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Se queda en Camagüey


Nunca se había visto en Camagüey nada semejante cuando hace 10 años las personas sonreían, se saludaban y caminaban en dirección a la Plaza Ignacio Agramonte, el motivo: la visita del Papa Juan Pablo II a esta iglesia y a esta ciudad.

Con palabras de monseñor Adolfo Rodríguez, entonces obispo de esta Arquidiócesis, podemos resumir lo que significó la presencia del Papa en nuestra tierra:

“El noble pueblo cubano merece, Santo Padre, esta visita y nunca va a olvidar ni en la memoria de la cabeza ni en la memoria del corazón, la estela que deja esta histórica visita, la inspiración que su persona y su misión deja en Cuba.”

Juan Pablo II era portador de un doble mensaje, por una parte como mensajero de la Verdad vino a poner en el corazón de los jóvenes reunidos en Camagüey y en todos los cubanos, la verdad que es Cristo, cuya vida y palabra nos descubren la real condición del hombre creado a imagen de Dios.

por monseñor José Sarduy Marrero*

“El noble pueblo cubano merece, Santo Padre, esta visita y nunca va a olvidar ni en la memoria de la cabeza ni en la memoria del corazón, la estela que deja esta histórica visita, la inspiración que su persona y su misión deja en Cuba.”

Pero también nos propuso una esperanza cuando invitaba a los jóvenes a no esperar de otros o de fórmulas ideológicas las realizaciones de una vida plenamente humana y en consecuencia cristiana.

Su invitación para ser protagonistas de su propia historia es una llamada al juicio de la libertad en la búsqueda incansable del bien para cada uno y para nuestra patria.

La plaza vibró de entusiasmo, no había consignas, ni slogans preparados, pero surgió una frase y un canto que entrañaba el deseo de los presentes: “El Papa se queda en Camagüey”, y así fue, nunca lo olvidaremos, quedó en la fe y en el corazón de este pueblo.

La historia de la Iglesia y de esta ciudad es otra después del 23 de enero de 1998. Después de dos mil años un Papa estaba entre nosotros. En los días precedentes y durante su visita se habían roto prejuicios, se abrieron puertas al anuncio del Evangelio, se había hecho posible que un Papa venido de muy lejos, limitado en su salud, movilizara el corazón y las energías de un pueblo.

Como dijera monseñor Adolfo, “la persona de Juan Pablo II y el coraje de su misión entre nosotros nos hablaron de la fuerza del Evangelio, de la acción del Espíritu y se percibía la presencia de Cristo a quien Juan Pablo representa”.

*Párroco de la Catedral de Camagüey.


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