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APOSTILLAS

 

por Monseñor Carlos M. de Céspedes GARCÍA-MENOCAL

DESDE SU PLENITUD
 
Lisandro Otero, Iris Dávila y Antonio Canet, in memoriam.
Al modo de las “variaciones” sobre un tema musical
que nos regalan algunos compositores.
SIN FIN
Lisandro Otero.
Lisandro Otero.

En las últimas semanas La Habana ha visto partir, con el dolor natural que la fe cristiana atenúa pero no suprime, a tres de sus hijos, dos escritores, Lisandro Otero e Iris Dávila, y un pintor y grabador, Antonio Canet. A los tres los aprecié mucho. Ante todo como personas y amigos y, luego, por el disfrute de su cultivo, las letras y la pintura. ¿Cuál es el tema que da pie a las variaciones, en este caso? ¿La amistad y el cariño entrañable, el aprecio a lo que hicieron? ¿El amor a Cuba, que se les descubría fácilmente y me unía a ellos? Porque confieso, y mis amigos lo saben, que cuando percibo esta pasión, no puedo evitar la imantación, la simpatía y la pupila entrecerrada ante las limitaciones y defectos. Que todos tenemos.

Lisandro e Iris fueron personas de talante, generación, y estilo diversos y cultivaron distintos géneros literarios. Semejantes ambos, sin embargo, en su pasión por Cuba y por la Verdad, así como por el amor al lenguaje bien cultivado como el mejor vehículo de comunicación entre las personas que tienen la cabeza bien amueblada y los latidos del corazón articulados y en buena sintonía. Los críticos
se han esforzado ya, con anterioridad y con ocasión de su muerte, en redactar estudios críticos acerca de ambos. Nos llegarán más en el futuro. Esta “nota” no pretende ser tanto, pero, en cierto sentido, en el hondón del ánima, es más que eso. Es el testimonio, personal y sencillo, de la amistad, de la admiración y de la gratitud.

A Lisandro lo veía con mucha frecuencia; a Iris no, pero sabía de ella por vías muy variadas: las discretas pero intensas y un tanto misteriosas vías del afecto. Con ambos he mantenido, erguidos siempre, los puentes de la buena “química”. A ambos ya los estoy echando de menos. Nos faltan en el entorno. No es que se hayan ido del todo, pues mantienen una cierta presencia, pero no están como hasta hace unos días. Nos falta su observación inteligente y oportuna y, quizás, un guiño, una mirada breve y reveladora que nos ayudaba a situarnos frente a tantas realidades... Eso es precisamente lo que echamos de menos. El recuerdo está. La obra está y sobrevive. Lo otro es lo que no tenemos. Es como si de repente un instrumento afinado y bien ejecutado, dentro del conjunto inmenso de una gran orquesta sinfónica, por cualquier razón, hubiese dejado de sonar. El oído aguzado lo nota. Y para esas realidades, yo tengo el oído aguzado.

De la muerte de Canet me enteré tardíamente, por la nota publicada en un periódico. ¡Cuánto sentí no haber sabido que, quizás, estuvo un poco más enfermo que de costumbre durante algún tiempo! ¿De qué habrá muerto, de sus frecuentes subidas de presión, que lo llevaban hasta la pérdida del conocimiento, o de su diabetes mal cuidada, que puede jugar una mala pasada a cualquiera? En el pasillo de la planta baja de la casa en la que vivo tengo cuatro obras de él: dos óleos –la iglesia del Santo Ángel y la iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje –, y dos acuarelas, ambas de la iglesia de Jesús del Monte, una de “cómo era” a mediados del siglo xix, y otra de “cómo es” y era cuando yo fui su párroco. Luz juguetona, transparencias y colores inauditos
en madeja inextricable. Los cuatro me los regaló Canet en distintas ocasiones. Además, todos los que participamos en el ENEC –¡hace ya tantos años!– quizás conservemos el espléndido grabado humilde del padre Félix Varela, alma de todo aquello, que se nos puso en las carpetas. Recuerdo cuando me lo dio para que lo reprodujéramos para todos: “Es mi participación en el ENEC”, me dijo, “que en medio de sus deliberaciones, todos recuerden que está el Padre Varela en medio de nosotros”. Si Graciela Pogolotti nos dice que Lisandro nunca dejó de ser el “muchachón” que ella conoció en la Universidad, yo me atrevo a afirmar que Canet nunca dejó de ser una especie peculiar de niño, juguetón y frágil simultáneamente, que yo no conocí, pues lo encontré por vez primera cuando ya era adulto joven y venía siempre a Misa a la parroquia del Santo Ángel, entonces a mi cargo. Pero aunque lo conocí adulto, siempre me dio la impresión de ese chiquillo un poco travieso que casi todos llevamos dentro y algunos, como yo, tratan de esconder.
Al centro y a la izquierda de la foto, el pintor Antonio Canet.
Al centro y a la izquierda de la foto,
el pintor Antonio Canet.

