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Una petición hecha realidad.
Una petición hecha REALIDAD

por diácono Juan Carlos Urquijo y María del C. Sarmiento


Una petición hecha a monseñor Fernando Prego en los pasillos de la actual Casa Sacerdotal San Juan María Vianney mientras celebrábamos el Encuentro Nacional Eclesial Cubano se hizo realidad a los 12 años. Por esa época se rumoraba que Juan Pablo II vendría a Cuba. Teniendo esto presente le hice una solicitud a monseñor Prego, quien en aquellos días
fuera mi obispo: si el Papa viene a Cuba yo le pido poder estar cerca de él. Como respuesta obtuve silencio y una sonrisa picaresca. Él, a su vez, me hizo una petición: que en la asamblea del ENEC hablara sobre la ayuda y apoyo que la Iglesia Latinoamericana le había dado y estaba dando a nuestra Iglesia cubana.

Cuando comenzaron las sesiones yo cumplí con su pedido, pero nunca pensé que también él recordara el mío. Casi 12 años después, una tarde del mes de octubre de 1997, me llamó a su oficina para decirme que Juan Pablo II vendría a Cuba y que había pensado que en la misa que tendría lugar en Santa Clara, después de la lectura del Evangelio, subiera a besar el libro que sostendría el Santo Padre. Yo no esperaba ninguna de esas dos noticias, pero mi asombro fue mayor cuando me dijo que no iría solo, sino que también me acompañaría gran parte de mi familia. Su intención era mostrar que la transmisión de la fe en Jesucristo no se había detenido en las familias cubanas, por eso quería presentar al sucesor de Pedro tres generaciones: los nacidos a principios del siglo XX, los de mediados de éste y los nacidos después del año 1970 y que, aunque con grandes dificultades por la realidad social adversa en la Isla, familias como la nuestra habían logrado ser fieles al Evangelio. Por supuesto, no sólo con nuestro esfuerzo habíamos logrado esto, sino también con una alta dosis de ayuda del Espíritu Santo, quien ilumina de palabra y de obra cada momento de la vida familiar y social nuestra.


Fue un regalo inmenso, un privilegio –por así decirlo– que nuestra familia representara a las familias cubanas en tan inolvidable ocasión. Nuestra hija mayor, Carmen María, dice que estar cerca de Juan Pablo II fue algo extraordinario y maravilloso. Todos disfrutamos de esos momentos y esos días como días de gracia que el Señor tuvo a bien regalarnos a nosotros y a Cuba. Fue algo muy especial que vivimos con mucha esperanza y que marcó a nuestra familia para siempre. En la sala de nuestra casa están las fotografías del Santo Padre con cada uno de nosotros, no son sólo un recuerdo sino también un signo de la presencia de su mensaje y del proyecto que emana de sus palabras para las familias cubanas.

Las entrevistas con la prensa y las cadenas de televisión extranjeras, que enviaban desde la oficina de prensa en el Obispado de Santa Clara a nuestra casa resultaron un desafío para nosotros. A los periodistas les interesaban mucho dos aspectos: ¿por qué habíamos sido seleccionados y cómo nos habíamos mantenido fieles a Jesucristo y la Iglesia en medio de una sociedad marxista leninista de corte puramente ateo? Los de extrema izquierda preferían que no contáramos las dificultades que como cristianos habíamos tenido; aquellos de extrema derecha querían ser más agresivos y sólo les interesaba lo que pudiéramos decirles con relación a la realidad social, a la falta de libertades. En ambos casos dejaban a un lado la libertad que los miembros de nuestra familia habían ido ganando en sus colegios, barrio y trabajos y que les había permitido anunciar a todos los que nos rodeaban nuestro testimonio de fidelidad a la Iglesia. Por supuesto, siempre vinieron también otros que buscaban afanosamente la verdad de nuestra realidad, un poco difícil de entender para quien no la ha vivido. Agradecemos mucho la compañía de un periodista de Cuernavaca, México, que junto con su esposa, el día 22 de enero de 1998 nos recogieron temprano en la mañana para llevarnos hasta el punto de entrada para la misa, pues ellos buscaban enviar como noticia nuestros sentimientos, lo que brotaba de nuestros corazones a partir del acontecimiento que viviríamos.

Estar en la segunda fila frente al altar y el escenario donde se realizaría la Misa por las Familias además de ser un privilegio, fue también un espectáculo único que difícilmente se repita en nuestras vidas. Lo disfrutamos a plenitud, desde que llegamos allí fue una gran fiesta, no sólo para nosotros los cristianos sino para todo el pueblo creyente y no creyente que allí estuvo. Desde la línea del ferrocarril hasta la cercana loma del Capiro, como si fuera una grada natural, unos de pie y otros sentados en familias se congregaron para escuchar al Papa, para verlo pasar entre la multitud. Era la primera vez que un sucesor de san Pedro visitaba tierra cubana y en especial Santa Clara.

