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29 Festival

por Arístides O ’Farrill

El gran silencio.
El gran silencio.


La diversidad de origen en los títulos mostrados en el vigésimo noveno Festival del Nuevo Cine Latinoamericano vino a corroborar lo que hace un tiempo se ha expresado a sotto voce: ya no se debe hablar de festival latinoamericano a secas. A partes iguales se exhiben, comentan y premian películas provenientes de diversas latitudes, mientras que temáticamente las películas fluctúan en la absoluta variedad.


El hecho de inaugurar el evento con la proyección de un filme norteamericano (Redacted, 2007, Brian de Palma) y clausurarlo con un documental anglo-alemán (Tierra, la película de nuestro planeta/ Earth, 2007, Alastair Fothergill, Mark Linfield), unido a que la película premiada con el primer coral (Luz silenciosa) estuviera interpretada por actores europeos de habla no castellana, ilustra la diversidad de la cita cinematográfica de diciembre.


FUERA DEL MUNDO


Vale comentar dos películas que hablan de una espiritualidad totalmente diferente a la que la mayoría de los cristianos intentamos practicar. Una de ellas fue el documental El gran silencio (Die Grosse Stille, Alemania-Suiza, Philip Groning), que se aproxima por primera vez en la historia con una cámara a La Grande Chartreuse, al convento donde surgió la orden monástica-católica de los cartujos. El documental sigue el día a día de estos monjes, al punto de lograr un hermoso y valioso testimonio de esta insólita forma de vida. Gracias a un encomiable trabajo visual y sonoro que tiene como apoyatura el contraste entre el silencio voluntario de los monjes y los ruidos ambientales, el filme logra entregarnos una singular visión del encuentro con el Absoluto, del poder sanador de la oración y del silencio ante Dios. De las múltiples secuencias a resaltar prefiero la del avión que sobrevuela a lo lejos del convento y simula una nave espacial para sugerir lo “fuera de este mundo” que está la realidad retratada; o los close-ups a los diferentes monjes, muchos hombres jóvenes y vigorosos que han renunciado a una “vida normal”.

El gran silencio llega a convertirse en un excesivo metraje, tan reiterativo que por momentos exaspera. Ello causó –no sin razón– el desconcierto y posterior abandono de los no avisados espectadores que colmaron el multicine Infanta.
Ofrecido en función exclusiva, El gran silencio queda como testimonio artístico y único de una realidad que escapa a cualquier raciocinio elemental, pues para nuestro mundo de ruidos, resulta insólita una propuesta como ésta y mucho más una opción de vida como la presentada.

Sorprendente y polémico fue, a su vez, el filme Luz silenciosa (Stellet Licht), el más reciente trabajo del mexicano Carlos Reygadas. El director sitúa una historia de adulterio y culpa en una comunidad menonita ubicada en el norte de México. Luz silenciosa es una película controversial tanto temática como formalmente. Su tesis puede remitirnos al texto evangélico: “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia”, es decir, tras una gran falta viene un gran perdón, pues Dios se vale de renglones torcidos para llevarnos a la redención. Pero el filme también puede querer plantearnos los peligros de una religión excesivamente rígida que coarta la libertad humana, el derecho a elegir. Ante la rigidez de cualquier postulado religioso, aun cuando sea doctrinalmente aceptado, Dios decide saltárselo y ofrecer su gracia y su luz. Desde el punto de vista estético, se trata de una cinta también polémica que dividió a espectadores y críticos. Algunos la consideraron una obra maestra por su indiscutible belleza visual y lo inusual de su propuesta. Otros la detestaron por su parsimonioso ritmo que intenta conjugar el tempo cinematográfico con el tempo de vida de los menonitas, pausados y poco dados a las reacciones humanas habituales. Creo que el filme tiene momentos de un lirismo sobrecogedor que logra con eficacia introducirnos de una manera poética en una realidad totalmente desconocida para la mayoría. A pesar de los planos y secuencias largos y tediosos, no se puede negar que Reygadas, con éste, su tercer filme, vuelve a lograr una obra polisémica que no deja indiferente a nadie.


