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GLOSAS CUBANAS

 

por Perla Cartaya COTTA

El estilo cubano de EDUCAR
Cultura y educación. Una mirada al pasado
El estilo cubano de EDUCAR
El 22 de diciembre de cada año culmina en Cuba la Jornada del Educador, homenaje de la sociedad a los maestros, pro-fesores y catedráticos, porque ese día, en 1961, se declaró concluida con éxito la Campaña de Alfabetización; etapa en la que el magisterio cubano desempeñó un papel trascendente por razones obvias.

Me uno a esa jornada para ofrecerles mis reflexiones –que en modo alguno pretenden ser conclusivas– sobre un tema a mi juicio vital para la escuela cubana. Confieso una pretensión más amplia: llegar a las familias, por la importancia que a esta arista de la pedagogía –íntimamente relacionada con el ideal educativo hacia el cual la escuela encamina el trabajo docente cotidiano– le corresponde en la formación de sus hijos y nietos. Y motivar, en los docentes en preparación, el interés didáctico sobre el estilo de educar por la repercusión que este tiene en la sociedad.

Me parece que la complejidad del tema requiere, al menos, una leve mirada al pasado.

Desde las primeras décadas de la República, Ramiro Guerra y Sánchez –maestro e historiador eminente– alerta al profesorado sobre la necesidad de mirar hacia atrás, es decir, de hurgar en las raíces. Exalta el valor del ideario pedagógico cubano del siglo xix e insiste, en 1923, en la necesidad apremiante de su estudio. En su notable obra La Defensa Nacional y la Escuela, al referirse a los pedagogos más brillantes de aquella época, valora con acierto: “(…) con una visión profunda de nuestra realidad social, de nuestras necesidades colectivas, de nuestra psicología, los educadores cubanos trataron de fijar los derroteros de una educación nacional…”(p.40). Propone una estrategia para “cubanizar” la enseñanza: el análisis crítico de las ideas del padre Varela, de Luz, de Saco y de Varona, estudiadas en relación con las condiciones de la sociedad cubana, “(…) para tratar de echar las bases de una política pedagógica que contribuya a la solución de nuestros complejos problemas sociales…”(p.41). Observa, con acierto, que las aspiraciones de aquellos pensadores se complementaban e iban encaminadas a un mismo y noble propósito: “(…) crear, afirmar y robustecer la nacionalidad” (pp.71-72). Coincide con la tesis de los maestros antes mencionados: la escuela es una institución cuya labor está estrechamente ligada a los destinos de la patria, ¿y acaso esta valoración de la función social de la escuela no perdura en la actualidad?

Creo que aquellos educadores, –“los hombres de San Carlos”– capaces por su saber y ejecutoria de señalar pautas a seguir, desarrollaron por el mismo camino un estilo de educar que se oponía al sustentado por los defensores del status colonial, por supuesto aportándole cada cual su sello personal.

Proceden de la pluma del padre José Agustín Caballero, nuestro primer maestro notable, los primeros consejos que conozco dirigidos al magisterio de su país, y publicados en Papel Periódico a partir de su fundación en 1791, los cuales el tiempo no ha marchitado; de ellos selecciono los siguientes: “(…) Recuerda, maestro, que el laurel crece hermoso y derecho cuando desde pequeño es ayudado artificialmente (…) El arte de inspirar las ideas en las cabezas de otro (…) de dirigírselas bien, es un arte más raro de lo que se piensa: los que son tontos lo son porque tienen ideas falsas (…) Hay muchos hombres inconsecuentes porque hay muchos maestros tontos”, expresiones que manifiestan una crítica social. Su estilo de educar se caracterizó por la entrega del amor sin paternalismo, la sobriedad, la permanente invitación a la reflexión, el afán de acercar a los alumnos a la naturaleza y a promover en ellos el sentimiento de la justicia, el sentido del deber y la dignidad sin soberbia.

No es de extrañar que de la enseñanza de un maestro así –“padre de los pobres y de nuestra filosofía”, de acuerdo con José Martí– surgiera allí, en el propio Seminario de San Carlos y San Ambrosio, otro docente: el padre Félix Varela y Morales, que haciendo realidad el sueño del padre Agustín, se convirtió en el primer maestro hispanoamericano en dar las clases de Filosofía en español y no en latín, como se hacía entonces. Su estilo de educar se basaba en desarrollar la independencia cognoscitiva de los alumnos; en incentivarlos para que “descubrieran” en el laboratorio del Seminario los secretos de la naturaleza, en su condición de primer profesor cubano de Física y de Química; en tanto fomentaba en ellos el amor a las ciencias, a la música, a las bellas artes, a la justicia, y a Cuba, la patria amada.

