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Vivir en la abundancia
por David CARRILLO PRIETO
 
“Al despertar, me saciaré de tu semblante” (Sal.16,15)

La escatología cristiana no constituye una especulación, fundamentada en ciertos datos más o menos oscuros de la Revelación, sobre los momentos finales de la vida del hombre y la naturaleza, pintada a todo color, de la otra orilla de la existencia; sino una reflexión, desde el misterio de Dios y del hombre acerca de la esperanza, aquella que se forja en el presente, brota entre las alegrías, fatigas, dolores y proyectos habituales de la persona, y la orienta hacia un mañana ilimitado, hacia la plenitud de lo que, ya en este mundo, se experimenta como bien, justicia y fraternidad. Hablar del futuro, por tanto, es ponerse en camino, descubrirse inacabado y relativizar falsos absolutos, pues más allá del desarrollo de la técnica, del confort de la vida moderna, del hedonismo de la cultura actual o del triunfo de las ideologías que pretenden poseer la verdad, el cor inquietum (1) sacude la inmovilidad, rompe las comodidades y emprende una nueva senda, porque no se sacia con menos que la trascendencia, colofón feliz de la existencia y norte al que apunta su brújula interior.


UNA PASIÓN INÚTIL


“Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra y no creáis en los que os hablan de experiencias supraterrenas (...) la tierra está cansada de ellos”.(2) Así afirmaba la filosofía nihilista de Nietzsche, en un intento de eliminar la vinculación del individuo con su Creador y cualquier aspiración de trascendencia que superara la mediación de la historia. Dios ha muerto, decía, porque lo consideraba un estorbo para la soberanía humana; el cielo desapareció del firmamento, porque la responsabilidad del hombre radica solamente en construir la tierra, escenario tangible de la existencia, y autoafirmarse en ella.

En un mundo sin sentido o perspectivas últimas, el hombre se quedó radicalmente solo, condenado a ser libre, al no existir valores absolutos ni paradigmas de la condición humana. En el teatro de la vida, el protagonista deberá improvisar, jugar al acierto, competir contra el absurdo, para ser aniquilado por la nada en el último acto de la obra.
Pero al ser humano no se le puede arrancar la utopía, necesita creer, reclama una verdad absoluta sobre la cual afianzar su existencia, una respuesta satisfactoria a las preguntas que laten continuamente en su interior. Si se destierra de su horizonte el Misterio trascendente, pretenderá construir un paraíso artificial, inmanente, que sería una síntesis, forzada y artificial, de la historia. El vacío que resulta en el hombre sin Dios es ocupado por las ideologías –como ha tenido lugar en el mundo contemporáneo–, que han proclamado a “la raza como absoluto, el lucro como determinante, la técnica como salvadora, el proletariado es saludado como mesías, la libido se entroniza como explicación absoluta del dinamismo psíquico, el poder del más fuerte se constituye en criterio de relaciones entre los pueblos”, (3) y han reclamado la consagración del hombre a cambio de una seguridad “estable” y “permanente”. El resultado es harto conocido: dos guerras mundiales, campos de exterminio, muros de división, intolerancia, espionaje, terrorismo, amenaza nuclear, seres despersonalizados, marionetas de la ideología... toda una letanía, el grito de la humanidad que se autoaniquila, la destrucción de la tierra, del hogar, por las manos de quienes se cobijan en ella.
Existe muy buena literatura, producida en la pasada centuria, que ilustra la realidad comentada, personifica la grieta existencial del hombre y le recuerda la necesidad de reconstruirse sobre bases sólidas y auténticas. Este es el hilo conductor, por ejemplo, en la obra de Milán Kundera, escritor checo de fama mundial, proscrito en su país desde 1968 hasta inicios de la década del noventa. Sus personajes resultan víctimas de la asfixia ideológica y arquetipos, a la vez, de una historia personal sin perspectivas, sin metas encumbradas, que den sentido a su acontecer cotidiano. El autor les hace fluir, como espectros anónimos en medio de un mundo que no logran comprender y un contexto social que les resulta por lo general hostil, hasta hacerles desembocar en una crisis final, en una confrontación crítica con sus propias verdades, a partir de la cual puede quedar abierta la posibilidad maravillosa de reencontrar a Dios. Este es el final de uno de sus relatos: “Eduard, aunque está casi seguro de que Dios no existe, se entretiene con placer y nostalgia en imaginárselo. Dios es pura esencia, en tanto que Eduard no ha encontrado (...) nada esencial ni en sus amores, (…) ni en sus ideas. Es demasiado perspicaz para aceptar que ve esencialidad en lo inesencial, pero es demasiado débil para no seguir anhelando secretamente la esencialidad... y así, Eduard se sienta de vez en cuando en la Iglesia y mira pensativo hacia la cúpula. Despidámonos de él precisamente en uno de esos momentos: es por la tarde, la Iglesia está silenciosa y vacía. Eduard está sentado en un banco de madera y le da lástima que Dios no exista. Y precisamente en ese momento su lástima es tan grande que de las profundidades de ella surge de pronto el verdadero, vivificante rostro de Dios. ¡Mírenlo! ¡Sí! ¡Eduard sonríe! Sonríe y su sonrisa es feliz...” .(4)


