Catequesis impartidas por el cardenal
Jaime Ortega Alamino, arzobispo de La Habana,
con motivo de la Cuaresma 2008
en la S.M.I. Catedral de La Habana.
Inspiradas en la obra de Heinz Schürmann
“El Destino de Jesús, su vida y su muerte”. |
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JESÚS:
SUS ORÍGENES
Es imposible comprender los dichos y hechos de Jesús si no volvemos la mirada hacia Nazaret, lugar de sus orígenes, poblado pequeño de la Galilea, provincia judía alejada de Judea y separada de su capital, Jerusalén, por el amplio territorio de Samaria. Galilea era un sitio limítrofe con otros pueblos, etnias y culturas, por esto es llamada muchas veces Galilea de los gentiles, es decir, Galilea de los paganos, de los extranjeros. El hecho de que Jesús de Nazaret crezca en un sitio así es lo primero que tenemos que considerar en su manera de exponer su mensaje, de acercarse a la gente, de realizar su misión. Él estuvo siempre situado al borde de su pueblo en los límites de su país, lejano del centro del poder que era Jerusalén, que también era el centro religioso, donde |
se hallaba el Templo y se ejercía el poder sacerdotal. Era también la Ciudad Santa, la capital de la Palestina de aquella época, ocupada por los romanos. Lugar de clima benigno, de verde vegetación, sin la aridez que encontramos al sur en la Judea, Nazaret debía ser un sitio tranquilo y, sin embargo, desde hacía muchos años, por su condición limítrofe y la ida y venida de extranjeros, se había convertido en una zona socialmente inestable y políticamente peligrosa para los ocupantes romanos.
El detalle del censo que el emperador César Augusto manda a realizar en la época en que María estaba encinta y espera ya el momento del parto, nos hace ver, por la peculiaridad de aquel censo, que incluía el desplazamiento de cada uno de los ciudadanos hasta su lugar de origen, que María y José eran de Belén, al sur, en la Judea, un pueblo cercano a Jerusalén. ¿Cómo se explica esto? Las familias de José y de María vivían probablemente en la Judea, eran de aquellos judíos sencillos y buenos, que habían integrado lo que se llama en la Biblia “el resto fiel de Israel”, es decir, aquellos pequeños grupos que quedaron dispersos en poblados y caseríos y aún en la misma ciudad de Jerusalén, viviendo a veces en sus ruinas, cuando la gran mayoría del pueblo fue deportada hacia Mesopotamia, donde ocurrió el largo exilio del pueblo de Israel, del cual regresaron cuando vino el edicto de Ciro, permitiendo el retorno y la reconstrucción del Templo. No todos los judíos sino pocos regresaron. De aquellos pobres de Yahvé, otro apelativo que da la Sagrada Escritura a ese resto que quedó en la zona de Jerusalén y sus alrededores durante el tiempo del exilio, eran las familias de José y de María. Al ser ocupada la Palestina por los romanos, descubrieron con prontitud que Galilea era un sitio inquieto porque allí no había judíos fieles, personas buenas como podían encontrarse en el sur, en los lugares cercanos a Jerusalén, como el poblado de Belén y otras aldeas cercanas. Entonces los ocupantes romanos dieron algunas facilidades para enviar familias a Galilea que fueran de estas condiciones: personas humildes, trabajadoras, de buenas costumbres y serenas, que podrían ayudar a desarrollar aquella parte distante de Jerusalén en el norte y que no crearían problemas, sino al contrario, contribuirían con su presencia a pacificar la región. Estas incidencias históricas son las que hacen que Jesús, hijo de María que vivía en Nazaret, nazca en Belén y que después de la huida a Egipto, a causa de la persecución de Herodes, regrese a Nazaret con su familia, donde transcurrió toda su niñez.
Por tanto, en Nazaret es donde debemos indagar los orígenes de Jesús, allí estaba su mundo. Le encontramos allí concretamente de manera especial: 1- En la vida pública de su lugar de residencia (Lc 13, 26). Pero también en los alrededores, donde su oficio de carpintero lo llevaba necesariamente para realizar trabajos. 2- En la Sinagoga de Nazaret (Mc 6, 2) y también en las de las localidades vecinas. 3- Pero de manera decisiva en la silenciosa “habitación… en lo oculto”, donde “el Padre ve” (Mt 6, 6).
El mundo sociopolítico
En Nazaret se formó ya la característica y muy original comprensión de Jesús del Reino de Dios. Cuando Jesús hablaba del Reino, escogía un término que objetivamente escuchaba en las consignas de los zelotas. ¿Quiénes eran éstos? Eran judíos que formaban grupos de agitadores políticos y sembraban inquietud en las aldeas de Galilea. Casi todos se habían agrupado en cuevas que estaban en los alrededores, en las estribaciones cercanas a Nazaret. Estos eran grupos armados. Los zelotas no eran gente de letra, no dejaron nada escrito, eran hombres de acción y tenían un profundo y combativo sentido religioso en su quehacer. Su consigna y su exigencia era: “¡Yahvé tiene que ser rey, el único Señor!”.
