigno de atención. Se cortan los puentes y, sin más, se continúa avanzando. Uno es llamado y debe salir de la existencia que ha llevado hasta ahora, tiene que “existir”, en el sentido más estricto de la palabra.
Jesús entre fariseos y publicanos.
Jesús entre fariseos y publicanos.


Lo antiguo queda atrás, completamente abandonado. El discípulo es arrancado de la seguridad relativa de la vida y lanzado a la inseguridad total; es arrancado del dominio de lo previsible y calculable y lanzado al de lo totalmente imprevisible, (realmente, al dominio de lo único necesario), es arrancado del dominio de las posibilidades para colocarlo en las infinitas que constituyen la única realidad liberadora).
Esto no es una ley; más bien, es exactamente lo contrario de todo legalismo. Insistimos, lo que sólo tiene valor es lo que significa la vinculación a Jesucristo, es decir la ruptura total de toda programática, de toda abstracción, de todo legalismo. Por eso no es posible ningún otro contenido; porque Jesucristo es el único contenido. Él mismo es el contenido.

La llamada al seguimiento es, pues, vinculación a la persona de Jesucristo, ruptura de todo legalismo por la gracia de aquel que llama. Es una llamada de gracia, un mandamiento de gracia. Se sitúa más allá de la enemistad entre la ley y el evangelio. Cristo llama, el discípulo sigue. La gracia y el mandamiento se unifican.

El seguimiento es vinculación a Jesucristo; el seguimiento debe existir porque existe Cristo. Una simple idea sobre Cristo, un sistema de doctrina, un conocimiento religioso general de la gracia o del perdón de los pecados no hacen necesario el seguimiento; de hecho, todo esto dificulta, excluye el seguimiento. Al ponernos en contacto con la idea, nos situamos en una relación de conocimiento, de entusiasmo, quizás de realización, pero nunca de seguimiento personal. Un cristianismo sin Jesucristo vivo sigue siendo, necesariamente, un cristianismo sin seguimiento, y un cristianismo sin seguimiento es siempre un cristianismo sin Jesucristo, es idea, mito.

Un cristianismo en el que sólo se da en Dios Padre, pero no Jesucristo, su Hijo vivo, suprime el seguimiento. Existe entonces confianza en Dios, pero no seguimiento. Puesto que el Hijo de Dios se ha hecho hombre y es nuestro mediador, el seguimiento es la relación que le es propia. El seguimiento está ligado al mediador, y cuando se habla correctamente del seguimiento se habla también del mediador, Jesucristo, Hijo de Dios. Sólo el mediador, el hombre-Dios, puede llamar al seguimiento.

La lectura atenta de los Evangelios nos permite recoger los rasgos fundamentales de Jesús de Nazaret y tomar conciencia de la imagen que tenían de su personalidad los primeros creyentes.

He querido comenzar con Jesús y la Libertad porque la libertad es la que entra en juego para el sí o el no; porque es considerada por el hombre moderno como valor fundamental de la existencia del individuo y de la sociedad. Con el cristianismo la libertad se universaliza y se radicaliza: todo hombre, en todos los contextos, está llamado por Dios a la libertad.

Inseparable de la existencia misma del hombre, la libertad lo constituye en un ser más profundo y lo hace disponible para escuchar la llamada de Dios y, por tanto, para gozar de la suprema libertad de la fe: “Cristo nos libertó para gozar de la libertad”. (Gal.5, 1).

JESÚS, HOMBRE LIBRE

La libertad sorprendente de Jesús es el dato primero y mejor confirmado tanto por la oposición de sus adversarios como por la admiración del pueblo y la adhesión de sus seguidores. Jesús se impone como un hombre libre frente a todo y frente a todos los que puedan obstaculizar su misión.
Jesús es un hombre libre frente a sus familiares que tratan de apartarle de su vida peregrinante de anuncio de una Buena Noticia.