HOMO VIATOR


La antropología cristiana, ofrece una visión unitaria y personalista del hombre. “Ser espiritual y corpóreo, (…) es la criatura donde el espíritu se ‘materializa’ al exteriorizarse y la materia se ‘espiritualiza’ interiorizándose. Todo el hombre es, en suma, cuerpo y alma, corporeidad traspasada por lo anímico, y espiritualidad que toma parte en lo corporal”.(5) El cuerpo, insuflado de vida, hace posible el despliegue del hombre en el mundo, vincula su existencia a un espacio y un tiempo, es decir, a una historia concreta y es mediación imprescindible para sus relaciones con los demás. El hombre, quien es también espíritu encarnado, se proyecta, por naturaleza, hacia el infinito, puede salir de sus estrechos marcos para donarse a sí mismo y amar, es capaz de relacionarse, en un trato de amistad, de tú a tú, con Dios. Existir es un camino, abrupto y luminoso, que se abre ante él, y en el que se debaten aquellas realidades que le cierran en sí mismo, en las coordenadas limitadas de su mundo, y esas otras que le plenifican y sacian su sed esencial. Encaminarse en la vida es asumir una dinámica pascual, por la cual, resucitar presupone las muertes cotidianas a toda realidad esclavizante o limitante; para encontrarse es necesario muchas veces saber perderse, y amar es entregar toda la existencia, para reencontrarla de una manera renovada. Vivir según el espíritu es apostar por aquellas empresas más nobles que conducen al hombre hacia su verdadera humanización.

Como un retoño del árbol de la vida, brota el hombre de la tierra. En ella, su hogar primero, crece, se alimenta, se hace persona, trabaja para recrearla, se interrelaciona, descubre y vive el amor... y a medida que experimenta el paso del tiempo, va descubriéndose como una obra inconclusa, un proyecto inacabado, una creación que se orienta hacia el mañana con fuerzas de infinitud. Hay una voz que resuena como eco en cada hombre que viene a este mundo y lo impulsa al movimiento, haciéndolo peregrino, homo viator. “¡Cuánto tiempo hacía que no oía esta voz, cuánto tiempo que no alcanzaba una cima, que llano y yermo el camino, cuan largos años sin un fin elevado, sin sed, sin exaltación, contentándose con pequeños placeres, y sin embargo, siempre insatisfecho”.(6) Puede afirmar el hombre que ha llegado a descubrir el valor y sentido fundamental de su vida, y se pone en camino. Y aunque hunde sus raíces en el mundo, en la tierra que le es propia, asciende hacia lo alto y la trasciende. En efecto –la sed de conocer, –entendida como el anhelo de saborear profundamente la razón que dio origen a las cosas, el misterio que está presente en todo cuanto existe–, llega a superar lo que el mundo le ofrece; la experiencia del amor es más fuerte que la muerte y los objetivos logrados en su historia, devienen en un nuevo punto de partida. Existe un principio, enraizado en
Cristo asumió en su persona toda la realidad existencial humana, hasta sus últimas consecuencias.

su ser, y una esperanza esencial, que le orientan a comprender la vida como un camino a recorrer, y la muerte, como el despojarse de un mundo que ya le queda estrecho para nacer a un universo infinito, a la plenitud de Dios, y alcanzar así su estatura plena.

