| |
|
Aquel final de siglo...
El ocaso del siglo XIX tendría diferentes matices para Cuba, España y los Estados Unidos.
|
|
El general Antonio Maceo, de regreso a la provincia de La Habana, consumada la invasión a Occidente, ya sabe que Martínez Campos había renunciado a la capitanía general de Cuba por su fracaso frente a la estrategia de los grandes jefes cubanos. Era el mes de febrero de 1896 y hacía una semana que había desembarcado en Cuba Valeriano Weyler en su doble condición de Capitán General de la Isla y jefe del ejército español de operaciones. Venía con órdenes de Antonio Cánovas del Castillo, presidente del Consejo de Ministros y restaurador de la monarquía española, de aplastar contundentemente la insurrección. La despiadada Reconcentración no se hizo esperar.
España no podía sostener año tras año el enorme costo de la contienda; mientras tanto, en los Estados Unidos crecía a la par la simpatía del pueblo por los cubanos y la preocupación por las inversiones norteamericanas en Cuba, destruidas o amenazadas de serlo. Al respecto, Cánovas anunció que para vencer a los insurrectos cubanos, España sacrificaría “el último hombre y la última peseta”. |
El reconocimiento por Bolivia de la beligerancia de los insurrectos provocó comentarios en la prensa americana sobre una posible intervención de países iberoamericanos, y cuando comienza la insurrección en Filipinas, a finales de 1896, la noticia sólo interesó a los periodistas como una posible ayuda a la cubana.
Parece ser cierto que, en los Estados Unidos, cuando empezó la gesta del 95 muy pocos pensaban en una intervención a favor de los cubanos, por mucho que el pueblo de Lincoln simpatizara con la revolución; pero las reiteradas noticias sobre lo que “el carnicero” (así llamaban a Weyler) hacía en la mayor de las islas del Caribe pronto condujeron a una discusión abierta sobre la posibilidad de su anexión a los Estados Unidos, que en las esferas de poder se sustentaba en las afectaciones económicas a la vista.
|
La lucha de los cubanos para lograr la independencia de España coincide, desgraciadamente para la Metrópoli, con un notable desarrollo de la prensa americana –y también de la europea–, y con la evolución social que la hizo posible. El progreso acelerado de los Estados Unidos después de la guerra civil fue acompañado de un legítimo orgullo nacional que lo llevaba a la idea del “destino manifiesto”. En ese ambiente no era difícil arrastrar a la opinión pública tras una política exterior agresiva. Sobre el caso de Cuba, la prensa recordaba un historial militar de Weyler que bastaba para infundir respeto: Santo Domingo, guerras carlistas, Marruecos y Filipinas; sin embargo, no recordaba que Weyler había estado en los Estados Unidos durante su guerra civil, como observador, y que había admirado la táctica de “tierra quemada” del general Sherman, de la que derivó la suya.
|
La prensa en general anticipaba el comienzo de una violenta represión en la Isla. Weyler hostigó a la prensa sin contemplaciones. Prohibió a los corresponsales que siguieran a las tropas para presenciar acciones de guerra. Detuvo, arrestó e hizo juzgar a los corresponsales extranjeros que violaban sus normas o cuyas noticias eran adversas a España, entre ellos a algunos de los más famosos, como Scovel y Creelman, con lo que provocó noticias sensacionales y un buen aumento en la circulación de sus respectivos periódicos.
Por su parte, la Delegación de la República de Cuba en Armas, con el concurso de hombres emigrados de la talla intelectual de Enrique José Varona, Manuel Sanguily, Manuel de la Cruz, Gonzalo de Quesada, Eduardo Yero, Nicolás Heredia y otros, llevó a cabo una labor sistemática de información y propaganda; mientras tanto, solicitaba el reconocimiento del gobierno revolucionario por el de los Estados Unidos y ofrecía ventajosamente bonos de la República para interesar a sus compradores en el triunfo de la revolución independentista. |

Pulitzer. |
El periodista español Jaime de Ojeda, sostiene en La guerra de 1898 en la prensa americana, la interesante tesis de que “la principal causa de la guerra con España fue el clamor incontenible de la opinión pública americana, un clamor creado y estimulado por la prensa sin duda alguna (…) clamor que superó la resistencia que contra la guerra quisieron oponer determinados círculos menos populares y más racionales en el mundo de las finanzas y de la política…”. Los periódicos de Nueva York, según la fuente, fueron en esto decisivos; y sobresalían por su estilo y por su volumen el World de Pulitzer y el Journal de Hearst. Ambas publicaciones desarrollaron las técnicas del periodismo moderno, aparece la entrevista así como la sección dedicada a la mujer, los comics y el realce del color en los suplementos dominicales. La concepción del telégrafo como instrumento de trabajo redujo las distancias entre puntos lejanos y puso al alcance de las redacciones el día a día de cualquier rincón del planeta.
