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San Juan Crisóstomo.
San Juan Crisóstomo

por fray Frank Dumois, ofm.


San Juan Crisóstomo forma, con san Atanasio, san Basilio Magno y san Gregorio Nacianceno uno de los cuatro grandes doctores de la Iglesia Oriental. Sin duda es uno de los gigantes del episcopado en la historia de la Iglesia, pese a que sólo lo ejercitó durante seis años (398–404). El nombre de “Crisóstomo” (“Boca de oro”) le viene de su arrebatadora elocuencia, con la que fustigaba el lujo insolente de los ricos y defendía vigorosamente la causa de los pobres; “Ten un asilo para Cristo. Di; esta es la habitación de Cristo. Hay reservado un lugar para los carros y para Cristo errante, ninguno”.

Nació en Antioquia (Siria) probablemente el 344, de familia rica. Segundo, su padre, ocupaba un cargo elevado en el ejercito imperial de Siria. Murió muy joven, y tuvo que encargarse de su educación su madre Antusa, viuda a los 20 años. Esta era una mujer excepcional y profundamente cristiana, que supo inculcar a su hijo el espíritu evangélico. El retórico sofista Libanio, lumbrera de Antioquia, expresó de ella: “¡Dioses de Grecia ¡qué mujeres hay entre los
cristianos!”. Libanio, pagano de pies a cabeza, maestro y amigo del emperador Juliano el Apóstata, había iniciado al joven en el cultivo de las letras y estaba orgulloso de la aplicación de su discípulo, al que pensaba atraer al paganismo. Pero los consejos de Antusa le permitieron a Juan evadir su peligrosa influencia.

Aunque a los 20 años aún no había sido bautizado (según la lamentable costumbre de la época) se dedicó ardorosamente al estudio de la Sagrada Escritura, bajo la dirección de Diodoro de Tarso y de Melecio de Antioquía, que le bautizó hacia el 369. Poco después, Crisóstomo era ordenado lector y quiso renunciar a la vida del mundo, lo que no hizo por las súplicas de su madre. Muerta ésta el 375 se retiró a las montañas que rodean Antioquía y durante 4 años hizo vida de eremita , con y bajo la dirección de un viejo monje. Después buscando mayor perfección, se retiró solo a una caverna por 2 años. Las mortificaciones a que se sometió afectaron su salud y regresó a Antioquia donde le ordenó diácono Melecio (381) y realizó una gran actividad literaria. El 386, Flaviano, sucesor de Melecio en la sede de Antioquía, le consagró sacerdote y le dio el cargo de predicador.

En esa actividad se destacó como gran orador elegante y enérgico en la dicción, hondísimo en sus pensamientos y penetrador de la doctrina cristiana. La Iglesia principal de Antioquia resultaba pequeña para las grandes multitudes que deseaban oír a “boca de oro”.

Se proponía el mejoramiento o la reforma de las costumbres, por lo que insistía mucho en las obras de misericordia , en la limosna, la santificación de la familia, la educación de los hijos, la necesidad de la oración y de la frecuencia de los sacramentos (sobre todo de la Eucaristía) y de la obligación de apartarse de los espectáculos inmorales.
El 387, con motivo de un impuesto extraordinario, estalló en Antioquia una sedición popular .Las multitudes asaltaron la curia imperial, se maltrató al prefecto y se destruyeron las estatuas del emperador, la emperatriz y sus hijos. El emperador Teodosio I, católico, pero de carácter violento, pareció dispuesto a reprimir, y el pueblo estaba amedrentado. Entonces el santo pronunció sus célebres discursos de las estatuas, para imponer a todos serenidad. Entre tanto, el patriarca había ido a Constantinopla a pedir perdón. Estos sermones son un monumento de oratoria sin paralelo en toda la Antigüedad.

Al morir Nectario, patriarca de Constantinopla, los sufragios de los obispos y del pueblo, fueron unánimes para nuestro santo, que al resistirse a aceptar el cargo fue tomado por sorpresa y llevado a la fuerza a la capital. Su consagración como obispo de Constantinopla la realizó Teófilo de Antioquia el 398, cuando Juan tenía 54 años. Enseguida se puso a trabajar para socorrer a los pobres (creando albergues para ellos) y para, eliminar lujos y abusos entre el clero y los monjes.

A los sacerdotes les prohibió las agapetas, mujeres que les ayudaban en las tareas apostólicas pero que dieron lugar a muchos abusos. A los monjes que recorrían continuamente la ciudad, les impuso la retirada a los monasterios. Celo tan ardiente le deparó entusiastas admiradores y poderosos enemigos. El asilo que le concedió al eunuco Eutropio, que había caído en desgracia del emperador; los dos discursos que pronunció en esta ocasión acerca de la vanidad de las riquezas y de las potencias del mundo; los monjes que había devuelto a sus celdas y las vanidosas a las que había condenado en su lujo insolente acumularon la tempestad que estallaría contra él .

