El pueblo belga
no quiere la división Las diferencias entre políticos de Flandes y Valonia han imposibilitado, desde junio de 2007, la formación de un gobierno estable en Bélgica. A las tensiones nacionalistas se han opuesto iniciativas populares para exigir que se mantenga la unidad del país.
|
por Lázaro J. ÁLVAREZ |

Yves Leterme, separatista flamenco. |
El 13 de diciembre de 2006, en horas de la noche, varios embajadores acreditados ante el Reino de Bélgica telefonearon apurados a sus respectivas capitales: ¡El país se estaba dividiendo! La televisión pública RTBF interrumpió un informativo para comenzar a emitir mensajes sobre la separación completa entre las dos regiones belgas: Flandes, al norte, y Valonia, al sur. De hecho, ya se estaban pidiendo pasaportes para pasar de un lado a otro…
El asombro iba en aumento, en la medida en que el reportaje de RTBF incluía pases de control remoto hasta el Parlamento en Bruselas, donde varios políticos daban su opinión sobre el tema, y hasta el presidente de la Comisión Europea –cuya sede es esa misma ciudad– aparecía estudiando las implicaciones de la división del país. El rey Alberto II y su familia, por su parte, habían volado hacia África, para valorar la situación desde la distancia y ver en qué paraba la cosa.
Todo no fue, sin embargo, más que una falsa alarma. La mencionada cadena televisiva solo quería “estudiar” las reacciones de la población y la clase política a un suceso como este, y lo hizo a través de la repetición del mismo esquema empleado por Orson Welles en 1938, cuando reprodujo a través de la radio los incidentes de una supuesta invasión marciana (La guerra de los mundos, de H.G. Wells), que llegó a crear un pánico general en Estados Unidos. Enterado de lo que se trataba, el primer ministro belga, Guy Verhofstadt, calificó el simulacro como una imitación “de muy mal gusto e irresponsable”.
Tampoco desde otros puestos del gobierno se ahorraron las críticas –el ministro de Defensa, André Flahaut, señaló que la maniobra de RTBF era “intolerable, inaceptable y escandalosa”–, pues lo que estaba poniéndose en picota era un tema demasiado sensible: la unidad nacional, que está cada vez en mayor peligro por la persistencia de ciertos sectores políticos, mayormente de Flandes, en que es hora de trazar una línea definitiva entre esa región (de habla flamenca o neerlandesa, la lengua que se habla en Holanda), y Valonia, económicamente más atrasada, y cuya lengua es el francés.
Para tener una idea de cuán ácido se va haciendo el rechazo hacia los valones por parte de algunos personajes |
Mapa de Bélgica.
|
flamencos, baste decir que, en septiembre de 2006, el alcalde del poblado de Merchtem, ubicado a 15 kilómetros de la capital, prohibió que en las cuatro escuelas públicas de la localidad los estudiantes emplearan el francés. Los niños no pueden hablar francés ¡ni en el receso!, y la pena para quien se atreva es la expulsión. Según el regidor, lo que se desea es que los menores aprendan el flamenco “para que se integren mejor”, pero a nadie se le escapa el fuerte sabor a discriminación de la medida.
Paradójicamente, esto ocurre en un país de la Unión Europea, de la “Europa moderna”. Y no es de extrañar la postura del alcalde Merchtem si conocemos que quien era en ese momento presidente de la región de Flandes, Yves Leterme –un individuo sobre el que más adelante volveremos–, había dicho días atrás que los valonesestaban “intelectualmente incapacitados” para aprender el flamenco.
Un carbón más para atizar el fuego de la separación. |
|
UNA EN AUGE, OTRA EN DECLIVE
Desde la Edad Media, Bélgica fue punto de encuentro y escenario de batallas entre franceses, austriacos, alemanes y españoles. Hasta 1581 formaba un solo territorio con los de la actual Holanda. Ese año, las siete provincias que conformaban a esta última se separaron y adoptaron el nombre de Provincias Unidas de los Países Bajos, mientras las zonas sureñas (Países Bajos del Sur, correspondientes a la Bélgica actual) continuaron bajo dominio español.
Posteriormente ocupada por Austria hasta los años 1790, Bélgica pasó a dominio francés en 1797. Con la derrota de Napoleón, precisamente en las cercanías de la localidad belga de Waterloo, el país quedó nuevamente unido a Holanda, en 1815. La supeditación a una monarquía protestante (la holandesa) no fue del agrado de las mayorías católicas belgas, y en julio de 1830 estalló la sublevación, que derivó en el repliegue de las fuerzas holandesas y la proclamación de la independencia, el 4 de octubre de ese año.
Tales entresijos históricos pueden explicar la diferenciación cultural y lingüística entre las comunidades que conforman ese país. Al sur, en la región de Valonia, unas cuatro millones de personas tienen el francés como lengua materna. En Flandes, al norte, seis millones hablan flamenco, y en el medio de ella se encuentra la región de Bruselas, bilingüe, aunque mayormente francófona (el 80 por ciento de su población).
De igual modo, al este de Valonia, se hallan núcleos de una tercera comunidad, mucho más pequeña: la de lengua alemana, empleada allí por poco más de 71 mil personas.
Vale apuntar que cada región en las que se insertan estas comunidades tiene potestades de gobierno, según el esquema federal adoptado por el país. Así, mientras la economía, la política exterior y la defensa son regidas por el poder central, las regiones corren a cargo de la promoción de la lengua, la cultura y la educación.