De acuerdo con Ojeda, Cuba se había convertido en un verdadero filón periodístico. El primer grupo de corresponsales que logró desembarcar en La Habana con identidades falsas se estableció en el Hotel Inglaterra. Sentados en la terraza, hilaban cualquier noticia que caía en sus manos, de manera que Maceo murió más de una docena de veces y La Habana fue tomada por los insurrectos otras tantas. Eran vigilados constantemente y en la oficina de correos una estricta censura intentaba impedir la trasmisión de noticias negativas a los intereses de Weyler. Pero los editores, percatados de la falta de seriedad, necesitaban lograr un contacto directo con los insurrectos.
El primero de ellos fue Charles Michelson, del Post de San Francisco, cuyas crónicas comenzaron a dar una información real de lo que estaba sucediendo. El Herald de Nueva York logró situar a un corresponsal en La Habana al contratar para ello a un ingeniero americano en la Isla, George Bronson Rea, que incluso escribió un libro para denunciar las falsedades e invenciones de sus colegas: Realidades y falsedades de Cuba. Pero como su periódico simpatizaba más bien con la causa española, era “persona no grata” para el Generalísimo Máximo Gómez.
Al analizar cómo se veía en la prensa europea la denominada “cuestión cubana”, afirma Juan Jiménez Mancha en El conflicto entre Estados Unidos y España en la prensa europea: “o se estaba al lado de los norteamericanos o con el pueblo español porque con la humilde colonia cubana, víctima indiscutible, todos los ciudadanos parecían identificarse”.
Desde 1896, la opinión pública española se sentía objeto de inmerecidas agresiones e injustas injurias por parte del gobierno de los Estados Unidos. El diplomático Juan Valera, que juzgaba como funesta la guerra de Cuba, no vaciló en calificar el Senado norteamericano como un insulto sangriento a su nación, aunque no exigió al Gobierno español similar respuesta. Pensaba que España cometería un acto de inconcebible temeridad si provocaba al país del Norte, hacia quien los españoles sentían admiración y no odio. Deseaba, como su pueblo, reconciliación y estima, pero no fue posible.
A decidir la entrada de los Estados Unidos en la guerra que los cubanos sostenían con España contribuyó una corriente de opinión muy desarrollada entonces entre los norteamericanos, que tendía a colocar a la nación entre las primeras potencias del mundo, a cualquier precio. Theodore Roosevelt, joven político apasionado y ambicioso, líder de esa corriente que recibió el nombre de jingoísmo, entró a formar parte del gobierno como subsecretario de Marina, al iniciarse el período del presidente William McKinley.
Un hecho inesperado estremeció a la metrópoli a principios de agosto de 1897: el asesinato de Antonio Cánovas del Castillo, presidente del Consejo de Ministros, político conservador que había sido desde su entrada en la vida pública, por cierto anterior a 1868, el paladín del integrismo en la Península. Un mes después otro hecho la sorprendería: la llegada del nuevo embajador de los Estados Unidos, el abogado Steward Lyndon Woodford, portador de conminatorias instrucciones del presidente norteamericano: su país no iba a tolerar una guerra larga e incivilizada. Era necesario que el Gobierno español concediera a Cuba una amplia autonomía; que cesase la reconcentración de la población y que aceptara la mediación de Estados Unidos para garantizar que en un plazo razonable la guerra pudiera acabar.
