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por padre Enrique Rodríguez* |
Para alguien que desde cualquier lugar del mundo haya seguido la trayectoria pastoral de Juan Pablo II, la visita del Papa polaco a Cuba y su encuentro con los jóvenes en Camagüey constituyen un capítulo más de la larga serie de visitas y de encuentros sostenidos por el “Papa viajero”. Sin embargo, para los cubanos y para los jóvenes que aquella mañana del 23 de enero de 1998 se encontraron con Juan Pablo II en Camagüey, lo vivido fue una experiencia única e irrepetible.
¿Por qué Juan Pablo II dio tanta importancia al encuentro frecuente con los jóvenes? Seguramente varios estudiosos se han dado a la tarea de responder a esta pregunta.
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Podríamos aducir la importancia de los jóvenes como grupo social desde la década del 70 del siglo XX, y su consiguiente impacto en la vida de la Iglesia. Otros podrían pensar en el alejamiento de la Iglesia que se experimenta en la juventud producto de muchas de las crisis que se viven en esta etapa y a la frecuente incomprensión por parte de los adultos, que también en las comunidades cristianas son los que tienen la mayor parte de la autoridad.
Intuyo que, sin olvidar lo apuntado anteriormente, el hombre que se convirtió en Papa y que antes fue joven, sacerdote y obispo, fue un eterno enamorado de la pastoral juvenil. Y este enamoramiento se vio correspondido por el carisma que, sin lugar a dudas, tenía Karol Wojtyla para acompañar la fe de los jóvenes. Él sabía que la fuerza de la juventud es la amistad, y es la amistad –hecha de encuentros– lo que la juventud valora más. Los frecuentes encuentros del sacerdote con los jóvenes de su parroquia fueron la semilla y el laboratorio de los encuentros del Papa con los jóvenes del mundo. Muestra de ello es la relevancia que en cada visita papal tenía su encuentro con los jóvenes. Y entre las novedades del papado más largo del siglo XX está la celebración bianual –ahora cada tres años– de los jóvenes del mundo con el Santo Padre en las llamadas Jornadas Mundiales de la Juventud.
En la tan esperada visita de Juan Pablo II a Cuba, los que estábamos vinculados a la Pastoral Juvenil soñábamos con ese encuentro entre el Papa y los jóvenes. Se comentaba que sería difícil, dado que la salud del Santo Padre ya se encontraba precaria y que quizás las celebraciones papales se redujeran a una o dos, siendo difícil que una de ellas pudiera ser el encuentro del Papa con los jóvenes. Pero Dios tiene sus caminos. Las misas del Papa en Cuba serían cuatro. En una de ellas Juan Pablo II se dirigiría especialmente a los jóvenes. Monseñor Adolfo Rodríguez, obispo de Camagüey en aquel momento, pidió que esa misa fuera en la ciudad de los tinajones, y así fue. La diócesis camagüeyana contaba con una pastoral juvenil bien estructurada desde hacía más de dos décadas.
Desde que conocimos que habría un encuentro especial del Papa con los jóvenes cubanos, la Comisión Nacional de Pastoral Juvenil elaboró un programa de preparación de los jóvenes para dicho encuentro. Entre sus objetivos estaban dar a conocer la vida, la personalidad, la misión y la historia de este Papa, y sobre todo sus anteriores encuentros con los jóvenes del mundo, sus gestos y palabras. La preparación de la misa de Juan Pablo II en Camagüey estuvo permeada de presencia y vitalidad juveniles. Los muchachas y muchachos de toda Cuba, pero especialmente los de Camagüey y las provincias vecinas, se sentían invitados a esta cita. No quedaron defraudados ni los jóvenes, ni el Papa.
Cuando al amanecer se abrieron los accesos a la Plaza Ignacio Agramonte, convertida en un inmenso templo al aire libre, fue grande la avalancha de jóvenes que se lanzó a la carrera para ocupar los lugares más próximos al majestuoso altar desde donde el Vicario de Cristo les hablaría y los escucharía. La gran pregunta que todos llevaban consigo era ¿desde dónde podré ver mejor al Papa? A medida que la mañana se fue llenando de sol y de cantos, la presencia juvenil en la plaza se hizo más patente. El avión que traía al “mensajero de la verdad y de la esperanza” sobrevoló la plaza, e inmediatamente estalló el primer gran aplauso de bienvenida. Otra ovación más contundente anunció a todos que el papamóvil estaba ya, con el joven anciano de ropa blanca entre nosotros.