Desde los orígenes de la historia de la civilización, el hombre, vinculado a Dios por un dinamismo propio de su naturaleza, intenta acercarse al misterio que le sobrepasa: a la otra orilla de la existencia, y descubrirla como aquella realidad capaz de colmar sus expectativas y realizar sus profundos anhelos. Mediante imágenes plásticas, emparentadas con los mejores momentos de la experiencia terrenal, el ser humano se sumerge en el misterio de una vida, que brota con fuerza de los mismos despojos de la muerte. El verde paraíso del Islam, la tierra que mana leche y miel del judaísmo, el nirvana budista, el mundo de las ideas de Platón, expresan la fuerza de la trascendencia, que anima a la humanidad desde su propia médula y le hace vislumbrar, aún desde lo lejos, la meta feliz de su camino histórico. Pero nosotros, los cristianos, ponemos nuestra esperanza en un cielo nuevo y una tierra nueva porque tenemos la certeza de Dios encarnado en Jesucristo, portador de la Buena Noticia.


LA ESPERANZA


El ideal cristiano de la vida está personificado en Abrahán, modelo de una fe que la Sagrada Escritura define como “plena seguridad de recibir lo que se espera, convicción de una realidad que no vemos” (Heb 11,1) y peregrino incansable entre los vericuetos del camino y las noches del desierto hacia el país desconocido que Dios le va indicando; paradigma del pueblo de Dios, siempre marcha hacia el Reino, sin mapa u hoja de ruta en su mano, fiado solo del Señor, a quien experimenta en su propia historia de fragilidad y gracia.

En la encarnación, la vida y la Pascua de Jesús de Nazaret, se consolida el objeto de la esperanza, el ideal humano se contempla realizado. Cristo asumió en su persona toda la realidad existencial humana, hasta sus últimas consecuencias. El grito desde la cruz: “Eli, Eli, lema sabacktani” (Mt 27, 46), constituye el punto máximo y extremo de la solidaridad de Dios con el gran estigma de la raza humana: la muerte, y todo lo que ella comporta de fracaso, aniquilación y soledad extrema. Jesús desciende, penetra sus entrañas, para vencerla finalmente y realizar así la salvación de sus hermanos. Con su resurrección, el corazón de la tierra quedó grávido del Reino de Dios, y se abrieron, para el hombre y la historia, las puertas a aquella realidad que constituye promesa y misterio: un futuro posible, feliz y definitorio, al cual podemos aproximarnos desde la fe y con la ayuda de imágenes de carácter simbólico.

El banquete nupcial, con toda la fuerza que posee en el contexto cultural semita, es presentado por los evangelios como alegoría por excelencia del Reino. En efecto, las bodas representan la consumación del amor humano, esponsal, y el encuentro amistoso con los demás, en torno a la mesa abundante y al vino que alegra el corazón. “Es también importante, en estas imágenes, el carácter comunitario de la plenitud en ellas reflejada. La ciudad representa la superación de la soledad y da cobijo al hombre allí donde únicamente puede éste encontrarse cobijado: en la comunidad de los prójimos, de los otros hombres”.(7) La visión perfecta, otra imagen bíblica de la vida eterna, anuncia la realización del ideal más profundo del creyente: comulgar con Dios sin mediaciones despersonalizantes, sumergirse en su Bondad y Belleza Absolutas. Todas estas figuras, lejos de sugerir monotonía, pereza o uniformidad, comportan un gran dinamismo de profundización, fecundidad y crecimiento que se dará en el ser humano, una vez abrazado al Ser infinito de Dios y plenificado, junto a toda la creación, en el punto Omega de sus posibilidades.