|
 |
En los primeros días de octubre, llamado por la Reina Regente, asume la Presidencia del Consejo el conocido político Práxedes Mateo Sagasta. El 23 de octubre de 1897 el Gobierno español responde a las exigencias del Presidente McKinley ratificando el propósito de llevar adelante sin dilaciones el programa político enunciado por el jefe del partido liberal en el mes de junio: autonomía para Cuba sin dejar de formar parte de la nación española. Le recuerda al Presidente su obligación de neutralidad, que cerraría a los insurrectos la adquisición del avituallamiento que les permitiría continuar la guerra. Y como muestra de que el Gobierno español emprendía una nueva política y quería la paz, Sagasta procede a nombrar al general Ramón Blanco para la capitanía general de Cuba, releva de su cargo a Weyler, decreta el fin de la reconcentración y concede una amplia autonomía a Cuba y Puerto Rico. De los 200 mil hombres que habían llegado a Cuba, quedaban a finales de 1897, según el corresponsal de El Imparcial, 114 mil 961, de los cuales sólo 53 mil treinta estaban aptos para el combate.
Mientras todo eso ocurría, tenía lugar el reforzamiento de las campañas sensacionalistas de la prensa norteamericana –sobre todo el Journal– en torno a los hechos terribles que acontecían en Cuba. Pero ninguno de ellos tuvo tanta difusión y repercusión nefasta para España, como el de Evangelina Cossío |
Cisneros,
cuyo padre había sido arrestado en junio de 1895 por sus ideas independentistas. La vida de la muchacha se vio envuelta en situaciones tan difíciles como el infructuoso acoso amoroso del coronel Bérriz, comandante de la plaza de Isla de Pinos, donde se encontraba preso su padre. Por ese motivo Evangelina fue acusada de rebelión y encerrada en la Casa de Recogidas de La Habana. Este hecho no fue divulgado cuando se produjo, pero cuando el Journal, alrededor de nueve meses después, comprendió el filo periodístico que tenía, se convirtió en el defensor de la desventurada cubana. El Journal montó una campaña a escala mundial, se le unió el World, y un buen día el mundo supo que el corresponsal del Journal sobornó a los centinelas de su prisión, sacó a Evangelina por el tejado y con pasaportes falsos huyeron de Cuba en un barco del periódico, el 10 de octubre de 1897. La cubana rescatada fue conducida a Nueva York, Hearst escribió su historia contada por ella misma, fue recibida por el Presidente, y recibió bendiciones del Vaticano y del obispo de Londres. ¡Hasta la Reina Regente de España se interesó en su caso e intentó ayudarla pero Weyler incumplió la orden real!
Las naciones europeas aplaudieron las urgentes resoluciones materializadas por Sagasta al regresar al poder. Los diarios, simpatizantes con España y críticos hacia los Estados Unidos, condujeron a la opinión pública internacional a tomar posiciones de fe en el nuevo Gobierno liberal español y de no agresión hacia un territorio que, pese a lo mucho que conmovía su situación, sólo incumbía a la corona española. Por su parte, la prensa norteamericana más sensacionalista persistía en su campaña de presentar una España cruel e inepta en su política colonial, ante la cual se imponía un rápido enfrentamiento armado por razones “humanitarias”. El diario parisino Journal des Débats señalaba que con la puesta en marcha de la autonomía cubana, se privaba a los norteamericanos de pretextos para intervenir en la zona. Y, de acuerdo con Juan Jiménez Mancha en El conflicto entre Estados Unidos y España en la prensa europea, hasta Inglaterra creyó en aquel momento (1898) en un futuro esperanzador para la Isla bajo bandera española, a pesar de la tenaz oposición del corresponsal de The Times en La Habana.
|
Desde fines de 1897 parece que la prensa norteamericana tenía claro que los cubanos no aceptaban la autonomía: luchaban por la independencia. Cuba, militarmente, ya no era territorio español. Mientras la prensa seguía debatiendo la eficacia de la nueva política española, se produjeron en La Habana los desórdenes del 12 de enero de 1898, en los que una turba dirigida al parecer por oficiales españoles afectos a Weyler asaltó y destruyó las oficinas de varios periódicos cuyos artículos les había molestado; y aunque los disturbios no tuvieron carácter antiamericano, ni corrieron peligro los norteamericanos, la prensa aseguró que los altercados se mantenían cuando en realidad habían cesado, y hasta exageraron lo que no había ocurrido.