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El tono joven de la misa lo dieron las palabras del Papa, que dejó también a los jóvenes cubanos una carta personal. Además, Juan Pablo II estableció pequeños diálogos improvisados con los jóvenes que respondieron con risas, aplausos y ovaciones. En la liturgia participaron de manera directa 40 jóvenes. Los cantos de la animación previa como los de la misa fueron acompañados por grupos musicales juveniles de la diócesis. Y el coro, de 344 voces, tenía como edad promedio los 29 años. Frente al altar se reservó un espacio para que al menos cinco mil jóvenes estuvieran cerca del Papa. De un joven salió aquel coro que recorrió el mundo y que todavía hoy, cuando lo recordamos, nos trae a la memoria del corazón aquella fiesta de fe y de alegría: “el Papa se queda en Camagüey, en Camagüey, en Camagüey”. |
¿Qué ha quedado en los jóvenes de aquel maravilloso encuentro, que no lo sería si no hubiera quedado nada?
Quedaron las imágenes de una plaza llena, de personas y de alegría. Quedaron los recuerdos y las emociones, las experiencias de tantos que iban por vez primera cantando por las calles y gritando a todos su fe en Jesucristo. Quedaron las anécdotas del viaje que tantos hicieron para llegar a la misa del Papa, el sacrificio de los que entregaron horas y días para ensayar los cantos, construir el altar, preparar la Liturgia, ofrecer seguridad y orden. Quedaron los múltiples encuentros entre los responsables eclesiales de la visita y de las autoridades gubernamentales y del partido comunista.
Para los que seguimos al lado de los jóvenes, para los que intentamos corresponder a las aspiraciones de fe, de amor y de libertad de los jóvenes cubanos, queda un magisterio, es decir, una manera de acercarnos y de favorecer el crecimiento de los jóvenes. Una manera de hacer pastoral juvenil, la manera de Juan Pablo II. ¿Podemos dibujar sus contornos?
El Papa quiso encontrarse con los jóvenes. Los convocó, los invitó a un lugar, a una celebración. Este es el primer elemento, la primera piedra del proyecto pastoral del Papa polaco para la evangelización del mundo juvenil. No es desde lejos, es desde cerca, desde el encuentro y el diálogo, desde el abrazo y la sonrisa, desde la exigencia y el cariño.
El Papa les habló. Preparó lo que quería decirles. No improvisó. Intentó conocer y aproximarse al mundo exterior e interior de los jóvenes cubanos. No pasó de largo ante sus problemas y dificultades, por ser jóvenes y por vivir en Cuba. Y cuando cayó en la cuenta de que poco podía decirles en la homilía de la misa en Camagüey, escribió una carta, como hacen los amigos a los amigos, como hacen los que están enamorados, como hacen los padres a sus hijos. Y en sus palabras, habladas o escritas, apareció el tema de la felicidad y de la amistad vinculadas al servicio y al sacrificio. Invitó a los jóvenes a realizar un camino interior que los ayudara a encontrar dentro de ellos mismos lo que muchas veces buscaban fuera, e infructuosamente. Urgió a los jóvenes cubanos y cristianos a responder al llamado de Jesús para que lo amen con todo el corazón y a entregarse a este pueblo como sacerdotes, consagrados y consagradas.
Como quien no quiere que nada importante quede sin decir, el que fuera miembro de un grupo de teatro, minero, enamorado, sacerdote y obispo, y ahora Papa, le pidió a los jóvenes con todas sus fuerzas que derrotaran el pecado y que fueran los protagonistas de su propia historia. La Iglesia, y el Papa, confían en los jóvenes y cuentan con los jóvenes.
No sólo les habló. Los acarició con los abrazos que dio a los que participaron más directamente en la misa. Y también con sus palabras: “los jóvenes son los invitados principales de esta misa”. El Papa celebró especialmente la misa para ellos, se rió con ellos, y les hizo reír. Escuchó sus cantos, sus coros, sus saludos, y les respondió “¡se ve, se siente que el sol está presente. El sol de la vida…!” El Papa dedicó tiempo a los jóvenes y eso los jóvenes no lo olvidarán.
¿Qué ha quedado de aquel encuentro? Quedaron los grupos de jóvenes multiplicados, procesos catecumenales en muchas comunidades. Quedó la inquietud en el corazón de muchos jóvenes que después se ha traducido en opciones vocacionales concretas por la vida sacerdotal o religiosa. Quedó la invitación de Juan Pablo II a vivir una propuesta grande y exigente, que llena la vida de paz y de alegría. Esta era su verdad, y es ahora nuestra esperanza.
*Párroco de Nuestra Sra. del Carmen, Florida, Camagüey. |
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