Como en Jesús ocupa un lugar enteramente central la idea del reinado radical de Dios: “A Dios lo que es de Dios” (Mc 12, 17), estas palabras pueden sonar ya como una consigna parecida a la de los zelotas, pero éstos entendían el reinado de Dios en sentido terrenal y teocrático, es decir, como un reinado único, de tal manera que el poder religioso gobernara a todo el pueblo. Ellos no hubieran podido añadir: “dad al César lo que es del César” (Mc 12, 17). Basándose en el reinado de Dios, un reinado que iba a llegar de manera inmediata, y ateniéndose supuestamente a la confesión de fe en el único Señor de Israel, los zelotas exigen que Israel reconozca únicamente a Dios como Señor y soberano y que no preste ya ninguna obedienciay soberano y que no preste ya ninguna obediencia al César. Este
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Jesús entre los doctores de la ley. |
radicalismo religioso existía también con sus matices entre los saduceos en Jerusalén.
La proclamación que Jesús hace del Reino puede situarse pues, en sentido general, dentro del amplio escenario del radicalismo religioso, pero eso sí, como una anticonsigna que se concibe opuesta a aquella de los zelotas.
Jesús no fue adonde los zelotas en las montañas y las cuevas que le servían de guarida, porque el reinado y el señorío de Dios le destinaban para algo totalmente distinto: no se trataba de un futuro apocalíptico que había que precipitar (ése era el programa del radicalismo político religioso), sino que era un Reino de Dios que llegaría en los tiempos finales, un bien salvífico de Dios. Jesús debió de experimentar grandes dificultades procedentes de ese radicalismo teocrático para utilizar la expresión “Reino de Dios”, porque para Jesús, el reinado y Reino de Dios era, ante todo escatológico y trascendente; en todo caso no era una realidad terrena, política, interesada en la colectividad social o en la comunidad de culto. Puede ser que la comprensión que Jesús tiene del Reino de Dios como visión del final de la historia en el futuro haya incitado una utopía inmanente al mundo, es decir, un proyecto ideal para nuestro mundo dentro de esta realidad terrenal en algunos momentos de la historia, fundada en la idea del Reino de Dios. |
Influencia de la sinagoga en Jesús
La sinagoga era el lugar de reunión de los judíos cada sábado, era el lugar donde los niños judíos aprendían a leer leyendo la Biblia. En una sinagoga, la de Nazaret, tuvo Jesús que aprender a leer en su niñez. El culto de la sinagoga estaba marcado principalmente por oraciones y sermones y evidentemente allí se hacía la lectura de la Sagrada Escritura. La sinagoga era un sitio y una institución que estaba patrocinada por los fariseos. Los fariseos constituían no una clase social rica, aunque podía haber personas de posición entre ellos, sino un grupo de hombres decentes, trabajadores, emprendedores, que eran muy cumplidores de la Ley de Dios y de todo un código de preceptos que habían sido elaborados a través del tiempo por la misma sinagoga, en los que se trataba de explicar cómo se cumplía la Ley de Dios. Estos preceptos eran en muchas ocasiones excesivos, cargados de detalles, de precisiones. Por ejemplo, cómo había que lavarse las manos antes de comer, ritos que había que hacer al entrar o al salir de casa, y muchas costumbres que se habían incorporado a aquel cuerpo ritual a menudo demasiado complicado y exigente. Hemos visto en el evangelio cómo Jesús muchas veces ha hablado de los fariseos con palabras fuertes, diciendo, “ustedes cargan sobre los hombros de los demás un peso que ustedes mismos no pueden llevar”, es decir, agobian con prescripciones a la gente y en muchas ocasiones no son capaces de cumplirlas ustedes mismos. Los sermones de la sinagoga eran casi siempre de carácter farisaico, sobre lo que debe o no debe hacerse, sobre cuándo las cosas están bien hechas o no, y llegando a los últimos detalles.
Hay una oración de la sinagoga que se llama el Qaddix que recoge tradiciones que probablemente se remontan ya al tiempo de Jesús en cuanto a la manera de orar y que pueden ya haber sido corrientes en aquel entonces en el culto de la sinagoga. Veamos una versión de aquella que pudiera haber oído Jesús niño y adolescente en el culto sinagogal: “Glorificado y santificado sea el Gran Nombre en el mundo que Él ha creado según Su voluntad. Que establezca Su reino en nuestros días y en vida de toda la Casa de Israel, prontamente y en tiempo cercano”. El contenido de esta oración es el siguiente: como Yahvé reina y domina eternamente como Soberano en el cielo, ¡quiera Él hacer lo mismo y pronto (según la comprensión propia de los fariseos) en esta tierra! Ahora bien, “el yugo del reinado de Dios” lo acepta una persona sobre sí cuando cumple la Ley de Yahvé. Ese es el pensamiento de los fariseos, a diferencia de los zelotas que pensaban adelantar por la fuerza la llegada del Reino de Dios. Es decir, los fariseos consideraban la realización del reinado de Dios como un programa ético. Si cumplimos la Ley de Dios, y como se pide en la sinagoga, si somos personas buenas como Dios quiere, a través de todo el quehacer y vivir nuestro va a llegar el Reino de Dios.
