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por Monseñor Carlos M. de Céspedes GARCÍA-MENOCAL |
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Recientes celebraciones y reconocimientos, relacionados con la Feria del Libro de La Habana, la lengua española que se habla en Cuba y la Academia Cubana de la Lengua, han puesto sobre el tapete esta institución, de la que me honra ser miembro y serlo gustosamente. Algunos amigos me han preguntado cuál es el trabajo de la Academia, cómo se relaciona con las otras academias de la lengua española (sobre todo con la real Academia de Madrid), cómo se forma nuestra sección cubana: número de miembros, criterios de elección, quién los designa, etcétera. Me parece muy bien que la visibilidad actual de la Academia Cubana suscite estas cuestiones, reveladoras de un interés que, espero, no dejará de tener frutos. Discretos y nutricios. |
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El lema de la Real Academia Española de la Lengua ha sido, creo que desde sus orígenes en el siglo XVIII,“Limpia, Fija y Da Esplendor”. Limpiar el idioma de las palabras, los giros y las construcciones gramaticales que le son extraños, por ajenos o por víctimas de un proceso de corrupción. Fijar las palabras, los giros y las construcciones gramaticales adecuados; algunos vienen de antaño, otros se agregan debido a los nuevos usos y situaciones que debe enfrentar una lengua viva como el español, presente además en zonas culturales y geográficas diversas: en España, en una buena parte de América, en el África Ecuatorial y en las Islas Filipinas. Tanto el proceso de limpieza como el de fijación, en principio, no deberían ignorar las características propias de nuestra lengua y todo debe realizarse en armonía con dichas características que la tipifican y le dan identidad, creando y manteniendo con ello un amplio espacio cultural. En el mundo contemporáneo, coloreado por las técnicas originadas en países de lenguas no hispánicas, la globalidad cultural no deja de crear tensiones entre la admisión de los nuevos vocablos y giros de carácter técnico, la globalidad cultural que los difunde y el esfuerzo por mantener hasta donde sea posible la identidad española, la que se expresa en la tercera lengua del planeta Tierra – después del inglés y del chino–, si la valoramos por el número de quienes la cultivan como lengua principal. Por consiguiente, dar esplendor a nuestra noble lengua incluye tanto el esfuerzo por hacerla asequible a los mayores ámbitos de población (edición de diccionarios, gramáticas, colaboración en campañas de alfabetización hispánica), cuanto la promoción de los autores que honran la lengua con su uso correcto, etcétera. Este es el trabajo de la Academia: colaborar en la medida de nuestras posibilidades a limpiar, fijar y dar esplendor a nuestra lengua española, en Cuba y en donde se solicite nuestra participación.
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| Una de las mayores riquezas y, simultáneamente, uno de los mayores problemas con relación al español radica en ese amplísimo espacio geográfico y cultural en el que se habla y se escribe en nuestro idioma. Hoy, todos lo sabemos, son más los hispanoparlantes que no viven en España, que los que viven en la Madre Patria. Como sucede con toda lengua viva, las condiciones del hábitat (geográficas, sociales, étnicas, políticas, económicas, interrelaciones con otros espacios lingüísticos, etcétera) influyen poderosamente en el hablar de los que viven en el mismo. Sin dejar de ser español, no son exactamente iguales, por ejemplo, el español de España (que también tiene variaciones internas según las regiones), el de Cuba, el de México, el de Argentina, el del África Ecuatorial o el de las Islas Filipinas, etcétera. Unos y otros somos, casi siempre, capaces de entendernos oralmente y de leer los libros, revistas y periódicos publicados en uno u otro espacio lingüístico hispánico, pero las diferencias nos salen al encuentro constantemente. |
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Grupo Orígenes. |
Las diferencias incluyen no sólo el uso de vocablos diversos, sino también el sentido diverso que tienen algunos vocablos repetidos, que en un país significan una cosa y en otro país significan otra. En cuanto al habla, las diferencias de pronunciación y de tono son perceptibles e identificadas por un oído medianamente cultivado. Las diferencias, en principio, constituyen una riqueza, siempre que no se hiperbolicen en tal grado que rompan la unidad cultural que nos presta el idioma. Además, una cosa son las diferencias aceptables en los vocablos, el tono y la pronunciación, y otras son las incorrecciones que, a mi juicio, son inaceptables. El número de los vocablos usuales se reduce a pasos agigantados y algunas de las palabras más sonoras y emblemáticas de nuestra lengua tienden a desaparecer y a volverse ininteligibles para una buena parte de la población. La r se sustituye fácilmente por una l, las s intermedias se dejan de pronunciar, muchas letras finales también se omiten en la pronunciación, etcétera. Fenómeno del cual Cuba no tiene el pecado exclusivo. Aquí, como en tantas otras cosas, el mal de muchos no debería ser fuente de consuelo y de pseudojustificación, sino sólo tarjeta de presentación del sindicato de la tontería. Morbo que, en materia lingüística, con relación no sólo al español, sino también a otras lenguas que conozco, se nos está convirtiendo en pandemia.
