Retornar al "Home Page" ...
 
 

Evocación
por monseñor Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal
En el X Aniversario de la visita pastoral de Su Santidad Juan Pablo II y asistido por versos amigos que, con libertad fraterna, me atrevo a glosar.

Nota previa. Si no explicito otra cosa, los versos citados están tomados de Poemas para Orígenes, de Manuel Altolaguirre (Orígenes, Año XI, No. 35, pp.13 y 14, La Habana, 1954). Ellos me prestan la armazón para la nostalgia y la utopía, ambas de la mano.

Escribir es nacer,
dejar la cristalina
morada de inocencia
donde ya no estoy.
  Mi Padre está en los Cielos
y yo me siento alegre
nacido de Su Verbo
de donde salgo cada día.

Apenas había despegado el avión que lo llevaba de regreso a Roma en la tarde del 25 de enero de 1978, y ya empezaba a evocar. Evocar es siempre algo así como volver a vivir. Y desde entonces han sido muy pocos los días en los que he dejado de evocar aquellas jornadas. Con frecuencia, a veces espontáneamente y en ocasiones bajo solicitud de amigos, no sólo me he limitado a recrear tal nuevo nacimiento en mi mundo interior, sino que he tratado de expresarlo, como lo hago ahora. Pero siempre las palabras me resultan pobres. Siempre sucede así cuando se trata de realidades inefables. La palabra poética, propia o ajena –ésta casi siempre tiene mejor calidad–, viene en mi ayuda y me salva. Salva el lenguaje y, en salvándolo, me salva la vida. De la noche de mi garganta y de Cuba, a la luz de las estrellas del Reino. El Verso no es otro que el Verbo de Verdad, Belleza y Bondad. Trascendentales y personales, perfectamente imbricadas. Entretejidas, como en un tapiz flamenco. Articuladas, como en un mosaico bizantino. La noche estrellada de la tumba de Gala Placidia. A quien no salve el Verso, ¿quién y qué salvarlo podrá?

Bajo el peso de la noche
mi vida es una llanura
que da sostén y alimento
a grandes frondas oscuras.

En la tarde de su llegada, estupor ante las formas paternales y blancas de una ancianidad fecunda. No oculta ni la inseguridad de las piernas, ni el resto de los signos de los años vividos con intensidad vigorosa. Desciende, paso a paso, por la escalera estrecha, de su altura aérea a nuestra llanura, sin buscar más fortaleza que la suya. Y ésta viene de lo Alto y de su fibra casi irrepetible. Ignora la mano incierta de lo otro. Se atiene y aferra a su ser de nubecilla clara, discreta. Pero cuando se está en el desierto y en un aparente ocaso, ¿qué se apetece más que la sombra de una nubecilla clara y discreta? Frescor de arroyo. No el arramblar del río en crecida. No pimienta negra, fuerte, ni ajicillo picante, impositivos de un sabor único. Más bien, almorote que sazona el sabor tenue de la berenjena y despierta una cierta desazón, confusa quizás, pero estimula el indagar acerca de las esencias del ser. De mí, de los otros, de todos. Uno a uno y en conjunto, y de todo lo demás. Gotas pequeñas de lluvia sobre la arena seca. Como las que incitan el juego fantasioso de los que se hacen como niños. Se entretienen en la orilla de los mares serenos. Levantan castillos, rellenan agujeros, fabrican muñecos. Todo resulta posible cuando la arena se humedece por la lluvia fecunda y las espumas de la mar cercana.

Si hoy la noche está tan triste, quizás lo esté también por mi culpa. No he encendido la estrella que me correspondía.

Huyo del mal que me enoja
buscando el bien que me falta.
Más que las penas que tengo
me duelen las esperanzas.
  Tempestades de deseos
rompen sus olas
contra los muros del alba.

A nosotros, los de mi tierra y mi espacio, no nos duele el vacío, sino el exceso de esperanzas cuyo cumplimiento no hemos visto. Y nos cansamos. Y el anciano vestido de blanco sí ha visto en dónde está la cosa de los hombres de mi tierra y de mi espacio. Está en Galilea y en Judea, como para los que, antes que nosotros, conocieron el Camino, la Verdad y la Vida. La Esperanza, así, en singular y con una E mayúscula que encierra todas las e minúsculas y las s de la terrenal pluralidad necesaria. Él viene a levantarnos una columna de simiente de estrellas y a decirnos que las luces están aquí y que toca a nosotros encender esas estrellas. Las olas de los mares nos lanzarían mar afuera, pero los nidos de flores nos traen de nuevo mar adentro. Rosas en el mar, como en aquella canción que todos cantamos en los años sesenta. Y a veces lo olvidamos. No la canción, sino que la cantamos. Con el olvido de las rosas, se incrementan los recuerdos de tormentas, las heridas de tanta batalla – a veces frustrada, a veces no–, las espinas presentes que ni siquiera la memoria de la rosa esquiva del todo.