En el Talmud, que es una especie de devocional y ritual judío de mucha importancia en su culto, en su historia, en sus tradiciones, se recoge la siguiente afirmación: “Una bendición en la que no se mencione el reinado de Dios, no es una bendición”. Estas fórmulas de alabanza, que eran usuales en el tiempo de Jesús, influyeron también, sin duda, en la primera parte del Padrenuestro. Pero Jesús “enderezó” la oración de manera personalísima debido a su experiencia fundamental del Abba, del Padre, de tal manera que su oración comenzará con la invocación del Abba, transformando así decisivamente la idea de los fariseos como de los zelotas acerca del Reino de Dios. Podemos decir con cierto fundamento que la primera parte del Padrenuestro con la invocación del Abba y con su deseo central y total del Reino que lo abarca todo, procede ya de los años de la vida oculta en Nazaret. Esa primera parte con sus peticiones en segunda persona del singular (tú: que estás en el cielo, tu nombre, tu voluntad, danos hoy); contrasta visiblemente, en su fondo, y en su forma con la segunda parte del Padrenuestro y sus peticiones que están hechas en primera persona del plural (nosotros): nuestro pan, nuestras ofensas, no nos dejes, líbranos.
Podemos también decir que más tarde Jesús no sólo hizo que sus discípulos participaran en una originalísima versión de la oración del Qaddix, que constituye la primera parte del Padrenuestro, sino que además la amplió para ellos con las tres peticiones existenciales necesarias para que sus discípulos se mantuvieran en condición de seguir siendo tales. De este modo la oración del Señor o Padrenuestro surgió con dos enfoques: como “oración privada” de Jesús de Nazaret y como esa misma oración ampliada con las tres peticiones orientadas hacia el grupo de los discípulos. Ahora bien, el Qaddix de Jesús nos permite penetrar profundamente en la conciencia que Jesús tenía de sí mismo, una conciencia que está caracterizada por su relación con el Abba, con el Padre, y que está determinada de una manera excepcional por la conciencia de estar Él mismo destinado para el Reino de Dios. Ambas cosas son ideas intuidas por la conciencia de Jesús.
El Reino como destino dado a Jesús
La palabra aramea del lenguaje infantil “abba” que corresponde al término familiar e íntimo del lenguaje, igual que “imma”, mamá, es considerada como una manera originalísima de Jesús de dirigirse a Dios.
El Reino que llegaba se convirtió para el orante Jesús en un destino, fue para Él desde siempre un destino presente, que le iba llegando históricamente de manera más clara según crecía en edad y experiencia. Pero Jesús desde niño, con palabra cariñosa de niño, se dirigía al Padre diciéndole Abba y desde niño oía que en toda bendición y en toda oración de la sinagoga y de su casa estaba presente el Reino de Dios. Jesús sentía, descubría en la oración, que Él estaba enviado para que ese Reino llegara y que estaba enviado por el Abba. A los doce años, cuando permaneció en el Templo de Jerusalén y José y María lo fueron a buscar les dijo: ¿No sabían ustedes que debía ocuparme de las cosas de mi Abba? (de mi Padre).
El Reino se revelaba así como el destino de Jesús, como un destino que le “enviaba” (no como un destino fatal), cuando Él dejó su familia y su lugar de residencia y se dirigió al Jordán para ser bautizado por Juan; pero este destino se había manifestado claramente a Jesús cuando Él, entre los de su misma edad y no estando ya en los años mozos, vivía aún como soltero, siendo así que los jóvenes se casaban generalmente a la edad de diecinueve años. Debió de llegarle entonces, notablemente antes, el destino del Reino que Él experimentaba que se le había asignado.
Recordemos sus mismas palabras: “Algunos se han hecho célibes por amor del Reino de los Cielos” (Mt 19, 12), como sucedía de vez en cuando con los zelotas y los esenios (estos eran una especie de monjes que vivían retirados del mundo en Qumran y otros sitios). Era también significativamente clara la opción que Juan el Bautista había hecho de ese celibato. Así sucedió con Jesús mismo, de modo que lo que dice Mateo que “algunos se han hecho célibes por amor del Reino de los Cielos”, tiene en su verdad interna un carácter autobiográfico en Jesús.
Ya en Nazaret, Jesús no era un personaje cualquiera. Ni en Nazaret ni en las poblaciones de los alrededores, en especial en la ciudad residencial de Séforis, situada a escasos kilómetros de Nazaret, que estaba en reconstrucción y a donde Jesús, por su oficio de carpintero, sería llamado con frecuencia para realizar trabajos y donde seguramente se le conocía ya comúnmente como “el Nazareno” (Mt 2, 23). Probablemente Jesús llamaba la atención no sólo por su soltería, sino que quizás era admirado y visto con recelo como “un buen hombre de Dios”, “un santo”, como diríamos nosotros a veces con una mezcla de simpatía y de burla. Pero, desde luego, chocaba hasta llegar a la edad madura por su conducta nada habitual y por lo especial de su aire. Sería necio suponer que un hombre con la fuerza de irradiación de las palabras que de Él se han transmitido y con tal eficacia histórica que hizo época, hubiera pasado inadvertido. La llamada vida oculta no significa, pues, que Jesús viviera escondido o fuera un desconocido.