La esperanza del Reino y de la llegada del Señor no aliena ni exime al creyente de su responsabilidad histórica. La clave está en saber conjugar las dos dimensiones: por una parte, el cristiano es el operario de la vasta mies esparcida por el mundo, su misión es sembrar el Reino y hacerlo fecundar en nuestro mundo; y, por otra parte, la fuerza que le impulsa y anima no es otra que la novedad de la resurrección porque “la vida fue configurada por Dios con la mirada puesta en el cielo. Por eso hay que entender la esencia del hombre a la luz de su última perfección”. (8) Acentuar sólo la perspectiva terrena es ideologizar la fe, convertirla en pura filantropía y viceversa: cruzar los brazos ante la realidad del mundo, en nombre del cielo, es hacer de la religión un “opio” que narcotiza. La esperanza nos mueve a “buscar las cosas de arriba” (Col 3, 1), desde la lucha por la justicia, la construcción de la paz y la entrega generosa de la vida.

El camino de la historia es tiempo de maduración y crecimiento: el hombre se yergue y avanza en un proceso ascendente. El Reino, la meta, no es la despersonalización del individuo o el olvido de su historia; por el contrario: una vez separada definitivamente la cizaña del mal, que corroe y contamina las mejores obras humanas “se gozará simultáneamente de los trabajos del Partenón (…) y de las obras de arte reunidas en nuestros museos. Se leerán los diálogos de Platón (…) se admirará los cuadros religiosos acumulados en Florencia y se asistirá a los coloquios de Jesús con sus discípulos…”.(9) En la ciudad de Dios se encontrarán, en su plenitud, los mejores frutos éticos, estéticos y espirituales de nuestro mundo.

Para la fe cristiana, la vida deja de ser la tragedia del hombre que se descubre lleno de posibilidades y anhelos, y que finalmente es aniquilado por la muerte y el absurdo. No es Prometeo, encadenado por pretender usurpar un secreto que es propiedad exclusiva de los dioses, Sísifo que carga eternamente con su propio infortunio, o Icaro traicionado por las alas al primer intento de volar. La existencia es un drama, en el que la luz y las sombras se cruzan y entremezclan hasta lograr la perfección de la obra, un sendero en el que al borde del abismo se nos tiende la mano salvadora. El seguidor del Crucificado vive el tiempo de la Cruz, pero puede celebrar la fiesta de la Pascua. La fuerza del Resucitado ha comenzado a actuar en él y aún después de “destruirse la casa terrenal” (2Cor 5, 1), colmará su esperanza de “tener vida y vida en abundancia” (Jn 10, 10).

NOTAS:
(1). Corazón inquieto, parafraseando a s.Agustín.
(2). Cf. Nietzsche.F. Así habló Zarathustra. Citado por Boff.L. En Hablemos de la otra vida. Edit. “Sal Terrae”. Santander, 9ª Edición, p. 30.
(3). Cf. Boff.L. ob.cit., p.108.
(4). Cf. Kundera.M. El libro de los Amores Ridículos. Séptima parte: Eduard y Dios, p.257.
(5). Cf. Ruiz de la Peña. J.L. La otra dimensión. Escatología cristiana. Edit. “Sal Terrae”. Santander, 1986. p.292.
(6). Cf. Hesse.H. Siddartha. Obras Completas. Tomo III. Aguilar.S.A. de Ediciones. Madrid, 1963. p.268.
(7). Cf. Ruiz de la Peña.J.L. ob.cit., p.230.
(8). Cf. Boros.L. Vivir en Esperanza. Citado por Tamayo.Acosta. JJ en Para comprender la Escatología cristiana. Edit. “Verbo Divino”. Navarra, 1993, p.225.
(9). Rondet. Citado por Boff.L. En ob.cit ., p.142.


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