“Al enterarse sus parientes de todo lo anterior, fueron a hacerse cargo de él, porque decían: –se ha vuelto loco–. Entonces llegaron su madre y sus hermanos; se quedaron afuera y lo mandaron a llamar. Como era mucha la gente sentada en torno a Jesús, le transmitieron este recado: “Oye, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están afuera y preguntan por ti”. El les contestó: “¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?”. Y mirando a los que estaban sentados en torno a él, dijo: Aquí están mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc. 3,21, 31-35).

Jesús se mantiene libre frente al círculo de sus amigos que quieren dictarle cómo debe ser su conducta, en contra de la voluntad última del Padre (Mc.8, 31-33). Luego comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los notables, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley; que iba a ser condenado a muerte y que resucitaría después de tres días. Hablaba con mucha claridad. Debido a eso, Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo. En cierto momento Jesús se dio vuelta y vio a sus discípulos. Entonces reprendió a Pedro con estas palabras: “¡Detrás de mi, Satanás Tú no piensas como Dios, sino como los hombres”.

Jesús, salido de los ambientes rurales de Galilea, se atreve a enfrentarse y criticar libremente a los escribas, especialistas de la Ley, las clases cultas de la sociedad judía.

Jesús manifiesta una libertad total frente a la presión social ejercida por las clases dominantes y, de manera especial, por los grupos que retienen indebidamente el poder de interpretar la Ley.

Jesús es libre frente al poder político de las autoridades sin entrar en cálculos políticos o juegos diplomáticos (Lc. 13,31-32; Mt. 20,25-28).

En ese momento, unos fariseos vinieron a decirle: “Márchate de aquí porque Herodes quiere matarte” Jesús contestó: “Vayan a decirle a ese zorro: Mira que hoy y mañana arrojo demonios y hago curaciones, y al tercer día llego a mi término”.

Pero Jesús los reunió y les dijo: “Ustedes saben que los jefes de las naciones se portan como dueños de ellas y que los poderosos las oprimen, entre ustedes no será así; al contrario, el que aspire a ser más que los demás, se hará servidor de ustedes. Y el que quiere ser el primero debe hacerse esclavo de los demás.

”A imitación del Hijo del Hombre, que no vino para que lo sirvieran, sino para servir y dar su vida como rescate de una muchedumbre”.

De la misma manera, se enfrenta con entera libertad a los dirigentes religiosos del Sanedrín judío (Mc. 14,53-64).
Llevaron a Jesús ante el Sumo Sacerdote y se reunieron allí todos: jefes de los sacerdotes, autoridades judías y maestros de la Ley. Pedro lo había seguido de lejos, hasta el interior de palacio, y allí se sentó con los servidores a pasar el frío cerca del fuego.

Los jefes de los sacerdotes y todo el Consejo Supremo querían la muerte de Jesús. Buscaban testigos contra él, pero no los encontraban.

En realidad, varios presentaban acusaciones falsas contra él, pero no estaban de acuerdo en lo que decían.

Jesús ante el Sanedrín.
Jesús ante el Sanedrín.
Por fin, algunos dieron este testimonio falso: “Nosotros lo hemos oído decir. Yo destruiré este Templo hecho por la mano del hombre y en tres días construiré otro no hecho por hombres”. Pero tampoco en esta acusación estaban de acuerdo.

Entonces, el Sumo Sacerdote se levantó y, colocándose delante de todos, preguntó a Jesús: “¿Qué es esto que declaran en tu contra?”

Pero él guardaba silencio sin decir palabra. Nuevamente el Sumo Sacerdote le preguntó: ¿Eres tú el Cristo, Hijo de Dios Bendito? Jesús respondió: “Yo soy, y un día verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Dios Poderoso y viniendo en medio de las nubes del cielo”.

El Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras y dijo: “¿Para qué queremos ya testigos? Ustedes acaban de oír estas palabras escandalosas. ¿Qué les parece?” Y estuvieron de acuerdo en que merecía la pena de muerte.