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| Podríamos pensar también que la idea del Reino que Jesús tenía ya se la habría formulado Él de vez en cuando en parábolas. Dice un autor (Riesner): “Hasta el traslado de la sede del gobierno a Tiberíades Jesús vivió durante dos decenios a poca distancia de la capital de la región que era Séforis. Se escuchan resonancias de ello en las parábolas de la corte real, de un gran banco o del lugar donde se celebraban los juicios”. Jesús usaba también las sentencias, es difícil creer que todas estas parábolas y sentencias las hubiera ideado tan solo en unos escasos meses y en los escasos kilómetros cuadrados que había en torno a Cafarnaúm, donde comenzó su predicación usando las parábolas, a pesar de que la mayoría de esas parábolas reflejan la situación en las que se hallaba Jesús al momento de enseñarlas. Las sentencias no eran ocurrencias geniales del momento, sino que eran formas retenidas en la memoria y caracterizadas por una gran reflexión, como reflejo de su |
Jesús enseña. |
misma vida. Podría leerse especialmente la parábola del Reino de los Cielos, que habla del tesoro que un hombre encontró en el campo y que para conseguirlo se desprendió de todo lo que poseía (Mt 13, 44). ¿Quién podría narrar algo así sin una experiencia personal? El hecho de encontrar Jesús su destino para proclamar el Reino fue, seguramente, como un hallazgo que Él hubo de manifestar al exterior y que en todo caso le movió a renunciar al matrimonio y finalmente a abandonar la gran familia, dejar la casa y la patria y dirigirse al hombre que predicaba en el desierto y que anunciaba el inminente fin de la historia, como un juicio de Dios que estaba a punto de llegar y que con este motivo exhortaba al arrepentimiento.
Ya hemos visto anteriormente que la primera parte del Padrenuestro, la invocación del Abba con el deseo de la llegada del Reino, fue la oración de Jesús en Nazaret. Esta originalísima oración de Jesús que difícilmente alguien se atrevería a negar, nos permite penetrar profundamente con nuestra mirada en la “autoconciencia” de Jesús. La personalidad humana de Jesús (no olvidemos que Él tiene una naturaleza humana), estaba determinada doblemente por su relación con el Abba, con el Padre y por su destino para el Reino. Estas dos cosas coincidían en lo profundo y determinarán su personalidad humana, su “condición de ser Hijo”.
Jesús puede levantar la mirada, lleno de confianza, a su Padre y llamarle Abba, porque Jesús lo experimenta “llegando” soberanamente en su Reino hasta Él, porque este Dios que viene clementemente, llega a Él de manera íntima, existencial y personalmente. Y al traer su Reino lo envía a Él, le da un destino total a su vida: vivir para el Reino de Dios, vivir para el Reino del Abba. Por consiguiente, el Reino de Dios que llega hasta Jesús traído por el Padre como salvación, que inicia el fin de la historia, determina la proclamación y la actuación de Jesús e igualmente su comportamiento y su destino de enviado. De modo más central aún esto determina su oración. La conciencia que tiene Jesús de sí mismo es de ser el enviado de Dios, Él tiene un destino de enviado y esto es más que una experiencia pasiva o un ponerse activamente en marcha para realizar el envío; esto es su ser más profundo que le da un fundamento divino.
El reinado de Dios llega como la salvación por excelencia al final de la historia e inunda de felicidad, como sólo Dios puede hacerlo. Por lo tanto, la proclamación que Jesús hace del Reino de Dios se diferenciaba fundamentalmente de la de su entorno por la manera en que Jesús la entroncaba con su propia experiencia de Dios y hacía que esta idea dominara en ella: “Abba, santificado sea tu nombre, venga tu Reino” (Lc 11, 2).
Jesús, en su relación con Dios, vivía polarizado radicalmente por ese Dios a quien llamaba Padre y al mismo tiempo vivía en una expectación radical, esperando que el Reino que estaba llegando pudiera alcanzar a los hombres. Era una mirada a la vez hacia lo alto y una mirada en perspectiva. Por eso la comprensión que Jesús tenía del Reino de Dios estaba plasmada por su originalísima experiencia del Padre, del Abba, e inversamente su experiencia del Padre lo ligaba desde un principio a su destino para el Reino de Dios.
Según la comprensión de Jesús la entrada de Dios en la historia es el reinado de Dios, un reinado enriquecedor y que ha de llegar pronto, y el Reino soberano de Dios que vendrá al final de la historia es trascendente (apocalíptico) que: 1. no se puede imponer por la fuerza en sentido político social como pensaban los zelotas; 2. ni se puede realizar moralmente por medio de buenas acciones y cumplimiento de las leyes religiosas, en sentido farisaico; 3. partiendo de la comprensión que Jesús tiene del Abba, del Padre, ese Reino está personalizado y al mismo tiempo tiene a Dios como centro. La idea del Reino Jesús no la tomó, en lo más profundo, ni en el entorno caracterizado por las luchas apocalípticas de los zelotas, ni de los fariseos, ni de ninguna otra parte, sino que es independiente en su origen y peculiar en su carácter y expresión, viene de su íntima relación con el Padre.
Con esto hemos adquirido una primera visión de lo propio y característico de la comprensión que Jesús tiene del Reino de Dios y aún más, hemos desvelado su esencia más íntima y hemos penetrado en el gran misterio de la personalidad de Jesús que está polarizada a la vez por Dios Padre y por la idea del Reino.
JESÚS:
EL AMOR
La proclamación de Jesús es proclamación en la última hora: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios está cerca” (Mc 1, 15). El mensaje de Jesús está determinado por esta última hora que está llegando. Ahora bien, ¿qué es lo que Jesús proclama como la exigencia de la última hora?, ¿qué es lo que se deriva de esta situación de última hora para nuestra conducta?
