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Justo Señor, que de la sacra altura
Tu vista esparces por el orbe entero,
Y escuchas el acento lastimero
Del que llora, infeliz su desventura.
Tú por quien placentero, en la espesura,
Entona un himno el ruiseñor parlero,
¿No acogerás benigno mi sincero,
Inequívoco amor y mi ternura?
Yo te adoro, gran Dios, jamás mi labio
De tus santos preceptos murmurara,
Pues siempre te admiré sublime y sabio.
Espontánea es mi fe, tan verdadera,
“Que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
Y aunque no hubiera infierno te temiera”.
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La Muerte de Jesús
Ved a Jesús, al Redentor del mundo
Ignominiosamente mal tratado,
Pendiente de una cruz, acongojado,
Cubierto el rostro con el polvo inmundo:
Miradlo adolorido y moribundo
Cómo vierte la sangre del costado,
Para lavar la mancha del pecado
De ese pueblo inconstante y furibundo. Vedlo, ya expira: a su postrer aliento
Trema la tierra y se ennegrece el cielo,
La mar se eleva y se confunde el viento!
Todo es tristeza, lobreguez y horrores…
Llorad, mortales, con amargo duelo,
Que ya murió el Señor de los señores. |
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Llegó a las puertas de mi casa un día,
El cabello disperso, acongojada,
Una débil mujer, que recatada,
Con las manos el pecho se cubría.
Por sus mejillas pálidas corría
Un abundante llanto, y la cuitada,
Sin levantar su frente descarnada,
Un ¡ay! lanzó que el corazón partía.
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De un pánico terror sobrecogido,
Y por darle un consuelo en su tristeza,
La causa pregunté de aquel gemido.
Y al instante me dijo: A Dios implora
Que su ayuda te dé… Soy la Pobreza…
Te vengo a visitar; conmigo llora.
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