Jesús no se deja arrastrar tampoco por la estrategia de las fuerzas de resistencia a los ocupantes romanos (Mc.4,26-29); Jesús dijo además: “Escuchen esta comparación del Reino de Dios. Un hombre echa la semilla en la tierra; esté dormido o despierto, de noche o de día, la semilla brota de cualquier manera y crece sin que él se de cuenta. La tierra da fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga y por último la espiga bien granada de trigo. Y cuando el fruto está maduro, mandan a recogerlo porque ha llegado el día de la cosecha”(Jn. 6, 15). Pero Jesús se dio cuenta de que iban a tomarlo por la fuerza para proclamarlo rey, y nuevamente, huyó solo a la montaña defraudando así las ilusiones de muchos que esperaban un reino judío mesiánico, dominador del mundo entero.

Jesús no se deja esclavizar por las tradiciones de los antiguos que alejaban a los judíos de la verdadera voluntad de Dios. (Mc, 7,1-12). Tampoco se ata a las últimas corrientes rabínicas que circulan en la sociedad judía (Mt. 19, 1-9). Después de dar estas enseñanzas, Jesús partió de Galilea y fue a los territorios de Judea que quedan al otro lado del Jordán. Una gran multitud lo siguió y allí sanó a los enfermos. Se le acercaron unos fariseos, con ánimo de probarlo, y le preguntaron: “¿Está permitido al hombre despedir a su esposa por cualquier motivo?”

Jesús respondió: “¿No han leído que el Creador en el principio, los hizo hombre y mujer y dijo: El hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá con su mujer, y serán los dos uno solo? De manera que ya no son dos, sino uno solo. Pues bien, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”.

Pero ellos preguntaron: “Entonces, ¿por qué Moisés ordenó que se firme un certificado cuando haya divorcio?” Jesús contestó: “Porque ustedes son duros de corazón, Moisés les permitió despedir a sus esposas, pero no es esa la ley del comienzo. Por tanto, yo les digo que el que despide a su mujer, fuera del caso de infidelidad, y se casa con otra comete adulterio”.

Jesús se manifiesta libre frente a ritos, prescripciones y leyes litúrgicas que quedan vacías de sentido si se olvida que deben estar al servicio del hombre (Mc. 3, 1-6; 2, 23-28). Otro día entró Jesús en la sinagoga y se encontró con un hombre que tenía la mano paralizada. Pero algunos lo observaban; ¿Lo sanaría Jesús en ese día sábado? Ellos estaban dispuestos a denunciarlo.

Jesús dijo al hombre que tenía la mano paralizada: “Ponte de pie y colócate aquí en medio”.

Jesús les pidió que se acercaran y empezó a explicarles por medio de ejemplos:

“¿Cómo puede Satanás echar a Satanás? Si una nación está dividida en bandos, no puede durar. Tampoco una familia dividida puede mantenerse. Lo mismo Satanás; si obra contra sí mismo, como ustedes dicen, y está dividido, no se puede mantener y pronto llegará su fin.

”La verdad es que nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y quitarle sus cosas si no lo amarra primero. Sólo así podrá saquearle la casa”.

Esta libertad total de Jesús tanto en su palabra como en su actuación, irrita a los defensores del sistema legal judío que desean asegurar su interpretación de la Torá, despierta las esperanzas del pueblo que comienza a descubrir un sentido nuevo a la vida y logra la adhesión de algunos seguidores. ¿Dónde está el origen y la explicación de esta libertad de Jesús? Desde la “libre libertad”, el camino de la obediencia.

OBEDIENCIA RADICAL AL PADRE

Jesús es totalmente libre porque vive entregado enteramente a cumplir la voluntad de un Dios al que él llama y percibe como su “Padre”. Hay una constante clara en la vida de Jesús de Nazaret: su fe total en el Padre, su obediencia radical al Padre. Lo que alimenta su vida y da sentido a toda su actuación es hacer la voluntad del Padre (Jn. 4,34).

