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Regalo de una larga vida

por Miguel Saludes

En la celebración de sus 102 años, junto al cardenal Jaime Ortega.
En la celebración de sus 102 años,
junto al cardenal Jaime Ortega.

El pasado 29 de diciembre falleció en La Habana Ramón Junco Sterling. Dios escogió una fecha significativa para llamarle. Su partida coincidió con la fecha en que el calendario católico recuerda a Santo Tomás Becket. Este modelo de santidad tiene puntos comunes con quien llegó a ser persona de confianza absoluta en la Iglesia cubana, reconocimiento avalado por los dos purpurados que ha tenido Cuba. Discreción, fidelidad, obediencia, bondad, respeto y constancia en la fe, eran otras cualidades que le distinguían.

Vivió su vocación frustrada de sacerdote junto al sacramento del matrimonio. Padre y esposo ejemplar, cumplió a cabalidad sus responsabilidades en el hogar y en las cuestiones eclesiales. Estas últimas eran prioritarias para él. Ni siquiera la edad avanzada o las enfermedades le impidieron cumplir con esos deberes. Es cierto que contó con la bendición de una salud envidiable. Con orgullo guardaba dos cálculos renales expulsados sin necesidad de medicamentos. Tenía entonces 40 años. El pinchazo de una inyección llegó cuando contaba medio siglo.

Ramoncito se lleva una existencia plena de historias interesantes. A veces hacía uso de una excelente memoria para dejar entrever lo que atesoraba en ella. Narraba acontecimientos que se remontaban a los tempranos años de la República. En su paso por la vida se cruzó con destacadas personalidades. Juan Gualberto Gómez, Ramón Grau San Martín, Eduardo Chivás, Fidel Castro, Pepín Rivero, Lezama Lima, Alejo Carpentier, Gastón Baquero, Gonzalo Roig, Olga Guillot, fueron algunas. Dentro de la Iglesia Cubana conoció a los cardenales Manuel Arteaga y Jaime Ortega, a la mayoría de sus obispos e innumerables sacerdotes. La impronta de muchos de estos religiosos quedó grabada en su mente. Entre todos distinguió a monseñor Ángel Gaztelu, a quien dedicó una entrañable amistad.

Otros hubieran sacado partido a tantas experiencias y remembranzas. Nada más fácil que volcarlas en un manuscrito. Eso está de moda. Pero Ramón prefirió guardar eternamente todos sus recuerdos indiscretos, manteniendo en hermética reserva aquellos sucesos comprometedores para terceras personas. En especial evitaba dar testimonios que consideraba dañinos para la Iglesia. Cuando alguna conversación caía en zonas que estimaba peligrosas, simplemente daba por terminada la tertulia. Si no dejó escritos, parece que con la música ocurrió algo diferente. Al menos una vez confesó haber compuesto cuatro misas. Era algo personal que no creía digno de dar a conocer. Por ello tal vez esas piezas, que pudieran inmortalizar su nombre, se hayan perdido. Pero Ramón Junco concebía la perennidad desde la dimensión cristiana. No buscaba reconocimientos particulares. La Providencia, previendo su sencillez extrema, hizo algo para que su figura se mantuviera indeleble cuando ya no estuviera físicamente. Dejó que de manera casual descubriera los restos venerables del obispo Jerónimo Valdés, desaparecidos durante siglo y medio. Un deseo ambicioso que no pudieron colmar destacados investigadores quedó destinado a Ramoncito. La historia del hallazgo ocurrido en 1936 no podrá ser hecha sin referencias a su persona.

Durante mucho tiempo la gente que le conocía se preguntaba cuál sería el límite que alcanzaría su edad. La respuesta nos llegó casi al finalizar el 2007. La respetable cifra de 102 no pudo ser rebasada. No volveremos a ver al sacristán, siempre vestido de traje, saludando con el gesto elegante de su mano o una leve inclinación de cabeza, a todo el que pasaba frente al umbral de su querida iglesia. El órgano del vecino santuario de La Merced debe estar extrañando los puntuales acordes de sus ancianas manos.

Ciertamente vivió una larga vida, pero es triste que no esté más. Hay longevidades que se agradecen. La de Ramón Sterling es un ejemplo.

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