En la catequesis anterior vimos una especie de distinción entre reinado de Dios y Reino de Dios. Jesús sabe que el Reino de Dios, con toda su majestad y grandeza vendrá al final de los tiempos, pero también conoce en su relación profunda con el Padre, que Él es el enviado del Abba, del Padre, para traer consigo el reinado de Dios que comienza con su presencia en la tierra y que debe extenderse a través de toda la historia hasta el momento final en que haga eclosión el Reino de Dios y “Dios lo sea todo en todos” (1Cor 15, 28). Luego, la hora final ha comenzado con ese inicio del reinado de Dios, hasta que llegue a su culminación en esa plenitud del Reino de Dios que corona la obra del Creador; sin embargo, Jesús proclama que “el Reino de Dios está cerca”. ¿Cuán cerca está este Reino? ¿Cómo debe ser su llegada?
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Según sea la manera en que se contemple ese fin se tomará una actitud en la vida. Por ejemplo, cuando se prevé una catástrofe, que acabaría de pronto con el mundo, con toda la obra de la humanidad y con la vida de los hombres sobre el planeta, se produce un estado de ánimo en que las exigencias morales parecen perder sentido: “aprovechemos la vida, que todo acabará de pronto y de manera violenta”. Esa es una visión apocalíptica, como la que escuchamos hoy cuando se habla de la posibilidad de una guerra nuclear, cuando se habla del “calentamiento global”, de la degradación del medio ambiente, de que la tierra no podrá sostener su población, de que la humanidad desaparecerá y está en riesgo, etcétera. Estas perspectivas deprimen socialmente a los pueblos y esto sucede hoy. Es una manera de haber sacado del dominio de la religión el apocalipsis para ponerlo en el dominio de las ciencias sociales. La gente entonces comienza a vivir al día, a querer disfrutar, a no pensar, a descompro-meterse, aún cuando se le diga que tenemos un grave deber de luchar por la Creación y de evitar estos males, pues el ser humano siente que eso lo desborda, que está por encima de sus posibilidades. Esto puede producir también una ética
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Hijo pródigo. Rembrandt. |
provisional, un buen comportamiento para mí y mi familia, desentendiéndome de la historia y del mundo en que vivo, llegando incluso a un tipo de fariseísmo angustiado, para el cual lo único importante es mi propia actitud correcta. En el mejor de los casos se trata de un individualismo decente que podría presentarse como una exigencia de la hora. Al otro extremo estarían los zelotas, que encontramos también hoy, que por medio de acciones de exigencia moral, acciones político-sociales o aún violentas quieren precipitar la llegada del fin de este mundo, para que aparezca un mundo mejor, una especie de paraíso en la tierra. De todo esto no encontramos el menor vestigio en la proclamación de Jesús. Las exigencias de Jesús no tienen ningún interés marcado por el encargo, recibido en la Creación, para una tarea relativa al mundo: “¡Crezcan, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla!” (Gn 1, 28). Este encargo dado a la humanidad queda en las exigencias de Jesús muy relativizado, no llega a ser importante, queda incluso pospuesto. El peso de la última hora que se ha iniciado, puesto que con Él llega el reinado de Dios a la tierra, parece quitar interés a todos los planes de esa vida profana, y que la mirada fija en el Reino de Dios no tiene puntos precisos para los planes del futuro en esta historia nuestra.
Si sopesamos bien lo que nos quieren decir las palabras del Señor descubrimos que la primera exigencia ahora es reconocer ante todo que se han iniciado los últimos tiempos con la venida de Jesús y aceptar con fe toda la revelación divina que se nos ofrece con ese tiempo: “Se ha cumplido el tiempo y se ha acercado el Reino de Dios; ¡conviértanse y crean en la buena nueva!” (Mc 1, 15). Cuando Jesús nos exhorta a la conversión en vista del Reino, su exigencia primera de la hora final es la de oír la palabra de Jesús (que al mismo tiempo enmendará de diversas maneras la comprensión de los fariseos de lo que es la Ley) y con esto se exige a todos una “confesión de fe en Jesús” y, para algunos que son llamados, el seguimiento y el discipulado. Pero si luego seguimos ahondando en cuanto a su contenido, lo que requieren las exigencias de Jesús, entonces se impone en primer plano, con gran encarecimiento y mucho peso la exhortación a la reconciliación y al servicio del amor. Es decir, junto a las exigencias de Jesús motivadas por la llegada de la última hora que irrumpe con El en la historia, junto a la pertenencia a Cristo y la confesión de fe en Cristo o su seguimiento en el discipulado, aparecen en primer plano la reconciliación y el servicio del amor. Por consiguiente, la preocupación por la hora final, que parece apartar la mirada del encargo de la Creación que Dios hace al hombre en el libro del Génesis y de la tarea con respecto al mundo, nos remite en Jesús al mismo tiempo con gran encarecimiento al hermano, volviendo así a dirigir la mirada hacia la historia y hacia el mundo, pero de un modo totalmente diverso.
1. Prontitud para la reconciliación y el servicio del amor como exigencias de la última hora.
La situación de la “última hora” y las exigencias correspondientes a esta situación las describe Jesús en Lucas 12, 57-59 con ejemplos y con una especial utilización de imágenes. Encontramos ahí una especie de parábola y de ella deduciremos y escogeremos las exigencias de Jesús.
