El doctor José Orlando Suárez Tajonera, profesor emérito del Instituto Superior de Arte (ISA) y desde hace años miembro del Centro de Estudios de la Arquidiócesis de La Habana, fue galardonado con el Premio Nacional de la Enseñanza Artística 2007, por sus más de tres décadas de dedicación en cuerpo, mente y alma a la docencia superior, tanto en la ínsula caribeña como en Iberoamérica.
En ese contexto académico por excelencia, el ilustre filósofo se ha consagrado con pasión a la enseñanza de la Estética; “hija legítima” de la scio mater, que el también profesor titular del Instituto de Danza “Alicia Alonso”, en la Universidad “Juan Carlos I”, de Madrid, define como “una disciplina teórico-metodológica, que ofrece no sólo un instrumento de análisis de los fenómenos estéticos y artísticos, sino que deviene arma de defensa de la creación y del creador”.(1) Con otras palabras, la Estética es la disciplina que estudia las leyes, categorías, códigos y principios en que se sustenta la belleza, cuyo claustro materno no es otro que el componente espiritual del inconsciente freudiano, (2) donde se forjan aquellas acciones que ennoblecen la inviolable dignidad del homo sapiens; de ahí que todo lo que contribuya –de una u otra forma– a elevar la condición humana es necesariamente bello.
|
El doctor Suárez Tajonera ha impartido conferencias, cursos, diplomados y maestrías en Filosofía y Estética en Cuba, España, Argentina y México, países donde ha desempeñado la función de tutor u oponente de tesis de maestría y doctorado en dichas disciplinas científico-humanistas. Es miembro activo de varias sociedades científicas cubanas y extranjeras y ha participado en innumerables eventos nacionales e internacionales, en los que ha representado cum dignitate a la mayor de las Antillas.
El laureado maestro nació –hace, en este mes de enero, 80 años– en Guanabacoa (la villa de Pepe Antonio). Allí recibió una educación familiar austera, pero no rígida, sustentada en el ejemplo vivo y basada –fundamentalmente– en sólidos principios martianos y ético-humanistas.
En el ambiente hogareño donde creció Suárez Tajonera, según nos comenta, “se pensaba que la
|
El doctor Suárez Tajonera en el extremo izquierdo de la foto. |
educación debía desarrollar no sólo el intelecto, sino la afectividad y la voluntad, y ello significaba despertar en el niño la necesidad del conocimiento, de la experiencia artística y el fortalecimiento de la responsabilidad, porque todo eso –y mucho más– es lo que introduce y desarrolla en el hombre la capacidad para el servicio”.(4) A lo que agrega: “… tal vez ese ambiente sui generis condicionó mi futura pasión por la filosofía, la música […], el teatro, y finalmente, la docencia”.(5)
Por consiguiente, el hecho –nada fortuito– de haber crecido en un medio donde prevalecían el respeto absoluto y el cariño incondicional, y el magisterio desempeñara una función vocacional “clave”, fue preparando intelectual, humana y espiritualmente al futuro profesor de Estética y Filosofía para ejercer la docencia universitaria, la cual, nos recuerda, “ha significado para mí como el afinamiento de ese gran acorde mente-espíritu que me entregó el sentido del respeto y la consideración absoluta a la otredad y me hizo comprender no sólo la estructura emocional innata del hombre y cómo relacionarme con esa esencia inmaterial de la personalidad; experiencia que me ha enriquecido en el ejercicio de la docencia pre y postgraduada, tanto a escala nacional como internacional …”.(6)
De su etapa como estudiante universitario, evoca –entre otros– a los doctores Felipe Sánchez, José Cantón, Raúl Roa, Pelegrín Torras, Julio Le Riverend, Ricardo Burguetti, “… maestros que no sólo daban su saber sino su sustancia espiritual”.(7)
De su estancia en la Península Ibérica, relata como “un verdadero milagro” el “descubrimiento de la familia Jiménez-Arrechea”, “seres fuera de lo común”, en quienes encontrara a la que llama su maestra espiritual: Doña Elena Arrechea, quien le transmitiera todos sus conocimientos sobre Matemática, Física, Química, Biología y Astronomía; “conocimientos que me permitieron sintetizar todo lo que yo había estudiado en mi vida. Desde entonces, el éxito que he tenido en la docencia se lo debo a ella”.(8)
Para el doctor Suárez Tajonera, el deber elemental de un maestro es enseñar a sus discípulos a dudar de lo que él está diciendo, porque dudar significa pensar. Por eso algunas de sus preocupaciones pedagógicas podrían reseñarse así:
· Propiciar que el estudiante desarrolle como una necesidad interna la idea de que su individualidad debe devenir personalidad, es decir, un ser único, irrepetible e insustituible.