En esta riqueza y esta problemática que evoluciona hacia el empobrecimiento, entra uno de los servicios más apreciados que deben brindar las Academias de la Lengua, la Real –en España– y las nuestras, las nacionales, esforzándonos por armonizar criterios con relación a la tal riqueza y al tal empobrecimiento. Todas las academias son autónomas, pero la Real Academia de la Lengua, en España, ha sido y continúa siendo un centro algo más que referencial y logístico. Casi todos los académicos, de cualquier país, le reconocemos un cierto nivel de Magisterio. Las reuniones internacionales no faltan; las comunicaciones facilitadas por los medios nuevos, tampoco. Ahora bien, todo podrá llegar a ser efectivo en la medida en que nuestras academias nacionales, que constituyen la base de esta red, tengan las condiciones idóneas para poder cumplir sus tareas en el ámbito geográfico-cultural propio. Hay academias reducidas a una existencia casi totalmente virtual, sin incidencia en la realidad. La nuestra tuvo períodos en los que compartió esta condición, atribuible no solamente a la edad de sus presidentes. Estos, con sus limitaciones, fueron grandes y mantuvieron –eso al menos– la existencia digna de la Academia y fueron ellos los que abrieron el camino a los más jóvenes que hoy la animan y dirigen. Lisandro Otero, nuestro último y entrañable Presidente, fue el responsable directo de la nueva visibilidad de la Academia. Tarea en la que no estuvo solo. Creo que todos los académicos, sin excepción, supimos reconocer sus cualidades y lo apoyamos en su gestión. Mención destacada en ello merece Eusebio Leal. Aunque no le guste mucho que esto se escriba, me atrevo a calificarlo como uno de los mecenas más efectivos de la Academia en este período. A él debemos las facilidades para las reuniones mensuales, en torno a un aceptable almuerzo en el sexto piso del Hotel Ambos Mundos, institución que tiene una vieja historia literaria. A él también debemos los espacios que ya utilizamos y los que vamos a utilizar próximamente en el todavía en construcción Colegio Universitario San Jerónimo. Él será nuestra casa; la casa y el centro de trabajo de la Academia y de los académicos.
¿Cómo está compuesta la Academia y cómo se ingresa en ella? Es una de las preguntas que con mayor frecuencia se nos hace. En nuestra Academia Cubana de la Lengua hay tantos “miembros de número” cuantas son las letras que reconocemos como integrantes del alfabeto español. Mientras somos miembros, conservamos nuestra letra propia. Por ejemplo, yo ocupo el sillón U, que antes perteneció a Dulce María Loynaz. Cuando fallece un miembro o deja de ser miembro por otra razón, su “sillón” queda vacante. Dentro de un plazo prudencial, al menos dos académicos deben presentar candidatos, de los que se ofrece a todos los miembros el curriculum vitae y la obra literaria. Se elige o no por voto secreto, y el candidato debe alcanzar al menos los dos tercios de los miembros para poder ser miembro de número. Si el elegido acepta, debe presentar un trabajo escrito, en sesión pública y solemne, en la que también uno de los académicos debe hacer el elogio del candidato aprobado. En todas las sesiones solemnes, los miembros debemos asistir con el cordón y la medalla pectoral de plata que tiene grabada la letra propia. Los “miembros de número” deben residir en La Habana. Existe también la posibilidad de ser “miembro correspondiente”, para lo cual no hay ni residencia, ni número predeterminados. Entre estos miembros correspondientes suelen ser incluidos también literatos extranjeros, relacionados con nuestra academia por algún razón especial. Además, los que somos miembros de número en la Habana, somos designados, casi inmediatamente, miembros correspondientes de la Real Academia Española.
Las sesiones ordinarias tienen carácter mensual. Actualmente se celebran los terceros lunes. Los cargos directivos de la Academia son ocupados como fruto de elección cada cinco años. En términos generales, todos los acuerdos de la Academia se toman por elección. Este año, en la sesión ordinaria del 19 de mayo, elegiremos al Consejo de Gobierno para el próximo quinquenio, que incluye también al nuevo Presidente, sustituto de Lisandro Otero. Durante el tiempo intermedio entre el lamentable fallecimiento de éste y las elecciones del Consejo de Gobierno, ocupa la Presidencia, de modo interino, la Doctora Nuria Gregori –Vicepresidenta en el quinquenio que está por terminar–, Directora del Instituto Nacional de Literatura y Lingüística.
Una de las normas que se respeta con sumo cuidado en las sesiones es la de abordar en la sesión solamente los temas propios de la misma. Está prohibido explícitamente, en los intercambios propios de la sesión, la inclusión de temas políticos y religiosos. Aunque las academias locales son autónomas, los gobiernos de los países en los que están constituidas les deben asignar un adecuado presupuesto anual, ya que en principio las academias brindan un servicio lingüístico de carácter e interés nacional. Actualmente, el enlace normal entre la Academia Cubana de la Lengua y el Gobierno de nuestro país se realiza por medio del Ministerio de Cultura. Uno de los Vice-Ministros asume esta responsabilidad de modo directo. Me parece que todos los académicos reconocemos la fluidez y el acierto de esta comunicación. Evidentemente, esta relación-puente no impide las relaciones entre la Academia y otras instituciones, gubernamentales o no, que se interesen en los servicios de la Academia. Espero haber satisfecho curiosidades sanas, sanísimas, con relación a la Academia Cubana de la Lengua. Para cualquier aclaración al respecto, no sólo yo, sino cualquier otro de los miembros de la Academia estamos disponibles en nuestros lugares de trabajo. ¡La Academia nuestra no es un “misterio eleusino”! No tiene carácter esotérico, aunque no puede dejar de tener un componente iniciático que la sazona y le confiere encantamientos.
La Habana, 13 de febrero de 2008.
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