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por fray Frank DUMOIS RUÍZ OFM |
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La historia nos presenta una singular figura de dominico, gran predicador en una de las épocas más tormentosas de la cristiandad, desgarrada por el cautiverio de Aviñón y por el cisma de Occidente y resuelta al fin en el agitado Concilio de Constanza (1417).
Vicente nace en Valencia en 1350. Su padre era notario, trabajador y buen cristiano. A los 17 años entra en la Orden de Predicadores. Al principio pareció sería un gran teólogo pues estudiaba con ahínco. A los 20 años da clases en su convento de Valencia. En 1378 es ordenado sacerdote.
Sin embargo, no será hasta varios años después que dejaría su convento para convertirse en uno de los predicadores populares más célebres de toda la historia de la Iglesia. Su mensaje evangélico no se dirigió sólo a los cristianos, sino también a los judíos (convirtió a un famoso rabino), a los moros y a los herejes cátaros (1) y valdenses.(2)
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Vicente predicó primero en Aragón y Cataluña y después en Francia (Provenza y el Delfinado), en Italia (Piamonte y Lombardía) y atravesando los Alpes predica en Saboya y Suiza, va a Holanda y regresa a las provincias francesas hasta que el rey moro de Granada, a punto de morir, pide su presencia pues no quiere dejar este mundo sin oír la elocuencia prodigiosa del dominico.
Su llegada era todo un acontecimiento; las multitudes acudían a escucharlo, los comercios cerraron, los catedráticos suspendieron sus lecciones. Predicó en los templos, en las playas y en los caminos con una resistencia asombrosa; durante la mañana y la tarde, a veces durante varias horas sin cansarse. En una carta que escribió desde Génova al vicario general de su orden, acerca de su predicación ambulante, decía: “Al fin, después de un año de ausencia, encuentro un momento para escribirle. Son increíbles las ocupaciones que llenan mi vida. Diariamente predico al pueblo, que viene a buscarme de todas partes. A veces tengo que predicar dos y tres veces después de celebrar y cantar la misa. Los sermones tengo que prepararlos en los caminos”.
Las gentes acudían desde las aldeas más lejanas a escuchar a aquel predicador de elocuencia arrebatadora, espontáneo y sincero que sabía llegar hasta el corazón. Su estilo sencillo difería del que se usaba entonces; se discutían tesis de escuela, se promovían devociones interesadas, a veces supersticiosas, se citaban los clásicos, se usaban gestos extravagantes y hasta actitudes burlescas. Ya Dante había criticado en el siglo xiv esa predicación pomposa; “Ahora se sube a la cátedra para deslumbrar con juegos de palabras; esto es lo que importa; lo demás no interesa. Un predicador para persuadir a los hombres que se armasen contra los musulmanes, se quitaba el manto en medio del sermón y se vestía con traje de general. Otro, más cínico, buscando limosnas, gritaba; “¿Saben el mejor medio para ganar el cielo? Las campanas de mi convento se lo dicen; dando, dando, dando”.
Vicente se dedicó exclusivamente a combatir el vicio y la ignorancia. En cierta ocasión decía:
“No nos dijo Cristo: prediquen a Horacio o a Virgilio, sino prediquen el Evangelio”. Un chorro de agua no puede subir más alto que la fuente que la alimenta; y lo mismo sucede con la doctrina de los poetas; viene de la tierra, y en consecuencia, no nos puede levantar por encima de la tierra. El Evangelio, en cambio, nos lleva hasta el cielo, de donde procede”. Y refiriéndose a sí mismo, comentaba: “Sale el predicador, lo mismo que el sembrador evangélico; sale de su celda, donde ha perseverado largo tiempo meditando, reflexionando, seleccionando en los graneros del Señor una buena simiente; autoridades, figuras, parábolas, comparaciones”. La claridad de expresión, la unción y la riqueza de las imágenes, nos hacen pensar en esa figura cumbre de la elocuencia eclesiástica que fue san Juan Crisóstomo. Tales cualidades oratorias no eran sólo naturales sino que procedían de sus largas horas de oración nocturna. En su estupendo Tratado de la vida Espiritual escribió el santo:
“Cuando estás leyendo algún libro, aparta de él los ojos muchas veces y, cerrándolos mira a las llagas de Jesucristo, y luego vuelve a proseguir la lección. Pasado el movimiento del Espíritu, que ordinariamente dura poco, puedes encomendar a la memoria lo que antes viste, y el Señor te dará conocimiento de ello”.
