por Miguel Sabater |
DEL OTRO LADO
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de la Feria |
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Durante algún tiempo la feria agropecuaria de Arroyo Naranjo se realizaba en la calle Porvenir, desde María Auxiliadora hasta la carretera de Managua, en La Palma. Ahora se instala en la avenida de María Auxiliadora, desde Porvenir hasta la Calzada de 10 de Octubre.
Como es habitual en ese tipo de eventos comerciales de fines de semana, se colocan tarimas y kioscos con ofertas agrícolas y gastronómicas, además de un par de bafles cuya permanente misión es atomizar el ambiente con música bailable desde temprano en la mañana.
La música, por cierto, ha pasado a ser un componente inevitable de la vida cotidiana. Se oye a todo dar en casas, guaguas, automóviles… También se ha convertido en una |
parte congénita de las ferias agropecuarias, donde funciona como una especie de imán cuyo magnetismo convoca la presencia de los clientes.
El agromercado tiene más diversidad de ofertas, pero son un poquito más caras. Solo un poquito. Sin embargo las ferias lo aventajan en que en ellas se puede pasar el rato.
—¡Vamos a la feria! –dice la gente con más ánimo de cambiar de aires que el de hallar significativas mejorías comerciales. Aunque uno sepa que allí encontrará casi lo mismo de siempre, lo importante es salir un rato de casa, echar el cable a tierra. De todos modos las ferias se agradecen.
Y en efecto, las ferias son una fiesta. Uno, de pronto, se alarma al ver a la gente cargando racimos de plátano en hombros o cochecitos. Da la impresión de que los platanales fueran a acabarse y que ese fuera el último día del plátano en La Habana.
Lo cierto es que entre racimos de plátanos y montañas de cebollas, otros productos en menor presencia y kioscos gastronómicos con cuatro mesas desiertas y algún payaso que ha aglutinado a más adultos que niños, va y viene la gente por María Auxiliadora con su vasito de ron, su planchado o su lata de cerveza sin que nadie repare que allí mismo hay una funeraria, la Maulines.
¡Le ronca al toro! ¿Y a quién le importa? Tal vez a los que están del otro lado, los dolientes. Pero, ¿qué pueden hacer ellos si los de afuera están literalmente llamados a divertirse?
El muerto al hoyo y el vivo al pollo, parece estar gritando esta escena, mientras la música campea por todos los ámbitos de la funeraria taladrando el alma de quienes precisamente no están para fiestas.
Poniéndole la tapa al pomo, en la misma esquina de María Auxiliadora y 10 de Octubre hay un cine cuyo nombre, en letras grandes, dice así: ALEGRÍA.
No juega la lista con el billete. La feria allí es como una trompetilla a la funeraria.
Pero estas cosas pasan, increíblemente, y contra ellas nada sucede.
Por una parte pretendemos formar conceptos y valores morales en niños y jóvenes. Sin embargo, este tipo de hechos los pulverizan. Vestimos un santo para desnudar a otro. Intentamos enseñar buenas costumbres en las escuelas, las difundimos por los medios de comunicación, y resulta que otros vienen y las pisotean. Educan más las acciones que las palabras. La sociedad tiene que funcionar en armonía con lo que predica, de lo contrario se corre el riesgo de promover conductas arbitrarias a las buenas costumbres, las que observamos desde siempre.
¿Cómo exigirles a niños y jóvenes valores morales que nosotros no sepamos o no quisimos exigirnos?
No se extrañe si le dicen que ahora mismo se consumen bebidas alcohólicas en ciertas funerarias mientras perdura el velorio, sin que los empleados tomen cartas en ese asunto. Y no es cuento. Está sucediendo.
Semejantes actitudes rompen lo auténtico y valioso de algunas de nuestras normas de conducta y comportamiento. No se corresponden, además, con lo que nuestras instituciones enseñan.
Prefiero pensar, como en verdad lo creo, que las autoridades que organizan este tipo de eventos en María Auxiliadora no se han dado cuenta de lo inconveniente de instalar allí la feria.
Ojalá nunca tuviéramos que estar del otro lado, sentado en uno de los pabellones de la funeraria Maulines para que tengamos que comprender que la feria allí es un insulto al dolor y al sagrado respeto que merece la muerte, no importa de quién, sino la muerte, un hecho con profundas implicaciones humanas. |
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