Luego, el anciano blanco, Padre de todos, visita uno y otro rincón de la Isla en Peso (Virgilio Piñera). De ella dicen que es de corcho y que sostiene el País de la Siguaraya. “Cierro los ojos y miro el tiempo interior que canta, donde flotan otras cunas, otras flores, otras barcas”. La familia, viva, pero ¡tan destartalada!... Los jóvenes, simpáticos y cantadores, pero ¡tan apáticos y desaconductados, según el decir de nuestras gentes del Oriente!... La Madre y Reina, a la que todos miramos, pero con mirada de súplica que no siempre compromete el ser más hondo que la titula, la Caridad, el Amor... Cuba entera, sus valores y carencias, también sus esperanzas y posibilidades, su pensamiento, Martí, Varela, los fundacionales paradigmáticos y la herencia de luz y de sal que nos dejaron los trabajadores y los gestores, los intelectuales y los artistas, los sacerdotes y las mujeres consagradas... A casi todo y a todos dirigió el Padre Su mirada y Su verbo. En todos aceleró los latidos del corazón. Pero... una tarde de llovizna fría se nos fue. Se nos fue el Padre, escaleras arriba, asido siempre al Reino y a sí mismo. Luego, un poquito más luego, también se nos escapó el latido... No totalmente, pero casi.

Cierto es que nos dejó la herencia de la interpretación simbólica y, por serlo, la más realista, de la conocida antífona que cantamos en Adviento. Rorate coeli desuper et nubes pluant iustum (¡Envíen los cielos el rocío de lo alto y lluevan las nubes el justo!). Rocío. Lluvia. Nubes. El Justo. No se resuelve todo en la amable sencillez y en el frescor del agua de rocío y de lluvia. Tal agua y tal rocío, a los ojos del Padre anciano no eran otra cosa que el signo de la Esperanza, de la que los de mi tierra y mi espacio no deberíamos excluirnos. ¡Nunca más renunciar a los mejores sueños y a las mejores esperanzas que la Esperanza abraza! “...Y cómo al fin del sueño se apodera un liviano quehacer, la ligereza del otro ardor, de la tortura inmensa de no querer lo que queremos, hasta que por el arte nos abraza y alza, y de un tirón nos arrebata el alma” (Eugenio Florit, El otro ardor).

Transcurren en cadena eslabones de diez años. ¿Quietud? ¿Silencio? ¿Reflexión serena? ¿Empantanamiento acaso? Flotan otras cunas, otras flores, otras barcas... El Padre anciano de hoy, que Benedicto –Bendito– se llama y es sabio, nos hace ahora un regalo. El recuerdo de san Pablo. Spe salvi facti sumus (Tê gàr èlpídi èsózemen. Hemos sido salvados por la Esperanza, Rom. 8,24). “El fuego que arde y salva es Cristo mismo, el Juez y Salvador. El encuentro con Él es el acto decisivo del Juicio. Ante Su mirada toda falsedad se deshace. Es el encuentro con Él lo que, quemándonos, nos transforma y nos libera para llegar a ser verdaderamente nosotros mismos” (Spe salvi, No. 45). Derrumbe de la fanfarronería. Conversión. Impulso. Acero. Adviento nuevo y, de nuevo, Esperanza. Un tirón, otra vez, nos arrebata el alma. Atrás quedan las olas de los cuándos y los dóndes, la mancha de las sombras, el litoral perdido...

¡Cómo nutres de luz a tu criatura
en tanto la devoras!¡Qué secreta,
qué secreta, Señor, es tu ternura!

Emilio Ballagas,
De cómo Dios disfraza Su ternura.

Limpios del orín de nuestro barro y con gozo espeso, podemos continuar.


Regresar al Sumario
Sumario Religión Sociedad Segmento Internacional Glosas Cubanas