Su porte físico era atractivo y majestuoso; hermosura viril, frente amplia, ojos grandes y oscuros, gesto expresivo, voz suave, a veces como de trueno, otras como dulce brisa. Irradiaba santidad. Todos sabían que era un hombre puro como un ángel y austero como un ermitaño.
Su verbo apasionado apostrofaba a los ricos, descubría los terrores del juicio final, criticaba la ignorancia y la inmoralidad de los clérigos, hacía temblar a los pecadores, apelaba los profundos dolores de la pasión de Cristo. A veces con los brazos extendidos, mudo y con los ojos estáticos, conmovía a la multitud que gritaba, sollozaba o se arrojaba al suelo, confesando sus pecados y exclamando; ¡Misericordia! ¡Misericordia!
En 1370, cuando el cardenal legado, Pedro de Luna, llegó a Valencia, se convirtió en su teólogo oficial en sus viajes a través de España. Cuando el cardenal fue elegido papa con el nombre de Benedicto XIII (en Aviñón) defendió a Vicente contra la acusación de haber dicho que Judas se había arrepentido eficazmente, y lo llamó a la corte de Aviñón como confesor. Vicente apoyó a este Papa, invitando a las cortes de Aragón y Castilla, después de la de Francia, a prestarle obediencia. Con todo, al darse cuenta de su terquedad irracional en el cisma de Aviñón, le retiró su apoyo y buscó que lo abandonaran Aragón, Castilla y Navarra.
En Saboya y en el Delfinado, nidos de herejías valdenses y maniqueas y de cultos idolátricos al sol, quedaron recuerdos seculares del poder victorioso de aquellas palabras. Y todas las juderías españolas se conmovían ante aquel que las despoblaba. En una ocasión se convirtieron más de 4 mil circuncisos. En el congreso de Tortosa (Tarragona) abjuraron 14 rabinos. Se cree que en total los convertidos del judaísmo rondaban los 200 mil.
Gracias a su predicación se refrenó la usura, se abarató la vida y se vertió el dinero sobre el campo.
Dios le otorgó también a san Vicente el don de hacer milagros. Acudían a él los tullidos, los cojos, los ciegos, los sordos, los moribundos. Él elevaba los ojos al cielo, extendía las manos, rezaba una oración y se producían muchas curaciones. Un testigo ocular escribió desde Lyon en 1404: “Fray Vicente Ferrer, maestro de Teología, que va por el mundo predicando la palabra de Dios, acaba de pasar por aquí. Después del sermón, este religioso, lleno de fervor y santidad, visita a los enfermos, ruega a Dios por ellos, pone sobre ellos las manos y los cura a todos”.
En sus misiones Vicente no iba solo, llevaba su compañía, que a veces formaba un grupo de varios miles de personas. Algunos no le abandonaban nunca y otros sólo lo seguían una temporada. Eran hombres y mujeres, niños y personas de edad. Eran devotos que se ponían bajo la dirección del gran misionero, así como penitentes que querían reparar así sus pecados. Todos llevaban un vestido pardo, como el de los peregrinos de aquel tiempo. Una campanilla anunciaba las horas de la marcha, del sueño, de la comida, de la oración y del trabajo. Iban a pie con el bordón en la mano, divididos en dos grupos: el de los hombres presididos por la imagen de Jesús crucificado y el de las mujeres presididas por una imagen de la Virgen. En medio, Vicente rodeado de los eclesiásticos y los religiosos. En cada ciudad los esperaban multitudes. Los obispos y magistrados presidían estas recepciones.
