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ECONOMÍA

 
Otra universidad para todos
por Orlando Freire Santana

Durante la reciente Cumbre Iberoamericana celebrada en Santiago de Chile, al margen de la ya famosísima polémica entre el presidente de Venezuela, Hugo Chávez y el monarca Juan Carlos de Borbón, así como de la defensa ulterior que del honor de José María Aznar hiciese el premier José Luis Rodríguez Zapatero, los televidentes cubanos presenciamos desde las salas de nuestros hogares una conferencia mesurada y sabia acerca de cómo conducir la economía de una nación por el camino del éxito. Claro, me refiero a la intervención inicial del Presidente del Gobierno de España.

Para las personas que siguen las clases del curso titulado “Tendencias actuales de la economía mundial”, el discurso de Zapatero se apartó de las enseñanzas emanadas de ese espacio de Universidad para Todos, el cual preferentemente trata de las críticas a la globalización y la Organización Mundial del Comercio, las subvenciones de los países ricos a sus productores agrícolas, las crisis financieras capitalistas, la deuda externa de América Latina, los altos precios del petróleo y las nuevas evidencias del cambio climático.

En primer término resaltó en las palabras del líder del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) el no asomo de dogmatismos. Él representa a una izquierda moderada y moderna que cree en la eficacia de la propiedad privada y la economía de mercado. Pero, a diferencia de los defensores a ultranza del modelo neoliberal, destacó la necesidad de la acción del Estado para mediar entre los distintos actores económicos, así como para dispensar programas sociales de beneficio popular. Incluso, no criticó a aquellos que piensan que la estatización es el remedio para los males de América Latina. Simplemente aclaró que la realidad española de los últimos treinta años lo llevaba a opinar en sentido contrario.
Un momento medular en la intervención del señor Zapatero fue cuando aseveró que el salto económico dado por su país obedeció, en lo fundamental, a un esfuerzo mancomunado de la propia sociedad española, con independencia de que en el exterior actuasen fuerzas a favor o en contra de semejante empeño. O sea, cuando en 1976 la naciente democracia española se propuso alcanzar el nivel de desarrollo de las principales naciones europeas, hubo conciencia de lo perentorio de dotarse de instituciones, leyes y estrategias económicas acordes con las que regían en dichos países, y así sacar a España de esa especie de semiaislamiento que padeció durante el régimen franquista.
Imagino que ese planteamiento de Zapatero, que en cierto sentido pudo interpretarse como una recomendación a sus colegas allí presentes, no resultara del agrado de muchos de ellos. Aparte de la no coincidencia en cuanto a las políticas económicas, los líderes de la izquierda radical del continente no aceptan el enfoque del jefe del Gobierno español que no culpa a otros de sus posibles fallas, ya que ellos con frecuencia atribuyen los pesares de América Latina a los desiguales términos de intercambio, intentos de desestabilización política, bloqueos económicos y otras acciones ejecutadas por los centros de poder.


 
José Luis Rodríguez Zapatero.
José Luis Rodríguez Zapatero.
Hay que recordar la tan difundida Teoría de la Dependencia, que autores como Raúl Prebisch, Celso Furtado y Fernando Henríquez Cardoso –sin embargo, cuando después fue presidente de Brasil casi se olvidó de ella– elevaron a los primeros planos desde mediados de la centuria anterior. Era un cuerpo teórico que aconsejaba a los países latinoamericanos (la periferia) cerrar lo más posible sus economías al intercambio con las naciones industrializadas (el centro), al estimarse que esa relación operaba como la principal causante del subdesarrollo de los primeros.
Por otra parte, en los salones de la Cumbre resonaron las palabras del presidente Chávez, que dedicó gran parte de su discurso a culpar a la administración norteamericana y al entonces gobernante José María Aznar por haber apoyado el intento de golpe de Estado en el año 2002. O la delegación cubana, como siempre colocando el bloqueo de Estados Unidos en el centro de las dificultades económicas y financieras que atraviesa la Isla. Entre paréntesis, de no ser por las Leyes Torricelli y Helms Burton que pueden afectar los vínculos de Cuba con terceros países, en el plano bilateral el bloqueo –o embargo– tiende a transformarse en una pieza de la mitología oficial cubana. Los Estados Unidos se han convertido en uno de los principales vendedores de alimentos a la Isla, y cada año resulta apreciable la cantidad de empresarios y hombres de negocio de ese país que participan en la Feria Internacional de La Habana.  
De izquierda a derecha, los presidentes, de Colombia, Álvaro Uribe; de España, José Luis Zapatero; de Venezuela, Hugo Chávez, y de Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva durante la Cumbre de Puerto Ordaz,
De izquierda a derecha, los presidentes, de Colombia, Álvaro Uribe; de España, José Luis Zapatero; de Venezuela, Hugo Chávez, y de Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva durante la Cumbre de Puerto Ordaz, Venezuela, en marzo de 2005.

