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2 DE MARZO: CUARTO DOMINGO DE CUARESMA
“EL CIEGO QUE LLEGÓ A VER”
La Palabra de Dios: “He venido a este mundo para que los que no ven vean, y los que ven se queden ciegos” (Evangelio).
1. En el tiempo y en la sociedad judía donde Jesús vivió, había una clase social muy elevada. Se habían adueñado del templo de Jerusalén y desde allí dictaban leyes de pureza e impureza. Como era una sociedad muy religiosa, los declarados religiosamente impuros no tenían ningún acceso a puestos de rentabilidad. Entre los declarados impuros estaban los enfermos. Según el evangelio de hoy, el ciego de nacimiento es considerado impuro. Por eso preguntan a Jesús: ¿quién ha cometido el pecado que causa la ceguera? ¿El enfermo, sus padres o sus abuelos?
2. Jesús responde que la culpa de que no vea no es del ciego ni de sus antepasados. Y evocando el gesto de la creación según el relato bíblico –el primer hombre hecho de barro– hace un poco de barro con su saliva y unge los ojos del ciego para que recobre su vocación original: ha nacido para ver, decidir y pensar por su propia cuenta. Una vez curado el ciego, al encontrarse con sus vecinos, afirma: “soy yo mismo”. Cuando las personas abren los ojos, leen la realidad y juzgan por sí mismas, recobran su dignidad original.
3. Sin embargo, las autoridades religiosas de aquella sociedad judía que se creen dueñas de la situación, no aceptan que el ciego de nacimiento comience a ver y a pensar por su cuenta. Prefieren que no sea protagonista de su propia historia, para que así viva sometido y dominado: “jamás se oyó decir que nadie abriera los ojos a un ciego de nacimiento”. La lógica de dominación, encubierta de mil modos, se repite una y otra vez a lo largo de la historia. Pero el evangelio invierte la lógica: “he venido para que los que no ven, vean; y los que ven se queden ciegos”.
9 DE MARZO: QUINTO DOMINGO DE CUARESMA
“DIOS ES COMPASIÓN”
La Palabra de Dios: “Viendo llorar a María, hermana del fallecido Lázaro, y a los judíos que la acompañaban, Jesús sollozó muy conmovido” (Evangelio).
1. El primer domingo de Cuaresma nos preguntábamos: “convertirnos ¿a qué divinidad?”. Nuestros miedos, ambiciones y fantasmas ante las muchas limitaciones que nos entristecen, hacen que todas y todos nos fabriquemos imágenes de la divinidad a nuestra medida que, una vez fabricadas, nos culpabilizan y atormentan. Es frecuente incluso en muchos cristianos la imagen de un Dios indiferente y alejado, alejado de sus criaturas y preocupado únicamente por su honor. |
16 DE MARZO: DOMINGO DE RAMOS
“UN MESIANISMO AL REVÉS”
La Palabra de Dios: “Mira a tu rey que llega sobre un borriquilllo” (Evangelio).
1. Porque los seres humanos sufrimos siempre la insatisfacción de no llegar a ser totalmente lo que somos, siempre caminamos en espera de una liberación. Soñamos con una realidad de plenitud que aún tiene lugar en nuestra existencia, es lo que llamamos “utopía”. Y como solos no podemos alcanzar ese mundo que añoramos, volvemos los ojos hacia un Mesías, un Enviado que nos dé repuesta. La historia bíblica procede con la promesa de que ese Mesías llegará para librar a la humanidad de todas sus deficiencias e introducirla en el paraíso de la felicidad.
2. A lo largo de esa historia bíblica surgieron falsos mesianismos. El pueblo judío puso a veces su esperanza en el dominio político sobre los demás pueblos, en la prosperidad económica sin límites, en un jefe vencedor de todos sus enemigos o en un templo muy lujoso con ritos solemnes y deslumbrantes. Cuando llegó Jesús de Nazaret, aquel pueblo judío, entonces una insignificante colonia bajo la dominación de Roma, seguía esperando a un Mesías que, con su poder, acabara con el imperialismo y con la pobreza. Por eso, cuando Jesús hace milagros para curar enfermos o dar de comer a una multitud hambrienta, la multitud se levanta y le proclaman su rey, el enviado para liberar al pueblo.
