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El nuevo puente de Sexto.
por Lázaro J. Álvarez.
"Crónicas del primer día" El cronista es un puente. Un lazo con todo aquello que el tiempo quiso ocultar, y que la impertinencia de aquel que escribe se empeña en rescatar.

Conozco a un cronista, a un hombre que me enseñó algo más acerca de las palabras que suelo emplear para ganarme el pan. Un escritor con manía de puente hacia esas historias que ha vivido. Es Luis Sexto, poeta y periodista, cuyo último libro: Crónicas del primer día, ya está en las manos de sus amigos y de desconocidos curiosos, para obsequiarles algunas de sus memorias, cocidas durante sus andares por esta Isla.

Allá, en el lejano extremo de Guanahacabibes, tierra de piratas y leyendas, “quimera del oro”, Sexto prestó oído a los cuentos de los lugareños, tocó la tierra y admiró sus prodigios. Más acá, en un cayo coronado por un faro al norte de Pinar del Río, probó el austero y delicioso manjar que la adusta señora del sitio preparó con premura para los hambrientos exploradores. Y otra isla, la del Tesoro, de Pinos y de la Juventud, cuyo despojo algunos creyeron muy sencillo en los primeros años de la República, le mostró un cementerio peculiar: el de “los americanos”, colonos llegados del norte, que en algún momento llegaron a igualar en número a la población nativa. El camposanto, podado, limpio, sobrio, es retrato de una época. Sexto da detalles. Las ambiciones yacen sobre el césped, mientras que sus dueños se marcharon hace ya mucho tiempo, para siempre.

El escribiente –se aprecia– posee un buen archivo de escenas, capturadas entre San Antonio y Maisí. Lo reconoce: “Aquellas temporadas o peregrinaciones por Cuba plantaron la raíz de mis letras”.

Sin embargo, además de registrar costumbres y bellezas, naturales o creadas por el ingenio criollo, Sexto anotó trazos de hombres, huellas que las biografías no captan. Las hay de Onelio, el cuentero mayor, quien a una pregunta sobre cómo concebía un relato, respondió en una ráfaga de granizo que “eso de escribir es un problema tan delicado como para estar inventando anécdotas”.

Cortante. Tiempo después, a una sugerencia de poder entrevistarlo con todo el tiempo del mundo, el narrador, ya de setenta años, resolvió: “Sí, está bien, pero demórelo bastante”. Y la demora fue insalvable.

Y de otros grandes hay tema. Del humanista José María Chacón y Calvo, con el que nuestro autor compartía de sillón a sillón sus primeros textos, trae este la no muy divulgada historia de que el propio 10 de marzo de 1952, el sátrapa llamó telefónicamente al prestigioso intelectual para que se hiciera cargo de la cartera de Cultura –y quizás para que se sumara de paso al desfalco del erario público que se avecinaba–. Pero el decoro venció muy fácilmente a la tentación. Amigo de Lorca, de Juan Ramón Jiménez y de Pablo de la Torriente, la vergüenza le brindaba solo una puerta de salida.

El locuaz Eddy Martin, compañero de viaje; el “medular, plástico y poético” periodista Fernando G. Campoamor, a quien Hemingway hizo merecer esos elogios en grado sumo, y el infatigable Compay Segundo, que obligó a París a mover la cintura a ritmo de Chan Chan –algo que Napoleón no hubiera logrado ni a punta de bayonetas–, viven y entablan amistad en estas últimas páginas de Sexto. Que por cierto, no serán las últimas en toda la extensión del término. Hay tanto que decir, que a él le resultaría una pena morirse ahora. O dejar de escribir, que es lo mismo.
Así, el puente está tendido. Como otros anteriores. Y Sexto va trazando nuevos planos.

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