En términos económicos, Valonia marcó el paso durante buena parte del siglo XX, con un formidable auge de la industria siderúrgica, la minería y la extracción de carbón mineral tras la Segunda Guerra Mundial. Pero esas ramas económicas fueron en retroceso desde hace dos o tres décadas, a la vez que en Flandes cobraban auge la industria química y la alta tecnología.
En tal sentido, la desindustrialización del sur, y en consecuencia su mayor grado de desempleo, han ido creando amplias brechas entre ambas comunidades, las que son aprovechadas por la élite flamenca para sembrar la antipatía hacia los valones –una tarea en la que los medios de prensa ponen su granito de arena, y hasta bloques y cemento–, y de esa manera potenciar las aspiraciones de secesión.
Y claro, no deja de frotarse las manos la ultraderecha, aglutinada en torno al partido Vlaams Belang (Interés Flamenco), una formación con fuerte agenda antiinmigrante y de privatizaciones a ultranza, que no cesa de pedir un referéndum de independencia en Flandes y de exigir el cese de las transferencias económicas del norte al sur del país. Los otros partidos belgas –democristianos, liberales y socialistas, de las dos principales comunidades lingüísticas– han acordado un “cordón sanitario” respecto al VB, que consiste en no pactar jamás una alianza con este.
Sin embargo, ¿de qué sirve, si de todos modos los partidos tradicionales, con sus agudas diferencias, dan aire a la posibilidad de la separación?
LOS BUENOS DESEOS DEL REY
En las elecciones legislativas celebradas en junio de 2007, salió triunfante el partido democristiano flamenco, cuyo líder es, precisamente, Yves Leterme, el mismo que acusó a los francófonos de “incapacidad intelectual”. Le correspondía, por tanto, formar un gobierno de coalición, en primer lugar con los democristianos de Valonia. Sin embargo, pasaron los meses y los meses, y Leterme no consiguió formar un gabinete. ¿Por qué?
La respuesta pudiera estar, según experto, en que este señor pinta más como el presidente que fue de Flandes que como primer ministro de todos los belgas. La desconfianza que suscita viene avalada por sus intenciones al frente del eventual gobierno: entregarles a las regiones más potestades
|
en materia de recaudación de impuestos, salud pública, justicia, empleo, seguridad social, telecomunicaciones, etcétera.
¿Una movida acaso en interés de flamencos y valones por igual? Ni pensarlo: su contraparte democristiana valona y otros partidos francófonos recelan, con sobrada evidencia, de que el traspaso de mayores competencias a las regiones lo único que hará es preparar una posible fractura del país, que es, sin muchos disfraces, el objetivo de Leterme.
Por ello, durante más de seis meses Bélgica estuvo acéfala, mientras el primer ministro saliente, el liberal flamenco Guy Verhofstadt (derrotado en los comicios de junio), se mantenía automáticamente en el cargo, a la espera de que surgiera un nuevo primer ministro con los suficientes apoyos como para entregárselo. |

Grand Place, Bruselas. |
En vistas del estancamiento de 196 días, el pasado 23 de diciembre el Parlamento dio su apoyo a un gobierno provisional, con Verhofstadt a la cabeza, para dirigir el país durante los próximos tres meses, en un intento de crear la sensación de estabilidad mientras prosiguen las tratativas de Leterme para convencer de que él puede.
“Mi objetivo ahora es alentar la confianza y permitir un diálogo entre las comunidades”, dijo Verhofstadt, cuyo gabinete, según la agencia Reuters, se comprometió a adoptar medidas urgentes para combatir el alza en los precios del combustible y los alimentos, y para preparar el escenario para reformas institucionales orientadas a reducir las tensiones entre los dos principales grupos lingüísticos del país.
Así siguen las cosas entre los –que en los sondeos ha respaldado sólidamente la continuidad del actual estatus del país– se moviliza y lleva a las calles sus propias iniciativas. Por ejemplo, una sencilla mujer, Marie Claire Houard, de la ciudad de Lieja, recogió 140 mil firmas de sus conciudadanos belgas, para pedir que se mantenga la unidad del país.
Unos días después, el 19 de noviembre, 30 mil manifestantes con la consigna “¡Por la unidad!”, recorrieron los principales barrios de Bruselas, armados de la bandera nacional. Mientras la multitud daba vivas a Bélgica y al rey, una mujer flamenca, Katherine van Damme, participante en la demostración, confesó a la cadena británica BBC: “Creo y espero que el fin de Bélgica no esté cerca, porque el pueblo belga no quiere la división. Solo la quieren algunos políticos extremistas”. “La mayoría estamos por la unidad; de eso estoy segura”, agregó.
|
Manifestación tres lenguas, un alma, una Bélgica. |
Otro que ha tomado cartas en el asunto, instando a los políticos a dejar atrás las diferencias, por el bien del país, ha sido el propio monarca Alberto II, quien en su mensaje de Navidad, el pasado 24 de diciembre, llamó a valones y flamencos a un “diálogo constructivo”, y lamentó tener la impresión de que “nuestras relaciones con otros países están mejor organizadas y mejor estructuradas que las del interior de nuestro propio país”.
El rey, además, subrayó su aspiración de que Bélgica pueda erigirse en Europa en un “ejemplo de sociedad en la que las diversas culturas pueden vivir armoniosamente”. Se podría añadir, a tono con esto: Si décadas atrás era así, ¿cómo puede el egoísmo interesado de unos pocos echar por la borda tantos años de edificante coexistencia?
|
El 23 de marzo, fecha de la entrega del mando de Verhofstadt al nuevo gobierno que resulte de las negociaciones, podrá constatarse cuán efectivos e ilusorios fueron los deseos de Su Majestad. |
|