3. En esta idea del mesianismo, la gente sencilla, enterada de que llega Jesús, corre a las afueras de Jerusalén para aclamar al Libertador. Pero significativamente Jesús llega, no en un caballo como los grandes emperadores, sino en un borriquillo; y en esa conducta humilde, los pobres, le reconocen como Mesías, Enviado del Señor. Las horas que siguieron a esta recepción por parte de los sencillos, fueron el tiempo en que Jesús demostró ser el Mesías no mediante un poder que se impone por la fuerza sino en el amor que incondicionalmente se entrega. Con su muerte Jesús nos dejó trazado el camino de la verdadera liberación: sólo llega cuando el ejercicio del poder es mediación del amor.
20 DE MARZO: JUEVES SANTO
LO QUE CUENTA ES EL AMOR
La Palabra de Dios: “Les he dado ejemplo, para que ustedes hagan lo mismo” (Evangelio).
1. Jesús de Nazaret vivió y actuó apasionado por construir un mundo de felicidad para todos; curó enfermos, infundió confianza en los pobres y excluidos, invitó una y otra vez, con palabras y gestos, a los soberbios y arrogantes para que se liberaran de sus ídolos o falsos absolutos que son el tener, poder, aparentar, y gozar inmediatamente y lo más posible a costa de quien sea y de lo que sea. Pero la respuesta fue la que los hombres damos una y otra vez: eliminemos al profeta. En vez de huir o renunciar a su proyecto –esa nueva humanidad evocada en el símbolo “reino de Dios”– Jesús siguió adelante.
2. Horas antes de ser detenido y condenado a muerte, Jesús celebró una comida para despedirse de sus discípulos más próximos. En ella manifestó lo que había intentado en su vida y cómo interpretaba él su muerte. Cuando parecía que todo estaba perdido y no había porvenir, Jesús se entrega incondicionalmente: aquí está mi carne y mi sangre, mi persona, con toda mi vida, con lo que he dicho y hecho: “tomad y comed”. Y esto mismo dio a entender en otro gesto inaudito dentro de aquella cultura judía: siendo maestro y señor, actuó como un esclavo; se despojó de su manto, se ciñó con el mandil del servidor y, arrodillándose delante, lavó los pies de cada discípulo.
3. Pedro no entiende ni acepta este cambio de perspectiva: ¿no es Jesús el Libertador político que a todos someterá con su poder? Pedro expresa la mentalidad que todavía hoy tenemos incluso muchos cristianos. En esa mentalidad se comprende que, cuando las cosas se ponen mal y llega la humillación, no soportemos el fracaso y la esperanza se nos muera entre las manos. Cuando Jesús lavó los pies a sus discípulos, dijo: “les he dado ejemplo para que ustedes hagan lo mismo”. Al celebrar la eucaristía debemos recordar no sólo un gesto que Jesús hizo, sino cuándo lo hizo: “en vísperas de su muerte”, cuando no había futuro humanamente posible, y sólo el Padre puede ser fundamento de la esperanza. 21 DE MARZO VIERNES SANTO:
“EL PODER SE MANIFIESTA EN EL AMOR”
La Palabra de Dios: Pilato no encuentra causa para condenar a Jesús. Cuando ya está desfigurado por los malos tratos y le han puesto para mofarse de él una corona de espinas, el gobernador romano dice a los judíos “aquí tenéis a vuestro rey” (Evangelio).
1. No resulta difícil pensar en una divinidad que no sea omnipotente; nos la imaginamos como un poderoso de este mundo, eso sí, infinitamente más elevado pero en la misma línea y con la misma lógica del poder intocable que se impone, si es necesario, con la fuerza. Por eso la conducta de Jesús, profeta itinerante, sin relieve social e indefenso, no tenía crédito para presentarse como enviado de Dios Altísimo que es dueño y señor de todo.
2. La conducta histórica de Jesús, que pasó por el mundo haciendo el bien, curando a los enfermos y liberando a los oprimidos por fuerzas diabólicas, no fue tanto una ostentación de poder, sino un signo del amor de Dios encarnado en un hombre que actuó siempre motivado por ese amor. Jesús no hace nunca milagros para llamar la atención o demostrar su rango divino; sus milagros son gestos de liberación, manifestando que Dios actúa con amor manteniendo y perfeccionando la vida de todos los seres humanos y abriendo porvenir donde parece que no hay salida.
3. Y esa misma lógica del amor brilla de modo especial en la muerte de Jesús. Es la “epifanía”, la revelación del amor de Dios cuyo poder se manifiesta como misericordia. Un amor encarnado en la humanidad que, por fin se ha dejado transformar totalmente por el amor de Dios hasta morir siendo testigo de ese amor. Los cristianos tenemos como rey a un Crucificado; no temido por sus grandes ejércitos ni por su fuerza incontestable, sino amado porque siempre nos arropa con su amor, nos mira con esperanza, y es capaz de llamar a las cosas que no son para que sean. En el viernes santo damos gracias a Dios cuya omnipotencia se revela como misericordia, un amor que se hace cargo y carga con nuestra miseria para perfeccionar la obra de la creación que realiza en nosotros y con nosotros.