Leemos en el Evangelio de San Lucas: “¿Y por qué no juzgan por ustedes mismos lo que es justo hacer? Pues cuando vas con tu adversario para comparecer ante el prefecto, procura arreglarte con él por el camino no sea que te arrastre hasta el juez y el juez te entregue al ejecutor judicial y el ejecutor judicial te meta en la cárcel… Te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo”.
Tan sólo cuando hayamos entendido lo metafórico que hay en esta especie de parábola, podremos tratar de entender lo que quiere decirnos el Señor.
a). Jesús –como hace frecuentemente– nos presenta un deudor. Se halla en camino del “prefecto” que desempeña la función de juez, pero este deudor va acompañado de su acreedor que es su adversario en el proceso. Podría asombrarnos el hecho de que el deudor se ponga en camino conjuntamente con su acreedor y lo haga, manifiestamente, de manera enteramente voluntaria. Pero con toda evidencia el deudor tiene la intención de sacar alguna ventaja antes de que el asunto llegue al juez. De esto seguramente van hablando por el camino, en forma parecida a la que vemos en otra parábola de San Mateo 8, 26-29, en que el deudor dice: “Ten paciencia conmigo, te lo pagaré todo”. Así sucedían las cosas en Oriente (así pueden suceder hoy entre nosotros). Sólo después de fracasados los intentos de llegar a un arreglo pacífico por el camino, el acreedor emprendería la acción judicial. Pero si la cosa no puede arreglarse así, no habría escapatoria posible, el juez actúa y luego lo hace el ejecutor de justicia que tenía el oficio de encarcelar a los que no pagaban sus deudas. Cuando se reclamaba por vía judicial era necesario el pago entero de una deuda como lo indica la palabra “hasta el último céntimo”, lo cual significa para el pobre: “esa persona no saldrá nunca de la cárcel”.
b) Este relato evangélico no es ni una regla de prudencia para deudores ni una simple parábola, sino que forma parte de las exigencias de Jesús, en las que encontramos constantemente como condición para salvarse cuando llegue el juicio, el poner en orden las relaciones con el prójimo. Detrás de la autoridad del juez hay que ver a Dios; el ejecutor judicial y la prisión solamente ayudan a explicar la situación del juicio en la hora final. Ahora bien, lo de hallarse en camino, en camino hacia el juicio, debe entenderse metafó-ricamente, pues caracteriza nuestra vida aquí y ahora, en vista de la proximidad del Reino de Dios. Lo de arreglarse en el camino de la vida con el adversario, en medio de tantas expresiones metafóricas, debe entenderse en sentido muy real y propio. El adversario puede ser la imagen de cada uno de nuestros semejantes con los que tengamos algunas deudas. Por consiguiente, en la imagen reluce en forma de amonestación una idea central de Jesús: en el juicio divino no encontrará gracia sino aquel que haya sido misericordioso, aquel que en la tierra haya llegado a saldar las deudas que tenía con el prójimo. ¡Dios no dejará pasar ninguna deuda que se tenga con el prójimo! Por lo tanto, Jesús proclama ante nosotros, como exigencia de la hora final de la historia, una atención muy especial a nuestras relaciones con el prójimo.
De esta amonestación tenemos un paralelo muy apropiado en Mateo 5, 23ss, donde alguien se dirige al altar de los sacrificios (es decir, alguien que se encuentra también en camino y que está “en el último minuto”) y tiene que dejar a un lado su ofrenda e interrumpirla, a fin de arreglar antes las relaciones con el prójimo, con su hermano, que estaban alteradas por la propia culpa y entonces ya podrá acercarse a Dios con su ofrenda para implorar el perdón de la culpa personal.
En los demás casos la exigencia de Jesús es más radical:
1. En sentido negativo. “No juzgar”, “no condenar”, sino “absolver”: tal conducta es la que preserva del juicio divino. Dios puede medir en el juicio con la medida de la justicia y con la medida de la misericordia: “Con el juicio con que juzguen ustedes, serán juzgados, y con la medida con que midan, serán medidos” (Mt 7, 2). En el fondo no es una función judicial la que trae la salvación, sino una función soberana de la majestad divina. No nos debe asombrar que Jesús se sirva también de la imagen de la rendición de cuentas. La parábola del administrador desvergonzado en Lucas 16, 1-8 muestra con impresionante dramatismo cómo debemos asegurarnos nuestro derecho a ser perdonados, perdonando a otros las deudas que tengan con nosotros. Obtendrán misericordia en el próximo juicio los que sean misericordiosos. Esto lo vemos en la gran parábola del juicio en Mateo 25, 31-46 en la que el Juez del Universo se identifica a sí mismo con la persona más insignificante de este mundo: “Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste…”. Aquí entramos en el segundo aspecto: el aspecto positivo de la misericordia y del amor.
2. A las obras de amor se les prometen ricas recompensas (Mc 9, 37-41). Sobre todo para aquellos que no han recibido recompensa en la tierra (la parábola de Lázaro y el rico), al que se desprende de sus bienes para dar limosna, “adquiere un tesoro en el cielo” (Mc 10, 21). Por tanto, la mirada puesta en el fin y el deseo de ser tratado algún día con misericordia y ser obsequiado abundantemente estimula a hacer obras de amor. El más insignificante y el que sea el servidor de todos recibe la promesa de ocupar el puesto más alto en el Reino de Dios (Mc 9, 35).
