Milagro
en La Habana |
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por Julio García Luis* |
Después de unos días de benévolo invierno en Roma, allí estábamos, en una sala de espera de Fiumiccino, en medio de la habitual baraúnda de cámaras de video, computadoras y equipos del grupo de periodistas que viajarían con el Papa. Había electricidad en el ambiente. Veteranos de muchos periplos papales alrededor del mundo se movían ahora expectantes e inquietos. Era el 21 de enero de 1998, el siglo |
marchaba a su fin, y Karol Wojtyla se disponía a acudir a uno de los destinos más controvertidos, esperados y polémicos de su largo apostolado: lo aguardaban en La Habana.
Tres periodistas cubanos, Miguel Viñas, fotorreportero de Prensa Latina, Omar de la Cruz, camarógrafo de los servicios informativos de la televisión, y el autor de estas líneas, redactor entonces del semanario Trabajadores, habíamos sido invitados a formar parte del equipo de prensa que estaría junto a Su Santidad a lo largo de todo el programa de la visita.
Como era lógico, nos hicieron subir y acomodarnos primero en el airbus de Alitalia, acondicionado para el vuelo papal. Juan Pablo II llegó poco después y se instaló en su compartimiento, en la parte delantera del avión. No lo vimos, pero lo supimos de inmediato por la conmoción del personal a bordo. Yo no dejaba de preguntarme, y aún hoy lo recuerdo: ¿qué piensa él ahora? ¿Cuál es su ánimo ante los encuentros que le esperan? ¿Acaso será cierto que lleva un programa oculto, no pastoral, como objetivo de esta visita?
Habíamos despegado en Roma por la mañana, y en las primeras horas de la tarde, volando sobre el Atlántico, el Papa vino hasta la cabina que ocupábamos para una conferencia de prensa. Me admiró que a cada periodista le respondió con desenvoltura en su propia lengua. Se oía mal, por el ruido de las turbinas y porque en el reducido espacio no cabía un alma ni una cámara más, pero pude advertir la firmeza, no exenta de pasión, con que marcó el carácter de su viaje a Cuba, frente a la agenda superpolitizada y cierto afán manipulador de algunos representantes de la prensa. Estaba advertido de esto último, pero no pude evitar el sobresalto.
Aquellos cinco días fueron una prueba agotadora y todavía hoy los veo cruzar por mi mente como un torbellino de vuelos, horarios, recorridos y escasos momentos para redactar las notas que enviábamos a la prensa. Todo fue transmitido en vivo y en directo por la televisión, así que se trataba más bien de atrapar el sentido de lo que presenciábamos.
No teníamos aún la moderna terminal aérea, con sus facilidades de acceso a las naves, y Juan Pablo II tenía que subir y bajar cada día la alta escalerilla del IL-62 de Cubana en que realizó sus visitas a Santa Clara, donde ofició la misa dedicada al tema de la familia, a Camagüey, en que trató sobre la juventud, y a Santiago de Cuba, dedicada a la patria. Por la tarde tuvieron lugar los encuentros oficiales con el Gobierno, con el mundo de la cultura y el mundo del dolor. Todo culminaría en la gigantesca Misa de la Plaza de la Revolución, la mañana del domingo 25 de enero. Todavía Juan Pablo II hallaría fuerzas para entrevistarse con el episcopado, con representantes de otras iglesias y con religiosos y laicos católicos.
Fueron cinco días que conmovieron a la nación entera, aunque no en el sentido que esperaban algunos. Todos, los creyentes y los no creyentes crecimos por dentro durante aquellas jornadas. Nos hicimos posiblemente mejores, más humanos, más respetuosos y tolerantes. Nuestra autoestima como pueblo ascendió otro peldaño. |
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Juan Pablo II se ganó el corazón de cada cubana y cubano. Millones de personas lo arroparon en todos sus pasos por la Isla. La gente contemplaba y sentía la prueba de voluntad y sacrificio que daba aquel hombre ya anciano, de salud quebrantada, que al final de su vida era una llama íntegra. Recuerdo su encuentro con los enfermos y las monjas en el Santuario de El Rincón. Había estado por la mañana en el calor abrasador de Santiago y ahora por la tarde llovía en La Habana. Se le veía exhausto y era como la viva estampa del mundo del sufrimiento que venía a exaltar en sus palabras. Un coro de niñas quiso cantar, pero sobrecogidas por la emoción rompieron a llorar. La pianista acompañante, una muchacha, quedó con las manos detenidas sobre el teclado, anegada en llanto. El Papa las confortó con dulzura. En ese momento, ya yo no sentía sobresalto alguno: era uno más con el nudo en la garganta y los ojos húmedos.
El verdadero milagro de La Habana fue un milagro de amor. |
* Decano de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de La Habana. |
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