EN ESTE MUNDO


Varios filmes con vocación universal se aproximaron a diversas problemáticas que, aunque con sus matices locales, nos afectan en cualquier parte del mundo. Matar a todos (premio SIGNIS y coral de guión), del uruguayo Esteban Schroeder, sigue una de las estructuras clásicas del thriller

judicial: una jueza de hierro (Roxana Blanco, coral de mejor actriz) que trata de desentrañar una oscura madeja alrededor de un químico chileno que sirvió a las dictaduras sudamericanas y está desaparecido en Uruguay. La jueza tendrá que enfrentarse a los poderosos de siempre que como es usual quieren esconder la verdad. Su integridad y su pasión por la justicia le llevan a enfrentar a su padre y hermano, ambos miembros de las fuerzas castrenses. Con una puesta sobria y sin efectismos, el filme trata de alejarse de convenciones al uso, aunque a ratos le falta garra, vigor narrativo y matices en la psicología de los personajes. Queda, eso sí, como un sólido testimonio de las dolorosas grietas que afectan a diversos países de la región, y que veinte años de democracia no han podido cerrar.

Situado en un contexto totalmente diferente y con una solidez estética envidiable el filme del veterano realizador francés
Matar a todos.
Matar a todos.
Claude Chabrol, La borrachera del poder (L´Ivresse Du Pouvoir). En esta ocasión, otra jueza de hierro (Isabelle Huppert, en un papel hecho a su medida) intenta poner tras la rejas a varios integrantes de un poderoso conglomerado empresarial. El título original alude tanto a los poderosos y arrogantes empresarios como a la propia jueza que con la autoridad que le es conferida termina embriagándose, al punto de descuidar a su familia con trágicas consecuencias y tomar medidas extremas contra los acusados. Al final ni ella misma sabe si está actuando por justicia o para alimentar su ego. Vanidad de vanidades. Como sugiere astutamente el filme, en los embrollos del poder siempre hay alguien más arriba que mueve los hilos.

El brasilero Cao Hamburger también retoma el tema de las dictaduras sudamericanas con la humanista El año en que mis padres salieron de vacaciones (O Ano que Meus Pais Sairam De Ferias, segundo premio coral). Se trata de una mezcla entre La vida es bella y Kamchatka. Pese a su falta de originalidad, esta historia sobre el fin de la inocencia en un pequeño niño descendiente de judíos, es cálida y amena, y se esmera en mostrar lo mejor del ser humano. En medio de la inseguridad y la pérdida temporal del hogar paterno, el niño descubre cómo en situaciones extremas se puede encontrar solidaridad desinteresada y amor fraterno. El filme resalta el valor de la fe religiosa. El año… es junto a Matar a todos, un filme necesario para el contexto latinoamericano. No se limita a recordarnos un pasado doloroso, expone valores humanos en medio de un festival en que varias de las obras en concurso insistieron en un pesimismo a ultranza o a mostrar lo peor del ser humano, así como a incidir en situaciones sin salida.

Venga todo esto a cuenta a propósito de Fiestapatria (mención especial del jurado), del chileno Luis R. Vera, un nauseabundo filme que coloca sin el más mínimo rigor en un mismo saco todos los males que puedan afectar a la sociedad chilena de hoy: la crisis de la familia, la fragilidad de la democracia, el reacomodo de la izquierda o el papel actual de la Iglesia. Todo esto mezclado y sin matiz alguno resulta un cóctel indigesto y falso. En una entrevista publicada en el diario del festival, el director expuso que su filme había sido calificado de antipatriótico. Y lo es. Hablamos de una película que sin intención terapeuta expone sólo lo malo del país y su gente.

Por el estilo, aunque menos pretenciosa fue La casa de Alice (A Casa de Alice, premio Ópera Prima), del brasilero Chico Teixera. Es un filme bien realizado conducido por una trama de interés: una mujer madura que no acaba de encontrar su lugar en su hogar; su esposo la engaña y sus tres hijos varones le hacen la vida poco llevadera. Narrada con buen pulso, la obra se nos presenta al servicio de una historia que intenta convencernos a la fuerza de la invalidez de la familia y de la imposibilidad de relaciones interpersonales sanas.