A modo de “variación”, en tiempo de allegro –o quizás de contrapunto barroco–, relato una curiosa anécdota que tiene que ver con Lisandro. Cuando Pasión de Urbino, la sorprendente novela de Lisandro, tuvo su segunda edición habanera, él me pidió que la presentara. Como “el muchachón” –diría Graciela Pogolotti– que pide colaboración en una travesura. La novela, como deben saber la mayoría de los lectores, tiene como protagonista a un sacerdote –el padre Urbino– que mantiene una relación sumamente ambigua con la esposa de su hermano. Lisandro tomó pie para la misma de un paquete de cartas que una señora de La Habana, al partir rápidamente hacia los Estados Unidos, en 1959 o 60, dejó olvidado en la gaveta de una cómoda de su cuarto. El paquete vino a dar a manos de Haydée Santamaría, entonces directora de la Casa de las Américas. Yeyé, sensible e inteligente como era, se dio cuenta de que esas cartas podrían originar una novela. Pensó primero en un escritor que rechazó esa invitación, pues el tema no le prestaba inspiración. Además, sabía quiénes eran los personajes y esto le limitaba toda imaginación posible con relación a lo que las cartas revelaban. Luego, Haydée estimó que Lisandro, muy joven entonces, sí era el escritor apto para escribir la novela. Lisandro no supo quién era el autor de las cartas, ni quién era la señora destinataria. Me parece que Yeyé tampoco supo con certeza el nombre del autor, aunque sí supo en qué casa habían aparecido las cartas y podía sospechar, con sobradas razones, que la señora de esa casa era la destinataria. En todo caso, Haydée no había conocido ni al sacerdote, ni a la señora de la relación ambigua.

Por azares de la vida, yo sabía quiénes eran ambos y, aunque de modo muy superficial, los había conocido. En su momento, había leído las cartas imprudentemente abandonadas, pero no las había conocido por mano de Yeyé, sino de aquel escritor en quien ella pensó como eventual escritor y que no se había sentido “inspirado” para hacer la novela que la directora de la Casa esperaba. Le devolvió las cartas, mostrándomelas antes de hacerlo. Lisandro sabía que yo sabía, pero nunca supo cómo. Era como una especie de juego. Se murió creyendo que la propia Yeyé me las había mostrado. A lo largo de los años, en más de una ocasión, cuando hablábamos de su obra y salía a relucir Pasión de Urbino, me preguntó quiénes habían sido el sacerdote y la señora “de la calefacción central y la virtud complaciente”, como solía calificar un autor católico, inglés o francés, de los años cuarenta, a uno de sus personajes, también ambiguo. Nunca le dije ni cómo las cartas habían llegado a mis manos, ni quiénes eran los involucrados en tal correspondencia. La última vez que hablamos del tema, pocos meses antes de morir, le dije, más o menos con estas mismas palabras: “Lisandro, ya los dos, muy ancianos, han muerto fuera de Cuba. Él mantuvo su vida sacerdotal hasta el final y hasta dónde yo pude saber, esa relación entre él y la señora en cuestión nunca fue una relación carnalmente consumada, sino que tuvo siempre un carácter de perversidad sutil, no de pasión genuinamente amorosa”. El sacerdote, en la vida real, no era hermano del esposo –como aparece en la novela – sino su mejor amigo y “consejero”.
Monseñor Carlos Manuel de Céspedes
Monseñor Carlos Manuel de Céspedes
y Lisandro Otero.
Antes y después de Pasión de Urbino tuvimos las novelas más “grandes” de Lisandro que hicieron de él uno de los más notables novelistas del siglo xx en Cuba. Tuvimos también sus artículos. Algunos, más que artículos, son realmente ensayos. La brevedad no les menoscaba ese peso específico que le ha merecido a Lisandro el reconocimiento –explícito y tácito– de ser el mejor periodista cultural de las últimas décadas del siglo xx y de los primeros años del xxi. Y todo ello, en medio de una labor pocas veces frecuente de promoción cultural en el ámbito literario. En ella incluyo su responsabilidad al frente de la Academia Cubana de la Lengua. Tampoco exagero si afirmo que la despertó cuando ya se aprestaba a dormir el sueño eterno. Le dio una vida nueva. En sí y en su proyección social, si es que estas dimensiones se pueden separar. Si alguna institución vive de veras, no deja de proyectarse socialmente. Si sólo sobrevive... pues sólo sobrevive. Sus últimos presidentes, cubanos nobles y generosos, pero tan llenos de años como de virtudes y talento, hicieron... lo que pudieron: mantenerla en vida, pero adormecida. La Academia, como la bella durmiente del cuento que a todos nos sigue encantando, esperaba el beso del príncipe ignoto que la devolvería a la vida suya, a la que le es propia. Y ese fue Lisandro.