Me apoyo en sus palabras para pensar que, de hecho, coincide con el padre Agustín en el ideal educativo: formar hombres rectamente apasionados e integralmente formados, aunque le imprimiera a la docencia el sello indiscutible de su vigorosa personalidad. Se indignaba cuando, en su condición de miembro de la Sección de Educación de la Sociedad Económica de Amigos del País (S.E.A.P.), se encontraba ante maestros que ofendían y humillaban a los niños: quien así actuaba podía, a su juicio, dedicarse a otros menesteres pero jamás al magisterio.

A partir de su experiencia personal, aconseja tratar a los adolescentes (aunque entonces no existía ese término) como lo que ellos querían ser: hombres ya formados; e insiste en que esos “viejitos lampiños” eran utilísimos. Lega a sus colegas de todos los tiempos un “secreto” de su estilo: la mejor forma de manejar a los jóvenes, espoleando talento y buenas disposiciones, es estudiar el carácter de cada uno, adecuando a esas circunstancias la estrategia pedagógica. ¡Y cuánta razón pienso que le asiste cuando afirma que un joven se deleita en toda lucha, sea de la clase que fuere, por eso la resistencia que encontraba sólo servía para aumentar sus esfuerzos pero nunca para conquistar sus inclinaciones! ¿Cómo no coincidir con el Maestro Varela cuando lamenta que algún profesor interpretara haber obtenido una gran victoria si “los muchachos” no manifestaban ante él ideas contrarias a las suyas, o a las que ellos sabían que debían expresar?, ¿cómo no se percataban tales maestros, acotó el padre, de que premeditadamente ocultaban su propio pensamiento por temor a la calificación o a la reprimenda?, ¿cómo no entender que la imposición del maestro –o de quien sea, agrego yo– sólo sirve para formar hombres hipócritas, desleales, lo cual es la negación del ciudadano que necesitaba –y necesita– la Isla que tanto amó?

Los testimonios lo describen, coincidiendo otra vez con el padre Agustín, como un profesor ejemplar. Era pulcro y sencillo en el vestir y en el hablar, cariñoso, diligente, nervioso, y rebosante de un cálido amor a Cuba, la patria que le vio nacer, a la que debía obligaciones y sacrificios. Jamás mentía a sus alumnos y se esforzaba en cumplir lo que él consideraba un principio: enseñar deleitando. Su estilo peculiar de ganar para Dios y para la patria a los ávidos estudiantes que a su vera se formaban, germinó, primero, en el bayamés José Antonio Saco que parece llegó a ser su alumno preferido.

José Antonio Saco, polémica personalidad de nuestra historia, fue en San Carlos y San Ambrosio un brillante profesor de Física y de Química, a cuya enseñanza hizo aportes significativos en su tiempo. Su ideal educativo –que se infiere de sus informes a la Sección de Educación, y en muchos de sus escritos–, era preparar al cubano para el desarrollo económico del país mediante una enseñanza científica y práctica. Para lograrlo, su estilo de educar se basa en la vinculación de la teoría con la práctica, en la atención a las necesidades del desarrollo al preparar y explicar las clases, y al cultivo de valores espirituales tales como: el patriotismo, la sensibilidad humana, el amor a la cultura y al trabajo.

Saco defendió la necesidad de fomentar tanto el respeto y el amor al trabajo intelectual como al trabajo físico, manual, insistiendo en hacer conciencia mediante diversas vías sobre las ventajas materiales y morales que el trabajo produce. Como maestro, fue indoblegable ante la injusticia, austero y audaz, esforzándose dentro de sus limitaciones humanas para ser, como corresponde a un educador, un modelo de ciudadano. Como líder de los jóvenes de su tiempo, proclamó públicamente sus convicciones políticas, conociendo, como el padre Varela, la amargura de vivir lejos de su tierra hasta el final de su vida.

Discípulo del padre Agustín –también su sobrino nieto– y del padre Varela, amigo entrañable de Saco, José de la Luz y Caballero, que también ejerció como maestro en San Carlos y San Ambrosio y en otros planteles, concibió el magisterio como una misión social patriótica. Hombre de pensar profundo, tuvo como ideal educativo formar hombres y no farsantes, hombres y no maquinitas repetidoras, sueño hermoso que expuso al fundamentar el método explicativo. Convencido de que en la niñez estaba la esperanza de la patria, centró su atención en los grados de la enseñanza primaria, pero sin relegar los otros niveles.

Su estilo de educar se caracterizó por la intención amorosa –expresada en los métodos de enseñanza que defendió y utilizó– de desarrollar en los niños la imaginación, la independencia de pensamiento y la creatividad, pero ¿cómo lo hacía? Siempre que el contenido de enseñanza lo permitía realizaba con sus alumnos “viajes imaginarios” a otros países, lo cual requería que, previamente, los niños se prepararan para los mismos indagando sobre la geografía y la cultura del país en cuestión. Así, don Pepe procuraba estimular la sana fantasía. Cuando se trataba de Cuba, comenzaba por el estudio de la localidad, es decir, aplicaba la teoría del Heymat de Alejandro de Humboldt, e ingeniosamente procuraba proporcionarles conocimientos de la historia patria sin que, por supuesto, pudiera aparecer como asignatura en el plan de estudios.