Llegó el momento en que tenía que subir en fila toda nuestra familia, formada por por los padres de María del Carmen, mi madre, nosotros dos, nuestra hija Carmen María y su esposo Fabio, nuestra segunda hija Ana del Carmen y su esposo Ariel y el menor de la familia, Carlos Daniel. Todos emocionados pasamos entre los dos miembros de la guardia suiza y emprendimos la subida mientras el coro cantaba “Gloria a Ti, Señor, aleluya”. Caminamos por delante del grupo de obispos que estaban hacia la derecha del Papa, y monseñor Prego nos miró con una sonrisa de felicidad, como diciendo: “lo logramos”. Todos, sin ponernos de acuerdo, tocamos las manos del Santo Padre al acercarnos a besar el libro de los Evangelios que él sostenía. Momento de solemnidad, alegría y mucha paz desbordaba de la mirada del Pastor de los pastores: Juan Pablo II. Yo le dije: “gracias por aumentar nuestra esperanza”. En total diez miembros de nuestra familia tuvimos ese privilegio, que se asumió también como compromiso. Si hoy hiciéramos lo mismo, seríamos cuatro
más, los nietos que nacieron posteriormente: María Fernanda, José Ariel, Mariángel y Ana Carla.

Aplaudir la llegada y la salida del Santo Padre fue muy emocionante y hasta pudiéramos decir que normal; eso era de esperar. Pero si algo llamó la atención del Papa fueron los aplausos a sus palabras en determinados momentos de la homilía. Él mismo reconocía que la asamblea allí congregada aplaudía los conceptos que iba proclamando. Arrancó aplausos al hablar de las crisis de las familias cuando viven en sistemas que “bajo la falsa apariencia de libertad y progreso, promueven e incluso defienden una mentalidad antinatalista”, y que se “llega incluso al aborto, que es siempre además de un crimen abominable, un empobrecimiento de la persona misma y de la sociedad”. Se ha reconocido por nuestra prensa cubana el bajo índice de natalidad y al mismo tiempo el consecuente envejecimiento de la población, factores que no se resuelven de momento;
Reclamar una “casa digna y un hogar unido”, para los matrimonios y familias fue otro de los enunciados presentados por el Santo Padre esa mañana.
cambiar una mentalidad por otra donde se vean los hijos como algo bueno y no como algo de lo que hay que defenderse lleva tiempo. Todos debemos constribuir en esto.

Otro momento con el que la mayoría nos solidarizamos fue aquel en el que presentó una de nuestras realidades más desgarradoras “la separación forzosa de las familias dentro del país y la emigración” que siembra dolor en una parte notable de la población; asignatura que aún hoy está pendiente por falta de una reflexión nacional. La emigración sigue un camino de deseos ascendente sobre todo en la mayoría de nuestra juventud, se ve como un buen camino de realización personal estar fuera de la Patria que los vio nacer. El Papa es audaz al presentar a Jesucristo como el camino para vencer estos males: “Jesucristo, su doctrina y su ejemplo de amor total que nos salva”.

Aplausos muy extensos se escucharon cuando anunció algo muy importante para el presente y futuro de nuestro país: “la familia, la escuela y la iglesia deben formar una comunidad educativa donde los hijos de Cuba puedan crecer en humanidad”. “No tengan miedo, abran las familias y las escuelas a los valores del Evangelio de Jesucristo, que nunca son un peligro para ningún proyecto social”. Cuando hoy, a los 10 años de su visita, repetimos este mensaje y lo hacemos nuestro, pueden mirarnos como algunos miraron al Santo Padre; como una persona de la cual había que defenderse o simplemente ignorar todo cuanto dijo. Cualquiera de las dos posturas es negativa en estos momentos para nuestra Patria. Existe una tercera que es la del diálogo entre padres de familias, maestros, profesores de todos los niveles de la enseñanza, religiosos, religiosas y clero en general, postura por la cual debemos apostar todos.

El Papa, consecuente con la verdad, anunció que los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos, y fue quizás para algunos atrevido cuando nos dijo: “… sin esperar que otros les reemplacen en lo que es su responsabilidad, deben poder escoger para sus hijos el estilo pedagógico, los contenidos éticos y cívicos y la inspiración religiosa en los que desean formarlos integralmente. No esperen que todo les venga dado. Asuman su misión educativa, buscando y creando los espacios y medios adecuados en la sociedad civil”. Los aplausos hicieron eco en la loma del Capiro, pero aún falta que esa exhortación se haga realidad en muchos padres cubanos. No basta aplaudir lo que dijo el Papa, hay que hacer y hacerlo bien. Hay padres y madres cubanos que ya hemos emprendido ese camino, pero nos falta mucho por hacer; sin embargo hay una mayoría aún dormida al respecto, descansando su responsabilidad en otros. Eliminar el miedo a lo nuevo, acabar con la separación de los hijos del seno familiar en edades cruciales para su educación, la cual debe ser asumida por los padres; atreverse a confiar en nuestra capacidad educativa como padres y madres serán actitudes que junto al esfuerzo, nos llevarán a cumplir fielmente nuestra misión como auténticos padres y educadores. Es necesario buscar caminos nuevos, que sin dejar los que ya se han descubierto y andado, aporten nuevas experiencias y aspiraciones en beneficio de las nuevas generaciones, pues serán ellas, quienes llevarán adelante el peso de toda la sociedad y del propio Estado. No se puede esperar más para emprender un diálogo abierto y necesario que con libertad y responsabilidad haga de la educación cubana fuente que genere hombres y mujeres virtuosos y valientes, para que con un alto sentido de solidaridad, justicia y paz continúen sembrando caminos de esperanza en nuestra tierra.