Más concretamente. Jesús se descubre a sí mismo como llamado por el Padre a anunciar una Buena Noticia a las gentes: “Dios está cerca del hombre”. El objetivo último de toda su vida es arrastrar a los hombres hacia una gran esperanza que le anima a él mismo desde dentro: hay salvación para el hombre. Hay futuro. Dios mismo quiere intervenir en la historia humana, adueñarse de la vida del hombre y hacer posible nuestra verdadera liberación. “Llega ya el Reinado de Dios”.

Toda la vida de Jesús está orientada a anunciar a los hombres esta Buena Noticia, la mejor que los hombres podían escuchar (Lc.4,18-19).

El Espíritu del Señor está sobre mí. Él me ha ungido para traer Buenas Nuevas a los pobres, para anunciar a los cautivos su libertad y a los ciegos que pronto van a ver. A despedir libres a los oprimidos y a proclamar el año de la gracia del Señor.

Porque el Dios que viene a reinar en la vida del hombre no es un tirano, un dictador, un señor vengativo o caprichoso, que busca su propio interés. Es un Dios liberador, que busca la recuperación de todo hombre perdido (Lc. 15,4-7). Un Dios que sabe preocuparse de los últimos (Mt. 20, l-l6), un Padre que sabe acoger y perdonar (Lc. 15, 11-32), un Señor que llama a una gran fiesta a todos los hombres por muy pobres, desgraciados y perdidos que se encuentren (Mt.22, 1-14).

Marcos recoge bien esta misión a la que dedicó Jesús toda su vida: “Anunciaba la Buena Noticia de Dios: El tiempo se ha cumplido y el Reinado de Dios está cerca; cambiad de mentalidad y creed en esta Buena Noticia” (Mc. 1, 15). La libertad libre, que obedece, lo hace servidor...

UN HOMBRE COMO LOS DEMÁS

Jesús es un hombre libre para amar. Un hombre que da siempre la última palabra al amor. Para Jesús ya no es la Ley la que debe determinar cómo debemos comportamos en cada situación. Es el hombre necesitado el verdadero criterio de actuación. Y toda nuestra vida tiene sentido en la medida en que servimos al hombre necesitado (Lc.10, 29-37).
Así ha vivido Jesús “no para ser servido, sino para servir” (Mc.10.45) Toda su vida es “desvivirse” por los demás. No encontramos nunca a Jesús actuando egoístamente en busca de su propio interés. No se preocupa de su propia fama (Mt. 9, 10-l3; 11,19); no busca dinero ni seguridad alguna (Mt.8,20; Lc. 16,13); no pretende ningún poder.
No vive para una esposa ni un hogar propio. Es un hombre libre para los demás, un “hombre-para-otros”.

Su preocupación es el hombre necesitado. Lo que impulsa toda su vida es el amor apasionado a los hombres a los que considera hermanos. Un amor amplio, universal (Lc.10, 29-37). Un amor sincero, servicial (Lc.22,27).

Pues, ¿quién es más importante, el que está sentado a la mesa o el que sirve? El que está sentado, ¿no es cierto? Sin embargo, yo estoy entre ustedes como el que sirve. Un amor que se traduce en perdón y misericordia.

CERCANÍA A LOS NECESITADOS

Jesús no es indiferente ante las necesidades e injusticias que padece su pueblo. Siempre se le encuentra junto a los pobres, los marginados, los abandonados. Siempre está de parte de los que más ayuda necesitan para ser hombres libres.

Jesús se mueve con frecuencia en círculos de mala reputación, se le encuentra rodeado de gente sospechosa, publicanos, ladrones, prostitutas... personas despreciadas por las clases más selectas de la sociedad judía (Lc. 7, 36-50).

Jesús se acerca con sencillez a los pequeños, los incultos, los que no pueden cumplir la Ley porque ni siquiera la conocen, hombres despreciados por los cultos de Israel (Jn.9, 34). Le contestaron ellos: “Desde tu nacimiento estás en pecado ¿y vienes a darnos lecciones a nosotros? Y lo expulsaron”.

Jesús escoge a los débiles, a los niños (Mc. 10, 13-16), a las mujeres marginadas por la sociedad judía (Lc. 8,2-3; l0, 38-42; 13, 10-17).

