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Oyentes
de la Palabra

LITURGIA PARA EL MES DE ABRIL

por fray Jesús ESPEJA, OP

6 DE ABRIL: DOMINGO TERCERO DE PASCUA
“MESIANISMO AL REVÉS”

La Palabra de Dios: “Jesús Nazareno, profeta poderoso en obras y en palabras ante Dios y ante el pueblo, fue condenado a muerte y crucificado; nosotros esperábamos que él fuera futuro liberador de Israel”, pero no ha sido así (Evangelio).

1. Hay en nosotros un anhelo innato de poder para dominar situaciones que nos desbordan. Son tantas las limitaciones en todos los ámbitos, que de modo espontáneo clamamos por un liberador. Y de hecho se presentan de cuando en cuando

mesianismos que prometen liberación. En nuestras carencias, nosotros fácilmente creemos en esos mesianismos y esperamos que con su poder nos liberen. Pero una y otra vez los poderosos se derrumban y nuestra esperanza cae por los suelos.

2. Jesús de Nazaret se presentó como portador de liberación para el pueblo. Y sus primeros seguidores interpretaron que se trataba de un mesianismo político. Por eso, cuando llegó el fracaso de la cruz, su esperanza naufragó; en vez de imponerse a sus enemigos con poder, Jesús había sido ajusticiado como un indeseable y había muerto incluso perdonando a sus verdugos. Evidentemente su mesianismo había fracasado: “Nosotros esperábamos que aquel profeta, poderoso en palabras y obras fuera el futuro libertador de Israel” pero la sorda muerte de cruz ha cerrado el porvenir de liberación.

3. Sin embargo, hay otro mesianismo: el del amor. A lo largo de la historia bíblica vemos cómo Dios va realizando la liberación de nuestras muchas limitaciones, actuando como Espíritu en hombres y mujeres que, movidos por el amor, en vez de imponerse y dominar, sirven y se entregan buscando el bien de los otros. La humanización no se realiza por la fuerza despótica de los faraones que se suceden a lo largo de la historia, sino por la entrega incondicional de los que siguen amando y confiando cuando parece que todo está perdido. Jesús de Nazaret, “manso y humilde de corazón” hoy sale a nuestro encuentro y nos ofrece un mesianismo nuevo. “Quédate con nosotros porque atardece y el día está cayendo”.


13 DE ABRIL: CUARTO DOMINGO DE PASCUA
“RESURRECCIÓN: ACEPTADOS CON AMOR”


La Palabra: “El Padre me ama, y por eso entrego libremente la vida” (Evangelio).

1. Con frecuencia pretendemos llegar a la perfección apoyándonos sólo en nuestro esfuerzo humano. Fácilmente nos imaginamos a Dios como un señor muy elevado fuera de nosotros y observando lo que hacemos. Cuando actuamos con esa visión, nos obsesionamos por corregir defectos, no acabamos nunca de hacer nuevos arreglos y terminamos agotados con la sensación de fracaso. Si esta es la buena noticia o evangelio de Jesucristo, no merece la pena. Un Dios que nos haga infelices porque sólo está para observar nuestros pasos y juzgarnos, no merece la pena, vale más que no exista.

2. Para Jesús de Nazaret, Dios es amor, compasión, ternura infinita. Porque se dejó alcanzar y transformar por esa presencia de amor, fue capaz de amar a los otros hasta entregar la propia vida: “pasó por el mundo haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo porque Dios estaba en él”. Después de su muerte, Jesucristo vivo, irrumpe y transforma la vida de los primeros cristianos: al encuentro con el Resucitado, se sintieron amados, perdonados, pacificados y portadores de paz.

3. En la vida de nosotros, cristianos, irrumpe también hoy Jesucristo lleno de vida, de amor y de perdón. El discípulo es el que se siente amado de Dios, perdonado y acompañado por un amor invencible. Y esa sensación le permite mirar con ojos nuevos a todos y a todo. Avanzar por el mundo trabajando por la dignificación de todas las personas, en la confianza de que nadie ni nada está definitivamente perdido. Todos los creyentes podemos gustar la experiencia de aquel primer discípulo llamado Juan: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios ¡pues lo somos”. Es la buena noticia en la resurrección de Jesús.