El Papa ratificó al matrimonio entre el varón y la mujer como algo sagrado, lo presentó como “una unión distinta de cualquier otra unión humana, pues se funda en la entrega y aceptación mutua de los esposos, con la finalidad de llegar a ser una sola carne”. Además puso de manifiesto que con su esfuerzo y su unión fiel y perseverante debe ser santuario de la vida humana y comunidad de vida y amor. El matrimonio no es un proyecto de un parlamento o la propuesta de instituciones que hoy están y que mañana desaparecen. Hay un solo modelo de matrimonio, el que viene de Dios, entre un varón y una mujer, para complementarse, amarse, servirse mutuamente, crecer como personas y procrear otro ser humano fruto de esa unidad de amor. Defender la familia concebida como el matrimonio con los hijos será tarea de todos aquellos que en Cuba nos proponemos cuidarlas como también nos aconsejó el Santo Padre. Aunque se ha dicho muchas veces, nos sentimos responsables y solidarios con ese mensaje que nos dirigió a todos los cubanos: “¡Cuba: cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón!”.

Reclamar una “casa digna y un hogar unido”, para los matrimonios y familias fue otro de los enunciados presentados por el Santo Padre esa mañana. El Estado cubano y sus instituciones han dedicado muchos recursos a sectores importantes como la educación y la salud, así como también en otros que al final de todo este tiempo no han dado los frutos que se esperaban. Sin embargo, en nuestra opinión, ha faltado dedicar recursos a la familia. La creación de un Ministerio de la Familia ha faltado. La preparación remota y próxima de nuestros jóvenes para una convivencia matrimonial y familiar ha sido prácticamente nula; sólo la Iglesia ha promovido en los pocos jóvenes que se casan por esta vía una preparación inmediata. Esta situación debilita en la persona humana el diálogo sincero y fraterno necesario en la vida de las parejas, así como también la comunicación a nivel de los sentimientos, que si no se practica en un clima de sinceridad y con sentido reconciliador hace imposible la vida matrimonial.

Faltan casas para los nuevos matrimonios. La mayoría van a vivir a las viviendas de sus padres, abuelos u otros familiares con lo que se generan conflictos que comprometen las relaciones familiares y empobrecen o eliminan la vida matrimonial; el alto índice de divorcios así lo demuestra. Muchos jóvenes tienen dos, tres y hasta cuatro matrimonios buscando quien verdaderamente los entienda. Es urgente construir un mayor número de viviendas, no sólo para los que ya están casados sino para los que lo harán en el futuro. Ayuda material para las familias que son extensas, con tres, cuatro o más hijos no ha sido efectiva, así como tampoco la existencia de un horario flexible a las madres con hijos en edades tempranas.

La despedida de los santaclareños llenó de aplausos la plaza preparada en las áreas deportivas del Instituto Superior de Deportes Manuel Fajardo y sus calles aledañas. El público presente quería ver más de cerca al Santo Padre y los pasillos que habían estado vacíos por la disciplina se llenaron de gente entusiasta que saludaba y aplaudía al Papa de la verdad y la esperanza. Adiós le dijimos; pero su persona y su mensaje quedaron grabados muy dentro de cuantos creemos en el matrimonio y la familia, los que así sentimos procuramos dar nuestro aporte día a día para que ambos se fortalezcan.

Ya en el avión, el obispo monseñor Emilio Aranguren, Secretario de la Conferencia de Obispos de Cuba en ese momento, le preguntó a Juan Pablo II cuál había sido el momento más significativo para Él de toda la celebración. A lo que respondió sin titubeos: las respuestas de “Sí, creo” a la profesión de fe en Dios Padre, Jesucristo, el Espíritu Santo y la Santa Iglesia católica. Se demostró una vez más que nuestro pueblo cubano, sus familias, su cultura está muy impregnada de lo trascendente, de Dios.

A los que vivimos en esta hermosa tierra cubana, a los cristianos seguidores de Jesucristo, a los hombres y mujeres de buena voluntad, nos corresponde tomar la iniciativa y realizar proyectos que teniendo como fundamento nuestras tradiciones y raíces culturales, sociales y políticas y los mensajes que nos dejó Juan Pablo II en su visita a nuestra Patria, permitan “con todos y para el bien de todos” edificar familias reconciliadas y reconciliadoras, libres y responsables, que amen la justicia y promuevan los derechos de la persona humana y de la propia familia, célula fundamental de la vida social. Si creemos que esto es posible lograremos un mundo mejor para Cuba. Oramos porque así sea.

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