Tal fue la vida de este gran apóstol durante 20 años. Y aún encontraba tiempo para intervenir en la historia política y religiosa.
En cuanto a la primera obtuvo el compromiso de Caspepor, el cual entre los cinco pretendientes al trono de Aragón, escogió a Fernando de Castilla, el infante victorioso de Antequera.
Respecto a la segunda ayudó a resolver el cisma de Occidente, al retirar su apoyo a Pedro de Luna, a pesar de ser su confesor y amigo. Se percató que el bien de la cristiandad exigía la renuncia del que se llamó Benedicto XIII, Fue tanta la confusión que llegó a haber: tres papas sin saberse cuál era el legítimo. Los otros dos fueron, uno, depuesto, (Juan XXIII) (3) y el otro renunció, Gregorio XII. El Concilio de Constanza eligió en 1417 a Martín V y así terminó esta terrible situación de la Iglesia, conocida como cisma de Occidente.
Benedicto XIII abandonado por todos se refugió en la roca de Peñíscola con tres cardenales fieles hasta que murió en 1423.
Gerson, alma del concilio de Constanza escribió a san Vicente: “Sin usted semejante resolución no se hubiera tomado nunca. Gracias a esta gran obra, que es la nuestra, esperamos llegar a la tan deseada paz”.
Pero estas brillantes actuaciones no interrumpían su vibrante y evangélica oratoria. Fustiga los vicios de los pueblos y estos suspiran por ella. Critica el sentido pagano de la política en los príncipes y estos lo llaman. Se levanta contra la relajación de los prelados y los prelados lo buscan.
Lo mismo predica en Andalucía que en Castilla, Galicia, las Baleares, Francia, Inglaterra, Escocia. No todos conocían aquella lengua valenciana en que se expresaba, pero todos se sentían electrizados por aquella mirada profética que irradiaba amor a Dios.
Si se equivocó acerca del inminente fin del mundo, hay que reconocer que interrumpió tal predicación tras el concilio de Constanza.
Fue también excelente confesor y guía espiritual: “En el confesionario debes mostrar sentimientos de caridad... el pecador ha de sentir siempre que tus palabras proceden exclusivamente de tu caridad”. Su obra De vita spirituali (Acerca de la vida espiritual) la más difundida a finales de la Edad Media, así como sus Sermones, conocidos en toda Europa, siguen siendo todavía hoy una eficaz invitación a este cristo-centrismo apostólico y escatológico anclado siempre en la Escritura. Muere en 1419 en Vannes (Francia).
CONCLUSIÓN
Si el estilo apocalíptico de san Vicente Ferrer puede parecer extraño al hombre moderno su figura de cristiano, enraizado en la Palabra de Dios y con ardor apostólico para transmitirla a los demás, es un paradigma que nunca pasa de moda.
NOTAS:
(1). Cátaros: Secta maniquea de la Edad Media de gran sencillez de costumbres. En el Sur de Francia se llamaban albigenses.
(2). Valdenses o pobres de Lyon: Secta fundada por Pedro de Valdo en el siglo xii. Rechazaba el culto a los santos, la misa y la confesión. Predicaba una pobreza absoluta y defendía el derecho de los laicos a predicar sin autorización de la jerarquía.
(3). Juan XXIII fue el sucesor de Alejandro V, elegido por el concilio de Pisa (1405). Hasta 1942 estos papas figuraron en el anuario pontificio. Después fueron retirados debido, quizás, a que este concilio no admitía la supremacía de los papas. El cardenal Angel Roncalli tomó de nuevo el nombre en 1958 al ser elegido Papa.
Aún hoy se discute la legitimidad del concilio de Pisa. |
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