Jesús se acerca a los enfermos, los leprosos, los enajenados, los impuros, hombres sin posibilidades en la vida, considerados pecadores a los ojos de todo judío. (Mc. l, 23-28; 1,40-45; 25-34).

Jesús defiende a los samaritanos considerados como pueblo extraño e impuro (Lc.9, 51-55; 10,29-37).
Jesús y la mujer pecadora.
Jesús y la mujer pecadora.
Jesús se preocupa del pueblo humilde, la masa, las gentes desorientadas de Israel (Mc.6, 34; Mt.9, 36), el pueblo agobiado por las prescripciones de los rabinos. (Mt.23, 4).

SERVICIO SALVADOR

Jesús no ofrece dinero, cultura, poder, armas, seguridad..., pero su vida es una Buena Noticia para todo el que busca liberación.

Jesús es un hombre que cura, que sana, que reconstruye a los hombres y los libera del poder inexplicable del mal. Jesús trae salud y vida. (Mt. 9,35).

Jesús recorrió todas las ciudades y los pueblos. Enseñaba en las sinagogas, proclamaba la Buena Nueva del Reino y sanaba todas las enfermedades y dolencias.

Jesús garantiza el perdón a los que se encuentran dominados por el pecado y les ofrece posibilidades de rehabilitación (Mc.2,1-12; Lc.7,36-50; Jn. 8,2-10).

Jesús contagia su esperanza a los pobres, los perdidos, los desalentados, los últimos, porque están llamados a disfrutar la fiesta final de Dios (Mt.5,3-11; Lc. 14,15-24).

Jesús descubre al pueblo desorientado el rostro humano de Dios (Mt. 11, 25-27) y ayuda a los hombres a vivir con una fe total en el futuro que está en manos de un Dios que nos ama como Padre (Mt.6,25-34).

Jesús ayuda a los hombres a descubrir su propia verdad (Lc.6,39-45; Mt. 8,2-4), una verdad que los puede ir liberando (Jn.8,31-32).

Jesús invita a los hombres a buscar una justicia mayor que la de los escribas y fariseos, la justicia de Dios que pide la liberación de todo hombre deshumanizado (Mt.6,33; Lc.4,17-22).

Jesús busca incansablemente crear verdadera fraternidad entre los hombres derrumbando todas las barreras raciales, jurídicas y sociales (Mt.5,38-48; Lc.6, 27-38).

Si quisiéramos resumir, de alguna manera, la actualización liberadora de Jesús, podríamos decir que desde su fe total en un Dios que busca la liberación del hombre, Jesús ofrece a los hombres esperanza para enfrentarse al problema de la vida y al misterio de la muerte.

FIDELIDAD HASTA LA MUERTE

Jesús se nos ofrece en los relatos evangélicos como un hombre fiel al Padre, fiel a sí mismo y fiel a su misión hasta la muerte.

Jesús no murió de muerte natural. Fue ejecutado como consecuencia de los conflictos que provocó con su actuación. Por una parte, su actitud ante la Ley de Moisés ponía en crisis toda la institución legal del pueblo judío y privaba a los dirigentes de Israel de su autonomía religiosa y social. Por otra parte, el anuncio de un Dios abierto a todos los hombres, incluso a los extranjeros y pecadores, dejaba sin asidor el carácter privilegiado del pueblo judío y su alianza con Yahveh. Ciertamente, el Dios que anunciaba Jesús no era el Dios de la religión oficial judía. Además, Jesús decepcionó profundamente la expectación mesiánica de carácter político que su aparición pudo despertar en grandes sectores de la población.

Para el Sanedrín, la ejecución iba a poner a prueba toda la trayectoria de Jesús de Nazaret. El rechazo de la gente haría desmentir, invalidar y reducir al fracaso todo su mensaje de amor y fraternidad humana. Pero, Jesús, abandonado por todos, grita hasta el final: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc.22,34) y aún viéndose abandonado (Mc. 15,34) grita al morir: “Padre, en tus manos pongo mi vida”.