· Contribuir al desarrollo de la cultura estética y llevar a la comprensión de que el arte es uno de los medios más potentes de la educación estética de la personalidad.
· Facilitar que los artistas jóvenes, mediante la adquisición de conocimientos actualizados acerca de la naturaleza del talento artístico, se convenzan por sí mismos de la importancia de ese “don” y su misión para la cultura.
· Ayudar a una mayor comprensión de los procesos de creación y percepción-recepción de la obra artística que le permitan ver no sólo lo visible, sino lo invisible de su estructura.
· En correspondencia con esos presupuestos, llevar a la comprensión de los estudiantes que la realidad de determinadas cosas, fenómenos y objetos no quedan agotadas por el hecho de que las percibamos con los sentidos, sino que poseen otro grado superior de realidad, que no se nos entrega a través de los órganos sensoriales conocidos hasta ahora, sino por esa facultad o capacidad espiritual de muy elevado rango, que se denomina “estimación”. Hacerles comprender que la “técnica” en el arte no se reduce al dominio perfecto de lo físico, sino que se trata de una categoría de máxima amplitud, que debe tocar los tres niveles que integran la personalidad: lo físico-somático, lo psíquico-mental o emocional y lo espiritual. Por lo tanto, es requisito indispensable que la técnica esté espiritualizada.(9)
De acuerdo con el doctor Suárez Tajonera, para que un crítico cumpla al pie de la letra los objetivos esenciales del martiano ejercicio del criterio debe: “ […] estar animado en todo y [ante] todo por el amor, que es lo que le permite ser un humano único e irrepetible, así como poseer sólida preparación técnico-general (incluida la filosofía), conocimiento ancho y lejano de las artes que critica y tener en su haber profundos conocimientos sobre la martiana ciencia del espíritu para que pueda ayudar no sólo al artista, sino también al público”.(10)
El primer latinoamericano graduado de Doctor en Ciencias Filosóficas ad honorem en el Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de Moscú, deja cada día en la mente y en el alma de sus discípulos del ISA una lección inolvidable: se debe “[…] aprender, sobre todo, a leer lo no visible, tener en cuenta que todo lo visible, concreto y funcional no es más que un ‘puente’ que se le tiende al homo sapiens para transitar hacia lo que está detrás de las apariencias, es decir, la expresión física de un contenido metafísico, que quiere decir descubrir en el contenido objetal un contenido espiritual-práctico…, único e irrepetible”.(11)
NOTAS:
(1). Suárez Tajonera, José Orlando. “Prólogo”, en Estética. Textos escogidos. La Habana: Editorial Pueblo y Educación, 1991, p. III.
(2). Sobre este tema véase Dueñas Becerra, Jesús. “Lenguaje artístico e inconsciente freudiano”, en: La danza vista por un crítico teatral. Arte danzario y periodismo cultural. La Habana: Ediciones Vivarium, 2006, pp. 18-19; Mannoni, Octavio. Freud. El descubrimiento del inconsciente. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión, 1984; y Freud, Sigmund. Obras completas. Madrid, Editorial Biblioteca Nueva, 1948 (tres volúmenes).
(3). Dueñas Becerra, Jesús. Una vida consagrada a la enseñanza artística. Entrevista al doctor José Orlando Suárez Tajonera. Librínsula (La Habana). 4 (182): 29 de junio del 2007 www.bnjm.cu/librinsula.
(4). Idem.
(5). Idem.
(6). Idem.
(7). Idem.
(8). Idem.
(9). Idem.
(10). Idem.
(11). Idem.
* Crítico y periodista. |
|