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Poesía Religiosa
por Jorge Domingo CUADRIELLO
María Villar Buiceta.
La belleza no se detuvo a beneficiar la figura de María Villar Buceta (1899-1977), y esta limitación marcó su vida y su poesía. Aunque desde joven recibió elogios por los poemas que dio a conocer en las revistas habaneras, fue muy bien acogido su libro de versos Unanimismo (1927) y los intelectuales del Grupo Minorista le abrieron un espacio a su lado, se sumergió en la tristeza y en su aplicada labor de bibliotecaria. Su producción poética, perteneciente casi toda a su etapa de juventud, se orientó hacia un intimismo en el que no falta la queja, el lamento por la hermosura negada y la soledad. Sin embargo, nunca cayó en la blasfemia y, por el contrario, demuestra a veces una sincera resignación.
Compensación
     
 

I

¡Oh Señor! ¡Me has negado,
en tu sabiduría,
todo lo que ha soñado
la cándida alma mía!

Alma de sacrificio
y de renunciamiento,
apta para el silicio,
buena para el convento;

alma mística y ruda
para la fe creada,
y por la estéril duda,
para su mal, ganada;

alma de anacoreta,
huraña y sensitiva,
hecha para la quieta
vida contemplativa,
y, empero, condenada
por tu designio arcano,
a la lucha ignorada
del vivir cotidiano…

Bien haya tu clemencia,
Señor, porque me diste
una pura conciencia
y un alma siempre triste.

II

Tristeza sin ruidos
de las casas desiertas,
de los amores idos
y de las madres muertas;

tristeza innominada
de los niños enfermos,
de la cúspide aislada
y de los campos yermos;

tristeza inexpresable
de las mujeres feas,
y de la abominable
vida en las aldeas:
- Vida sin poesía
y sin idealismo,
en la que cada día
transcurre siempre el mismo…

Tristeza del corpúsculo
que no admira a la estrella;
tristeza del crepúsculo,
de todas la más bella!

Tristezas cotidianas,
fuente de poesía!
Salud, salud, hermanas
de la tristeza mía!


Eucaristía


Vano cientificista que ver a Dios pretendes
con el maravilloso cristal de un telescopio:
te compadezco! En tu soberbia no comprendes
que es absurdo tu empeño y es inútil tu acopio
de datos, cifras, cálculos…:
falsa lucubración
cuyo fracaso humilla tu mente estupefacta…

Para obrar el milagro de la revelación
no basta, ¡oh pobre sabio!, tu pura ciencia exacta.

Depón, pues, el orgullo que lo irreal complica
con lo real, y en cuya impotencia se aduna
un inmortal pecado con un mortal castigo,
y aprende cómo un cura tu ecuación simplifica:
salmodia lamentables latines, reza, ayuna…
y halla a Dios en un mísero puñadito de trigo.

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