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EL AMOR OFRECE UNA OPORTUNIDAD
 
por Hans Urs Von Balthasar (*)
El amor ofrece una oportunidad. En el Cantar de los Cantares leemos: “Es fuerte el amor como la muerte; es cruel la pasión como el abismo” (Canto 8, 6). Jesús dice cosas evocadoras de esto, cosas que no encajan, en lo absoluto, con la imagen dulce y enfermiza que muchas personas dibujaron del Hombre de Nazareth. Cuando escuchamos el evangelio debemos estar preparados para una dureza de este tipo. Dice así:

“En aquel momento se presentaron algunos a contarle que Pilato había mezclado la sangre de unos galileos con la de las víctimas que ofrecían. Jesús les contestó: ‘¿Piensan que esos galileos eran más pecadores que los demás, porque acabaron así? Les digo que no; y si no se enmiendan, todos ustedes
perecerán también. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les digo que no; y si no se enmiendan, todos ustedes perecerán también’.

”Y añadió esta parábola: ‘Un hombre tenía una higuera plantada en su viña, y vino a buscar higos en ella y no encontró. Entonces dijo al viñador: Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. ¡Córtala! ¿Para qué, además, va a esquilmar el terreno?’. Pero el viñador le contestó: ‘Señor, déjala todavía este año, entretanto yo cavaré y le echaré abono; si en lo adelante da fruto, bien; si no, la cortarás (Lc 13:1-9).”

Dos verdades se enfrentan entre sí en estas palabras de Jesús. La primera trata sobre la atrocidad política del Gobernador romano, pero también del desastre en la piscina de Siloé, el derrumbe de una torre que sepultó vivas a dieciocho personas. ¿Tales catástrofes deben ser interpretadas como la retribución por la culpabilidad de esos que fallecieron, como creían los fariseos? Jesús dice un “No” categórico. La segunda verdad trata sobre los mismos episodios y luego se aclara por la parábola de la higuera. ¿Aquellos golpeados por la desgracia son, entonces, inocentes? No, dice Jesús, eran tan pecadores como ustedes que hacen la pregunta, y ustedes están tan expuestos al castigo como al peligro del castigo, al igual que aquellos que ya han sido alcanzados por el castigo. La única lección provechosa que usted puede sacar de esos reportes, de esas informaciones de los periódicos encabezadas por los titulares “crímenes y accidentes”, es ésta: conviértase, cambie su vida, dé un giro de 180 grados. No en algún momento futuro, o cuando le convenga, cuando la recesión económica empeore o escasee la comida, sino ahora, porque éste es el tiempo de Dios y, como dice Juan el Bautista, el hacha ya ha sido colocada en la raíz de su árbol. Es el tiempo para que el árbol de higo produzca el fruto que las personas han estado esperando impacientemente; incluso el viñador, pidiendo una postergación de las medidas drásticas, tiene que estar de acuerdo en que el próximo año podría ser demasiado tarde, será demasiado tarde, seguramente, si el árbol continúa sin dar frutos, como un parásito que usa la tierra.

No puede haber ninguna duda o cuestionamiento, y decir que el amor de Dios no puede ser visto en este evangelio. A decir verdad, aparece en muchas formas, pero como un amor tan estirado por el hombre, por así decir, que parece haber alcanzado el límite de su paciencia y está obligado a asumir la forma de una advertencia.

Ante todo, Jesús dice que Dios no trata simplemente a los pecadores de acuerdo con sus actos, y que el sufrimiento que los alcanza no es en modo alguno una señal de la magnitud de su culpa. Otros podrían tener mayores culpas y aún así ser perdonados.

Segundo, Él ofrece una oportunidad a quienes le interrogan. La verdadera desgracia de sus seguidores debería ser una advertencia para ellos: deben tomarlo como una señal de Dios para cambiar el curso de sus vidas. Nótese cuán apremiantemente habla Jesús de “todos los otros que vivieron en Jerusalén”, aquellos que, si no cambian perecerán de la misma manera: Él puede prever la ruina inminente y terrible de la obstinada ciudad.

En tercer lugar, de acuerdo con Jesús, está en la naturaleza de la higuera producir fruto. Dios le ha dado una capacidad innata para el bien, para ser útil. Del mismo modo, el hombre solamente tiene que seguir su instinto natural, y responderá a la demanda de Dios de fructificar.

En cuarto lugar, tenemos la buena voluntad del viñador que pide una última postergación, y está preparado para hacer su máximo esfuerzo, cavando y abonando, para extraer el fruto del obstinado árbol. Y en quinto lugar, está el Señor que cede a la solicitud y concede una última postergación.