Jesús asume en su persona todo dolor, incluso el pecado y el sin sentido.

EL ENIGMA DE JESÚS

Jesús no se ha detenido mucho en hablarnos de sí mismo. Más bien nos ha hablado con hechos, actuando de una manera tan sorprendente, enigmática y original, que la comunidad cristiana posterior se verá obligada, a la luz de la Resurrección, a utilizar diversos títulos que expresen lo mejor posible el misterio encerrado en Jesús.
Ciertamente, Jesús no se autodesignaba como Señor, Salvador, Hijo de Dios, Palabra de Dios, Imagen del Padre, Dios.... incluso no es fácil saber si Jesús se ha definido a sí mismo con el título de Hijo del Hombre, aunque muchos piensen así, apoyados en buenas razones.

Más interesante es ver la actitud de Jesús ante el título de Mesías (Cristo). Bastantes de sus contemporáneos habían creído ver en el hombre Jesús al Mesías esperado en Israel, es decir, el Enviado por Yahveh para establecer el reino davídico, liberando al pueblo judío de la dominación romana. Sin embargo, Jesús no se designa a sí mismo con el nombre de Mesías y adopta una postura de reserva cuando otros lo consideran como tal. No niega nunca ser el Mesías pero tampoco acepta este título indiscriminadamente (Mc.8,29-33). indudablemente, este título es ambiguo y ambivalente, Jesús no rechaza para sí abiertamente este título que encerraba tantas esperanzas de liberación para el pueblo. Pero, tampoco lo acepta sin más, ya que para muchos evocaba la figura de un liberador político-militar que Jesús no intenta ser. Más tarde, la comunidad cristiana, sin peligro ya de caer en malentendidos o falsas interpretaciones lo llamará así, y precisamente este nombre de Cristo se convertirá en el más importante para recoger la fe de los creyentes que ven en Jesús al verdadero liberador del hombre, el único que puede responder a las esperanzas y aspiraciones de la humanidad.

El testimonio de Jesús sobre sí mismo no debemos pues buscarlo tanto en los nombres que haya podido usar para definirse a sí mismo, sino en la actitud sorprendente y enigmática que ha adoptado durante su vida.

LA AUTORIDAD DE JESÚS FRENTE A LA LEY

Jesús se presenta como el único que puede interpretar legítimamente la Ley de Moisés. Pero además, tiene la audacia de ponerse frente a esa Ley que, para el pueblo judío, recoge de manera suprema la voluntad de Dios. Con una autoridad y libertad sin precedentes. Jesús contrapone a la Ley antigua su nuevo mensaje que contiene según él, la verdadera voluntad de Dios. (“Se dijo a los antepasados... pero yo os digo” en Mt.5,21-48).

Jesús no invita a sus contemporáneos a que obedezcan a la Ley de Moisés, sino que les pide que escuchen sus palabras (Mt. 7,24-27).


Jesús enseña.
Jesús enseña.

Esta actitud de Jesús es nueva, sorprendente sin paralelismos en la tradición judía. Al atribuirse una autoridad que rivaliza con la de Moisés, Jesús se está colocando por encima de Moisés y está pretendiendo conocer, con certeza suprema e inmediata, la voluntad verdadera del mismo Dios (Mt. 11-27). ¿Quién pretende ser Jesús? ¿Cómo puede estar seguro de conocer la verdadera voluntad de Dios? ¿De dónde le viene esta autoridad y libertad para adoptar esta actitud inaudita?