20 DE ABRIL: DOMINGO V DE PASCUA
“EL ROSTRO HUMANO DE DIOS”


La Palabra: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Evangelio).

1. De un modo u otro, afirmando y negando, entre dudas y oscuridad, todos andamos a vueltas con Dios. Inevitablemente, desde nuestra situación cultural y desde nuestra visión del mundo, nos forjamos distintas imágenes de la divinidad un poco a nuestra medida. Pero en una de sus cartas que leemos en este domingo, San Pedro nos anima: “somos llamados a salir de las tinieblas y entrar en la luz maravillosa de Dios”.

2. Esa luz es Jesucristo a quien nosotros confesamos Palabra, Hijo, autocomunicación de Dios mismo. Pero no como si fuera un micrófono, ni un recipiente de la divinidad. Ni quiere decir que esta divinidad sea como un segundo piso respecto a la humanidad de Jesucristo, ni siquiera una realidad separada de esa humanidad. Según la fe cristiana, en la conducta humana de Jesucristo se ha revelado cómo es y cómo actúa Dios. “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” no significa: vemos a un hombre y confesamos a Dios, sino en ese hombre vemos el rostro humano de Dios.
3. Santa Teresa celebraba con entusiasmo la “sacratísima humanidad” de Jesucristo. Aunque algunos intentaban disuadirla por peligro de humanismo, ella se resistió a dejar esa devoción, porque precisamente ahí, en esa humanidad, se revela el rostro genuino de Dios: quiere la vida en plenitud para todos los seres humanos, movido a compasión, siempre nos acoge con amor y nos mira con esperanza. Ocurra lo que ocurra es Alguien en quien siempre podemos confiar. Es la “luz maravillosa de nuestra fe o experiencia cristiana”. En la resurrección de Jesús, Dios se manifiesta como Alguien capaz de dar vida a los muertos y llamar a las cosas que no son para que sean.


27 DE ABRIL: DOMINGO SEXTO DE PASCUA
“TESTIGOS DE LA ESPERANZA”


La Palabra: “Estad siempre prontos a dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiese” (segunda lectura).
1. Hay en la vida golpes tan duros que nos dejan sin palabra incluso para rezar. En un mundo anhelante de felicidad y desfigurado por los atropellos más inhumanos, todos los esfuerzos por cambiar la situación parecen inútiles, apenas se ven los resultados y la esperanza se nos muere entre las manos. Uno se cansa de luchar, no mira confiadamente al porvenir y tampoco puede dar razón de la esperanza.

2. La fe cristiana, como encuentro personal con el Resucitado, fructifica en esperanza. Y es que la fe no es más que manifestación del Espíritu, Dios mismo, en nuestra intimidad y en todos nuestros pasos. En esa experiencia teologal brota una esperanza extraña y siempre mejor. Jesús de Nazaret esperó y confió hasta el fin porque gustaba de esa cercanía benevolente del Abba que nunca nos abandona. En ese amor gustado e inabarcable se apoya la esperanza cristiana.

3. Pero ¿quién no ha vivido momentos de oscuridad cuando se queda sin palabras y sólo cabe un gemido de llanto? Cuando en esos momentos críticos miramos a nuestra intimidad, tampoco encontramos directamente a Dios que nos habla. Sólo experimentamos un anhelo de felicidad que nos habita y que protesta por el revés que golpea nuestra vida. Ese anhelo de infinitud es la marca inequívoca de nuestro destino a la felicidad sin límites, que nos impulsa para que nos levantemos de nuestras propias cenizas y nos da un nuevo impulso para seguir caminando: “de noche iremos, de noche, sin luna iremos sin luna, que para encontrar la fuente sólo la sed nos alumbra” (Luis Rosales).


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