El Amor está, por tanto, definitivamente presente; brilla saliendo de entre todas las grietas y rajaduras, pero, ante la tibieza de los hombres, ante su falta de amor y su costumbre de acusar a otros del pecado y excusarse a sí mismos, tiene que asumir las características de un poder despiadado y decidido. “Es fuerte el amor como la muerte; es cruel la pasión como el abismo”. Al final se llega a un punto en el que la longanimidad de Dios es consumida, cuando el hombre no aprovechará el tiempo que le queda. Entonces el amor de Dios tiene que recurrir a otros métodos. Pero por favor, entiendan que estoy hablando del amor de Dios. No estoy diciendo que el amor de Dios es interiormente limitado, por ejemplo, por su justicia. Esto es lo que muchas personas piensan. Pero ninguna de las cualidades de Dios es limitada, mucho menos su amor. Ni lo es su justicia, o su piedad. Cualidades éstas interpenetradas totalmente. No podemos decir que Dios es injusto cuando, en la parábola de los peones contratados para trabajar en la viña, paga a los últimos lo mismo que paga a aquellos que han trabajado desde la mañana. El hecho de que la justicia y el amor coincidan en Dios fue uno de los descubrimientos más oportunos de santa Teresita. Es verdad, sin embargo, que después de que se ha alcanzado cierto punto, el amor de Dios debe usar medidas severas para lograr sus objetivos. El juicio por el que todos los pecadores deben pasar, y del que no emergerán sin ser purificados después de un tiempo más breve o más largo, debe ser persistente. Debe ser totalmente irrevocable, precisamente porque lo que está en juego es el acceso al perdón final.

Vale la pena vivir por un momento en esta idea del juicio. Los católicos creen en la existencia del purgatorio, un periodo de purificación. San Pablo habla de él explícitamente en la primera carta a los corintios: “Y la obra de cada uno se verá por lo que es, porque el día la pondrá de manifiesto; porque ese día amanecerá con fuego y el fuego pondrá a prueba la calidad de la obra: si la obra de uno resiste, recibirá su paga, si se quema, la perderá; él sí saldrá con vida, pero como quien escapa de un incendio (1 Cor 3,13-15).”

Ahí tenemos, exactamente, esta dureza presente en parte del amor. Pero ahora, en lugar de ser en forma de una advertencia en la dimensión del tiempo, comienza en realidad a tomar forma en el umbral de la eternidad. El purgatorio no es más que una dimensión del juicio; es pasar el juicio, en que somos medidos contra la norma persistente a la que estamos conformados, como debemos serlo si nos es permitido ingresar al reino del amor eterno. Porque ese es nuestro destino. Así que el fuego del amor divino debe quemar en nosotros todo lo que no se corresponde con él. Y, dependiendo de cómo hemos vivido aquí en la tierra, esto puede ser más o menos doloroso; efectivamente, podría involucrar un dolor atroz. Entonces podría suceder que toda nuestra superestructura terrenal, todo lo que pensábamos que teníamos para identificarnos a nosotros mismos en la tierra, se elevará en llamas, y esas ruinas en llamas caerán sobre nosotros de la misma manera que cayó la torre de Siloé. Uno sufrirá la pérdida de su obra, “la perderá”, dice san Pablo, se dolerá con la futilidad y la perversión de su vida, y en medio de la vergüenza y la desgracia tendrá que sentarse entre los tontos para aprender el ABC del amor verdadero. Hasta ahora todo lo que sabía (y eso sólo de memoria) era el ABC del egoísmo. ¿Qué puede hacer con tal persona la piedad divina? Tal persona ni siquiera lo comprendería; no sabría ni siquiera cómo aceptarlo. El pecador necesita una especie de lavado de cerebro para comprender las ideas que se esconden detrás del amor de Dios. Al final, sin embargo, las ideas de Dios son las únicas verdaderas, y en última instancia sólo tenemos que someternos a ellas. En el juicio y el fuego que va con ellas, tendremos que caminar despacio hacia la última y abarcadora idea, la noción final de la inventiva de Dios, a saber, el Hijo de Dios crucificado. Él es la verdad, y yo debo permitirme a mí mismo aceptar esta verdad. La verdad del pecado: esa es tu contribución. La verdad de la gracia: es lo que Dios ha hecho por ti. La conversión es siempre un proceso doloroso y solitario. Nadie puede hacerlo por mí, y debo aprender a amar cosas que antes no me gustaban y renunciar a aquellas cosas que antes tuve como muy queridas.