A raíz de los incidentes antes mencionados, el presidente William McKinley envía a La Habana el Maine para demostrar, según se dijo, la protección a sus compatriotas que de acuerdo con la prensa estaban en constante peligro, bajo el pretexto de una visita de cortesía. El Gobierno español, inquieto ante una visita tan poco cortés, hace que el Vizcaya se dirija a Nueva York en correspondencia protocolaria. Cuando el Maine llega a la capital de Cuba –25 de enero: es recibido con cortesía y amistad–, comprueba que no existen peligros para los ciudadanos norteamericanos. Otros buques alemanes y franceses también estaban de visita en La Habana.
|
Pero el día 15 de febrero de 1899, a las nueve y media de tranquila noche, explota el Maine y con éste también estalla la situación entre los Estados Unidos y España, cargada por los muchos incidentes que se habían venido acumulando desde 1895. Este hecho causó la muerte de 266 hombres, es decir, más de dos tercios de su tripulación. Es natural que la nación americana se viera sacudida por la tristeza y la indignación ante la inesperada tragedia. Y es también natural que reaccionase con ira ante lo que parecía a primera vista como algo que habían provocado los españoles, sobre todo teniendo en cuenta que la opinión pública había sido sometida, sistemáticamente, a una propaganda antiespañola por parte de la prensa sensacionalista. En España, la prensa de mayor tirada se muestra prudente acerca de las posibilidades de triunfo en una guerra que la enfrentara a los Estados Unidos.
El presidente McKinley recibe el 21 de marzo los resultados de la investigación: la explosión había sido causada desde el exterior por una mina colocada bajo el buque. De acuerdo con Jaime Ojeda en La guerra |
 |
de 1868..., aunque la comisión investigadora señalaba que no había podido determinar la responsabilidad del siniestro, el que se hubiera producido desde el exterior arrojaba una sombra de sospecha sobre España. El 26 de marzo McKinley hizo una propuesta al Gobierno español (que la prensa no llegó a conocer) en la que, entre otras cosas, pedía que se aceptase alguna forma de mediación entre él, España y los insurrectos. Pero España hizo saber, el 31 de marzo, que la inaceptaba.
Sólo el Evening Post, el Tribune y el Journal of Commerce hicieron un último esfuerzo por frenar el impulso bélico. La prensa procubana daba por segura la guerra, y publicaba anécdotas sobre los preparativos bélicos y los voluntarios más curiosos, entre ellos “un grupo de cowboys dirigidos por el hermano del bandido Jesse James, y hasta un batallón de indios sioux propuestos por el propio Búfalo Bill”.
¿Después? La Resolución Conjunta, la intervención directa en la guerra que ya casi terminaba entre Cuba y España con el apoyo y subordinación de las fuerzas revolucionarias cubanas; la firma en París, el 10 de diciembre de 1898, con la ausencia una vez más de los representantes del pueblo cubano; los norteamericanos, como vencedores, obtienen a Puerto Rico, Filipinas y otros enclaves menores. El primero de enero del año siguiente fue señalado para el traspaso del gobierno de la mayor de las Antillas a los Estados Unidos, de manera incierta e indefinida, después de 30 años de batallar por la independencia de Cuba. Así concluye el siglo XIX.
Ya habrá empezado el año 2008 cuando usted lea esta glosa. Y mientras le deseo paz, armonía y salud en unión de su familia, permítame contarle que “el almirante Rickover, el famoso padre de la marina nuclear, revisó en 1976 esta investigación (se refiere a la que inicialmente se realizó sobre la explosión del Maine) así como otra que se realizó en 1911, y aparte de demostrar sin lugar a dudas que la explosión fue interna, explicó que el casco del buque había quedado tan deformado por la explosión que los investigadores de aquella época, por carecer de los recursos de nuestros días, pero también por no haber recurrido suficientemente a la opinión de los expertos de la época, habían podido concluir de buena fe que tal deformación tenía que haber sido causada por una explosión exterior…”.(1)
Referencia:
(1). Jaime de Ojeda: La guerra de 1898 en la prensa americana, en “Aquella guerra nuestra con los Estados Unidos”. Prensa y opinión en 1898. Asociación de Periodistas Europeos, La Habana, noviembre 1999, p.52. |
|