Tres fueron los principales autores del drama, el débil emperador Arcadio, que había sucedido a su padre Teodosio I; la orgullosa emperatriz Eudoxia, favorable a los arrianos, y el intrigante patriarca Teófilo de Alejandría. La ocasión fue una homilía en que Juan habló de la impía reina Jezabel del Antiguo Testamento, que se estimó una alusión a la emperatriz. Después se le acusó de origenismo(1) y en el Concilio llamado de la Encina”, celebrado cerca de Calcedonia se procedió a juzgar al Crisóstomo en su ausencia.

Teófilo presidió el concilio. Arcadio lo condenó al destierro. Salió de la ciudad, despedido por una enorme muchedumbre que, aclamándolo con entusiasmo y con lágrimas, convirtió la partida en verdadero momento de victoria. Una vez salido, el pueblo protestó del decreto enérgicamente. La corte no durmió en paz; y a los pocos días un terremoto sacudió la capital causando graves desperfectos. La emperatriz Eudoxia, supersticiosa, creyó ver en ello un castigo del cielo y pidió enseguida el retorno del Patriarca.

Sin embargo continúo la hostilidad, y fue de nuevo desterrado, a una ciudad de Armenia menor. El viaje era largo y penoso y la instalación muy dura. Mientras tanto los partidarios del obispo eran perseguidos cruelmente. Juan apeló al papa Inocencio I, que rompió la comunión con sus adversarios, pero no logró su retorno. Sus fieles de Constantinopla lo visitaban frecuentemente y su creciente popularidad hizo que el emperador diera orden de trasladarlo a una ciudad alejada al pie del Cáucaso, a orillas del Mar Negro. Pero no llegó a su destino. Murió de agotamiento en Comana (Turquía) el 407. Su muerte produjo la mayor desolación en Constantinopla y las demandas constantes de sus fieles logran el traslado de sus restos a esta ciudad el 438 y depositarlos en la Iglesia de los Santos Apóstoles. El Concilio de Calcedonia (451) lo proclamó oficialmente como uno de los grandes “Padres” de la Iglesia.

La obra literaria de San Juan Crisóstomo es inmensa y entre los Padres de la Iglesia griega, excepto Orígenes, nadie ha escrito tanto como él.

Como muestra de su estilo veamos la homilía que pronunció cuando se le condenó al destierro.

“Muchas son las olas que nos ponen en peligro, y una gran tempestad nos amenaza; sin embargo, no tememos ser sumergidos porque permanecemos de pie sobre la roca. Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca; aunque se levanten las olas, nada podrá, contra la barca de Jesús. Decidme, ¿qué podemos temer? ¿La muerte? Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. ¿El destierro ?Del Señor es la tierra y cuanto la llena. ¿La confiscación de los bienes ?Sin nada vinimos al mundo y sin nada nos iremos de él. Yo me río de todo lo que temible en este mundo y de sus bienes. No temo la muerte ni envidio las riquezas. No tengo deseos de vivir, si no es para vuestro bien espiritual. Por eso, os hablo de lo que sucede ahora exhortando vuestra caridad a la confianza.

¿No has oído aquella palabra del Señor; donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos? Y, allí donde un pueblo numeroso esté reunido por los lazos de la caridad, ¿no estará presente el Señor?
Él me ha garantizado su protección, no es en mis fuerzas que me apoyo. Tengo en mis manos su palabra escrita. Este es mi báculo, esta es mi seguridad, este es mi puerto tranquilo. Aunque se turbe el mundo entero, yo leo esta palabra escrita que llevo conmigo porque ella es mi muro y mi defensa. ¿Qué es lo que ella me dice? Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Cristo está conmigo, ¿qué puedo temer?

Que vengan a asaltarme las olas del mar y la ira de los poderosos; todo eso no pesa más que una tela de araña. Si no me hubiese retenido el amor que os tengo, no hubiese esperado a mañana para marcharme. En toda ocasión yo digo: “Señor, hágase tu voluntad; no lo que quiere éste o aquél, sino lo que tú quieres que haga”. Éste es mi alcázar, ésta es mi roca inamovible, éste es mi báculo seguro. Si esto es lo que quiere Dios, que así se haga. Si quiere que me quede aquí, le doy gracias. En cualquier lugar donde me mande, le doy gracias también.

Además, donde yo esté estaréis también vosotros, donde estéis vosotros estaré también yo; formamos todos un solo cuerpo, y el cuerpo no puede separarse de la cabeza, ni la cabeza del cuerpo. Aunque estemos separados en cuanto al lugar, permanecemos unidos por la caridad, y ni la misma muerte será capaz de desunirnos. Porque, aunque muera mi cuerpo, mi espíritu vivirá y no echará en olvido a su pueblo.

Vosotros sois mis conciudadanos, mis padres, mis hermanos, mis hijos, mis miembros, mi cuerpo y mi luz, una luz más agradable que esta luz material. Porque, para mí, ninguna luz es mejor que la de vuestra caridad. La luz material me es útil en la vida presente, pero vuestra caridad es la que va preparando mi corona para el futuro”.

Nota:
(1). Orígenes: Exégeta y teólogo de la Iglesia griega (¿185-¿252), de la escuela de Alejandría. Defendió la preexistencia de las almas.

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