Cuando dejábamos las cenizas de Lisandro en el Jardín de la Madre Teresa de Calcuta, y nos disponíamos a pasar a la Basílica Menor de San Francisco de Asís para homenajearlo con un concierto de música barroca, nos llegó la noticia del fallecimiento de Iris, para mí inesperado, a pesar de su avanzada edad. Siempre que preguntaba
por ella a quienes podían darme noticias fiables, me decían que estaba bien. Que tenía los inevitables achaques, pero que estaba bien. Pero se nos fue así, de pronto, y su deseo cumplido de cremación y de esparcimiento de sus cenizas entre ciertas flores del Jardín Botánico que le gustaban particularmente, no nos permitió ni siquiera eso, haberla depositado en un jardín, en el de Madre Teresa o en otro. Porque Iris, hasta por el nombre propio, evocaba una hermosa flor. Y otras realidades: el arco multicolor producido por la refracción de la luz solar en el agua de la lluvia, el disco en cuyo centro está la pupila del ojo y, no olvidemos, por último, que en la mitología griega –maestra de tantas generaciones occidentales–, Iris era hija de Taumas y de Electra, la vengadora de la muerte de Agamenón junto con su hermano Orestes. Iris era la mensajera de los dioses del Olimpo. Especialmente de Juno, la Reina del Cielo, la hija de Saturno y de la Tierra. Piensen y relacionen, en clave simbólica o metafórica, los que la conocieron, a nuestra Iris, la real, no la mitológica, cómo ella reunía las calificaciones positivas que esas realidades sugieren: la flor, la luz en sus múltiples tonalidades, cuando llueve y parece que todo se nos viene encima, el marco de la pupila atenta, la familiaridad con la Bondad, la Belleza y la Verdad que los dioses del Olimpo traicionaron y que, al mostrarnos las consecuencias de tal traición, nos han enseñado la necesidad de cultivar la tríada suprema y trascendente.

Sé que algunos críticos literarios no aprecian el género de la novela radial o televisiva. Estiman que el género como tal no tiene rango; que es irremisiblemente mediocre. Vuelvan a escuchar, si les resulta posible, los textos radiales de Iris (y de algunos más, no muchos) en los que la calidad de la narración se une intrínsecamente a la afirmación de los valores que todos deberíamos cultivar y promover sin descanso. El problema no está en el “género”, sino en la poca suerte que este género ha tenido con relación a los autores que lo han cultivado y, con demasiada frecuencia, con los autores que lo interpretan. ¿Quién juzgaría de otros géneros por las malas producciones e interpretaciones? Lo que sucede es que en los otros géneros es posible y relativamente fácil encontrar los frutos buenos. Y en el género que, preferentemente, Iris cultivó con tanta maestría y luz múltiple, esos frutos buenos no abundan. ¡Y tanto los necesitamos! Es el género que más llega a nuestro pueblo. Lo que se transmite así, envuelto en ropaje de novelas, teatros y cuentos, por radio y televisión, llega a todos. Más que los sermones del sacerdote y los consejos de los maestros buenos. Se cuela en todos los entresijos de nuestro pueblo, como si se tratase de mensajes de los dioses o de oráculos proféticos. ¡Y podrían serlo! Y así como las novelas radiales de Iris, con su buena factura, sin sermoneos, inculcaban valores y buen gusto, lo que más abunda ahora no es eso. Y lo lamentamos y al constatarlo, dolientes, se nos alza más aún el recuerdo de Iris, que engalanó nuestros medios durante una buena parte de su vida y contribuyó así a la mejor educación de muchos y, sobre todo, de muchas, que antaño escuchaban sus novelas con atención casi religiosa.

No sé si esta apostilla me salió como variación o como contrapunto. Juzguen los lectores. Lo que sí sé –estén seguros de ello– es que ha nacido de mi respeto y mis mejores afectos hacia las tres personas evocadas. Que hoy –espero– nos contemplan desde su plenitud sin fin.

La Habana, 28 de Enero de 2008.


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