Pero ahora dejemos el purgatorio y regresemos al mundo. Como cristianos no podemos interpretar el sufrimiento en el mundo de otro modo que no sea el de un amor divino que cubre su rostro con un velo cuando es confrontado con la pecaminosidad terrible del mundo. Podría parecernos que aquellos que son menos pecadores sufren más. En tal caso, sin dudas, su sufrimiento es en nombre de los demás. Los galileos mencionados en el evangelio, en realidad estaban ofreciendo el sacrificio de animales en el templo cuando ellos mismos fueron asesinados. Comparados con otros, eran pecadores temerosos de Dios. El menos culpable puede ser encerrado en campos de concentración o desterrado al archipiélago Gulag. Esto proviene de la Cruz de Cristo: el mejor puede sufrir en nombre del peor. O digamos más bien, “son privilegiados por sufrir” en nombre de otros. Y este sufrir puede ser realmente severo y despiadado. Esto nos debe hacer recordar si, en nuestro sufrimiento, llegamos al final de nuestra paciencia; porque es esto lo que nos sostendrá y evitará que caigamos en la amargura.

Sin embargo, y sobre todo, debemos escuchar la urgente advertencia en las palabras de Jesús: “si no se enmiendan, todos ustedes perecerán también”. Este “si no se enmiendan” implica la posibilidad de evitar el desastre. Jerusalén podía haberse arrepentido. Todos podríamos arrepentirnos, y así nuestro futuro luciría diferente. El hacha está colocada en la raíz del árbol, pero muchos responden a las palabras del Bautista, se convierten y son bautizados. La higuera podría producir frutos el próximo año –su última oportunidad– y por tanto librarse de la destrucción.

Podemos aplicar todo esto a nuestro propio país. Si Dios hubiera encontrado a diez hombres rectos en Sodoma, la ciudad habría sido perdonada como pidió Abraham. ¿Quién sabe cuántas personas rectas, que interceden por sus conciudadanos, están entre nosotros? Una cosa es segura: habrían más si nos convirtiéramos; quizás así habrían suficientes para salvar nuestro país. Uno sospecha, sin embargo, es que hoy hay probablemente menos que en épocas anteriores, cuando las personas rezaban más, hacían más penitencia y creían con una esperanza más grande. En aquellos días, se imprimían menos periódicos y documentos (de sínodos, oficinas episcopales y todo tipo de comités) para arrojar directamente en el cesto de basura, pero había una atmósfera y un punto de vista cristianos más genuinos en nuestras parroquias. En aquellos días no existía la destructora disputa entre la izquierda sin sentido y la anquilosada y amargada derecha. Por aquel entonces, en la última guerra, éramos conscientes de la mano protectora de nuestro intercesor Abraham. “Por la gracia han sido salvados por medio de la fe” (Ef 2, 8). Debemos recordar esto, no debemos suponer que seremos salvados por la gracia la próxima vez. “Les digo que no”, dice el Señor, y con este “les digo” que muestra su pleno poder como Juez dice, “si no se enmiendan, todos ustedes perecerán también”. Como los millones que han fallecido al norte, al sur, al este y el oeste de nosotros. Tenemos una buena vida; nuestra región está llena del oro que las personas envían aquí para ser guardado, y lo cuidamos para ellos y para nosotros mismos. Pero es dudoso saber si este oro es el estiércol del que habla el evangelio, ayudándonos a producir el fruto. Lo mismo podría decirse de toda la prosperidad que ha conformado nuestro estilo de vida y se ha convertido casi en el objetivo inconsciente de nuestro trabajo y esfuerzos.

Por el momento somos todavía libres; tenemos lo que, para el mundo moderno, es una libertad sin precedentes, y debemos usarla responsablemente para nosotros mismos y para los demás. Pero entre nosotros están aquellos, y su número continúa creciendo, que desean los antros de perdición de Egipto, la casa de los esclavos, y que gustosamente se revolcarían con la multitud. Ellos no están preparados para aprender ninguna lección de esos árboles de Europa que ya han sido talados y han perdido su libertad para producir frutos. Ya no son parásitos sobre la tierra: ellos mismos están siendo desangrados. Para ellos el sistema que los desangra, el sistema de los esclavistas egipcios, ya no tiene atractivo o fascinación. Las peras se pudren desde dentro; y esto sólo podemos verlo cuando las cortamos. ¿Quién puede hacer algo para parar la putrefacción entre la intelectualidad de nuestro país? Una vez que se ha propagado lo suficiente, difícilmente valdrá la pena estirar una mano para protegerla.

Pero no tenemos ninguna intención de ser fatalistas, como esos que están todavía fascinados. Debemos afirmar que la actitud personal, la conversión personal, pueden ser el factor decisivo en todo. “Señor, déjala todavía este año… si en lo adelante da fruto, bien; si no”, entonces –en el nombre de Dios y para su mayor gloria, de manera que Él pueda hacer espacio para otro y para mejores cosas– “la cortarás”.

Referencia:
-Tomado de Hans Urs von Balthasar, “Tú coronas el año
con tu bondad” (sermones a través del año litúrgico).

(*)Hans Urs von Balthasar (1905-1988). Sacerdote y teólogo suizo. Doctor en Teología y autor de importantes obras teológicas en el pasado siglo.


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