Si algo tiene de útil un aniversario redondo, es la motivación a mirar atrás. Somos hijos de las convenciones y el mero hecho de cumplir diez años nos inclina a hacer lo que no se nos ocurrió a los ocho ni nos parece bien aplazar hasta los doce. De todos modos, aquí la convención funciona.
Transcurrió una década de la visita del Papa a Cuba y es cierto que la distancia nos permite otros planos, distintos de la inmediatez. Antes de aventurarme a hacer estas líneas he releído lo que escribí entonces, y también algunas cosas que he dicho hace poco, todavía no sé si para hacer algo parecido o para no repetirme. No importa mucho: el hecho es que, sin modificar aquellas apreciaciones, que pienso que no han perdido validez, quiero aventurar apuntes desde un plano más general. Dejo correr la imaginación, entonces, por lo que he pensado y no he dicho, con la convicción de que cualquiera puede tener motivos para objetar mis opiniones.
El catolicismo cubano comenzó a dar nuevas muestras de vitalidad en los años ochenta del siglo pasado, y al término de esa década, cuando la invitación al Sumo Pontífice a visitar la Isla se convirtió en algo consensuado entre las autoridades políticas y las eclesiásticas, ya se puede decir que la Iglesia Católica había experimentado un proceso cierto de recuperación. La dirigencia eclesiástica en representación del mundo católico, la política, del pueblo, de manera integral, promovieron la visita. La reacción del Pontífice responde, de tal modo, cuando es positiva, a una doble invitación. Me parece interesante siempre apuntar que diez años antes el catolicismo cubano daba ya muestras de vitalidad, y la visita se convirtió así en un hecho acordado.
Juan Pablo II introdujo en el ejercicio pontificio una movilidad que no habían practicado los papas anteriores. Era una norma que la conducción pastoral de la Iglesia en el mundo se realizara en rigor desde Roma y no contemplara el desplazamiento frecuente del Santo Padre. Los que defienden esta innovación subrayan la importancia de la presencia física del pontífice, como factor de afianzamiento de las comunidades católicas, motivación carismática, entendimiento con los gobiernos, y una mirada más directa para el Vaticano hacia la realidad del pueblo creyente. Sus críticos estiman, por el contrario, que este estilo ha “transformado las visitas pastorales en una polvareda tan exuberante como excéntrica con respecto a la vida real de las comunidades cristianas”.(1)
La verdad nunca está en los extremos, pero lo que me importa señalar ahora es, primero, que Cuba había permanecido fuera del itinerario de Juan Pablo II cuando ya había visitado a todos los países de la América Latina, una, dos y hasta tres veces, como a México y Brasil. Y segundo, que este estilo difícilmente podrán seguirlo otros papas que arriban al trono de san Pedro a edades más avanzadas y con menos salud y entrenamiento físico. De modo que va a ser muy poco probable (nunca imposible) que las sandalias pontificias vuelvan a pisar el suelo cubano.
Visto a diez años de distancia, el acontecimiento de la visita preserva los elementos de una singularidad que no es posible pasar por alto. Un colega, más versado que yo en estos temas, me recordaba hace poco que Cuba y Polonia fueron los únicos dos países socialistas que el Papa visitó. Su patria, donde vivió toda la historia de posguerra y donde llegara a ser arzobispo de Cracovia por varios años. Y el socialismo caribeño, inconmovible, a pesar de reveses y desatinos, a las puertas de los Estados Unidos. Visitó Polonia cuando era todavía parte del bloque soviético, y varias veces después. En Cuba estuvo sólo después. Multitudes de cubanos, católicos y no católicos, se congregaron para escuchar su mensaje. La protección policial fue imperceptible, si es que la hubo, e incluso así reinó el orden, y no quedó en el recuerdo anomalía de tipo alguno. El escenario mediático estuvo por una semana a disposición del Papa, y el pueblo cubano escuchó en las plazas, y en todas partes, por primera vez en cuatro décadas, un discurso distinto del oficial. Recuerdo que en algún lugar escribí que la visita de Juan Pablo II había sido una victoria sobre la intolerancia. Lo vuelvo a subrayar ahora porque pienso que aquel manantial de reflexiones caló de algunas maneras en el imaginario social.