Motivación de la exigencia de amor formulada por Jesús:
La reconciliación y el servicio del amor, según las exigencias de Jesús, lo reclama la última hora urgentemente. Es innegable, pues, que la motivación de la última hora exige el amor que Jesús pide a los suyos, pero por dos razones:
a). Porque la retribución que llegará al final de nuestro camino en la vida está llamando a hacerlo, pero más todavía...
b). Porque la salvación ha sido concedida ya gratuitamente y exige una respuesta.
Analicemos el primer punto. Tanto cuando Jesús nos exhorta a la reconciliación como cuando nos exhorta a las obras positivas de amor, de lo cual depende que tengamos la misericordia de Dios en el juicio, está presente nuestro fin último, sea en el juicio, en la rendición de cuentas, en hacer el bien al prójimo, en las limosnas que nos abren un tesoro celestial, en la recompensa del amor a los enemigos. Todas las obras realizadas como servicio a los hermanos son retribuidas en abundancia. Indudablemente la exhortación a la reconciliación y al servicio del amor fluye motivada de manera obvia de la imagen del juicio y motiva en sentido práctico la conducta exigida por Jesús.
Veamos ahora el segundo punto, pero no en sentido interno y supremo. Porque la última hora de Jesús más que ser una “última hora del futuro”, es primeramente “última hora de presente”. En eso se diferencia con su nota característica, de toda la expectación que encontramos en su época a su alrededor. En efecto, Jesús no sólo promete el perdón y la remisión de la culpa en el futuro juicio de Dios, sino que proclama que ese perdón y esa remisión de la culpa se han hecho ya realidad en el momento presente. En efecto, no sólo existe el definitivo perdón divino en el juicio final, sino que ese perdón de Dios puede asegurarse ya en la tierra (Lc 7, 30). Puede ser concedido ya anticipadamente por Dios (Mc 11, 25), puede ser asegurado por Jesús mismo (el perdón a la mujer adúltera, el perdón de los pecados del paralítico), y ser prometido por el mismo Jesús. El trato de Jesús con los pecadores es la señal externa de semejante perdón de los pecados. Es verdad que ese perdón concedido anticipadamente sigue siendo acá abajo, como ya vimos, un pecado condicionado, vinculado a la propia disposición para perdonar. “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Ahora bien, el hecho de que exista ya ahora perdón de los pecados acá en la tierra es una de las señales de que ha comenzado ya el tiempo de la salvación, de que ya la hora final no es un asunto puramente futuro, sino de que el futuro ha comenzado ya. Precisamente aquí nos hallamos ante la peculiaridad característica de la proclamación de Jesús. Jesús ve el inicio de la hora final como comienzo de salvación, como salvación ya actual.
No son distintas las cosas con las exhortaciones positivas al servicio y a las obras de amor. Su motivación genuina y suprema no viene de la expectación de una futura recompensa, sino que la obligación tiene sus raíces más profundas en la felicidad de verse obsequiado personalmente. El que ha recibido muchos talentos tiene la obligación de trabajar con ellos, quien ha experimentado el amor de Jesús entrega la mitad de su fortuna a los pobres. Y detrás de la imagen del perdón de la deuda quizás no se halle simplemente la exigencia objetiva de nuestra disposición a perdonar sino también la exigencia de que se realicen obras positivas de amor, quien ha recibido gratuitamente debe dar a su vez gratuitamente (Mt 10, 8). Con las obras de amor realizadas con el prójimo sucede lo mismo que con el amor de Dios: aquel a quien se le ha perdonado la gran deuda es capaz también de amar mucho (Lc 7, 36-47), (el episodio de la mujer pecadora que regaba los pies de Jesús con perfume).
Así, finalmente, el servicio de amor prestado por Jesús (Lc 22, 27), su obra de salvación, se convierte en el motivo que nos estimula a nosotros al amor y a la reconciliación. No son la expectación del juicio venidero y la esperanza de la retribución inminente las que incitan en último término a realizar servicios de amor, sino la realidad presente de la salvación, el saber que el tiempo de la salvación se ha iniciado ya al venir Jesús a nosotros. Las obras de amor y el servicio del amor son la respuesta adecuada del hombre al acto condescendiente del amor divino.
Podemos sacar la siguiente conclusión: la hora final no es primariamente para Jesús el plazo supremo antes del próximo fin, sino que es ante todo, de manera mucho más fundamental, la hora de la salvación que ya ha comenzado, es una “escatología de presente”, que se realiza porque Cristo, el Hijo de Dios, ha venido a traernos esa salvación.