LA CONCESIÓN DEL PERDÓN A LOS PECADORES

Uno de los datos mejor atestiguados sobre Jesús de Nazaret es que ha compartido la misma mesa con pecadores a los que nunca un judío piadoso se hubiera acercado (Mc.2,15; Lc. 15,21). Esta actitud de Jesús no es solamente un desafío a las normas de convivencia y prejuicios de los grupos “selectos” de Israel. No es sólo un gesto de solidaridad de Jesús hacia los más despreciados de su sociedad, ofreciéndoles su confianza y amistad. Es algo más profundo. Según la mentalidad judía de

la época, compartir el mismo pan y participar juntos en la bendición inicial a Yahveh significa sentirse solidarios delante de Dios y celebrar anticipadamente la fiesta final porque está convencido de que los publicanos y las prostitutas llegan antes al Reino de Dios (Mt.2l, 31). Jesús, pues preguntó: “¿Cuál de los dos hizo lo que quería el padre?” Ellos contestaron: “El primero”. Y Jesús prosiguió: “En verdad los publicanos y las prostitutas les preceden a ustedes en el Reino de los Cielos...”.

Además, Jesús ofrece el perdón de Dios a estos hombres y mujeres que, según la teología oficial de la época, deberían huir de Él (Mc. 2,1-12; Lc.7,36-50). Y lo hace de manera gratuita, sin exigirles una penitencia previa, con lo cual adopta una actitud sin precedentes en la historia judía. El mismo Bautista acoge a los pecadores, pero para hacer penitencia. Jesús los acoge para concederles el perdón de Dios.

Y cuando es criticado por la sociedad judía. Jesús justifica su actuación apelando a la conducta misma de Dios; Dios es amor y perdón. Si él acoge a los pecadores y los perdona es porque al obrar así no hace sino actualizar el perdón de Dios a todo hombre perdido (Lc. cap. l5).

Con esta actitud, Jesús no sólo se pone en contra de la Ley judía, sino que pasa a ocupar un lugar que, según la convicción y la fe judías, sólo puede tener Dios. ¿Cómo puede estar seguro Jesús de que Dios actúa así con los pecadores? ¿Con qué derecho identificaba su actuación con la de Dios? ¿Cómo puede pretender enseñar a los hombres a través de su actuación cómo es Dios en realidad?

EL COMIENZO DE LA LIBERACIÓN DEL HOMBRE

De todos los judíos conocidos en la antigüedad. Jesús es el único que se atreve a afirmar que el tiempo de salvación ya ha llegado. De manera modesta, oculta, casi insignificante, pero con verdadera fuerza, el Reinado de Dios en la vida del hombre se está abriendo camino ya ahora (Mc.4,30-32; Mt. 13,31-33).

Más concretamente, Jesús vive convencido de que con su actuación y su mensaje, él mismo está ya haciendo realidad la acción salvadora de Dios en medio de los hombres. Los que conviven con él están siendo testigos de algo Único (Lc.l0, 23-24; 14, 31-32).

Jesús cree en la victoria salvadora de Dios no sólo como una realidad futura final, sino como algo que comienza con él, con sus gestos, con su mensaje. Con él se ha asegurado ya la liberación del hombre pues Dios está actuando ya en medio de la vida (Lc.11,20; Mt.12,28).

LA INVOCACIÓN A DIOS COMO PADRE

Jesús, al dirigirse a Dios en su oración, emplea una expresión sorprendente e inusitada. La sociedad que conoció Jesús veneraba tanto la grandeza y majestad de Dios que se evitaba pronunciar el nombre santo de Yahveh. En la conversación ordinaria se acudía a otras expresiones o giros (v.g. el Altísimo; el Santo, alabado sea; la Gloria; el Señor de los cielos, etcétera). En la lectura litúrgica de las Escrituras era sustituido por el término solemne de “Adonai” (nuestro Señor). Solo, una vez al año lo pronunciaba el Sumo Sacerdote, y lo hacía en medio de música y cantos litúrgicos que impedían se escuchara su voz.

En este ambiente, resulta todavía más sorprendente la actitud de Jesús que se dirige siempre a Dios llamándole “Abba” (Mc.14,36).

Decía: “Abba, o sea, Padre, para ti todo es posible; aparta de mí esta copa. Pero no; no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieras tú”. Este término no significa sencillamente “Padre”. Era una expresión empleada generalmente para dirigirse a Yahveh con la misma confianza y familiaridad con que un niño judío se dirigía a su padre. Ningún judío se habría atrevido a llamar así a Yahveh.

