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Diez años de
LOS OBLATOS EN CUBA
“Que cada uno de nosotros se renueve,
sobre todo en la devoción a la SantísimaVirgen,
para hacernos merecedores
a ser los Oblatos de María Inmaculada.”
san eugenio de mazenod
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por Eduardo López González |
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De izquierda a derecha, los padres Vicente Louwagie,
Hugo Oliva, Alberto Montiel, Daniel Díaz y Ernesto Méndez.
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| “La presencia Oblata en Cuba, es un regalo de Dios”. Así afirmaba monseñor Arturo González, obispo de Santa Clara, en la misa celebrada el pasado 14 de diciembre en la parroquia San Isidro Labrador, de la comunidad de Managua, por los diez años de los Oblatos entre nosotros. |
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Estuvieron presentes el provincial de México PP. Vicente Louwagie, los padres Alberto Montiel y Daniel Díaz de la comunidad de Yaguajay en Santa Clara (principio de la misión, junto a Cienfuegos y Matanzas); el padre Ernesto Méndez (uno de los primeros en llegar a la Isla en febrero de 1998 y quien pasó por casi todas las comunidades hasta fundar, junto al padre Armando López, en noviembre del 2004, la primera comunidad de su congregación en Los Palacios, Pinar del Río); el padre Hugo Oliva y el diácono Adrián Zavaleta de las comunidades Guásimas y Managua, en Arroyo Naranjo, y San Antonio de las Vegas, Guara, Batabanó y Surgidero de Batabanó.
Consagrados a anunciar a Cristo y su Reino en la periferia o zonas rurales, predicar entre indígenas, campesinos y pobres, la congregación de los Oblatos de María Inmaculada OMI fue fundada en Marsellas, Francia, por San Eugenio de Mazenod (a quien, el Papa Juan Pablo II, lo declarara digno de nuestro honor, devoción e imitación) en febrero de 1816. En 1841, el obispo de Montreal, monseñor Ignace Bourget, llegó a Marsellas para solicitar Oblatos que desearan predicar en las Américas, específicamente en parroquias retiradas en el campo y habitadas por nativos. “Puede ser que Montreal sea la puerta por la cual nuestra pequeña familia pase, para ganar almas en muchos países”, dijo el fundador, y el 2 de diciembre de 1841 llegaban a Canadá los primeros Oblatos. Sólo seis hombres que habían hecho suyo “el glorioso nombre de la Santísima María Inmaculada” se encaminaban a evangelizar a los pobres de América. Hombres que renunciaron “plenamente a sí mismos, sin más miras que la gloria de Dios, el bien de la Iglesia y la edificación y salvación de las almas”. De Canadá, la misión Oblata, pasó a Texas (1849), México (1858), pero todavía le faltaban muchos años, y trámites, para llegar a Cuba.
Corría la década del 70 cuando monseñor Héctor Peña Gómez, obispo de Holguín, pidió a la administración general que evaluara la posibilidad de enviar misioneros Oblatos a la Isla. A principio de los 90, monseñor Mariano Vivanco, obispo de Matanzas, monseñor Fernando Prego, obispo de Santa Clara y monseñor Emilio Aranguren, obispo de Cienfuegos, solicitaron (esta vez con carácter formal) una presencia Oblata. En la reunión Inter-capitular de los Superiores Mayores Oblatos, realizada en Bangkok, capital y principal ciudad de Tailandia, en octubre de 1995, se decidió aceptar este compromiso: la nueva misión fue encomendada a la provincia de Haití. A finales de 1996 se unió, en esta labor misionera, la provincia de México. Faltaba solamente que se aprobaran las visas por parte del gobierno cubano.
Comentando la llegada de la misión a Santa Clara, monseñor Arturo González la nombraría “el vicariado de Yaguajay”, por la cantidad de parroquias que debían ser objeto de la misión; parroquias que daban gracias a Dios cuando enviaban a un sacerdote o seminarista hasta esos lugares distantes, y que en ese diciembre de 1997 recibían a los nuevos misioneros. A un mes del arribo de los Oblatos, el Papa Juan Pablo II celebraba en Santa Clara su primera misa en suelo cubano.
Luego de dos años de misión en la comunidad de Martí, en Matanzas, los Oblatos tuvieron que dejar la región. Llegan en 1999 a la parroquia “San Isidro Labrador”, de Managua. Entre ellos estaba el padre Ernesto Méndez, que tiempo después se trasladó hacia Los Palacios. Los padres Hugo Oliva y Adrián Difícil se encargaron entonces de la comunidad de Managua.
En el mensaje de los Obispos Católicos de Cuba, después de la visita del Papa, estos la califican de “un paso evidente de Jesucristo por nuestra historia…, un nuevo adviento en la historia de Cuba”. Y, realmente, Jesucristo no sólo pasó sino que se quedó; sobre todo entre campesinos y grupos más alejados de los sitios donde la Iglesia ya está implantada.
El carisma de los Oblatos es enteramente misionero. A este peregrinar suman la formación y animación de líderes religiosos y laicos, la creación de Centros Educativos y formación de jóvenes, medios de comunicación, desarrollo comunitario, etcétera. Se trata de carismas necesarios para la sociedad cubana que, desde el primer mes de misión, prepararon al pueblo para las palabras del Papa: “…la familia, la escuela y la Iglesia deben formar una comunidad educativa donde los hijos de Cuba puedan crecer en humanidad”. Tarea que han llevado a cabo, en estos diez años, los padres Oblatos, y que seguirán llevando, como dijo el padre Hugo Oliva, párroco de Managua, en correspondencia a todos los agradecimientos, apoyo, acogida por parte de los laicos y religiosos de estas comunidades de la periferia. Laicos que, al final de la misa, pidieron a Dios, Nuestro Señor, la bendición para todos los Oblatos, y que sigan con nosotros evangelizando al pueblo cubano. |
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