Detrás de las exigencias de amor formuladas por Jesús ante la hora final hay razones que no están motivadas ellas mismas a partir del fin. Detrás de todo esto aparece la realidad enormemente cercana de Dios mismo, la realidad de Dios como Señor absoluto y como Padre infinitamente bondadoso, porque el hombre no experimenta su gran culpabilidad sino cuando comparece ante el rostro de Dios que le exige y lo ama al mismo tiempo. Allí es donde se siente culpable. No es la cercanía o la presencia de la hora final la que le da en último término al hombre el conocimiento de sus pecados, la cercanía del fin puede hacerle sentir la urgencia del perdón. Por eso detrás de la proclamación de la última hora, que hace Jesús y de su exigencia de reconciliación y de amor fundamentada en esa última hora, hay algo más profundo: el conocimiento que el Hijo posee acerca de la absoluta santidad y bondad de Dios que nos llama a centrarnos en Él. No es casual que Jesús haga que se pida en la oración la santificación del nombre de Dios antes de que se exprese el deseo de la venida de su Reino. Y ese Dios llega con la venida de Jesús, es una seria realidad. En la última hora que se ha iniciado Dios está presente con su bondad de Padre. En las exigencias de Jesús no es extraño encontrar con frecuencia esa referencia a la bondad del Padre. Pero es el Hijo el único que conoce al Padre y su amor paternal, y es eso lo que hace esperar el perdón, como lo expone claramente en la parábola del hijo pródigo. El Padre es quien hace salir su sol sobre malos y buenos y quien hace que llueva sobre justos e injustos (Mt 5, 45), el Padre, que es misericordioso, es modelo de todo amor a los enemigos y de todo amor en general, se preocupa de los pequeños, sabe lo que los discípulos de Jesús necesitan y se preocupa de ellos lo mismo que se preocupa de los lirios del campo y de las aves del cielo, es un Padre bueno que está dispuesto a dar cosas buenas e incluso el Reino, por tanto, el pecador que ha de suplicar de Dios el perdón no necesita mirar al futuro ni dirigirse al juez venidero, sino que en el instante actual puede levantar su mirada hacia el Padre bondadoso y presentarle la ofrenda en que se implora el perdón. Jesús no sólo se ve ante el Dios que ahora va a venir en su Reino sino que como el Hijo se ve siempre ante el Dios que es su Padre. Para el Hijo el encuentro con Dios no se produce únicamente a través del puente de la expectación para el futuro, sino desde ahora en la obediencia y el amor en el presente. “Mi comida es hacer la voluntad de mi Padre” (Jn 4, 34). Precisamente por eso Jesús no sólo proclama la pronta llegada del Reino, sino que “revela” también a Dios que es Señor y Padre.
Por consiguiente, la exigencia de amor por parte de Jesús está determinada sí, fundamentalmente por el futuro cercano y ya presente, pero además está unida de manera íntima y esencial a Dios Padre y a su bondad infinita. La proclamación del Reino de Dios y la revelación de Dios como Padre: he ahí el doble trasfondo que se hizo visible detrás de la exigencia de amor formulada por Jesús. Ahora podemos responder a la pregunta que nos hicimos anteriormente. Las exigencias de Jesús con respecto a la hora final ¿no suprimen el encargo dado al hombre en la Creación y toda su responsabilidad con respecto al mundo para favorecer una perspectiva que es extraña al mundo y hostil a la historia? Puesto que la hora final de Jesús no es pura expectación del futuro, sino fundamentalmente proclama el comienzo del tiempo de la salvación, el discípulo de Jesús está llamado a colaborar con amor en la realización del designio salvador de Dios y a transmitir con espíritu de servicio el don de la salvación divina. Esto quiere decir que el discípulo de Jesús sigue teniendo en la historia y en el mundo su gran responsabilidad. Es verdad que lo que Jesús hace resaltar como exigencia de la hora no es una labor cultural, sino la proclamación del Reino de Dios y el amor fraterno. Dice un autor moderno: “Ni siquiera habla Jesús de que su mandamiento del amor haya de producir una revolución pacífica, una transformación y renovación del mundo”. La exigencia de Jesús, con todo el énfasis concebible, se apoya en la hora final de la historia inaugurada por su venida que tiene a Dios Padre como centro. Pero con esto no se niega la fe en la Creación y la tarea con respecto al mundo sino que esto queda relativizado como cuestión de segundo orden en relación con lo “único necesario” (Lc 10, 42), con lo que “da a Dios lo que es de Dios” (Mc 12, 17).
Pero los cristianos, que saben que están obligados por la responsabilidad histórica, podrán reflexionar y pensar que todo el encargo recibido en la Creación y toda la tarea con respecto al mundo Jesús los puso en el gran silencio del servicio, en el callado servicio del amor al prójimo. Con ello no enmudece la responsabilidad histórica de los cristianos con respecto al mundo, sino que renace en el tranquilo seno del amor fraterno para adquirir nueva energía creativa. Y así toda la acción terrena seguirá siendo siempre –en el amor– una acción humana y toda tarea desempeñada en el mundo estará al servicio de los hermanos. ¿Podrá haber en último término mejor medio de salvación para el mundo que semejante proclamación de la hora final de Jesús que ya ha comenzado y del lugar central de Dios, que relativiza toda tarea con respecto al mundo y a la cultura para después orientar con amor todo el interés hacia el bienestar del hermano en lo temporal y en lo eterno?
Tal amor fraterno y tal voluntad de servicio, con la vigilancia de una atención inspirada en el amor, sabrán también ciertamente dónde y cómo podrán utilizar como instrumento las orientaciones sociales, los medios de poder político y los proyectos culturales.
¿Quién es Jesús? Lo vemos claramente cuando tenemos una real visión del mundo y su consumación final: Jesús es el que, al inaugurar el reinado de Dios en la tierra, viene a traer el amor del Abba, del Padre, a este mundo, de modo que vivir según el amor sea la prioridad de nuestra existencia y el modo de alcanzar la salvación y de transformar el mundo. |
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