Por lo que he leído de sus últimas visitas a Polonia, allí conoció sinsabores que entre el pueblo socialista caribeño nunca se asomaron. Los escenarios no se pueden definir en blanco y negro. El Espíritu, se ha dicho, sopló en Cuba: sopló en muchas direcciones; sopló con el Papa y también sopló con el pueblo cubano, y ni el Pontífice ni sus acompañantes deben haberlo olvidado. Otras visitas pastorales, casi todas, las tuvo que realizar en medio de un fuerte desplazamiento policial, con indisciplina social, dentro de movimientos mercantiles poco ligados a la fe, y hasta con algunas manifestaciones de rechazo o cuestionamientos desde el auditorio.
A diez años de distancia creo que lo más importante para recordar está aquí. En lo que hizo de aquella visita algo singular más que en lo que de común tenía con otras visitas pastorales realizadas por el Pontífice. En otro orden de cosas, se suelen constatar actitudes de reproche por lo que a veces se estima que la Iglesia debió haber logrado de las autoridades políticas, y no ha logrado, como algo que debió seguir a aquella visita. Demandas a veces infundadas (porque no responden a compromiso alguno), extemporáneas (porque buscan en el corto plazo lo que requiere de otra maduración), arbitrarias (porque exceden el marco de lo posible). Sin pasar por alto la justeza de otras demandas. Pero, en realidad, nada de esto está subordinado de manera causal a la visita del Papa, sino que se vincula a una historia propia de relaciones entre la Iglesia y las instituciones civiles y de poder que conforman el sistema sociopolítico. Forzarlas sería tan desenfocado como reclamar de la jerarquía un discurso distinto del que le corresponde a la Iglesia para agradar a las instancias políticas. Reclamar esto, o esperarlo, de la Iglesia sería inaceptable, en primer lugar éticamente. Hay reclamos que pueden considerarse igualmente inaceptables desde la institucionalidad política.
|
en el cual se hace más perceptible debido a que puede acotarse en referencias puntuales, aunque no significaría mucho sin el otro. Incluyo, en segundo lugar, al diálogo llamado interreligioso, que en Cuba es tan importante, sobre todo, porque la espiritualidad creyente se formó extensamente permeada de elementos de religiosidad africana, y esta peculiaridad tiene significados que tal vez se debieran considerar mejor. Y el diálogo al interior mismo de la Iglesia, que estimo sigue presentándose como uno de los mayores desafíos para desarrollar una doctrina social eficaz.
En la exhortación más reiterada del Pontífice, “Que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba” no veo una fórmula simple sino una inspiración que toca al interior a los católicos, parte indisoluble del pueblo cubano, inspiración ligada y comprometida con sus destinos, y con la apertura realizada por caminos que beneficien a la Nación sin exclusiones. Y la segunda parte de la exhortación, dirigida al Mundo, a que se abra a Cuba, no se refiere a un país impuesto y artificial, a engendros ajenos a los intereses del pueblo en su conjunto. Alude escuetamente a Cuba, a la que existe, con luces y sombras, éxitos y fracasos, y un proyecto defendido a duras penas.
Es desde esta interpretación que comparto la legitimidad de tal exhortación, y considero absurda la apertura de Cuba al Mundo vista como subalternación a los esquemas del “libre comercio”. Y la apertura del Mundo a Cuba como la invitación a la dominación del capital transnacional. Creo que Juan Pablo II siempre pensó, cuando pensaba en Cuba, en la necesidad de que superemos nuestras insuficiencias y nunca en proponer que nos sumiéramos en el capitalismo salvaje, que él mismo criticó.
La visita de Juan Pablo II la conservo en mi memoria como un acontecimiento excepcional, por su huella de largo alcance y no por deslumbramientos inmediatos. Muy relevante para la comunidad católica cubana, para los cristianos en su conjunto, y para todas las comunidades y, en general, para la vida religiosa en el país. Motivadora del diálogo, en todas sus dimensiones. Auspiciadora del encuentro institucional entre lo eclesiástico y lo político. Sugerente para una interpretación novedosa y más certera de la laicidad, que no hemos alcanzado aún a plenitud.
* Sociólogo y ensayista, subdirector de la Revista Casa de las Américas
Notas:
(1) Giancarlo Zizola, “El destino de la fe cristiana en la era Wojtyla”, en la Revista digital Eclesalia, 4 de abril de 2005. |