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I
¡Oh Señor! ¡Me has negado,
en tu sabiduría,
todo lo que ha soñado
la cándida alma mía!
Alma de sacrificio
y de renunciamiento,
apta para el silicio,
buena para el convento;
alma mística y ruda
para la fe creada,
y por la estéril duda,
para su mal, ganada;
alma de anacoreta,
huraña y sensitiva,
hecha para la quieta
vida contemplativa,
y, empero, condenada
por tu designio arcano,
a la lucha ignorada
del vivir cotidiano…
Bien haya tu clemencia,
Señor, porque me diste
una pura conciencia
y un alma siempre triste. |
II
Tristeza sin ruidos
de las casas desiertas,
de los amores idos
y de las madres muertas;
tristeza innominada
de los niños enfermos,
de la cúspide aislada
y de los campos yermos;
tristeza inexpresable
de las mujeres feas,
y de la abominable
vida en las aldeas:
- Vida sin poesía
y sin idealismo,
en la que cada día
transcurre siempre el mismo…
Tristeza del corpúsculo
que no admira a la estrella;
tristeza del crepúsculo,
de todas la más bella!
Tristezas cotidianas,
fuente de poesía!
Salud, salud, hermanas
de la tristeza mía! |