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GRACIAS,
Ramoncito
por Perla Cartaya Cotta
La vida de Don Ramón Junco Sterling, el hombre bueno que despedimos para siempre el 30 de diciembre de 2007, está profundamente vinculada a la historia de la parroquia del Espíritu Santo y a su comunidad.
Ramoncito, hijo de Federico y Juana, nació el 31 de agosto de 1905 en una ciudadela de la calle Compostela no. 156 ½ altos, esquina a San Isidro. De familia muy humilde y católica practicante, su padre trabajaba en la iglesia del Espíritu Santo. Cursó la enseñanza primaria en las escuelas San Luis Gonzaga (anexa a esa iglesia) y Hoyo Junco; después le ofrecieron una beca para estudiar magisterio, pero él la rechazó porque quería ser sacerdote, aspiración que no logró debido a cosas de la época. Como era común entonces, comenzó a trabajar a los 13 años de edad en una joyería, con un salario de veinte centavos semanales, pero su primer esfuerzo de |
cada día era ayudar a su padre, que era sacristán en la misa mañanera. A partir de 1920, trabajará únicamente y para siempre en la añosa iglesia que tanto amó.
Sus evidentes aptitudes musicales y su férrea voluntad le permitieron estudiar el trombón, el violín, el órgano y el piano. Y desde hace muchos años, hasta tres o cuatro días antes de fallecer, cantó y tocó el órgano, todos los días, en la misa de las nueve de la iglesia de la Merced.
Con el tiempo se enamoró de Clara Valdés Domínguez, quien cantaba en el coro de la iglesia, y se casaron el día 17 de septiembre de 1956 en misa de velaciones. Unión feliz bendecida por tres hijos buenos –Ramón, Ladislao y Efrén–, que sólo fue quebrada por el fallecimiento de Clara el 28 de junio |
de 1996.Ramoncito recibió todos los sacramentos en la misma parroquia. Y en ella se desempeñó en variados oficios, además de ser el archivero (el más antiguo de Cuba) y sacristán casi hasta el último aliento de su vida. Muy querido por todos los párrocos asignados al Espíritu Santo, pude observar que lo unió a su último párroco, padre José Miguel Gómez (el número 14 a partir del siglo XX), una relación muy sólida basada en el amor a la Iglesia, la consideración y el respeto mutuo.
Tuve el honor de trabajar durante algún tiempo junto a Ramoncito en la parroquia del Espíritu Santo. A su lado aprendí muchas cosas de la Iglesia y de la vida; de él recibí muy buenos consejos y orientaciones que nunca olvidaré. Y hoy lo lloro como merece el mejor amigo que el Señor me otorgó. Creo que llegué a conocerlo profundamente. Por él y para él escribí Por la calle de los misterios. |
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Ramoncito fue un hombre de vida tan plena como el tiempo que vivió. Hombre de genio fuerte y de sereno espíritu. De ejemplar consagración laical a la Iglesia. Excelente amigo y trabajador incansable. Discreto sabiamente. Inclaudicable en sus principios. De palabra veraz y austera. Pulcro en el vestir y en la apariencia personal. Reservado sin fisuras. |
Ramoncito junto a su párroco, padre José MIguel González. |
Cuidadoso en el decir. Combativo ante todo lo que pudiera lesionar la fe o el culto. Humilde desde el corazón. Honesto como ya van quedando pocos. Orgulloso de ser habanero. Rechazaba las habladurías. Jaranero y respetuoso. Padre exigente y abuelo tolerante. Hombre callado y sincero que, sin otra compañía que el amor, cuidó la parroquia del Espíritu Santo durante los años que se mantuvo cerrada debido a su última restauración. Miembro de la Archicofradía del Espíritu Santo y presidente de la Conferencia de San Vicente de Paúl, mientras ésta funcionó.
A su lado estuve cuando su iglesia se vistió de gala los días 30 y 31 de agosto de 2005 para celebrar el centenario de su nacimiento. Compartí su emoción, y la de todos, cuando nuestro arzobispo, cardenal Jaime Ortega Alamino, le entregó la medalla Pro Ecclesia et Pontífice concedida por el Papa Benedicto XVI, que yo sé estaba entre sus recuerdos más queridos, vinculado al de la mañana del 25 de enero de 1998, ocasión en que recibió la comunión de manos del Santo Padre Juan Pablo II. Y junto a su féretro estuve el tiempo que me fue posible cuando fue tendido al abrigo de aquellas viejas paredes que tanto cuidó y amó.
Ramoncito entregó su espíritu el 29 de diciembre de 2007 a las once de la mañana, su vida se fue apagando poco a poco, como una vela, sin gesto alguno que expresase dolor. Sus honras fúnebres tuvieron lugar allí, en la iglesia a la que dedicó su vida, rodeado del cariño de todos, con la presencia casi permanente de su párroco, quien se esforzó para que todo quedase como el finado merecía. En un momento de conversación privada, el padre José Miguel, con contenida emoción me dijo: “alguien más que interceda por nosotros ante el Señor”. El día 30 a las dos de la tarde |
presidió la Misa solemne Su Eminencia, cardenal Jaime Ortega Alamino, y concelebraron el obispo auxiliar Juan de Dios, monseñor Carlos Manuel de Céspedes y García Menocal, el párroco José Miguel Gómez y los padres paúles de la iglesia de la Merced. De allí partió el cortejo fúnebre hasta el camposanto, y ya en la Capilla pronunció el Responso monseñor Petit, obispo auxiliar de La Habana. Nuestro arzobispo, cardenal Jaime Ortega y Alamino, rodeado de los familiares de Ramoncito y de una emocionada concurrencia, pronunció las últimas oraciones por su descanso eterno en el Panteón de la Archicofradía del Espíritu Santo. Ya de retirada, en conversación privada con el padre José Miguel, el Cardenal dijo que Ramoncito “era un hombre que tenía algo muy especial”.
Le agradezco a Don Ramón Junco Sterling el ejemplo de su vida. Y al Señor la gracia de habernos otorgado su presencia durante algo más de un siglo. |
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