Tres estimables películas giraron alrededor de la culpa y la redención personal, el perdón y la verdad. Expiación (Atonement, Joe Wright), una superproducción épica-romántica inglesa con un reparto de lujo encabezado por los populares Keira Knightley y James McAvoy. Al margen de su deslumbrante y cuidada puesta en escena, de sus diálogos muy bien trabajados, el filme nos habla del sentido de la culpa, de cómo el pecado personal puede causar un daño irreparable en los demás, de cómo las medias verdades o las llamadas mentiras piadosas son siempre mentiras.

En una cuerda más minimalista y de thriller de suspenso, apareció otro filme inglés (Red Road de Andrea Arnold). Con un magnífico sentido del suspenso se sigue la historia de una meticulosa venganza, pero al contrario de otros filmes del mismo corte, Red Road da un inesperado giro al final para hablarnos de la fragilidad del ser humano, de ahí la necesidad de perdonar aún en un caso tan grave como el que presenta el filme: una madre que pierde por una negligencia irresponsable a su pequeña y única hija. A partir de esta situación extrema la película expresa la necesidad de la sanación interior y las inesperadas vueltas que da la vida.

El telón de azúcar.
El telón de azúcar.
Los caminos de la redención personal pueden ser insospechados. En la demoledora La vida de los otros (Das Leben Der Anderen, Florian Henckel von Donnersrmark) un meticuloso agente de la Staci (policía secreta de la ex RDA) alcanza el camino de la expiación a través de la sostenida labor de espionaje que realiza en la casa de un prestigioso dramaturgo alemán y su esposa, una popular actriz, considerados demasiados liberales para el régimen. Este siniestro y oculto acercamiento del oficial con los artistas, le descubre a sí mismo su humanidad en medio de un contexto deshumanizante. Descubre, poco a poco, que él es “un hombre bueno”. Von Donnersrmark nació en la RDA, y expresó haber realizado este filme porque notaba cierta nostalgia por aquel país artificial. La vida de los otros nos muestra en toda su crudeza aquella etapa de miedo, delaciones, chantaje, represiones, oportunismos y abusos de poder. Nada por lo cual sentir nostalgia.  

Por último, El telón de azúcar (Primer Coral Documental) es la aproximación más completa que he visto desde cualquier medio de comunicación a la primera generación de cubanos nacidos con la Revolución, aquella que empezó sus estudios en la década del 70 y que asumió su juventud llena de expectativas en los 80... Expectativas que se vieron truncadas en los 90. La realidad de entonces hizo que parte de esta generación se desperdigara por medio mundo, mientras que a quienes se quedaron (por opción o sin ella) los llevó a debatirse entre la confusión, la depresión y el escepticismo. Todos estos tópicos los analiza pormenorizadamente la realizadora Camila Guzmán Urzúa, hija del actor chileno Patricio Guzmán, a quien sus padres huyendo de la dictadura de Pinochet trajeron a Cuba con apenas dos años. Vivió entre nosotros como una cubana más y experimentó en carne propia todo lo que trajo consigo este período, hasta su partida a mediados de los 90. Es cierto que al documental le falta un mayor acabado artístico, como podría ser el uso de imágenes de archivo en contrapunteo con el presente, pero esto la Guzmán lo suple con las respuestas bien hilvanadas de los entrevistados. Ello exhibe un retrato muy acabado de lo que fueron y han sido estos años para aquellos habaneros de los 80, quienes con ciertas inquietudes culturales, en medio de la relativa solvencia económica, festivales o estrenos de cine, conciertos o lanzamientos de libros, iban displicentes soñando con un futuro mejor. Generación (la mía) que vivió lo mejor del proceso revolucionario desde el punto de vista económico y cultural, y hoy se encuentra en una ciudad, un país, que ha cambiado de manera radical, en una ciudad que se ha ido para no volver.
 

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