Don Pepe conducía la clase de modo que los niños no temieran expresar las ideas; si erraban al contestar no les decía “estás mal”, sino “hoy no pudiste llegar a donde debías, pero mañana lo lograrás”. Enseñar a pensar y en qué pensar, educar en el patriotismo y para el patriotismo fue, para él, y coincidiendo con el padre Varela, una preocupación central de su trabajo diario. Insistió en que no era necesario hablarles de política a los niños porque tenía la convicción de que si se sembraba en ellos el sentimiento de la justicia, el sentido del deber y el amor a la patria, serían capaces, ya hombres, de cumplir con sus deberes para con la familia, la sociedad y la patria. La literatura era, a su juicio, una vía eficaz para fomentar las virtudes cristianas y cívicas, esforzándose para que sus alumnos aprendieran, leyeran y valoraran lo cubano sin desconocer lo universal, e insistía a los maestros en la necesidad de llegar en las lecturas a la esencia del mensaje moral, y destacar el valor cultural de las obras que estudiaban.

En síntesis, se aprecia en la labor de los pedagogos evocados la vinculación del ideal educativo a un proyecto político encaminado a lograr el desarrollo cultural y económico de Cuba, y su independencia. El estilo de educar de estos hombres, fundadores de la pedagogía cubana, evolucionó en correspondencia con el devenir histórico, observándose en ellos el afán por la formación de hombres patriotas, cultos, poseedores de los valores cristianos y morales que integraron sus propias vidas; hombres, en fin, que tuvieran un pensamiento independiente, libre y democrático.
No estoy segura de que todos mis colegas, los maestros de estos tiempos, recuerden que las categorías cultura y educación andan en nuestra historia cogidas de la mano. En este sentido recuerdo una conferencia magistral del doctor Armando Hart Dávalos que tuve el placer de escucharle hace alrededor de 20 años. En esa ocasión, el doctor Hart reflexionaba que, a partir de 1868, nación, educación y cultura integraron una unidad indisoluble conformando la con-ciencia nacional con proyección científica y universal, “y en esto ha sido motor, centro y corazón la escuela cuba-na (...) Maestro fue el poeta Heredia: poeta fue el maestro Rafael María de Mendive; maestro, escri-tor, poeta y combatiente revolucionario fue José Martí; educador, ensa-yista, estudioso de los problemas de la Filosofía, escritor brillante fue Enrique José Varona (…) Enseñando a leer a los cubanos cayó en San Lorenzo el Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes, quien antes de alzarse en la manigua había compuesto hermosos versos…”, y me atrevo a añadir, para recordar a cubanos más cercanos cronológicamente, a María Luisa Dolz, Mirta Aguirre, Vicentina Antuña, Hortensia Pichardo, Fernando Portuondo, Roberto Agramonte y Jorge Mañach, entresacados por memoria de una lista interminable de hombres y mujeres ilustres. “Parecería –regreso al doctor Hart– como si de la escuela cubana brotara, natural y espontáneo, lo mejor, más puro y más limpio del quehacer literario, artístico y cultural”.1
Hortensia Pichardo.
Hortensia Pichardo.

Siempre que pienso en las cosas de Cuba –¡y la pienso!– necesariamente agradezco a mis padres, ya difuntos, el esfuerzo por proporcionarme buenos maestros y libros propios, no de uso sino de primera mano, para leer y estudiar. Indefectiblemente acuden a mí rostros y nombres entrañables…En esta ocasión, con más fuerza, la doctora María Luisa Rodríguez Colombié, mi inolvidable profesora de Literatura Cubana, por la ejemplaridad de su magisterio, acompañada dignamente por la distinción y elegancia sobria que caracterizaban su belleza de cubana… No recuerdo que nadie más nos hablara de la conducta culta que para ella significaba, y así lo decía, manifestar en la actuación de cada día la cultura del espíritu porque ser culto, insistía, no es solamente leer mucho y conocer las obras y los nombres de los grandes pensadores, escritores y artistas cubanos y universales; ser culto es mucho más –evoco sus palabras–, significa ser cortés, cordial, sincero, socorrer al prójimo si lo necesita, vestir correctamente de acuerdo a la hora y lugar, desechar la vulgaridad en la expresión, hablar en tono adecuado, respetar para que nos respeten, rechazar la mentira y la maledicencia, en fin, llevar a la práctica todo lo bueno y bello que aprendemos en los libros.

Referencia:
1. Hart Dávalos, Armando. Conferencia magistral publicada por la revista Educación y Cultura, no. 100/80, pp. 36-51.

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