23 DE MARZO: DOMINGO DE RESURRECCIÓN
“NO TENGAN MIEDO”
La Palabra de Dios: “nosotros somos testigos: Dios resucitó a Jesús” (primera Lectura).
1. La resurrección de Jesús es un acontecimiento que tuvo lugar en nuestra historia. Pero sólo tenemos acceso al mismo por la fe: por un encuentro interpersonal en que Dios tiene la iniciativa. Según los relatos evangélicos Jesucristo lleno de vida después de la muerte, irrumpió en la vida de sus discípulos, “se dejó ver”. En el bautismo Jesucristo resucitado entra en la vida de cada persona; podemos decir que también “se le aparece”; creemos que Jesucristo vive no por un discurso racional, sino porque lo experimentamos vivo y activo dentro de nosotros.
2. Aquí llega la buena noticia de la resurrección: “este es el día en que actuó el Señor venciendo a la muerte”. Alguno puede pensar: esa creencia en que Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado ¿no será fruto de una imaginación calenturienta o invención de algunos ilusos? Según los primeros cristianos la resurrección de Jesús es un acontecimiento real, no inventado; están seguros de que Jesucristo vive: “nosotros somos testigos”, y están dispuestos a dar testimonio hasta con la propia vida. Para que se vea que es la confesión de toda la Iglesia, y no sólo de algún discípulo carismático, según el evangelio, cuando el discípulo carismático intuye y corriendo llega al sepulcro antes que Pedro, que es el representante oficial de la Iglesia, espera a que llegue Pedro y confiese la fe de toda la comunidad cristiana: Jesucristo ha resucitado.
3. Los cristianos somos invitados a vivir como resucitados, muriendo cada día nuestro egoísmo, nuestra soberbia, nuestros instintos de placer a costa de lo que sea y de quien sea, nuestra existencia aburguesada que se despreocupa de los pobres. Con lenguaje metafórico, san Pablo recomienda a los primeros cristianos: “busquen los bienes de arriba”; en otras cartas identifica estos valores con la misericordia, la comprensión, la justicia. Vivir como resucitados significa relacionarnos con todos como hermanos para ir construyendo la fraternidad o reino de Dios en la confianza de que llegara a su plenitud. En los relatos evangélicos sobre la resurrección de Jesús una y otra vez escuchamos la invitación: “no tengan miedo”.
30 DE MARZO: DOMINGO II DE RESURRECCIÓN
“PAZ A VOSOTROS”
La Palabra de Dios: “Dichosos los que creen sin haber visto (Evangelio).
1.Ya en la segunda generación cristiana, donde escribe san Juan su evangelio, algunos pensaban que los primeros discípulos que habían acompañado a Jesús después de muerto, le habían vuelto a ver con los ojos de la carne; así ya no habrían creído porque creer es aceptar lo que no vemos con esos ojos. Por eso el evangelista les dice que aquellos primeros discípulos vieron a Jesús “con los ojos de la fe” y creyeron. Pedro, Andrés, Santiago, Juan... son los primeros creyentes, y en su testimonio se apoya la fe de la comunidad cristiana. También como nosotros, ellos dudaron, tuvieron miedo. Cristo vivo había irrumpido en su existencia pero tardaban en reconocerle y gustar su presencia.
2. La fe o encuentro con el Resucitado se manifestó en los primeros creyentes como perdón, paz, opción por seguir a Jesucristo y compromiso de anunciar al mundo entero su evangelio. En el encuentro personal y comunitario con Cristo vivo consiste la fe o experiencia cristiana. La única forma de proclamar la resurrección es vivir con la sensación de amados y acogidos por el amor, respirar sentimientos de perdón, vivir reconciliados con nosotros mismos para construir la paz en nuestras familias y en la sociedad.
3. En una de sus homilías que hoy leemos, san Pedro da gracias a Dios que, “en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera”. San Pablo en una carta lo decía con otra bella imagen: la resurrección de Jesús es primicia de una gran cosecha que recibimos nosotros. El Dios de la vida, presente y activo como amor en el Crucificado, ha vencido a la muerte. Los cristianos somos testigos amando a los demás, transmitiendo confianza y alegría: “no habéis visto a Jesucristo y lo amáis; no lo veis y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado” (san Pedro).
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