Esta actuación de Jesús causó tal impresión que los primeros cristianos no han querido traducir esta palabra al griego; la han conservado en su original arameo, tal como la pronunciaba Jesús: “Abba”.

En su relación con Dios, Jesús manifiesta no sólo una confianza desconocida, sino, incluso, la conciencia de vivir en una relación única con Él, distinta de la que puedan tener otros hombres (Mt.11,27).

Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a los que el Hijo quiere dárselo a conocer.

¿Por qué? ¿Dónde se apoya esta confianza absoluta en Dios? ¿Por qué se atreve a invocar a Dios con conciencia especial de hijo? ¿Cómo puede pretender una relación única con Dios distinta y superior a la de los demás hombres?

EL LIBRE, EL OBEDIENTE,EL QUE SIRVE,
El QUE LLAMA A DIOS PADRE

La ejecución en una cruz puso en entredicho todas estas pretensiones de Jesús. La cruz parecía dejar las cosas claras; Jesús había sido un hombre bueno y justo quizás, pero un hombre iluso totalmente equivocado. Si de verdad Jesús tenía razón al anunciar un mensaje de salvación a los hombres, al

garantizar el perdón a los pecadores y al invocar a Dios como Padre, sólo Dios lo podía decir. Si en Jesús se encerraba algo único, sólo Dios lo podía confirmar. Y lo ha hecho resucitando a Jesús de la muerte. Dios, Padre, por la resurrección de Jesús de entre los muertos, avaló a Jesús y sacó la cara por Él. El Padre confirmó la identidad central de Jesús. Él es el Hijo de Dios.

Termino con unos párrafos del padre José Luis Martín Descalzo:

“¿Y nosotros, nosotros, pobres y pequeñas gentes que aún apenas hemos logrado vislumbrar su grandeza? ¿Qué nos queda a nosotros sino volvernos a él para pedirle que nos permita ver su rostro, verle, conocerle, amarle, seguirle? Han pasado veinte siglos desde que se fue de nuestro lado. Y nosotros, como la antigua dama cuyo marido marchó a las cruzadas, nos preguntamos a veces si volverá de veras o si quedó tal vez muerto en cualquiera de los vericuetos de la historia. Nos llegan a veces noticias de él. Noticias confusas. Alguien dice que le ha visto. Pero no sabe muy bien dónde. No sabe siquiera con certeza si el que vio era él o alguien parecido. Y mientras, los caballeros de este mundo –el poder, el dinero, el egoísmo, el placer– se ríen de nosotros, esposa abandonada, y nos ofrecen sus lechos floridos. ¿Cómo tener el coraje de seguir esperándote? ¡Ay, cuántos trozos de fe y de esperanza perdimos en el camino de nuestras vidas! No es la nuestra una generación creyente como la primera. Tal vez, nos repiten a derecha e izquierda, que tú eras un sueño. O un ideal imposible.

Y sin embargo, nosotros seguimos esperándote, Señor. Absurdamente quizá. Pero apasio-nadamente. Y es que sabemos que la única llama que queda en nuestro hogar, que ese rescoldo de fe batida por los vientos, certifica aún hoy cuánto te necesitamos. Y es que sabemos que allá, en el fondo de nuestros corazones, se sigue alzando la misma gran voz de la esperanza de los primeros cristianos: Marana tha, es decir: “Ven, Señor Jesús”.
Jesús Resucitado.
Jesús Resucitado.


Porque sabemos que tú vendrás, estás viniendo. O quizá no te has ido. Estás detrás del velo de nuestra ciega mediocridad. Quizá basten sólo unos céntimos de fe para comprobar que tú estás con nosotros. Para descubrir que, a fin de cuentas, sólo hay un problema, saber hasta qué punto te amamos y estamos dispuestos a seguirte”.

... Para ser libres, obedientes, servidores y seguir llamando a Dios, Padre...


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