Y bien, ¿qué estrategia económica pudo exhibir el presidente Zapatero que le posibilitara a España acceder en tan solo treinta años a un sitial que a la muerte de Franco se pensaba que tardaría no menos de medio siglo? En primer lugar es digno de atender el vuelco que experimentó la economía española, sobre todo a partir de la firma en 1985 del Tratado de Adhesión a la Comunidad Europea. En ese momento se reafirmó la opción del modelo de economía abierta basado en los siguientes principios: el logro de la estabilidad interna; la apertura frente al exterior en los intercambios de bienes, servicios y capitales; la implantación de la competencia en los mercados internos; y por último la modernización del sector público.

El advenimiento de la democracia, con el olvido de viejas rencillas entre todas las posiciones que constituían el espectro político peninsular –desde los comunistas hasta los monárquicos–, sentó las bases para la aparición de instituciones que propiciaron un clima de estabilidad y confianza en el marco de la Ley. Solo así fluirían hacia España las inversiones con el capital y la tecnología necesarios para el gran despegue. La apertura económica frente al exterior, por su parte, fue una decisión valiente y arriesgada, ya que renunciaba a proteger las empresas ineficientes para luchar por la eficiencia de las restantes; todo acorde con el principio que Thomas Friedman en su obra Tradición versus innovación(1) calificaba como “destrucción creativa” del capitalismo. Como corolario de lo anterior, permitir que el mercado desempeñe el rol fundamental en la economía interna. Y como complemento de lo expuesto hasta aquí, velar por que la labor del Estado se identificara con un sistema fiscal eficiente, la lucha contra la corrupción, y el freno al déficit presupuestario.

Atrás quedaban los tiempos de aquel modelo económico proteccionista o castizo, implantado a partir de la Restauración borbónica de 1875, reforzado durante el gobierno de Cánovas del Castillo, y que de una manera u otra se mantuvo presente en España a lo largo del siglo XX. Un modelo cuyos pilares eran la protección arancelaria, la excesiva intervención del Estado en la economía y, en consecuencia, el mantenimiento de un sector público mayúsculo y atrasado, propenso al déficit presupuestario y errático a la hora de cobrar los impuestos que precisaba la sociedad.

Entonces no debió extrañar que un día después de finalizada la magna reunión, el periódico Granma (2) reflejara que “con dolor profundo se escucharon los discursos que desde posiciones tradicionales de izquierda se pronunciaron en la Cumbre Iberoamericana en Santiago de Chile”. Si me preguntaran, diría que tal vez Rodríguez Zapatero no apuesta por la propiedad privada y el mercado tomando en cuenta el elemento moral, sino desde la perspectiva utilitaria. En resumidas cuentas, si nos atenemos al punto de vista marxista de que la praxis es el criterio de la verdad, nadie podría objetarle al Presidente del Gobierno español su pertenencia a las filas de la izquierda.

Referencias:
(1). Friedman, Thomas. Tradición versus innovación. Editorial Atlántida, Argentina, 1999.
(2). Periódico Granma. Lunes 12 de noviembre de 2007 (Segunda Edición).